domingo, 25 de febrero de 2024

Bukele entra a la política en EE.UU.

Publicado en ContraPunto

¿Qué propósito y significado tiene la participación de Nayib Bukele como orador invitado en la reunión anual de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC, por sus siglas en inglés), realizada en Washington DC del 21 al 24 de febrero de 2024? Tal es la pregunta que debió quedar para la reflexión en la esfera del análisis político nacional, más allá de la anécdota, los extractos de su discurso, las reacciones favorables de sus partidarios y las usuales rabietas de sus detractores.

En primer lugar, hay que entender el porqué de darle una vitrina como la de la CPAC al presidente del país más pequeño del continente americano, que no tiene visos de ser potencia militar ni económica. Algunos podrán argüir, con simpleza, que este es el resultado del trabajo sostenido que los lobistas contratados por Bukele han hecho en la esfera política republicana desde 2020. Puede ser, pero por más cabildeos que pudieran hacerse, tal invitación no se habría dado si no fuese porque la figura de Bukele debe tener algo atractivo que ofrecer a los organizadores, en un trato de mutuo beneficio para ambas partes.

¿Cuál sería, entonces, ese atractivo? Una explicación plausible es que Bukele representa el éxito continental concreto de una gestión que refuerza la visión conservadora en un área de mucha preocupación para ellos: la seguridad pública. Importantes ciudades de los Estados Unidos han experimentado, en los últimos años, un crecimiento de la criminalidad que, en parte, se explica por la relajación e incluso negligencia en la aplicación de las leyes (como ha ocurrido, por ejemplo, en recientes oleadas de smash and grab, vandalismo organizado, frente a la pasividad policial y las políticas tolerantes progresistas del partido Demócrata). En el horizonte, esto conecta con otros dos temas de la campaña republicana: tráfico de drogas e inmigración ilegal.

En este debate, hay que tener presente la ideología conservadora y su acción social, dentro de la cual lo que interesa es detectar y castigar al delincuente; mientras que, en contraparte, el progresismo de izquierdas pone el enfoque en tratar de entender los motivos del delincuente y, de una u otra forma, acaba justificándolo por el contexto sociocultural u otras razones, suavizando el control social ejercido por las autoridades. Es así como la política de seguridad aplicada por Bukele en El Salvador emerge como un claro ejemplo de efectividad conservadora, avalada por cifras y aceptación popular, frente al fracaso de décadas de políticas progres malamente aplicadas en el contexto de un estado corrupto.

El sentido de que este importantísimo sector, con fuertes vínculos con el partido Republicano, le haya abierto la puerta a Bukele para entrar a la política interna estadounidense fue claramente expresado por el senador del estado de Florida, Marco Rubio, quien escribió lo siguiente (en un artículo publicado el 23 de febrero de 2024 en el sitio Informe Orwell):

Mientras más próspero se vuelva El Salvador, más se convertirá en un modelo a seguir para sus vecinos en nuestra región. Esto ayudará a los Estados Unidos, porque a medida que el crimen y la emigración disminuyan en América Latina y el Caribe, tendremos que preocuparnos menos por el cruce de pandilleros y drogas mortales en nuestra frontera sur.

Este reconocimiento explícito le sirve a Bukele como respaldo frente a los ataques de ciertos sectores de la izquierda estadounidense (traducidos no solo en recelos y acosos, sino en pasadas sanciones para sus funcionarios: lista Engel y ley Magnitsky). Así, Bukele entra a la escena política norteamericana como un líder conservador fuerte, que representa estabilidad en la región y ofrece el beneficio esencial de siempre haber manifestado ser un aliado de los Estados Unidos, dentro del respeto a la soberanía de las naciones.

martes, 20 de febrero de 2024

El mal perder

Publicado en La Noticia SV

Si hay un término que calza a perfección con la actitud de la oposición política en El Salvador, tras conocerse los resultados de la elección presidencial y especialmente la legislativa del 4 de febrero, es precisamente el “mal perder”. En términos simples, esto es un conjunto de reacciones anormales ante la derrota, que van más allá de la natural frustración que cualquier persona puede sentir en esa situación, negándose a aceptar la pérdida a base de manifestaciones emocionalmente inmaduras y viscerales, tales como culpar a otros (personas, reglas, circunstancias menores) o alegar supuestas trampas, elaborando explicaciones y excusas bastante distanciadas de la realidad.

El abrumador caudal de votos obtenido por el presidente Nayib Bukele (85 %) y su partido Nuevas Ideas (69 %) parece haber sido un golpe demasiado duro para políticos, analistas, perio-activistas y voceros opositores, quienes ahora transitan y oscilan entre las diferentes etapas de un duelo anunciado (negación, negociación, ira y depresión), sin asomarse aún a la fase de aceptación para superar el trauma. Lo más penoso de su situación es que tales resultados no son ninguna sorpresa, puesto que todas las encuestas y sondeos de opinión se los habían anunciado una y otra vez de manera sostenida en el tiempo y en las magnitudes, incluyendo los de instituciones claramente opuestas al gobierno.

La expresión máxima de inmadurez política de la oposición, producto de su incapacidad para gestionar saludablemente sus trastornos emotivo-cognitivos, es la petición de anular las elecciones, exigencia extemporánea y sin fundamento. Si bien es cierto que el Tribunal Supremo Electoral falló miserablemente en la transmisión de actas para el escrutinio preliminar, esto nada tiene que ver con la voluntad popular depositada en las urnas durante ese día, cuya custodia e integridad jamás fueron vulneradas.

El escrutinio final ordenado por el máximo tribunal electoral, urna por urna y voto por voto, ha permitido conocer finalmente dicha voluntad y traducirla en resultados, a la vista de autoridades, testigos y observadores nacionales e internacionales. Claro está que este recuento extraordinario no ha sido perfecto y ha tenido los incidentes propios de toda elección nacional desde hace 40 años; sin embargo, los pretendidos argumentos opositores para querer anular la voluntad popular han sido a cual más insólitos y descabellados: desde pedir la anulación de votos porque fueron marcados con plumón y no con crayola (o porque la papeleta había perdido la marca del doblez), hasta decir que los integrantes de las mesas de escrutinio estaban haciendo mal el recuento porque no les habían puesto aire acondicionado o les hacían bullying.

En este juego político poselectoral, cabe preguntarse si la actitud de la oposición es producto de una estrategia diseñada por dos o tres cabezas frías, que saben la precaria realidad en la que se encuentran pero quieren sostener la maltrecha moral de sus simpatizantes y hacer algo de ruido en los medios internacionales con agenda anti-Bukele, así sea a base de negacionismo extremo; o, por el contrario, tal conjunto de insensateces se debe a que los aspirantes a líderes opositores han llegado a creerse sus propias falacias, quedando completamente enajenados ante el hecho duro y estadístico que la gente los rechaza cada vez más y que los intentos de emerger con nuevas vestiduras no han tenido el éxito esperado.

El mal perder es un trastorno tóxico y perjudicial, principalmente para quienes lo sufren sin reconocerlo, pues impide cualquier posibilidad de superación futura en tanto bloquea la autocrítica y el reconocimiento de los propios errores, siendo así imposible reformular estrategias y tácticas basadas en la realidad. Persistir en ese error no les traerá más que perjuicios y extinciones progresivas, por más atención y portadas que les dediquen sus medios afines.

jueves, 8 de febrero de 2024

Titanio

Titanio nos regaló 15 años de alegrías compartidas, con su precioso color café con destellos negros y su peculiar carácter: fuerte con los ajenos, tremendamente dócil y fiel con nosotros. No era un salchicha convencional, tenía ciertos rasgos más gruesos (como fornido y chato), pero pasaba los estándares de teckel. Su vida en compañía de su hermano adoptivo, Friso, fue bastante buena, tanto como para ganar espacio entre las memorias agradables. Envejeció con paciencia y diría que hasta con estoicismo. ¡Adiós, Titanito, digno y hermoso perro! 🙃

jueves, 1 de febrero de 2024

Ruido y silencio electoral

Publicado en Diario El Salvador

El silencio electoral es un concepto que se refiere a la prohibición de realizar propaganda política en el periodo previo a las elecciones, con la intención de facilitar que los votantes tengan un tiempo de reflexión, libre de ruido mediático, para ponderar con más tranquilidad las propuestas y candidaturas, a fin de depositar en las urnas su decisión consciente. Esta disposición está vigente en muchos países y, en nuestro caso, el Código Electoral la establece en su artículo 175, prohibiendo “a los partidos políticos o coaliciones y a todos los medios de comunicación, personas naturales o jurídicas” hacer dicha propaganda “durante los 3 días anteriores a la elección y en el propio día de la misma”.

Antes del surgimiento de internet y las redes sociales, era relativamente fácil detectar el quebrantamiento de esta norma, bastaba rastrear los medios tradicionales locales (periódicos impresos, radio, cine y televisión) para, a partir del hallazgo de alguna irregularidad, aplicar las sanciones correspondientes. Ciertamente, la prohibición no impedía que muchos candidatos e instituciones dirigieran mensajes en los cuales llamaban implícitamente al voto a su favor, diciendo sin decir lo que todo mundo entendía, pero esas sutilezas eran de poca importancia. Ahora, tras la irrupción y normalización de los medios digitales como principal fuente de información, el cumplimiento del silencio electoral se ha vuelto particularmente difícil, por varias razones asociadas a la naturaleza misma del ciberespacio.

Entre las principales grietas por donde se puede colar la propaganda política en un periodo prohibido, ruido nocivo para el discernimiento, están las cuentas anónimas, donde es generalmente difícil probar su vinculación con personas e instituciones a quienes se pudiera sancionar. En cualquier caso, el tipo de propaganda esparcida por dichos sujetos ocultos no siempre es explícita (llamando al voto por un partido específico), sino muchas veces vertida en pura y llana desinformación para atacar y desacreditar a candidatos e instituciones en particular.

Un espacio especialmente vulnerable para la proliferación de este ruido electoral en el periodo de silencio son las nefastas cadenas de Whatsapp, a través de las cuales circulan innumerables falsedades —en forma de textos, fotos y videos con apariencia de verdaderos— que encuentran pasto en la ingenuidad y buena fe de las personas, quienes muchas veces contribuyen a esparcir esas bolas o bulos como una reacción puramente emocional ante la gravedad del supuesto contenido. Este es el sustituto digital (potenciado hasta el infinito) de los antiguos volantes, hojas impresas con desinformación que eran introducidas casa por casa —bajo la puerta, en lo oscuro y casi clandestinamente— por los actores políticos más desesperados.

Frente a estas realidades, habría que meditar con sumo cuidado qué reformas al Código Electoral serían necesarias, sensatas y viables para velar por el cumplimiento del silencio electoral en el mundo digital. La limitante más fuerte en este ámbito es que las plataformas por las cuales se transmite la información digital (Meta, X, Google, etc.) son gigantes tecnológicos que, en la práctica, están fuera del alcance de las leyes y sanciones de un país que no es potencia mundial. Por otra parte, tampoco tendría sentido querer hurgar en los chats privados de las personas durante el silencio electoral, en busca de propaganda declarada o velada.

No obstante lo anterior, más allá de las leyes existentes y los esfuerzos necesarios para su cumplimiento, este tema pasa fundamentalmente por la educación y la madurez del electorado, pues en última instancia es cada persona la que tiene el poder de rechazar la propaganda electoral impertinente, valorando y esforzándose por preservar su valioso tiempo de reflexión final antes de ir a votar.