sábado, 18 de agosto de 2007

"Tebas", los objetos protagonistas.

Hoy hemos visto "Tebas", obra teatral a la que acudimos por gentil invitación de Alejandra Nolasco, una de las actrices involucradas. Este montaje de Fernando Umaña se basa en varios textos de la antigüedad griega y desarrollan la trama trágica de los hijos de Edipo, todo ello lleno de ingeniosos recursos escénicos para caracterizar a los personajes y establecer o insistir en las emociones planteadas.

Al final de los noventa minutos -y vaya en ello el reconocimiento del mérito actoral- me pareció que los protagonistas fueron, precisamente, los objetos; es decir, todo lo que, por virtud de los participantes, puede expresarse a través de cinco barriles, un par de tablones, dos o tres telas, una silla secretarial y una bicicleta estacionaria (además, claro, están las máscaras, la expresión corporal, las luces y los incipientes y dolorosos cantos en escena).

Lo antes dicho tiene sentido desde el momento en que el tono recitativo propio del teatro clásico es el mismo durante toda la obra, son los mencionados utensilios los que dan dinámica y mantienen el interés intelectual del público. Observo aquí que la obra no está dirigida al sentimiento sino a la razón, en tanto que el público no ríe ni llora, sino que reflexiona sobre el tema central: la orgullosa terquedad de un monarca, quien persiste en una injusticia. Quizá por ello en algunos medios la obra se promocionó como una reflexión sobre la realidad actual, aun cuando no me parecieron tan pertinentes los últimos objetos (fotografías) aparecidos al final, pues el paralelismo histórico entre estas y aquellas víctimas luce un tanto forzado.

En síntesis: buena obra, vayan a verla y, una vez allí... ¡deléitense con la plasticidad de tales armazones!

domingo, 12 de agosto de 2007

"Guanacos", ¿por qué?

El diccionario de la Real Academia Española de la lengua registra cuatro acepciones del término "guanaco": la primera se refiere a un "mamífero rumiante de unos trece decímetros de altura (...) animal salvaje que habita en los Andes meridionales". Como de estos seres se dice que no son muy inteligentes, la segunda definición aplica como adjetivo para una "persona tonta, simple", mientras que la tercera es sinónimo de "aldeano". Finalmente, en el cuarto apartado, se reconoce la palabra como gentilicio aplicado a las personas originarias de la República de El Salvador.

Bien es cierto que el proceder cotidiano de no pocos connacionales justificaría la relación de significados entre una y otra acepción, pero no estoy tan convencido de que ese sea el origen semántico de este modo coloquial de identificarnos. Por eso, a falta de una mejor explicación, o de que algún académico serio nos saque de la duda, lanzo la siguiente hipótesis.

La isla de las Antillas en donde Cristóbal Colón desembarcó el 12 de Octubre de 1492 fue bautizada por él como "San Salvador", mismo nombre con el que fue fundada en 1525 la ciudad que posteriormente sería la capital de este país centroamericano. Dicha isla era conocida por los aborígenes como "Guananí" o "Guanahani", de donde surge la posibilidad que en algún momento se haya relacionado una cosa con la otra, creándose la palabra derivada en cuestión, a partir del lexema "guana-".

viernes, 10 de agosto de 2007

Adita ya es "master"

Adita apareció en las clases de ajedrez que por la tarde daba yo hace algún tiempo en la institución educativa donde laboro. Tenía once años y era de esas niñas acaparadoras de la atención docente en toda aula, a veces con carácter de monopolio. Sin embargo, se le quedaba viendo al tablero con ojos enormes, como no lo hacían otros compañeritos de su edad, mientras se mordía los dedos de su mano derecha y tramaba aparentes disparates para con piezas propias y enemigas. Quizá el ser zurda hacía que viera las cosas de otra manera, porque a los pocos meses mostró una inusual habilidad para resolver los ejercicios y hacer cálculos abstractos, además de sorprender con lances inesperados a sus incautos rivales. El tiempo que duró esa primera formación me dio la certeza de un descubrimiento y, luego de unos quince meses bajo mi tutela, fue llevada al local de ajedrez del Instituto Nacional de los Deportes para continuar su desarrollo como atleta del pensamiento, creciendo en fortaleza. Ahora, más de ocho años después y tras muchos meses de no verla, me entero de que Ada Marcela Castaneda logró su título de Maestra Internacional de Ajedrez. En esta conquista, evidentemente, han contribuido muchas personas y circunstancias, pero como estas líneas son sólo mías, pongo en ellas mi orgullo docente, por aquella cuidadosa siembra que ahora da cosecha.

miércoles, 8 de agosto de 2007

El procesamiento de los ratones

De los varios métodos para eliminar ratas y ratones caseros, simpáticos pero dañinos roedores (aparte de los accidentes como el descrito en "electrocución contigua"), finalmente nos decantamos por la trampa de jaula, en donde la presa queda atrapada casi siempre sin sufrir daño alguno (excepto el psicológico, si cabe, y alguna que otra cola prensada por la portezuela). Preferimos este artefacto por sobre la tradicional trampa de resorte, por el feo espectáculo que ésta deja como testimonio de su funcionamiento: el animalito destripado o mutilado; tampoco nos convenció la conveniencia el veneno, que no su efectividad, pues animales de otras especies podrían morir al ingerir el cadáver; y mucho menos nos parecen bien las trampas de pegamento, pues no garantizan el éxito en armonía con la higiene.

El único problema significativo de este procedimiento es la respuesta a la pregunta esencial, una vez que el preso está en la jaula: "y ahora... ¿qué hacemos con el ratón?". He aquí algunas soluciones, las primeras dos sólo recomendadas por terceros y la última, la elegida:

a) Aplicar un procedimiento salvaje, como patearlo o atacarlo con el palo de la escoba o trapeador. Evidentemente, no estamos por estas vías tan incivilizadas.

b) Ahogar al roedor, enviándolo directamente a una cubeta con agua. Aunque muy digno del cuento "El flautista de Hamelin" y recomendado por el vendedor de la ferretería, decidimos no hacerlo por no presenciar tantas muertes y, además... ¿qué tal si el animalito sale nadando?

c) Caminar hasta el tragante de aguas lluvias de la esquina de la cuadra y, una vez allí, liberarlo. Al fin y al cabo, un "mus musculus" más o uno menos no causará ni la salvación ni la extinción de la especie (la dificultad está en las miradas de los transeúntes cuando uno va en tal peculiar recorrido, caja y ratón en mano; por eso, hay que buscar horas de poco tráfico humano. Si hay pereza, conformémonos con la acera de enfrente).

Con este último proceder he tenido generalmente resultados exitosos en la deposición final, aunque ha habido excepciones notables, a saber:

- Una vez, el animalito en cuestión atravesó la calle a toda velocidad y volvió a entrar por la puerta principal de la casa. ¡Vaya necedad!

- Hubo un huésped muy pequeño que intentó escapar a través de las rejas, pero quedó infelizmente atrapado entre los fierritos. ¡Qué trabajo y qué derramamiento de vísceras ratoniles costó sacarlo de ahí!

- Otro de ellos, ante la puerta de su prisión abierta, se negaba a salir, por más sacudidas que se le diera, aferrado con uñas y dientes al interior del receptáculo. Para su mal, entre el zarandeo la puerta se volvió a cerrar de golpe, dejándolo sin cola antes de que finalmente fuera expulsado de ahí, por vías poco ortodoxas. ¡Feo espectáculo!

- En otra ocasión, el pequeño mamífero corrió unos cuantos metros antes de ser alcanzado por un zanate que, cual feroz depredador, lo acometió a picotazos, desayunándoselo en el acto. ¡Que Hitchcock tenía razón en "The birds"!

sábado, 4 de agosto de 2007

Lenta destrucción

Tras las varias y recientes actividades de mantenimiento y reparación caseras finalmente he logrado comprender a cabalidad el concepto de "vida útil" de los objetos. De pequeño, recuerdo el fuerte carácter de mi padre ante los aparatos y utensilios que se arruinaban mientras eran usados: siempre mostraba su enfado pues quizá él consideraba que las cosas eran eternas; sin embargo, viendo hoy con detenimiento las tuberías, empalmes, puertas, rejas, ventanas, techos, conexiones, pisos y maderas, noto ahí la inconfundible huella del tiempo y su lenta destrucción a través del óxido, polillas, corrosión, descascaramiento, pudrición, etc. (que vasos, tazas y recipientes se quiebren entre esta y aquella manipulación, también debe considerarse como connatural a ellos; su renovación constante y moderada, por lo tanto, ha de ser parte del presupuesto). De todo lo anterior resulta que, como durante los años pasados he vivido en el error, creyendo que la casa es idéntica a sí misma desde que existe... ¡oh, terribles descubrimientos tras las vanas y frágiles apariencias!

lunes, 30 de julio de 2007

En la UTEC... con algo de prisa.


Hoy presenté el recital "No hemos olvidado" (música de RFG y poesía de RGS) en el Auditorium de la Paz, edificio "Francisco Morazán", de la Universidad Tecnológica; evento que fue posible gracias a la gestión de Silvia Elena Regalado, de la unidad de cultura de dicho centro de estudios.

El público lo constituyeron casi en su totalidad estudiantes de materias humanísticas, aunque de características distintas a lo que fue mi generación a mediados de los ochentas: parecían un tanto más pragmáticos, como de prisa y muy supeditados al cumplimiento de obligaciones académicas.

De qué les pareció la mezcla de canciones y poemas que condensé en cuarenta y cinco minutos, no puedo decir mucho, pues no hicieron mayores comentarios; sin embargo, confío que en alguno haya calado el mensaje, cosa que siempre es posible. Y aquí, como en cada presentación que he tenido este año, también hubo algo novedoso: si en Alegría, Usulután, el público estaba tan cerca que se le oía hasta respirar, aquí los asistentes estaban tan lejos que... ¡casi tuve que verlos con telescopio desde el escenario!

sábado, 28 de julio de 2007

En la ferretería

Mi título de bachiller dice "industrial con opción electromecánica", lo cual les resulta curioso a muchas personas que me conocen por mis labores relacionadas con el arte. Sin embargo, desde siempre he tenido afición por desarmar aparatos y ver cómo funcionan, así como hacer varias reparaciones caseras hasta donde los límites que la prudencia establece.

Es así como para mí andar por los pasillos de una ferretería podría fácilmente tomarme todo un día. Que si hace falta reparar esto, que si se podría mejorar aquello, que si debería remodelarse lo de más allá: tales pensamientos acometen mi mente al punto tal que alguna vez he olvidado precisamente aquello para lo cual originalmente llegué al lugar (quizá comprar un par de clavos de acero).

El problema, obviamente, siempre es la limitación presupuestaria, porque entre la multitud de tenazas y pinzas, selladores y empaques, herramientas y tornillos, no dudo que, de tener vía libre... ¡quebraría cualquier límite crediticio!

sábado, 14 de julio de 2007

Apagones en la sala de cine

En dos ocasiones en mi vida he sufrido apagones en una sala de cine. La segunda vez fue hace algunos días, a media función de "Shrek III", en compañía de mi esposa, en uno de esos multicinemas de pantalla gigantesca. Supongo que el proyector debía tener algún sistema de apagado inmediato, pues la imagen se cortó abruptamente en cuanto falló el voltaje. Las lámparas de emergencia mantuvieron lo suficiente iluminada la sala, así que no hubo penumbras ni búsqueda angustiosa de salidas por entre oscuridad absoluta alguna. Pasados veinte minutos (el público persistente siempre conservó la esperanza, mientras jugaba con sus celulares), regresó el fluido y la función continuó sin contratiempos.

Eso me recordó la primera vez: fue hacia 1980, en el antiguo y ya inexistente cine "Olimpia", de Santa Tecla (no sólo por la ausencia de míticas deidades y arquitectura helénica es que el nombre de aquel cajón de ladrillo y cemento le resultaba esencialmente impertinente: el golpe odorífero que emanaba de la sala de deposiciones humanas era la contradicción por antonomasia del término "inodoro" y, de cuando en vez, transitaban pequeñas manadas de roedores por entre las filas de butacas de madera, tanto de "arriba" -donde la admisión costaba un colón con cincuenta centavos- como de "abajo" -un colón a secas, donde se concentraban la mayoría de guasones).

La película era "Mr. Billion", un filme de segundo o tercer orden protagonizado por Terence Hill (famoso por sus películas de Trinity), de la cual alcanzamos a ver los títulos y créditos de entrada, hasta antes de que la pantalla se fuera opacando y el movimiento se volviera más lento hasta diluirse en la negrura total, plena. Como era la época de la guerra y los apagones generalmente se debían a sabotajes, no esperamos más de diez minutos antes de abandonar a ciegas el local (a puro tanteo, pues de luces de emergencia, ni hablar).

Al respecto, revisando en la base de datos de películas en internet, concluyo ahora que de aquel apagón obtuve, a la larga dos beneficios: el primero, una anécdota familiar; el segundo... ¡perderme de una película muy mala!

jueves, 5 de julio de 2007

Chambonadas

No sé si del dicho "lo barato sale caro" pueda extraerse la conclusión de que algo por lo que se pagó una buena cantidad de dinero es sinónimo de calidad. Digo esto porque, dedicándome a encargar o hacer por mí mismo algunos trabajos de reparación en la casa, he descubierto muchísimas cosas muy mal hechas por la pequeña multitud de trabajadores (electricistas, fontaneros, albañiles, herreros, etc.) que desfilaron por aquí en los años anteriores y que, según parece, cobraron cantidades que no se pueden considerar despreciables.

Cinco ejemplos, para ilustrar:

a) Una estructura metálica destinada a sostener un techo, misma que ni siquiera está a escuadra (los tipos desconocían la plomada) y cuyos polines encajuelados fueron pintados a la carrera, con pintura demasiado diluida y sólo por la parte externa (de donde resulta que se oxidan desde dentro).

b) Un cable de electricidad que, para ahorrar distancia, fue tirado por sobre el techo, a la plena intemperie y sin el menor sentido estético ni ético (había uniones hechas a la carrera y con aislante débil).

c) Láminas de asbesto ("duralitas") que, con la lluvia, se humedecen tanto que uno es capaz de deshacerlas con los dedos (cortesía del fabricante, con la venia del consumidor que no protesta).

d) Un canal lámina galvanizada para desagüe, con un tubo de bajada tan estrecho que, ni bien llueve un poco recio, rebalsa inundando el cielo falso de todo ese pasillo.

e) Un lavadero de concreto, torcido al menos cinco grados a la izquierda con respecto a la horizontal.

De los dos trabajos que contraté por mi propio medio no me puedo quejar: parecen estar bien hechos y los obreros se miraban algo espabilados. Mas, viendo el estándar de calidad de los despropósitos anteriores, no puedo evitar preguntarme qué pasó entonces con la tan afamada mano de obra salvadoreña.

¿Será que todos los buenos emigraron? ¿Será que quienes mis predecesores tuvieron "pulso" para elegir tipos sólo de tan marcada in-habilidad?

domingo, 1 de julio de 2007

Víctima del monopolio

A propósito del mantenimiento y reparación de mi vehículo, a estas fechas he sido víctima del fabricante un par de veces. Consciente estoy de que hay repuestos automotrices que responden al diseño y características propias del modelo y año, de tal forma que la pieza debe ser original para encajar en toda la estructura (un faro de diseño tal, una pieza del engranaje, etc.). Sin embargo, estoy seguro que hay una directriz intencional expresamente dirigida a colocar cada vez menos elementos estándar en la maquinaria, de tal forma que el cambio de un simple switch de contacto (encendido-apagado), un mínimo empaque o un cable interno, tenga que llevarnos al repuesto importado desde la casa matriz, con el consiguiente alto costo.

Reflexiono y digo: si los fabricantes fueron capaces de hacer un vehículo al que le queden llantas de aro de trece pulgadas de diámetro, con un ancho estándar y características compatibles con cualquier marca de cauchos, es que se pueden hacer las cosas pensando en proteger el bolsillo del consumidor, en vez de acudir a prácticas monopólicas.

¿Ante quién imploraremos defensa? En mi caso, tendré que esperar a que la marca de mi vehículo sea tan común como los Toyota o Nissan, para que los chinos comiencen a fabricar clones de repuesto a bajo costo, pues a este paso no sería raro que algún modelo por venir fuera tan exclusivo que necesitara llantas fabricadas especialmente para él, o un sistema tal que utilizara baterías que trabajaran a quince voltios en vez de doce, para obligarnos a comprar cada mínimo elemento eléctrico a su fabricante exclusivo... ¡al precio que ellos digan!