domingo, 29 de octubre de 2023

La Constitución, la Sala y Yo.


El 3 de septiembre de 2021, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia emitió una sentencia de 27 páginas en la cual se habilita al Presidente de la República para que pueda presentarse como candidato a elección popular para el mismo cargo en el próximo periodo; es decir, este puede buscar su reelección (o, como algunos prefieren decir, postularse para “un segundo mandato” consecutivo).

Ante eso, las opiniones de la comunidad jurídica y las entidades políticas quedaron divididas, pues hay quienes sostienen que la Constitución prohíbe la reelección “hasta en seis artículos”, siendo ese un importante caballo de batalla para la oposición.

En esta entrada se contrastará cada uno de dichos artículos con lo que ha dicho la Sala, con un mínimo comentario personal que tiene exactamente el mismo valor que los de cualquier otro ciudadano, sea jurista o no, puesto que a fin de cuentas todos podemos opinar, pero las resoluciones de la Sala de lo Constitucional son de cumplimiento obligatorio.

Artículo 152

No podrá ser candidato a Presidente de la República “el que haya desempeñado la Presidencia de la República por más de seis meses, consecutivos o no, durante el período inmediato anterior, o dentro de los últimos seis meses anteriores al inicio del período presidencial”.

Dice la Sala que esta prohibición no es para el actual Presidente, sino para los actuales candidatos a Presidente; de ahí que, durante el presente periodo 2019-2024 se aplica a ese que fue Presidente “durante el periodo inmediato anterior”: Salvador Sánchez Cerén. En cumplimiento del mismo artículo, si el actual presidente Nayib Bukele es candidato presidencial para el periodo 2024-2029, debe dejar sus funciones seis meses antes del inicio del próximo periodo, es decir, el 1 de diciembre de 2023.

Mi opinión de lego: este artículo no prohíbe la reelección inmediata. Dato complementario: la interpretación del signficado de "el periodo inmediato anterior" viene desde junio de 2014, de aquella Sala conocida como la de “Los Magníficos”. 

Artículo 131

Corresponde a la Asamblea Legislativa “desconocer obligatoriamente al Presidente de la República, o al que haga sus veces, cuando terminado su período constitucional continúe en el ejercicio del cargo”.

Dice la Sala que este artículo se aplica a la continuación en el ejercicio del cargo sin que haya habido de por medio un evento electoral que le dé un segundo mandato.

Mi opinión de lego: este artículo tampoco prohíbe la reelección, pues un mandatario reelecto por voluntad popular no continúa porque sí, habiendo terminado su primer mandato, sino que en realidad está iniciando un segundo mandato.

Artículo 154

“El período presidencial será de cinco años y comenzará y terminará el día primero de junio, sin que la persona que haya ejercido la Presidencia pueda continuar en sus funciones ni un día más”.

Dice la Sala que, al haber un segundo mandato emanado de la voluntad popular mediante elecciones libres, no se está extendiendo el periodo presidencial, sino iniciando uno nuevo.

Mi opinión de lego: este artículo no prohíbe la reelección.

Artículo 88

“La alternabilidad en el ejercicio de la Presidencia de la República es indispensable para el mantenimiento de la forma de gobierno y sistema político establecidos. La violación de esta norma obliga a la insurrección”.

Dice la Sala que la alternancia en el ejercicio de la Presidencia se refiere a la posibilidad de que el soberano (el pueblo) tenga la oportunidad de elegir libremente entre distintas opciones (candidaturas) a través de un evento electoral; por lo tanto, sólo si tal mecanismo no existiera (o sea, si no hubiera elecciones de por medio) es que se violaría este artículo.

Mi opinión de lego: la interpretación anterior es un poco estirada, pero válida desde la lógica de ofrecerle al pueblo todas las opciones.

Artículo 248

“No podrán reformarse en ningún caso los artículos de esta Constitución que se refieren a la forma y sistema de Gobierno, al territorio de la República y a la alternabilidad en el ejercicio de la Presidencia de la República”.

Dice la Sala que no ve una reforma o alteración en lo relativo a la alternabilidad, según su propia interpretación del artículo 88.

Mi opinión de lego: una cosa lleva a la otra, técnicamente no existe tal reforma, de ahí que este artículo tampoco prohíba la reelección. Ya más en lo personal, este artículo me parece una osadía absurda, como si la Constitución fuera para toda la eternidad, sin tomar en cuenta los cambios sociales e históricos.

Artículo 75

Pierden los derechos de ciudadano “los que suscriban actas, proclamas o adhesiones para promover o apoyar la reelección o la continuación del Presidente de la República, o empleen medios directos encaminados a ese fin”.

Dice la Sala que hay una condicionante para definir el “apoyo a la reelección”, estableciendo que la pérdida de derechos sólo procedería si se promoviera una “reelección ilegítima”, es decir, no emanada de la voluntad popular en un evento electoral (como ya lo interpretaron en los artículos anteriores).

Mi opinión de lego: en este caso, lo que la Sala añade como condicionante no es lo que todos podríamos entender, pero desde que la Sala anterior (la de “Los Magníficos”) abrió la puerta para reescribir el texto constitucional (como el caso del artículo 85 y las candidaturas “no partidarias”), estableciendo con ello jurisprudencia, el camino legal quedó establecido y validado por el consenso social de ese entonces.

En conclusión...

Como ciudadano, creo que la candidatura de Bukele para un segundo mandato presidencial tiene legalidad y, si llegase a recibir un masivo apoyo popular en las elecciones de 2024, tendría toda la legitimidad necesaria.

jueves, 19 de octubre de 2023

Ciertos retos superados


Cada cierto tiempo, me da por lanzar una mirada en retrospectiva y recordar ciertas actividades y proyectos que he realizado en mi vida, más allá de los deberes familiares, lo cual ha supuesto desafíos estresantes por la gran responsabilidad adquirida. Por una simple y tajante cuestión de edad y cuido de la salud, ya no estoy en condiciones de repetir todos y cada uno de ellos; no obstante, me anima el espíritu hacer este pequeño recuento, como evidencia de la energía y empeño que he puesto en tales afanes, testimonio de vida. Helos aquí, clasificados según sus resultados me hayan afectado principalmente a mí (sin dependencia) o también a otras personas (con dependencia).

RETOS SUPERADOS
(CONSECUENCIAS INDIVIDUALES)

  • Armar rompecabezas de 1000 piezas
  • Comentar de política en radio y televisión
  • Competir en ajedrez
  • Componer y cantar en solitario
  • Escribir (cuentos, artículos, libros escolares, teatro)
  • Hacer bricolaje
  • Jugar baloncesto sub-17
  • Locutar en radio
  • Participar en fisicoculturismo
  • Ser jurado literario
  • Speaking English
  • Tocar piano en restaurantes

RETOS SUPERADOS
CONSECUENCIAS GRUPALES

  • Armar y administrar página web institucional
  • Conducir una pequeña orquesta de profesionales (una vez)
  • Dirigir coros juveniles
  • Dirigir grupos de debate intercolegial
  • Enseñar ajedrez
  • Organizar certámenes artísticos
  • Organizar torneos ajedrecísticos masivos
  • "Pastorear" a jóvenes artistas y ajedrecistas en eventos fuera del país 
  • Producir música (Sinapsis y Balada Poética)
  • Ser docente (educación básica, media y superior)
  • Viajar con autonomía sin guía en el destino

Nada mal, ¿no...?

miércoles, 18 de octubre de 2023

Una oposición delirante


Publicado en ContraPunto.

En el panorama político al inicio formal y oficial de la campaña presidencial 2024, el adjetivo “delirante” parece calzarle a la perfección a la oposición política salvadoreña. Este no debe entenderse como agravio, sino como una apropiada descripción del estado en el que se encuentran y desde el cual se presentan a competir, puesto que delirar significa “desvariar, tener perturbada la razón por una enfermedad o una pasión violenta” o también “decir o hacer despropósitos o disparates”.

Comenzando por el partido Arena (que, a tenor de su 12 % obtenido en las elecciones de 2021, vendría a ser la segunda fuerza política), está claro que ya no es más el instrumento de la oligarquía tradicional y los sectores económicos más poderosos del país, conclusión que se desprende no solo de su declarada falta de financiamiento sino además de la ausencia de liderazgo y participación de quienes, en otros tiempos, representaban o provenían directamente de dichos sectores. La patética situación de este otrora monumental instituto político tricolor se asemeja a aquella grotesca curiosidad científica de 1945 en Colorado, Estados Unidos: Mike, el headless chicken, un pollo que siguió vivo por un par de años pese a haber sido decapitado, dando grotescos tumbos sin sentido.

Ciertamente, lo que ha quedado de Arena es un remanente acéfalo de militantes y dirigentes, incapaces de articular una propuesta coherente con sus pregonados principios republicanos y nacionalistas. Su desprestigio consciente es tal que prefirieron adoptar la candidatura de un desconocido Joel Sánchez, propulsado por una ficticia “sociedad civil”, antes que lanzar una fórmula orgánica. Los propulsores visibles de esta candidatura son un siquiatra obsesionado contra el ciudadano presidente de la república, productor incansable de furibundas diatribas sin más fundamento que su propia bilis, y un defenestrado y bastante desgastado político de la vieja escuela, capaz de ver un cuarto de millón de manifestantes donde apenas marchan algunos cientos, mayormente acarreados. Finalmente, en cuanto sus propuestas y lemas de campaña, si hay algo que Arena y su penosa dirigencia han sabido hacer muy bien es producir más anticuerpos en la población, acuñando la tristemente célebre frase “de la seguridad no se come” y emprendiéndola contra laptops y tablets para ofrecer cumas en su lugar.

Con respecto al FMLN, cuyo caudal de votos a duras penas llegó al 7 % aproximado en las últimas elecciones, se presenta como un partido en caída libre. Con sus dos expresidentes de la república prófugos de la justicia por escandalosos actos de corrupción, así como muchas figuras de su envejecida dirigencia procesadas judicialmente por enriquecimiento ilícito, únicamente la necedad y tozudez ideológica (característica de los movimientos de izquierda, aún desde la más insignificante minoría) podría explicar que aún tuviese simpatizantes, al menos los necesarios para alcanzar el número mínimo de votos o aunque fuera un solitario diputado para no desaparecer del mapa político.

La mejor carta de presentación de su candidato, Manuel “Chino” Flores, es la pretensión simplista de no relacionarse con el pasado partidario y afirmar que tiene las manos limpias, pero al ser una candidatura orgánica arrastra inevitablemente las taras e incoherencias de un instituto político desfasado con la realidad y, sobre todo, repudiado a causa de la traición cometida contra los intereses populares que dijeron enarbolar durante décadas y les llevó a mantener una guerra civil que costó tantísimas muertes y destrucción. A falta de credibilidad y propuestas políticas serias, Flores parece haber adoptado con gusto el papel de bufón político, con propuestas risibles del nivel de la sopa de patas y capiruchos en vez de teléfonos para los niños, o reciclando ofertas demagógicas de hace una década (que, por demás, jamás cumplieron). En esto, al Chino Flores hay que reconocerle, no obstante, su capacidad de expresarse con seguridad y absoluta convicción, aun cuando lo que esté diciendo no tenga ningún sustento; así como la valentía de exponerse a todo tipo de vejaciones verbales por parte de la población, sin contraer un solo músculo de su rostro.

En cuanto a la fórmula presidencial asumida por el partido Nuestro Tiempo, esta tiene características particularmente extrañas. Su gestación estuvo en un grupo de organizaciones aglutinadas en el movimiento Sumar por El Salvador (otro intento de “sociedad civil”), proponiendo al exmilitar y abogado conservador Luis Parada como candidato a presidente, junto a la activista progresista Celia Medrano como vicepresidenta. Además de la incoherencia ideológica esencial, tuvieron un problema de origen: la dupla fue anunciada al público por un sector de Sumar, cuando aún no existía acuerdo firme de todos sus propulsores: una acción estratégicamente difícil de entender que, lógicamente, abortó el plan de supuesta unidad.

Ya en el terreno y una vez lanzada al ruedo, la candidatura de Nuestro Tiempo parece apostarle a cierto sector de la población que consume y reproduce ese discurso particularmente crítico e implacable de cierto sector del periodismo en contra del gobierno, aglutinado en torno al periódico digital El Faro y otros similares, con el sustento de un par de organizaciones que se presentan como defensoras de los derechos humanos, financiadas desde el exterior, sin excluir a alguna institución de educación superior que acumuló prestigio en décadas anteriores, por sus agudos análisis de la realidad nacional.

Consonancias o disonancias aparte, el problema de esta fórmula es que reproduce algunas características de sus autores intelectuales que les impiden conectar con el gran público, especialmente la petulancia y pedantería propias de quienes se han llegado a describir a sí mismos como “los más pensantes”. Desde esa pose de superioridad intelectualoide, manifiestan su desprecio hacia la mayoría de la población que apoya la gestión del actual gobierno, tildándola de engañada e ignorante (cuando no usan otros adjetivos más abundantes y peyorativos) y atribuyendo la popularidad del presidente Bukele a la “desinformación y propaganda”.

Lo anterior explicaría que lancen propuestas deliberadamente radicales, altaneras, irreales, imprudentes o impopulares: desde pedirle a los candidatos de Arena y el FMLN que se retiren para dejarles el camino libre como fórmula opositora única, hasta amenazar con perseguir penalmente al presidente de la república, pasando por la promesa de desconocer a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia (prácticamente dar un golpe de estado) y regañar en público al embajador del Reino Unido por haberse reunido con todos los candidatos incluyendo a Bukele.

De los demás partidos en contienda presidencial, hay poco que decir, salvo que apenas aparecen en las encuestas de opinión y gozan de la casi total indiferencia de los votantes.

Teniendo en cuenta que las elecciones de 2021 marcaron un apoyo al gobierno del 66 % (sin contar a los partidos aliados, con cuyo concurso llegaría al 75 %), y considerando además las mediciones de opinión pública de diversas encuestas subsiguientes, no es descabellado estimar que la oposición política, aún considerada como un todo difuso y ambivalente, podría ser de un nada despreciable mínimo de 25 %.

Sin embargo, dadas las características delirantes y decadentes que se han expuesto anteriormente, esa cuarta parte de la población que estaría descontenta con el actual gobierno difícilmente podrá ser atraída en positivo por los partidos opositores existentes. Hará falta, entonces, que estos desaparezcan del espectro político y, sobre todo, que sus decadentes figuras entiendan y acepten su propia obsolescencia, dejando paso a una nueva oposición, constructiva y propositiva, que esté a la altura de las necesidades del país.

jueves, 12 de octubre de 2023

Realidad, ficción y distorsión de la justicia

El 10 de octubre de 2023 se conoció del vil asesinato de una niña de 7 años en un barrio popular del área metropolitana de San Salvador, hecho abominable en el cual, según las primeras pesquisas, el criminal habría actuado por motivaciones sexuales. El presunto responsable, ya capturado, es un vecino contra quien las autoridades aseguran tener suficientes pruebas testimoniales, documentales y científicas que lo incriminan. Este caso recuerda a otro execrable hecho, como lo fue la violación y asesinato de la niña Katya Miranda en 1999, crimen que quedó en la impunidad aunque las investigaciones señalaron a su propio abuelo como el perpetrador.

Crímenes como los antes referidos provocan la inmediata condena ciudadana, avivando el clamor de justicia así como la exigencia del más duro castigo para esta clase de individuos. Nadie en su sano juicio debería pensar siquiera en esgrimir algún tipo de descargo para semejante conducta. Nadie en su sano juicio. Nadie.

Pero en tiempo de relativismos morales, oportunismos políticos y estupideces ideológicas, nunca se sabe, pues existe cierto sector de la sociedad, supuestamente ilustrado, que desde hace muchos años se ha esmerado en presentar a los miembros de las peores estructuras criminales no como victimarios sino como víctimas de la sociedad, en un retorcido esfuerzo por aplicar a su conveniencia teorías sociales y psicológicas del más diverso origen (desde Rousseau hasta Marx, pasando por Freud) para entender y acaso justificar las más horrendas acciones.

Aparte de reportajes, publicaciones y expresiones de cierto sector del periodismo actual, que documentan esta enfermiza tendencia, hay una notable obra en la literatura de ficción nacional que toca este tema: la novela ¡Justicia, señor gobernador!, publicada por Hugo Lindo en 1961. Su trama es el esfuerzo de su personaje principal —el doctor Amenábar, juez y abogado— por examinar la formación (o deformación) de la personalidad de un reo de apellido López Gámez, convicto por la violación y asesinato de una niña de 6 años.

Lo interesante del caso es que el propio doctor Amenábar no tiene ninguna duda de que López Gámez fue, en efecto, el autor material del crimen; sin embargo, se resiste a creer en la maldad del individuo y, por el contrario, se empeña en indagar en su miserable pasado psicosocial para explicar su conducta. En ese afán, se remonta hasta la infancia del criminal y los abusos que este sufrió, de donde derivan los serios traumas que finalmente empujaron a López Gámez a cometer el horroroso hecho. A partir de tales hallazgos, el doctor Amenábar dicta una insólita sentencia que lleva hasta las últimas consecuencias la traslación de las culpas, por cuya causa es destituido de su cargo y acaba recluido en un manicomio.

¡Justicia, señor gobernador! plantea, a través de su protagonista, una conclusión absurda a partir de razonamientos que pueden tener algún sentido por separado, tanto desde el punto de vista social como psicológico y moral, como lo son la interconexión de las acciones humanas y los orígenes de las aberraciones conductuales; sin embargo, una vez más, en la realidad de casos como el mencionado al principio, nadie debería atreverse a insinuar siquiera que el asesino tenga algún tipo de explicación, justificación o atenuante.

¿O habrá aún quienes lo intenten…?

miércoles, 11 de octubre de 2023

Raza e identidad nacional

Publicado en Diario El Salvador.

El 12 de octubre aún está marcado en los calendarios de varios países como el Día de la Raza o Día de la Hispanidad, denominaciones que conmemoran la fecha de la llegada del navegante Cristóbal Colón a la isla de Guanahani (actual archipiélago de las Bahamas), hecho que en la cultura popular se conoce como “el descubrimiento de América” (pese a que Colón, en sus cuatro viajes y hasta su muerte, siempre creyó haber estado en las Indias Orientales, en el Asia).

En El Salvador, la festividad se instauró en 1915 mediante decreto legislativo, “como recuerdo de gratitud y admiración al descubridor del Nuevo Mundo”, en sintonía con la propuesta continental del funcionario español Faustino Rodríguez-San Pedro, quien eligió la fecha como símbolo de la unión iberoamericana, iniciativa que fue aceptada de inicio por prácticamente todos los países implicados.

Aunque desde el principio su denominación suscitó algunas polémicas, no fue sino hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX cuando esta se cuestionó fuertemente y de manera bastante generalizada, a la luz de una revisión crítica de la historia, tanto así que para 1992 y la celebración del quinto centenario del así llamado “descubrimiento” (que es, en sí, un término eurocéntrico), el lema contestatario más recordado fue la pregunta retórica “500 años ¿de qué?”

En diferentes momentos de su historia, los países latinoamericanos han ido modificando la denominación y el sentido inicial de la conmemoración aludida, sustituyéndola en algunos casos por una visión más respetuosa e integradora. En nuestro país, la Asamblea Legislativa suprimió en 2021 la “Fiesta de la Raza”, por considerar que dicho concepto lesiona la dignidad de los pueblos indígenas, que sufrieron terribles vejaciones durante la conquista y colonia española.

Sin embargo, más allá de la perspectiva que se asuma al momento de visualizar y entender los hechos ocurridos hace 500 años, es importante ser fieles a la historia y reconocer nuestra identidad nacional como un mestizaje étnico y cultural, forjado a lo largo de siglos. En este tema no caben los simplismos, pues tan nuestras son las raíces de los pueblos originarios (pipiles, mayas, lencas y otros) como aquellas que provienen de la vertiente peninsular española, sin olvidar el aporte afrodescendiente (aunque mucho menor en comparación con países vecinos) y otras etnias que a través de la historia se han fundido en el crisol de la salvadoreñidad (como la de ascendencia árabe, entre otras).

En consonancia con lo anterior, es curioso notar cómo aquellas que consideramos “nuestras tradiciones”, expresadas en diversas formas de folclore (bailes, trajes típicos, gastronomía, mitos y leyendas, etc.) no se remontan mayoritariamente al pasado prehispánico sino a las épocas colonial y posteriores. Piezas musicales y coreográficas tradicionales como “Las cortadoras” y el “Pregón de los nísperos” aluden a la recolección del café, cultivo que se introdujo a gran escala en el país hasta mediados del siglo XIX. El sentido de las danzas de los Historiantes (moros y cristianos) y El Torito Pinto viene de España: la primera referida a la guerra de reconquista de casi ocho siglos en la península ibérica y la segunda, la representación de la tauromaquia. El Cipitío no va con taparrabo sino con cotón de manta, sombrero de palma y caites, tal como se les mandó vestir a los indios una vez finalizada la conquista. Y así hay muchos otros ejemplos.

Lo dicho anteriormente no es para minimizar nuestras raíces indígenas, sino para evidenciar nuestra identidad mestiza, lo cual requiere de honestidad histórica e implica la aceptación y el respeto por las diversas fuentes vitales que nos han alimentado durante nuestra historia y nos han llevado a ser lo que somos: un colectivo multicultural en donde ya no caben las discriminaciones injustas ni las intolerancias obsoletas.