martes, 11 de agosto de 2026
Un gato en el motor
Enciendo mi vehículo y, ya en marcha, escucho maullidos. Pienso que es el radio y lo apago, pero siguen. Creo entonces que hay un gato en la cabina, busco y no veo nada. Entonces vislumbro el peor escenario: hay un gato en el motor. Detengo la marcha, me parqueo y abro el capó. Allí está el condenado animal, que aparte de intruso es necio, pues se niega a salir. Tras algunos minutos de lucha —con accesorios incluidos (un palito)— el felino finalmente sale por debajo. ¡Qué atrevimiento! 😠
miércoles, 22 de abril de 2026
El neumólogo del desdén
A finales de los años 90, mi hijo estuvo en control médico durante cierto tiempo con un neumólogo, por un padecimiento que con los años superó satisfactoriamente. Elegimos al galeno porque formaba parte de la red de un seguro médico empresarial que, por aquel entonces, nos daba cobertura. Sus credenciales profesionales eran incuestionables; no así su actitud.
Como es habitual en los seguros médicos privados, los honorarios por consulta tenían una tarifa preferencial. La lógica es un quid pro quo: el profesional cobra un poco menos, pero gana clientes que llegan a él precisamente por ser miembro de esa red.
Con lo que no contábamos era con la discriminación constante que el tipo nos hacía en todas y cada una de las consultas. No importaba la hora a la que llegáramos a la clínica, con o sin cita: el señor siempre, siempre nos atendía de último, incluso después de que hubieran pasado consulta todos y cada uno de los pacientes que pagaban la tarifa normal. Así estuviésemos desde la mismísima madrugada, las horas y horas de espera eran su manera de decirnos que nosotros merecíamos menos de su valiosa atención profesional. Trato de limosneros.
En retrospectiva, sigo sin entender ese comportamiento tan poco ético. Si él no estaba conforme con los honorarios asignados por la red, lo procedente era salirse de ella. ¿Por qué seguir, si no? Porque permanecer para tratar a sus pacientes como personas de segunda categoría hace sospechar que algo en su autoestima debía estar muy dañado.
domingo, 26 de agosto de 2018
Waiting eternally

Have you put yourself in a funny or ridiculous situation in the middle of the street, looking like a candid country person that knows nothing about the modern civilization?
Well, I did.
It happened when I went to a little town in South Carolina, in the United States, last may.
Some of you know that I use to do my workouts on a daily basis, trying to keep a healthy lifestyle. During my brief stay in the States, I kept doing some exercise, jogging a couple of miles in the early morning around the city.
All of you know that we, as Salvadorans, aren’t known precisely for obey the laws, even the transit signals.
Instead, Americans seemed to me very respectful about the transit signals (at least those who lived in that town).
For example, they have semaphores for cars and for pedestrians in every cross-street, and they don’t cross the street when the light is red, even if there isn’t any car in a hundred meters around: they wait at the sidewalk for the green light.
So, the first morning that I went jogging I told myself: “when in Rome, do as the Romans do”, and when I reached the first crossing, I stopped and waited for the pedestrian semaphore to turn green.
I must say that at that time, by the dawn early light, there were neither cars nor people in the streets, but I kept waiting for the green light for one, two, three minutes… and nothing happened.
Finally, I changed my mind and decided to cross the street even during the red light.
And suddenly… I noticed that just beside me, in the lower part of the semaphore’s pole, there was a tiny box with a button, and a little label that said: “press the button to cross”.
You can imagine what happened in the end: I pushed the button… and crossed the street.
Looking back on the story, I think if I were another person looking at me, standing for no apparent reason in the sidewalk in the middle of a lonely city, waiting for who knows what, I’d probably wonder “is that man dumb or something?”
Well... it happens you leave your little village to go to a modern city.
sábado, 19 de agosto de 2017
Caracteres en Twitter
En la red social Twitter no es infrecuente verse envuelto en más de un rifirrafe (“contienda o bulla ligera y sin trascendencia”).
No es mi estilo usar términos vulgares, pero aún así tales pleitos virtuales son casi inevitables y hay algunos que uno busca, mientras que en otros uno se ve envuelto sin qué ni para qué; sin embargo, con un poco de experiencia y criterio, uno aprende las tácticas necesarias para sobrevivir en ese mundillo y divertirse, al tiempo que se informa o argumenta.
El de hoy fue todo un descubrimiento: de cómo una persona (profesional universitaria, según su perfil público, y aparentemente normal, “como tú y como yo”) se considera ofendida ante un desacuerdo o, peor aún, si se le señala una equivocación.
Todo comenzó con un doble retuit que vi en mi “timeline”, de una usuaria a quien no conozco (a quien llamaré “Usuaria” para no alborotar más el avispero).
Usuaria:
- Cortesía de Trump despertando el odio en el mundo.
Neo-Nazis marched in the streets of Berlin on Saturday as counter-protesters assembled to meet them https://t.co/E8gATaFsIP pic.twitter.com/0JfRdDnOhe
— CNN (@CNN) 19 de agosto de 2017
(Vengo yo y comento.)
RFG:
- La diferencia es que en Alemania los pueden meter presos.
Usuaria:
-No sé adónde usted ha leído eso, porque no es así y se lo digo con la propiedad de conocer la ley fundamental de Alemania.
RFG:
Tengo entendido que la simbología y apología nazi está prohibida. En Alemania, a los de Charlottesville los habrían arrestado por eso.
Usuaria:
- Antes que se hiciera tan público han habido múltiples manifestantes nazis y ninguno ha ido preso, ¡es de leer! Saludos.
RFG:
- Cabal: es de leer.
(Pongo el enlace de una noticia del diario español El Mundo, donde menciona que hay una investigación policial en curso.)
Usuaria:
- Y no darle credibilidad a medios digitales, hay que ir a Alemania y ver, lo cual no es lo mismo que leer; cuando vaya a Alemania me cuenta.
RFG:
- Bueno, pero entonces dirija su aclaración o reclamo al diario español El Mundo, que además de digital es bastante antiguo e impreso.
Usuaria:
- Le voy a dar una mejor sugerencia: NO se meta adonde no lo llaman y no opine si no sabe, aclaración y reclamo lo hace usted.
(La Usuaria me bloquea.)

(Minutos más tarde, alguien más que había visto la conversación y es también abogada escribe este tuit.)
Abogada:
Hay una ley de prohibición de símbolos nazi. El Tribunal Constitucional también ha sentenciado que se pueden exhibir si es para su rechazo.
(Fin de la conversación.)
Conocimiento adquirido: la Usuaria ha ido a Alemania.
Duda: ¿La Usuaria también habrá bloqueado a quien hizo el último comentario?
Lección: Si voy a Alemania, hago el saludo nazi, ondeo una esvástica y me llevan preso, no debo contratar los servicios profesionales de la aludida Usuaria.
sábado, 5 de agosto de 2017
Duda medicinal

Hace algún tiempo, al caer la tarde, llamó a la puerta una señora que tenía toda la aflicción posible en su rostro. Entre su turbación, dijo ser una vecina de a la vuelta de la esquina. Le creí, aunque jamás la había visto antes.
Me dijo que a su señor esposo, enfermo de no recuerdo qué, se le había agotado una medicina vital y la necesitaba con urgencia, pero no tenía efectivo a la mano y tampoco encontraba la tarjeta de débito.
Entre sobresaltos y visibles lágrimas, me pidió de favor -superando la vergüenza que ello implicaba- que le diese en préstamo la cantidad de dinero necesaria para salir del percance.
Ofreció firmar un pagaré, comprometiéndose a regresar horas más tarde para retornar la cantidad recibida, en cuanto llegase una pariente cercana a quien no había podido contactar en la urgencia.
La señora firmó el documento redactado a mano, recibió el dinero y se retiró con la natural prisa que ameritaba salvar una vida.
Han pasado ya más de cinco años, el pagaré aún lo tengo aquí y a la señora no he vuelto a verla.
He considerado varias hipótesis para explicar lo sucedido.
Si el esposo se agravó y requirió inmediata hospitalización por varios días, es lógico que la señora no haya podido venir a pagar el préstamo. También es posible que, si la situación fue a peor, algún pariente se haya ofrecido a venir en su nombre, pero no haya encontrado la dirección o haya venido precisamente en un momento en que no había nadie en casa. Incluso puede ser que a la propia señora le haya dado algo, dado el estado de extremo nerviosismo en que se encontraba.
No sé, este asunto me tiene muy intrigado. ¿Qué habrá ocurrido?
viernes, 4 de agosto de 2017
La cultura del baje

Al contrario de las ancestrales enseñanzas familiares, tengo por principio no regatear en el mercado municipal ni a vendedores/as ambulantes. Si no hay posibilidad de hacerlo en el supermercado, donde todo está etiquetado con precio fijo, no veo por qué deba exprimir la moneda en la calle para que dé más de sí, a costa de reducir la ínfima ganancia de quienes allí se ganan la vida.
De lo que sí debo cuidarme más es de la cultura del baje, instalada en la idiosincrasia nacional como marca de fábrica.
Hace un par de días fui a comprar fruta. La señora del puesto, bien amable, ofrecía esto y aquello, mientras una su asistenta se movilizaba con insólita agilidad poniendo en sendas bolsas guayabas, zapotes, fresas, duraznos, peras, manzanas, mamones y una piña de aquellas galanas. El billetito de veinte dólares no fue testigo.
Pero al llegar a casa y poner cada cosa en su sitio... ¡rayos y centellas!
Resulta que la ayudanta, así mansita como se veía, eligió con toda intención los zapotes más remaduros que tenía... y no porque fueran para comer ya, sino porque estaban pasados; las peras estaban más aguadas que la Corte de Cuentas de la República y la piña era más cáscara que otra cosa. Y tampoco, pues...
Es que aquí, si te pueden bajar, te bajan. Y esa cultura va más allá de clases o estratos sociales.
viernes, 9 de enero de 2015
La selva en casa

Tener uno o dos dachshunds en casa es garantía de encontrar, cada cierto tiempo y esparcidos por el patio, cadáveres masticados de roedores y palomitas de esas que llaman “de Castilla”, según el ánimo de estos perros salchicha, cazadores natos. En estos casos, uno entiende perfectamente las leyes de la naturaleza y se limita a recoger y evacuar los restos mortales de los caídos en combate.
Lo que no es tan agradable es que un gato de tejado cometa la temeraria imprudencia de bajar al patio a cazar una de las mencionadas avecillas, que son sus alimentos usuales, se vea sorprendido por los mencionados canes y se produzca un sangriento pleito entre las tres especies.
El escándalo con que se anuncia el inicio del pugilato es mayúsculo. Se escucha el caer de todo tipo de trastos entre los ladridos inusuales junto con los bufidos del gato que, habiéndose dejado ir sin calcular una rápida ruta de escape, generalmente se encuentra arrinconado y defendiéndose, como bien dice el dicho, “como gato panza arriba”, tirando afilados aruñones a cuanto se le acerque.
Protagonista de uno de estos memorables agarrones fue Largo (1998-2009), nuestra anterior mascota, quien causó y también sufrió derramamiento de sangre en la refriega, antes de que lográramos separarlo de su contendiente y dirigir a éste, a base de manguerazos, hasta un lugar donde se viera obligado a huir a la desesperada por los muros y tejados adyacentes.
Pero ha sido en la época reciente, ya con Friso y Titanio, cuando estos episodios han tomado tintes más salvajes. La vez menos grave fue cuando pudimos separarlos y aislarlos de su presa, sacando al gato invasor hasta la calle sin que las partes consiguieran más que algunos rasguños. Pero lo de hace dos días fue francamente atroz.
Del volumen y tono del alboroto animal a media tarde, dedujimos inmediatamente que otro gato había caído al patio. El pleito ya estaba en términos incontrolables y se alcanzaban a ver las tarascadas emergiendo por entre la polvareda. Separar a The Destruction Dachshunds hasta el otro lado de la cerca fue, digamos, la parte más fácil, aunque con no poco esfuerzo; pero atrapar al gato para extraerlo de la casa se volvió complicado, porque nos pareció muy inseguro tomarlo directamente con las manos en ese estado fúrico en que se hallaba (¡y quién sabe qué plagas o enfermedades podría tener!), así que se echó mano de una cesta plástica dentro de la cual había que meter al pardo espécimen, a modo de kennel.
El problema fue que el indeseable huésped no entendió la maniobra y decidió escapar precisamente hacia el lado del patio donde estaban confinados ambos perros salchicha, cayendo directamente en sus fauces.
¡Ah, qué horror!
Entre el tronar de huesos, el rasgar de las carnes y el chorrear de la sangre, la nueva labor de separación se tornó francamente espeluznante y sólo macabros sonidos pueden describir lo que ocurrió. No quiero recordarlo.
Al recuperar el cuerpo maltratado del pobre gato, me pareció que ya sus días habían terminado, así que con todo y su improvisada jaula lo saqué a la calle, con el propósito de trasladarlo pronto a una caja de cartón a modo de ataúd; sin embargo, cuando regresé a la acera con el improvisado féretro, el gato hizo honor a su fama mítica, dando señales de vida y de que su fin no estaba tan próximo como creímos inicialmente, así que volví a entrar a la casa para deshacerme de la caja de cartón vacía, disponiéndome a volver para recuperar el recipiente plástico, una vez liberado su ocupante.
Pero al salir por tercera vez, ya no estaban ni el gato ni la jaula: alguien se los había llevado y, a la fecha, desconozco el final de esta cruel historia.
Por cierto, la palomita de Castilla acabó en pedazos.
__________
Posdata: aún hay otra anécdota más, de la que no puedo contar sino sólo el hallazgo final. Cierto día, al regresar a casa nos encontramos con una extraña paz, ajena al bullicioso recibimiento que nos suelen dar estas adorables mascotas caninas. Había muchos trastos tirados y, en el rincón más apartado del patio, estaban ambos dachshunds sentados a la par de un gran gato completamente muerto. No sé qué pueda haber ocurrido.
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Gritada vengativa... y a domicilio
Más allá de algunos casos aislados, hay un par de generaciones estudiantiles con quienes en su momento no me llevé bien, durante un par de años a principios de los noventa. Fue un choque de esquemas educativos cuya parte visible se manifestó en una percepción de excesiva exigencia académica de parte mía, además de un carácter que calificaban -en el mejor de los casos- como pesado, si no es que pedante u otros epítetos.
Algo de razón tenían y los errores cometidos me ayudaron después a construir una mejor imagen. Me alegro de haber sobrevivido y superado esa faceta, pero el estigma de “profesor muy odiado” no me lo quité entre esas promociones.
Algún tiempo después de haber pasado por ese trance, sufrí una experiencia nada agradable, relacionada con esos años oscuros. Es una anécdota que no se la deseo a ningún colega, ni exalumno o exalumna, estén del lado que estén.

Un día de semana laboral a eso de las siete de la noche, recibí una llamada telefónica de una voz femenina, a nombre de una compañía de servicios de internet (¿Saltel, Salnet…? No recuerdo). Preguntó directamente por mí y mencionó algunos datos que uno supone confidenciales. El motivo era ofrecer planes de consumo. Le dije que no, que ya tenía contratado un servicio. Ella insistió y me preguntó que cuánto le pagaba mensualmente a esa empresa (de la que mencionó el nombre). Volví a decirle que no estaba interesado, pero ella cargó una vez más y ya en tono de “lo sé todo sobre usted”. Me molesté y le dije que, para comenzar, no tenían por qué estarme llamando a mi número privado para ofertas no solicitadas.
Entonces explotó. La tipa comenzó a gritarme que ella ya sabía cómo iba yo a reaccionar, que ya desde los tiempos del colegio yo era un soberbio, que si no sé qué y que si no sé cuánto.
Le colgué y estuve tentado a llamar a la compañía para denunciar la gritada a domicilio, pero por último lo dejé así. Ahora veo la anécdota como cómica, pero debe ser bien feo andar cargando esos resentimientos.
miércoles, 13 de agosto de 2014
Vaya: 100 metros vallas.

Aprovechando que un grupo de estudiantes de 13 años en su clase de deportes estaban realizando la prueba de 100 metros vallas, vi la ocasión y dije: “Nunca la hice en mi vida, ¡ahora es cuando!”
Le pedí entonces a un chico (a quien para proteger su identidad llamaré “Pollo Real”) que me hiciera el favor de cronometrarme el intento, no sin antes probar con una sola valla para ver si no caía de bruces o de espaldas (que en lenguaje popular se dicen de otra manera ambas cosas).
Pedí un pitazo de salida y fui saltándolas una por una sin fallar. No puse énfasis en la velocidad sino en completar la prueba sin quebrantos, que si la hago a tope, colapso. Cuando ya iba por la séptima, sentía el aire que me faltaba. En la octava visualicé una pirámide precolombina. En la novena recordé mis peores momentos en el ascenso del bosque “El Imposible” y en la última todo se olvidó para alcanzar el éxito.
Al final, 30.26 segundos. No está mal para ser la primera experiencia de un hombre de 47 años y 210 libras de peso.
Lo que me preocupa es que fui más rápido que muchos de los chicos.
sábado, 27 de abril de 2013
Reacción celular inmediata

A propósito de haberle ocurrido a cierta chica un accidente con su teléfono móvil, para consolarla le dijo una señora:
- No te sintás mal, que no hay mujer a quien no le haya pasado eso.Se refería a habérsele caído el celular adentro de la taza del excusado.Yo no entiendo cómo pueden ocurrir esas cosas, porque normalmente llevo el celular bien resguardado en su estuche pendiente del cincho, con el debido cuidado de sostenerlo o retirarlo de allí antes de sentarme en el referido lugar, pero dicen ellas que las mujeres no lo acostumbran.Volviendo a la conversación iniciada, la mujer contó que a ella misma ya le había sucedido aquello. No obstante, mientras el teléfono de la jovencita aludida tardó dos días en encender y su pantalla quedó inservible (sin que se vean muchas posibilidades de repararlo a un costo razonable), el teléfono de la señora está en perfectas condiciones operativas.
Así, al preguntarse sobre el porqué del diferente desenlace, la señora formuló la siguiente hipótesis:- Ah, es que vos seguramente lo pensaste demasiado antes de meter la mano para sacarlo de la taza.
O como se decía en tiempos del coronel Molina: hay que actuar "con decisión, definición y firmeza", pero más que todo... ¡rápido!
miércoles, 16 de febrero de 2011
Lagartija asada a US$ 25

sábado, 21 de agosto de 2010
Compensación o azar
El policía estrictamente hablando, cumplió con su deber, sospecho que porque yo no entré en la discusión de si era justa o no la esquela. Pienso que, de haberlo hecho, habría terminado todo en un micro-soborno (o "mordida") por aquello de "hey, hombre, no sea tan hecho leña, mire que ando buscando una dirección y no conozco la zona, además venía despacio y con las luces intermitentes puestas; y por último, es un pasajito donde no se puede ir a más de cinco kilómetros por hora". Tampoco iba a ponerme a filosofar sobre la diferencia entre lo legal y lo justo.
Pero como para todo hay que hallar algún asidero moral, vital y exisencial, vengo yo y me acuerdo en ese instante de la creencia enunciada al principio, o sea, ¿qué cuenta me está pasando la mera life por la suma de otros dos acontecimientos recientes? Helos aquí: primero, el pago que finalmente no se me cobró por un servicio previamente convenido (de noble carácter artístico, no sean malpensados/as); y el segundo, una pequeña reparación vehicular sin honorarios, tipo entre cherada, que en cualquier otro taller me habría significado algunos billetitos.
Ponderando la una y las otras cosas, vengo yo de optimista, echo cuentas... ¡y resulta que hasta salí ganando!
lunes, 21 de septiembre de 2009
Hurto culto con reaparición instantánea
Que en cualquier rincón de nuestro amado país uno no puede dejar nada medio mal puesto, so pena de quedarse buscándolo, es una realidad ya pertinaz. Eso debí haber tenido en cuenta este mediodía al levantarme para atender un llamado de turno en el HMQ y dejar en el asiento de a la par el voluminoso pero "de bolsillo" ejemplar de "El club Dumas", ese "best-seller" construido a base de fórmulas eficaces aunque demasiado hollywoodenses (damas voluptuosas incluidas). Uno o dos minutos después... "campas de libro", como diría mi abuelita.Pescueceo para un lado y para el otro, nacas-tracas. Resignación y ardor en el bolsillo por la necesaria compra para reponer el ejemplar de biblioteca. Y entonces, cuatro horas después (de regreso en la institución mencionada para el trámite subsiguiente)... ¡misteriosa reaparición! El tal ejemplar me aguardaba sobre la solitaria mesa de la secretaria ausente. Gestión inmediata para traspasar la ventanita corrediza y el ejemplar vuelve a mi poder de nuevo.
¿Hipótesis? Imagino que alguien lo hurtó y luego, al no verle cara de libro interesante o para su gusto, lo dejó tirado por ahí; alguien que pasó tuvo la gentileza de dárselo a la secretaria de turno en espera de que fuese reclamado. ¿Conclusión? Que el hurto culto fue parcial, fugaz, momentáneo, y mi bolsillo no sufrirá la temida erosión. Por una vez, quizá la falta de expectativas literarias de la majada ha resultado beneficiosa. Eso sí: me hubiera molestado ligeramente esperar meses para terminar de leerlo (pues el volumen está agotado en todas las librerías)... ¡faltándome sólo veinte páginas para el final!
domingo, 13 de septiembre de 2009
Procesos distintos
Hace unos cinco o seis años tuve mi primera experiencia siendo objeto de extracción de una cordal inferior. Entonces, poco le faltó a la doctora para encaramarse al estilo de las mejores caricaturas o de algún episodio de “Los tres chiflados”, a fin de ponerme el pie en el pecho para afianzar mejor la pieza. Esta vez, en cambio, la homóloga y recíproca de la ya extirpada quedó en manos de un cirujano maxilo-facial del tipo Dr. Posner en la película “Wit” (2001). O sea que hoy, nada de zarandeos, forcejeos ni exclamaciones optimistas de “¡ya sale, ya sale!”. Por el ruido de cierto aparato (la “pequeña vibración” que mencionó el especialista), deduzco que hubo corte de pieza y extracción por partes, por la complicada posición en que la última molar estaba.Lo que no sé si fue intencional o espontáneo fue la ininterrumpida plática del galeno con la dentista de la clínica huésped, sobre el tema de lo mal diseñado y poco amigable que está el programa DET del Ministerio de Hacienda, de donde resulta difícil su instalación exitosa; así como otros temas tangenciales (becas en la India, aparatos de blanqueo dental, multas por pago extemporáneo, etc.), con alguna ocasional interrupción para indicaciones precisas sobre el procedimiento en cuestión y un inquietante comentario sobre una fase de corte particularmente peligrosa que en ese tipo de cirugías puede ocurrir (justo cuando acababa de no producirse el hecho).
El caso es que, entre seguirles la plática mentalmente y los sonidos del instrumental... ¡ni cuenta me di cuando la pieza ya estaba fuera!
Posdata: en cuanto a la recuperación, todo marcha según lo
previsto, pues la inflamación va en franco ascenso hacia su cénit.
domingo, 1 de marzo de 2009
Lo peor de la cola
En una cola de hora y media de duración en un banco al atardecer, es difícil imaginar algo tan molesto como que el último de la fila comience a hablar -progresivamente, con el desconocido de a la par y en voz cada vez más estentórea- de temas cuya discusión resulta bastante estéril, pues nunca se llegará a un acuerdo si la base de los discursos del entusiasta hablante y el sufrido interlocutor son los “argumentos” de la volátil, miserable y falaz propaganda política de unos y otros. Yo, más que temer por el futuro del país luego de las elecciones (como al parecer era el punto en discusión), estaba preocupado porque la situación pasara de los insultos velados a las puteadas y los puñetazos (pero no más, porque cualquier arma de fuego es prohibida dentro de dichas instalaciones), con lo cual seguramente los noventa minutos de impaciente espera... ¡habrían sido por gusto!
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Ganas de molestar
Hoy temprano pasé por un quiosco instalado en uno de los muchos centros comerciales por donde circulan esas multitudes de quienes sospecho que van más a ver que a consumir. Mi intención era comprar un objeto por la cantidad de “x” dólares más veinticinco centavos. Al momento de pagar, lo hice con la cantidad de “x+1” dólares, pero la dependienta (“vivo” ejemplo de una vaca echada) preguntó medio de mala gana si no tenía yo los veinticinco centavos, pues ella carecía de todo tipo y denominación de monedas. Respondí negativamente y -ante la prolongada, patente y manifiesta pasividad de la tipa, como si vender fuera su mayor suplicio- prometí regresar. Instantes después, luego de escrutar las entrañas de una pisterita que habitualmente llevo en el vehículo, derramé cortésmente sobre el mostrador los “x” dólares... más las correspondientes veinticinco unidades de un centavo. No sé por qué la dependienta ni siquiera los contó, ni tampoco si fue real cierta imprecación que creí escuchar a mis espaldas, mientras me alejaba con la misma risita del glorioso bachiller Gorgojito. Ahora me arrepiento, pues con un poco más de esfuerzo... ¡bien hubiera pagado todo a puro centavito!
sábado, 26 de abril de 2008
De documentos oficiales
Uno de estos días me vi en la necesidad de solicitar una copia certificada de cierto documento importante. Los requisitos para obtenerlo siempre fueron variables, algunos de ellos circulares (la necesidad de que para tener el documento “A” es necesario presentar el documento “B”, para cuya obtención es necesario presentar el documento “A”). Las trabas se solucionaron con menos dificultad de la esperada (una explicación detallada del problema o el hecho que los mismos empleados se contradijeron) y, verificado que fue el documento en cuestión, se me indicó que le sacara fotocopia “ahí cruzando la calle” (¡como a doscientos metros!), para ponerle los sellos y firmas requeridos a las reproducciones. En prenda quedó mi documento de identidad sobre el escritorio de la secretaria, pero fácilmente hubiera podido recuperarlo a hurtadillas, dado que ella se levantó antes de que yo me fuera. He aquí mi punto: si mi intención hubiera sido sustraer de allí el dicho papel por alguna razón de conveniencia, no habría tenido grandes dificultades en largarme con el documento original. De hecho, tardé como una hora entre las fotocopias y un par de pláticas “de pasadita” con varias personas conocidas que casualmente se hallaban en ese entorno. Y al regreso, todos muy campechanos. Por eso, cuando unos y otros hablan de la minuciosidad de las leyes y procedimientos, con documentos oficiales que certifiquen esto o aquello, como si todo fuera una película de trama detectivesca, me pregunto si no somos nosotros quienes estamos dentro de una realidad virtual de ficción... ¡con fines puramente cómicos!
domingo, 20 de enero de 2008
Reír por no insultar
jueves, 8 de noviembre de 2007
"Calcetines", teatro testimonial.

"Calcetines"
BREVÍSIMA PIEZA TESTIMONIAL EN UN SOLO ACTO
Personajes:
- Vendedor ambulante
- Habitante de una casa
(Tocan a la puerta, es mediodía, el habitante atiende por la ventana entreabierta)
Vendedor (con cierta amabilidad):
- Le llevo calcetines baratos, de a coloncito.
Habitante (con amabilidad a secas y gesto concordante con su respuesta):
- No, ahorita no.
Vendedor (con énfasis y creciente tono imperativo):
- Es que "ahorita" le estoy ofreciendo este paquete con tres colores, todo en su caja original, entienda que están en promoción y en oferta, la caja de seis a cincuenta centavos, le trae de varios colores diferentes.
Habitante (mirándolo fijamente, tono asertivo):
- No, ya le dije que no. No me tiene que dar más explicaciones. Muchas gracias, pero no.
Vendedor (irritado y al borde de la agresividad):
- ¡Es que si le estoy dando explicaciones es porque yo tengo que vender! ¡El par está a colón!
(El habitante se retira al interior luego de cerrar la ventana con movimiento pausado, queriendo evitar la discusión)
Vendedor (ya sin control, altisonante):
- ¡Y si se los estoy ofreciendo a tres por la "cora" ($0.25) es porque están de oferta!
Vendedor (a gritos):
- ¡Y también si los siente caros ahí me avisa!
FIN
sábado, 14 de julio de 2007
Apagones en la sala de cine
En dos ocasiones en mi vida he sufrido apagones en una sala de cine. La segunda vez fue hace algunos días, a media función de "Shrek III", en compañía de mi esposa, en uno de esos multicinemas de pantalla gigantesca. Supongo que el proyector debía tener algún sistema de apagado inmediato, pues la imagen se cortó abruptamente en cuanto falló el voltaje. Las lámparas de emergencia mantuvieron lo suficiente iluminada la sala, así que no hubo penumbras ni búsqueda angustiosa de salidas por entre oscuridad absoluta alguna. Pasados veinte minutos (el público persistente siempre conservó la esperanza, mientras jugaba con sus celulares), regresó el fluido y la función continuó sin contratiempos.Eso me recordó la primera vez: fue hacia 1980, en el antiguo y ya inexistente cine "Olimpia", de Santa Tecla (no sólo por la ausencia de míticas deidades y arquitectura helénica es que el nombre de aquel cajón de ladrillo y cemento le resultaba esencialmente impertinente: el golpe odorífero que emanaba de la sala de deposiciones humanas era la contradicción por antonomasia del término "inodoro" y, de cuando en vez, transitaban pequeñas manadas de roedores por entre las filas de butacas de madera, tanto de "arriba" -donde la admisión costaba un colón con cincuenta centavos- como de "abajo" -un colón a secas, donde se concentraban la mayoría de guasones).
La película era "Mr. Billion", un filme de segundo o tercer orden protagonizado por Terence Hill (famoso por sus películas de Trinity), de la cual alcanzamos a ver los títulos y créditos de entrada, hasta antes de que la pantalla se fuera opacando y el movimiento se volviera más lento hasta diluirse en la negrura total, plena. Como era la época de la guerra y los apagones generalmente se debían a sabotajes, no esperamos más de diez minutos antes de abandonar a ciegas el local (a puro tanteo, pues de luces de emergencia, ni hablar).
Al respecto, revisando en la base de datos de películas en internet, concluyo ahora que de aquel apagón obtuve, a la larga dos beneficios: el primero, una anécdota familiar; el segundo... ¡perderme de una película muy mala!





