Publicado en Diario El Salvador
Una teoría conspirativa es una explicación truculenta y fantasiosa para un hecho que alguien conscientemente decide no aceptar tal como es, porque le produce algún tipo de molestia psicológica. Así, en lugar de quedarse con la explicación más lógica y verificable, la persona recurre a su imaginación para atribuir la causa a sujetos o grupos que, desde lo oculto, manipulan secretamente los hilos de la vida social. Las teorías conspirativas entretienen precisamente por su truculencia y tienen, además, una ventaja para quienes las creen: estos se consideran más listos que los demás porque son capaces de “ver lo que otros no pueden”.
La historia está llena de teorías conspirativas y la política salvadoreña no es la excepción. Hay dos de ellas que se escuchan con cierta frecuencia y persistencia. La primera es la teoría de la “oposición controlada”. Quienes la divulgan afirman que la incompetencia, la torpeza y los reiterados desaciertos de algunos opositores salvadoreños no serían auténticos, sino fingidos, pues la causa “real” sería que el mismísimo presidente Bukele y su equipo estratégico de comunicación política tendrían infiltrados a sueldo para que digan y hagan insensateces mañana, tarde y noche.
Semejante ficción puede resultar atractiva, pero tiene dos inconvenientes elementales. Primero, no hace falta inventar una conspiración para explicar aquello que puede comprobarse directamente, pues la oposición salvadoreña ha proporcionado abundantes evidencias —en lo público y en lo privado— de su grave propensión a los desaciertos y errores políticos. Segundo, una acusación de infiltración exige pruebas y no han presentado ninguna. Su único apoyo es la falacia ad ignorantiam: “Esto es cierto porque es posible y porque no me han demostrado que no sea así”. Pero ese razonamiento no resiste ningún análisis serio.
La segunda teoría conspirativa —que sus creadores refríen una y otra vez— es un poco más elaborada: el supuesto “pacto de Bukele con las pandillas”, propagado desde hace seis años por los activistas del periódico digital El Faro y sus financistas. Ante el hecho incuestionable de la desarticulación de las pandillas, dicen ellos que hubo un acuerdo secreto entre el Gobierno y dichas estructuras criminales. Las supuestas pruebas son puramente autorreferenciales: audios en clave que solo ellos saben interpretar, fuentes confidenciales que solo ellos dicen tener, declaraciones de pandilleros prófugos —a quienes ellos guardan lealtad al no revelar su paradero— y conexiones hechas por ellos entre hechos hilvanados de manera forzada para hacerlos coincidir con sus elucubraciones.
Esta teoría ya tuvo su pico de éxito en 2021, en el Departamento de Estado durante la administración de Joe Biden, pero duró muy poco de cara a la realidad y pronto fue desechada por Washington. De ahí en adelante, el relato viene en una espiral decadente, con cíclicos intentos de volverlo a poner de moda, pero sin lograr que la población salvadoreña lo crea, aunque en algunos medios informativos internacionales de la Red Soros Plus todavía encuentre eco.
El problema con esa teoría del “pacto” es que ya existe una explicación sin truculencias y suficientemente fundamentada para explicar la desarticulación de las pandillas: el Plan Control Territorial, que fue ejecutándose por fases desde el inicio de la gestión Bukele, comenzando con el fortalecimiento de las capacidades operativas de la Policía y la Fuerza Armada, la preparación de los recursos humanos y la optimización de las condiciones para lanzar, en el momento oportuno, la ofensiva definitiva contra las pandillas.
Para quienes gustan aferrarse a las teorías conspirativas, no hay refutación posible, porque persistir en su fantasía les permite “explicar” cualquier realidad sin tener que modificar sus convicciones, prejuicios o profundos resentimientos. Lo que no se dan cuenta es que, habitando en esas fantasías, se alejan cada vez más de cualquier posibilidad de reconciliarse con el pueblo salvadoreño y lo que este ha elegido: una vida libre de la violencia de las pandillas.






