El año pasado, en la institución educativa donde laboro, comenzó a difundirse la intención de prohibir los celulares durante la jornada académica, para este año. Personalmente, eso me generó un debate interno: encontraba razones válidas tanto a favor como en contra y no terminaba de tomar una postura clara… hasta que ocurrió algo en clase.
Aunque ya existía la indicación de no usarlos en el aula, siempre había algún estudiante que lo mantenía medio oculto. En esos casos, yo activaba “la caja comelona”: una cajita de plástico donde guardaba los teléfonos para devolverlos al finalizar la hora.
Un día, en una de esas pequeñas batallas cotidianas, la caja “ingirió” un aparatito recién descubierto. Pero lo verdaderamente llamativo fue la reacción del estudiante: un rostro de angustia y desesperación que me sorprendió. Literalmente, suplicaba que no se lo quitara. Pensé que habría algo importante… pero no: estaba jugando en línea.
Ahí entendí que el problema no era solo la distracción, sino un nivel de apego mucho más fuerte, cercano a la adicción, que yo no había dimensionado. Ese episodio terminó por inclinarme a favor de la medida de prohibir los celulares.
Este año, ya sin celulares, el ambiente en clase es más “normal”, dentro de los retos que siempre existen, especialmente desarrollar la atención y el pensamiento analítico.
Lo que no sé es si en casa están compensando el tiempo de pantalla que no tienen en el colegio. 🤔

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