Publicado en Diario El Salvador
Hace unos días se inauguró en el Centro Histórico de San Salvador el mausoleo dedicado a Francisco Morazán, militar y político del siglo XIX que luchó por la unidad centroamericana, la Patria Grande. Ese monumento conmemorativo va más allá de honrar la memoria de alguien que fue fiel a sus ideales hasta el final, con una visión que no fue comprendida en su tiempo. De lo que se trata aquí es de erigir símbolos culturales que le den cohesión a la nacionalidad, porque ninguna sociedad se sostiene únicamente sobre instituciones, leyes o intereses materiales; también necesita una memoria compartida, personajes que encarnen determinados ideales y lugares donde esa memoria pueda hacerse visible. Los monumentos, las ceremonias y los relatos sobre el pasado contribuyen a construir esa comunidad que llamamos nación, idea ampliamente fundamentada en las humanidades teóricas.
El mausoleo de Morazán no es simplemente un edificio destinado a guardar unos restos mortales. Su ubicación, junto al Palacio Nacional y frente a la Biblioteca Nacional, lo incorpora al circuito histórico y cultural del Centro de San Salvador. La posibilidad de visitarlo gratuitamente, conocer allí la historia de Morazán mediante recorridos guiados, presenciar la Guardia de Honor y encontrar incluso un espacio para exposiciones artísticas lo convierten en una experiencia cultural viva.
Sin embargo, a propósito de este gesto sociocultural, han emergido varios historiadores —unos oficiosos y otros desde las cátedras de ciertas universidades— lanzando bolas de demolición contra el mausoleo. Sus argumentos van desde la descalificación, con marcado desdén, del sueño morazánico de la Patria Grande, hasta la minimización del papel político del prócer de la unidad centroamericana. Para ellos, no vale la pena ese homenaje. Presentan un torrente argumental para darle apariencia académica a su crítica, pero en el fondo se detecta la verdadera razón de la molestia: que la capital cuente ahora también con un punto de referencia histórico, y no solamente con un espacio arquitectónico y de recreación; y, más aún, que esta sea una obra del gobierno del presidente Bukele. Estos historiadores camuflan malamente su antipatía política en un mar de datos y elucubraciones, cuando en realidad lo que hay es una profunda fijación antigobierno. Con ellos no hay manera de que aprueben nada, porque están anclados en la frustración de su insignificancia política.
Por supuesto, discutir históricamente a Morazán es perfectamente legítimo. La historia, como disciplina seria, consiste precisamente en examinar a los personajes en toda su complejidad, con sus aciertos, errores, contradicciones y circunstancias. Pero una cosa es cuestionar documentadamente una interpretación histórica y otra muy distinta es escudarse en una etiqueta académica para atacar al gobierno que la realiza.
El problema de estos historiadores de papel es que son incapaces de admitir que un símbolo pueda tener valor cultural si ha sido promovido por alguien a quien adversan políticamente. No pueden separar la obra de quien la inaugura, ni el personaje histórico de quien decide ponerlo en el espacio público. El sueño morazánico de una Centroamérica unida puede analizarse, discutirse e incluso cuestionarse, pero el valor histórico de su figura no se puede descalificar con ligerezas desde un escritorio o desde el teclado virtual de un móvil, por quienes han convertido la oposición política en un dogma para rechazar cualquier iniciativa del presente.
Una sociedad necesita símbolos para identificarse y reencontrarse con su propia historia, para que esta salga de las páginas de los libros y vuelva a ocupar las plazas, los edificios y los espacios públicos, en las figuras de personajes que, sin haber sido perfectos, tuvieron la visión y el coraje de intentar construir un futuro de prosperidad para sus pueblos.


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