martes, 5 de agosto de 2014

De Gelbfuhs-Neustadtl a Sonneborn-Berger

La clasificación de un torneo de ajedrez tiene muchos sistemas de desempate, uno de los más usados es el Sonneborn-Berger, que valora más los puntos obtenidos ante rivales que han tenido un mejor desempeño en un torneo dado. Esta puntuación para determinado participante en un torneo individual se obtiene al sumar el puntaje de los rivales a los cuales dicho jugador derrotó, más la mitad del puntaje de los rivales con quienes ese jugador hizo tablas.

Desde hace algunos años, la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) usa un sistema Sonneborn-Berger modificado para torneos por equipos, el cual se obtiene sumando los respectivos resultados de multiplicar los “game points” o marcador logrado ante cada equipo enfrentado por los “match points” o puntos conseguidos por dicho equipo en la competición, excepto el del que puntuó menos.

Cálculos y ejemplos aparte, lo interesante del caso -y que es el objeto de esta entrada- es destacar que el sistema Sonneborn-Berger no fue inventado ni por William Sonneborn (banquero inglés, 1843-1906) ni por Johann Berger (maestro ajedrecista austríaco, 1845-1933).

Según varias fuentes publicadas en internet, que citan libros de la época, la propuesta de este sistema de desempate la hizo el ajedrecista de origen checo, Oscar Gelbfuhs (1852-1877), en un torneo en 1873, que fue secundada con una pequeña modificación por el médico praguense Hermann Neustadtl (1962-1909), a través de una carta enviada a la revista “Chess monthly” en 1882.

Lo que hicieron Sonneborn y Berger fue discutir las ideas de Gelbfuhs y Neustadtl, proponiendo modificaciones que prácticamente fueron descartadas y nunca se usaron en torneos, mientras que sí acabó aceptándose la idea original de los checos.

¿Por qué circunstancias el sistema acabó conociéndose como Sonneborn-Berger y no como Gelbfuhs-Neustadtl, como debería ser? No lo sé, pero visto así... ¡vaya injusticia histórica!

jueves, 31 de julio de 2014

En el Día del Periodista

jueves, 26 de junio de 2014

¿Negocio redondo en la "salud modelo"?

Mientras no se vea el funcionamiento real de las “ciudades modelo” o charter cities propuestas para Honduras, cuya huella quiere seguir la cúpula empresarial salvadoreña, se podrán decir muchas cosas en calidad de especulaciones y prejuicios a favor o en contra. Sin embargo, cuidado con creerse ingenuamente el discurso con que se quiere vender la idea, especialmente si se tienen en cuenta experiencias anteriores en nuestros países, las cuales -si bien no son idénticas a lo que ahora se propone- aportan indicadores de comportamiento que no pintan un futuro muy halagüeño.

Permítaseme en este artículo elucubrar sobre el sistema de cobertura de salud que podría haber en esas ciudades, a partir de sus leyes especiales de funcionamiento interno.

Lo previsible es que las empresas y sus trabajadores/as no coticen al Seguro Social, sino que dicha cobertura sea ofrecida por un seguro médico-hospitalario privado obligatorio. Para darle sentido de realidad, recordemos que en el periodo 1999-2004 el entonces presidente de El Salvador, Francisco Flores, intentó privatizar la salud bajo este esquema.

La idea se venderá, como siempre se hace, enumerando sus ventajas, principalmente la atención rápida y esmerada; sin embargo, este tipo de seguro siempre opera con un deducible mensual pagado por el usuario/a, da una cobertura del 80% o 90% sobre el exceso de este monto, excluye muchas enfermedades y, sobre todo, tiene un límite monetario de cobertura, más allá de lo cual todo queda a cuenta y cargo del paciente.

En relación con el Seguro Social, es clara su desventaja en cuanto a cobertura, aunque mejora sustancialmente los tiempos de atención y trámites del ISSS, que son prolongadísimos, ya no se diga en comparación con el sistema de salud pública.

Pero detrás de todo esto hay un punto interesante a considerar: la política laboral de contratación por parte de los consorcios que regirán la charter city bien puede ser contar únicamente con personas solteras, sin hijos/as y, sobre todo, siempre menores de 30 años, porque se enferman menos.

Así, la población trabajadora será siempre joven y así también el seguro médico-hospitalario será un negocio redondo para los inversionistas, que obviamente no derivará en la reducción de las primas a pagar por parte de los usuarios/as.

¿Habría lugar para protestar por esto? Por supuesto que no, pues habiéndose firmado un contrato de adhesión, por su "libre y soberana voluntad", su otra opción sería el desempleo y la pobreza.

La pregunta que queda flotando es la siguiente: ¿es ético aprovecharse de la miseria para proponer la sobreexplotación incondicional pero "voluntaria" como única opción?

martes, 24 de junio de 2014

"Ciudad modelo" y los cantos de sirena

En la vecina Honduras están por comenzar la construcción de la primera “ciudad modelo”, como se conoce a la propuesta de charter cities hecha por el economista norteamericano Paul Romer, tomada con ligeras adaptaciones por el gobierno de ese país, que no ha vacilado en hacer incluso reformas constitucionales para despejar el camino de lo que consideran una vía de desarrollo rápido.

Esta semana, la Asociación Nacional de la Empresa Privada (ANEP), propuso para El Salvador ese mismo modelo.

En síntesis, el concepto de charter city es que un consorcio de empresas transnacionales, en una considerable extensión de tierra que les cede un país, edifica sus instalaciones y construyen una ciudad con todos sus servicios básicos, para que vivan allí sus trabajadores/as.

El atractivo para el país sede es la generación de empleos directos donde antes no los había. La pregunta que surge es “¿a cambio de qué?”, pues es sabido que el gran capital no invierte por bondad sino por interés.

La respuesta la da el propio Romer, al distinguir entre las “buenas normas” del capitalismo a ultranza y las “malas normas” que frenan el desarrollo dentro de dicho esquema, como la inestabilidad política y jurídica, así como cierta legislación que, si bien no menciona de manera explícita, claramente alude a los derechos laborales y la intromisión del Estado en el libre mercado.

Por tal razón, la “ciudad modelo” tendrá sus propias normas jurídicas, policía, autoridades, sistema previsional, impuestos y demás regulaciones específicas autónomas, todo lo cual será aceptado “libremente” por la persona que decida trabajar allí, mediante la firma de un contrato de adhesión.

En la práctica, será una ciudad-estado dentro de un país.

Semejante esquema genera más dudas que certezas, algunas de las cuales se pueden señalar a priori:

a) Al estar libres de impuestos nacionales, las ganancias que obtengan las empresas allí establecidas no se reinvertirán en el resto del país (a menos que sea bajo el mismo esquema de charter city).

b) La actividad económica de la población allí residente será endógena, sin extenderse al resto del país, puesto que allí estarán todos los bienes y servicios necesarios para la vida de las personas, provistos por las empresas autorizadas por el gobierno citadino. Nótese que el régimen tributario de sus habitantes también será autónomo.

c) Se prevé la limitación o retroceso en cuanto a derechos laborales e incluso derechos humanos constitucionales (como la libertad de expresión y de movilización). Esto abriría la puerta a abusos laborales, como ha mostrado la experiencia reciente en las maquilas.

d) Una concesión a tan largo plazo (se habla de 100 años) es ceder la soberanía nacional en ese territorio.

e) Al vivir dentro de una ciudad cuyos propietarios son los mismos patronos, a cuyos intereses la persona se ha adherido por contrato, se produciría una alineación -y alienación- prácticamente incondicional del sector obrero, separándolos además ideológica y culturalmente del resto del país.

Desde la lógica del gran capital, la idea es magnífica: un paraíso ultracapitalista donde ellos ponen las reglas a su entera conveniencia, sabedores de que aún las migajas serán tenidas como bendición por el hambriento. Pero esto sólo puede funcionar en un país que sea y siempre siga siendo pobre, pues de otra manera sus pobladores no renunciarían a sus derechos firmando un contrato abusivo.

No nos olvidemos de que, aun cuando para algunos esté pasado de moda, el concepto marxista de “ejército industrial de reserva” es una realidad palpable.

domingo, 1 de junio de 2014

Entregados a la intemperancia

La templanza es una virtud que no poseemos en la Guanaxia Irredenta. Del latín temperantia, esta característica se refiere a la “moderación de los apetitos y el uso excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón”, teniendo también la acepción de “sobriedad” y “continencia”.

Y aquí lo que campea es lo contrario, es decir, la intemperancia.

Fíjese usted cómo manejamos nuestros vehículos automotores, desde los más burdos motoristas de buses y microbuses hasta los cavernícolas que le echan el camión al carril de a la par, pasando por cafres tras el volante de todo tipo de todoterrenos, sedanes y compactos. Es la cultura del acelerón y el frenazo, más las pitadas de “la vieja” y otros insultos por doquier.

Mire nada más cómo nos mesamos los cabellos y comemos las uñas apasionadamente frente a las pantallas de los televisores meridianos, cuando toca un partido de esos equipos españoles a los que les debemos la vida, no obstante que somos insignificantes para ellos. Otras cosas más peligrosas ocurren cuando se juntan las barras bravas del FAS y del Alianza, que hasta la cancha invadieron para penquear a sus propios jugadores.

La religión, en contra de lo que se podría esperar, no ha contribuido a sosegar ciertos impulsos elementales, sino todo lo contrario. Escuche, si su sentido del oído no colapsa antes, a cuanta iglesia o culto evangélico hay instalado en toda zona residencial posible y dese cuenta del desborde de gritos de poseso que dan los predicadores, que transmiten imágenes perniciosas de dioses celosos, crueles y vengativos. Y no digamos ya los músicos que acompañan estas prácticas, con sus alaridos desafinados a todo volumen para que les oigan dos cuadras a la redonda. Pero varias de las iglesias tradicionales e históricas no les van muy a la zaga, con grupos y sectas de fanáticos/as que se olvidan hasta de su familia, evadidos en éxtasis místicos subjetivos que muchas veces no se trasladan a la acción solidaria real. Porque -no lo olvidemos- el exceso de religión también puede llegar a ser nocivo.

De las bebidas alcohólicas y la adicción enfermiza a la comida chatarra, mejor ni hablemos.

En el plano político, ya ni se diga. El intercambio de insultos -poco creativos, además- es siempre la primera opción frente a los adversarios. La repetición mecánica e irreflexiva de viejas consignas es a menudo el único pilar de donde asirse. No vemos virtudes en los rivales ni defectos en los ídolos o idolitos que creamos para luego elevarlos a importantes cargos. Y lo peor es que, cuando nos escupen en la cara, hasta les agradecemos, poseídos por una devoción malsana hacia los colores partidarios.

Así pues, vamos entre amores ciegos y odios primitivos, buscando quién desde afuera de nosotros mismos nos arregle la vida entregando nuestras mejores y peores pulsiones sin medida ni moderación.

Y así, ¿cuándo saldremos del hoyo?

jueves, 22 de mayo de 2014

Cuando seleccionar es respetar

Desde hace más de veinte años he organizando actividades culturales para niños/as y adolescentes en diversas ramas del arte: composición literaria, oratoria, declamación, teatro, música, danza, etc. En esta labor he contado con la valiosa ayuda de los compañeros/as docentes de diversos niveles para la promoción y motivación de las mismas.

Puesto que son espectáculos públicos que toman en serio al arte y a los jóvenes artistas, siempre se programa en ellos una primera fase de audiciones clasificatorias, sin público, para de allí seleccionar a quienes están aptos para la presentación final ante el respetable. Es este un criterio de educación y de respeto tanto para los participantes como para los espectadores, que aun a edades tempranas deben saber distinguir -así sea intuitivamente- lo que está bien hecho.

Sin embargo, no todas las personas involucradas entienden este criterio. En ocasiones, hay participantes -e incluso sus docentes y familiares- que insisten en que “se les dé la oportunidad” de pasar aun cuando el número artístico en cuestión no reúne las condiciones básicas de calidad estética para el nivel escolar involucrado, como siguiendo el modelo de aquel programa de televisión, “Jardín infantil”, donde los infantes hacían cualquier cosa y a todo le daban el “¡aplaushooo!” que pedían invariablemente Prontito, Chirajito, Pizarrín y el Tío Periquito.

Entonces pues, tengámoslo claro: el hecho de presentar un talento artístico ante la multitud y recibir su aplauso es gratificante, pero solo cuando es sincero, merecido. Si algo no está bien preparado, ya sea por falta de trabajo o porque no es ese su talento o vocación (que puede tener otros), lejos de hacerle un bien se le hace un mal a la criatura exponiéndola al ridículo o, peor aún, al escarnio, así este sea velado.

Por eso... ¡no, mis estimados/as!

Las audiciones y fases de clasificación son para intentarlo, pero a la presentación con público van solo los que clasificaron porque lo hicieron bien. No se debe poner en un escenario a un niño/a o joven si no está preparado para ello, ya que -por la “buena intención” de "estimularlo"- en realidad se le puede hacer pasar una gran vergüenza.

Y yo no tengo corazón para eso.

domingo, 18 de mayo de 2014

De tradiciones perniciosas

Es peligroso valorar positivamente actos y comportamientos por el solo hecho de ser "tradicionales" o nada más porque forman parte de la idiosincrasia, transmitida de generación en generación. Un sano juicio crítico debe aplicársele a cada circunstancia, viendo si hay algún sentido en continuar con aquello que se dice tradicional o es mejor abandonarlo en el más lejano rincón de un cofre de recuerdos destinados al olvido.

Para visualizar mejor el tema, analice usted -como padre de familia- si está en disposición de seguir estas tradiciones en cuanto a la educación de sus hijos:

- Al niño/a tierno enfermo, llévelo al curandero para que le saque a fuerza la mollera.

- Al cipotío/a travieso, hínquelo en maíz, después de la respectiva penqueada, cuando cometa alguna falta.

- Al bicho adolescente, llévelo a una casa de putas para que “lo hagan hombre”.

¿Ajá…?

domingo, 11 de mayo de 2014

El gruñón que opina... desde afuera

Emigrar de El Salvador para establecerse en otros países es una decisión que involucra muchos factores personales y sociales, de gran complejidad y variedad. No se puede, por lo tanto, generalizar un juicio de valor acerca de la migración, que si acaso correspondería hacerlo a los familiares o personas directamente involucradas con quien decidió construir su destino lejos de la tierra que le vio nacer.

Hay quienes se fueron porque, si no, los mataban; otros, en cambio, arriesgaron la vida para irse. Están los que, no teniendo aquí oportunidades laborales de progreso, se vieron en la necesidad de tomar para sí los trabajos que no quieren hacer los ciudadanos/as del país de destino. Otros consiguieron una formación profesional demasiado avanzada para el mercado laboral local y se quedaron allá donde estudiaron. Hubo gente que, teniendo aquí trabajo y condiciones de vida aceptables, se convenció de que lejos todo sería mejor. Unos huyeron de su infierno familiar, sin percatarse de que se lo llevaron a cuestas. Otros, amargados y decepcionados de su país, buscaron el abrazo lejano, donde siguieron igual de amargados y decepcionados. Están quienes, ya sea buscándolo conscientemente o por simples azares de la vida, encontraron su pareja extranjera e hicieron allá su vida familiar. Y están todos los demás casos y posibilidades que cada quien sabrá.

Lo cierto es que se fueron y ahora viven en otros países. Y ya allá, ¿cuál es su actitud hacia su país natal?

Mientras unas personas no quieren saber nada de sus connacionales y hacen lo posible por ocultar su nacionalidad de origen y mutar en cuanto sea posible, otros no se pueden desprender de sus raíces y no saben vivir fuera de las comunidades, espacios y ambientes nostálgicos. Entre estas dos actitudes caben muchos matices, allá cada quien con el suyo.

Ahora bien, el compatriota que se marchó y vive lejos de la Guanaxia Irredenta, ¿tiene derecho a opinar sobre la vida nacional?

Es difícil, si no impertinente, pretender dar una respuesta general y definitiva para esta pregunta.

Una de las líneas de argumentación más frecuente gira en torno al dinero. Bien sabido es que la economía nacional no ha colapsado gracias a las remesas que envían los “hermanos/as lejanos”, y es en estos “pobredólares” (término de Carlos Velis para referirse a los dólares ganados sobre la base de la pobreza material) donde muchos amparan su derecho a opinar, votar e incidir en las cosas patrias. ¿Entonces hacemos valer aquello de “quien paga el músico escoge la canción”? ¿Y qué hay de quienes no envían dineros y desde lejos manifiestan sus pareceres? ¿Siguen siendo tan salvadoreños/as como antes de emigrar y conservan su derecho a decir y decidir sobre temas cuzcatlecos? ¿Son sus aportes más o menos valiosos por el solo hecho de habitar a miles de kilómetros del terruño patrio?

Hay, como se ve, más preguntas que respuestas definitivas.

No obstante lo dicho anteriormente, entre toda esta gama de posibilidades hay una especie particular que, por lo visto, tiende a caer bastante mal: es esa persona que se marchó por su voluntad y decisión, siendo ese su proyecto de vida, pero una vez establecida en lejanas naciones, no cesa de hacer públicas a través de redes sociales y otros medios sus críticas, sarcasmos y opiniones peyorativas acerca de todos los aspectos posibles de la vida nacional. Lo hace en forma pedante y ay de aquel que le contradiga. Nada le gusta y todo le molesta, pero no aporta nada. Mentalmente, jamás se fue del lugar que desprecia, por eso ahora es el gruñón que opina desde afuera.

- ¡Ah, pero cascarrabias hay varios/as, hasta uno peca a veces... -dirá alguien.

Quizá, pero nótese que hay una pequeña diferencia por el solo hecho de que el compatriota viva dentro o fuera de la Tierra de Atlacatl (quien, por cierto, no existió): los del segundo bloque se exponen a que se les cite aquella frase de Roque Dalton, “deberían dar premios de resistencia por ser salvadoreño”, combinada con el título del libro de José Roberto Cea, “En este paisito nos tocó y no me corro”.

En conclusión, pues, ya ve que el tema "nues" tan así nomás.

domingo, 4 de mayo de 2014

A la altura de las circunstancias

Ya sea que usted tenga años como ciudadano/a virtual de Facebook, Twitter, blogs y sitios web, o bien acabe de comenzar sus pasos por las redes sociales virtuales, échele un ojo a este decálogo que me envió Al Phil, un tipo que dice ser gran conocedor del alma cuzcatleca. Según el remitente (quien no aclaró si lo elaboró él mismo o lo recopiló de otros sitios), siguiéndolo escrupulosamente usted estará siempre a la altura de las circunstancias en el ciberespacio de la Guanaxia Irredenta.


Decálogo del internauta guanaco

* Por Al Phil

1. Luzca radical.
Aquí no valen ni los análisis mesurados ni el equilibrio de pensamiento. Sea más revolucionario que Farabundo, más papista que el papa, más hippie que si hubiera sido concebido en Woodstock, más anticomunista que el extinto mayor D’aubuisson, más marihuanero que Bob Marley, más feminista que la Frida y la Simone enredadas en un cuadro surrealista, más anti-imperialista que Fidel y Hugo, más recalcitrante que los editorialistas de El Diario de Hoy... en fin, ya me entiende.

2. Sea indulgente con la ortografía.
Si le molestan los errores de escritura ajenos -sean ortográficos, de puntuación, de signos o gramaticales- sufrirá lo indecible en silencio; pero si se atreve a corregirlos aunque no sea en público sino en privado, caerá mal y recibirá insultos por respuesta. Eso sí: no vayan a ser suyos los errores, porque recibirá palos virtuales de todos lados.

3. Admire la fanfarronería.
Las comunidades virtuales SV están llenas de analistas más agudos que Descartes, revolucionarios/as de la talla del Che que condujeron procesos históricos, viajeros ante quienes palidece Marco Polo, músicos y poetas geniales pero incomprendidos, historiadores a cuyo lado Herodoto es un aprendiz, parejas más unidas en intenso y eterno amor que Romeo y Julieta (antes de matarse), etc. Compréndalos: estas humildes personas necesitan su atención y, sobre todo, muchos “likes”.

4. Esconda su identidad tras la imagen de sus bebés.
Ya sea que usted use una cuenta con su propio nombre o con un seudónimo, ponga como foto de perfil a su hijo/a, de preferencia si están muy pequeños y no pueden protestar. Ojo: no se ponga usted con su hijo/a, sino a la criatura sola y de ser posible con acercamiento al rostro. Así nadie dudará del amor filial y, de paso, nos confundirá a todos.

5. Publique para su audiencia al otro lado del mundo.
Si acaba de temblar, ponga “tembló”; si está lloviendo, “llueve”; si hace calor, “¡qué calooor…!”; si hubo gol en el partido que todos estamos viendo, “¡goool…!”; y así por el estilo, no importa que aquí nos hayamos dado cuenta desde la realidad misma, mejor que quede constancia.

6. Insulte en cuanto pueda.
Si piensa comentar y contestar “posts”, noticias, tuits y demás, olvídese del lenguaje respetuoso y de la persuasión estratégica: déjese ir de una vez con epítetos estándar como “cerote” y “pendejo”, con sus respectivas variantes femeninas y plurales. Ya si quiere presumir de su amplitud lingüística, puede intentar algunos artificios más complicados, que no ponemos aquí para no echarle a perder la vena creativa.

7. Sepa que Dios habita en la web.
Si usted ora en silencio, aunque brote sinceramente desde lo más íntimo de su corazón, el mensaje probablemente no llegará al destinatario; por eso, publique sus oraciones (peticiones, agradecimientos, etc.) en internet, que de esa manera es mucho más probable que Dios las atienda. De paso, todos sabremos que usted es una persona religiosa y bendecida.

8. Muestre a sus mascotas.
Es la mejor manera de ganar popularidad. No se preocupe si las fotos le quedaron borrosas, movidas o mal encuadradas: las mascotas en sí ganan muchos más “likes” y comentarios positivos que cualquier otra cosa sobre la faz del planeta. Si le puede añadir descripciones creativas como “mi bebé”, mejor aún.

9. Créaselo todo.
“Papanatas” es una “persona simple y crédula o demasiado cándida y fácil de engañar”; entonces, sea papanatas, confíe y crea en todo lo que está publicado en internet. Comparta y reenvíe cuanta historia absurda, falsa o inverosímil llegue a su muro o bandeja de entrada. ¿Para qué analizar el contenido? ¿Para qué verificar fuentes fiables? ¿Para qué validar la información? ¡Qué va! Si está en internet, es porque es cierto.

10. ESCRIBA TODO EN MAYÚSCULAS.
OLVÍDESE DE MANEJAR APROPIADAMENTE LA TECLA “SHIFT”, QUE DE ESA MANERA TENDRÁN MÁS FUERZA SUS PLANTEAMIENTOS Y DEJARÁ CLARO QUE ESTÁ HABLANDO CON ÍNTIMA CONVICCIÓN, GRANDES ASPAVIENTOS Y TODA LA RAZÓN DE SU LADO.

Posdata: ante el clamor de "¡otra, otra!" por parte del respetable, el autor envió un par de normas adicionales, que de igual forma tampoco alteran la condición de decálogo, según la definición del mataburros. Helas aquí.

- Ponga sus conversaciones privadas en público.
No use el "chat" ni el correo electrónico, mucho menos mensajes privados, que dan mucha lata; para eso, es más fácil y rápido conversar con su interlocutor en el espacio destinado a comentarios o a través del Twitter, usándolo como si fuera servicio de mensajería, con la ventaja de que así todos nos enteramos.

- Sea misterioso y enigmático/a.
Ponga frases que despierten la curiosidad (p.ej.: "¡Basta, ya no soporto más!"), pero no dé ninguna pista y evada todas las preguntas que le hagan sobre qué exactamente le está pasando".

sábado, 3 de mayo de 2014

Los cuentos de Milissa Sierra

Buena parte del tiempo de ocio de mi infancia lo pasé escuchando los cuentos infantiles que transmitía Radio Nacional a través de los 660 KHz en la banda de amplitud modulada (AM). El programa era conducido por la locutora Aída Mancía y muchos de los cuentos allí presentados eran adaptaciones radiofónicas de Milissa Sierra.

El reparto vocal, los pocos pero oportunos efectos sonoros, la música ambiental hecha con un organillo magníficamente utilizado y, sobre todo, la hábil redacción de los parlamentos debidamente pensada para el medio radial (describiendo en voz alta aun desde el propio parlamento: ¡"oh, pero qué veo allá a lo lejos, es un árbol del cual cuelgan dorados frutos!"), todo ello permitía imaginar vivamente los ambientes, personajes y situaciones.

Lo curioso es que los cuentos, aunque se repitiesen con cierta frecuencia, siempre lograban una renovada y profunda impresión en mi imaginación.

Y bueno, en fin, para no quedarse picados, aquí les dejo un enlace para escuchar "Los tres pelos del Diablo". Dele los clics necesarios, póngase cómodo/a, cierre los ojos... ¡y disfrute!