Publicado en Diario El Salvador.
Los seres humanos somos gregarios, es decir, tenemos la tendencia natural a agruparnos y actuar en conjunto, a fin de “encontrar organización, dirección y coordinación para alcanzar objetivos comunes, evitar conflictos o maximizar nuestra supervivencia”; sin embargo, los grupos no se administran a sí mismos a partir de un colectivismo abstracto, sino que requieren de personas concretas que los guíen con conocimiento y sabiduría: tal es la misión de un líder.
El liderazgo es una cualidad innata que se puede desarrollar, orientar y potenciar con adecuados procesos educativos y de socialización. El debate está en qué tanto pesa el don natural frente a la formación personal, pero lo cierto es que el carácter de un líder se reconoce de inmediato en cualquier estructura organizativa, sea privada o pública, por la sensación de autoridad que acompaña a sus decisiones, su carisma y su capacidad de convencer.
Consultado sobre el tema, el generador de texto de inteligencia artificial, ChatGPT, produjo este interesante párrafo:
Gregarismo y liderazgo son conceptos complementarios: el primero es la tendencia a seguir, adaptarse y colaborar dentro de un grupo; el segundo implica tomar iniciativa, influir en otros y asumir un rol directivo. Un líder necesita del gregarismo del grupo para que su dirección sea efectiva, mientras que el gregarismo se beneficia del liderazgo para evitar la desorganización.
En política, la virtud del liderazgo es particularmente importante, porque es justamente en ese ámbito donde se articulan todas las demás esferas de la vida social que posibilitan el desarrollo de las personas. A partir del modelo de inteligencias múltiples (Howard Gardner, 1983), puede afirmarse que el auténtico líder político tiene una extraordinaria inteligencia interpersonal, definida como “la capacidad de comprender, empatizar e influir en otras personas”, inspirando confianza para movilizar al grupo. También le resulta indispensable poseer alta inteligencia intrapersonal, que implica el autoconocimiento de sus propias fortalezas y debilidades; sabiendo que, como ser humano, no es infalible y eventualmente necesitará rectificar cuando sea prudente, oportuno y necesario. Como complemento de las anteriores, la persona que ejerce el liderazgo debe poseer una sobresaliente inteligencia lingüística, “la capacidad de articular ideas, persuadir y movilizar masas a través del lenguaje”, cualidad que jamás debe entenderse como vacía forma sin contenido profundo. Esta es especialmente importante en una época donde la comunicación asertiva es indispensable.
La complejidad de los entramados políticos es monumental, incluso donde hay buenas intenciones; de ahí que el líder esté obligado a lidiar con personas difíciles y a tomar decisiones que no son nada simples, especialmente en entornos sociales históricamente distorsionados. A quien está en posición de liderazgo político se le exige escuchar, ponderar, meditar, convencer y actuar; saber cuándo ser firme y cuándo flexible; y tener el sano criterio para intervenir en el momento oportuno, sin caer en los extremos ni del excesivo control ni del “dejar hacer, dejar pasar”. Quien se sabe llamado a ejercer el liderazgo a estos niveles está consciente de la responsabilidad que tiene y, aun cuando siente el natural temor ante el desafío, está dispuesto a servir al colectivo sin caer en las tremendas tentaciones del poder.
Las expectativas y riesgos que caen sobre un líder político siempre son enormes y, más tarde o más temprano, su desempeño acaba dejando en claro quién realmente lo es y quién sólo pretendió serlo; por ello, el balance final de un liderazgo tiende a ser más objetivo a medida que pasa el tiempo, cuyo veredicto se aleja de las pasiones, intereses y tribulaciones del momento. Los movimientos, grupos, empresas, partidos y naciones que tienen verdaderos líderes conduciéndolos pueden nombrarse dichosos. Y los que no, ojalá que los encuentren pronto y, una vez hallados, sepan cuidarlos como su más preciado tesoro.
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