domingo, 8 de abril de 2007

El bachiller Gorgojito

Aunque el de la foto es Johnny Deep, la facha concuerda bastante con las características del bachiller Gorgojito. Me queda de tarea encontrar alguna de las originales y colocarla en este espacio.

En cada edición sabatina de Diario "El Mundo", allá por la década de los setenta, se publicaba en página completa el esperado episodio de las aventuras del bachiller Gorgojito, personaje del folclor urbano creado por Nébur, seudónimo con que, según tengo entendido, publicaba el periodista y escritor Rubén Saavedra, autor también de las cotidianas y vespertinas "Décimas de Nébur", llenas de ingenio y corrección métrica.

El bachiller Gorgojito era un investigador privado que vivía en el mesón "Peor es nada". Atendía a sus clientes en el "zaguanón", la mera entrada, no sin antes ponerse presentable pasándose un tenedor de aluminio, para ordenar su orgullosa cabellera, artefacto que finalmente fue llamado "el tenepeine".

Muy seguro de sí mismo, el astuto personaje citaba a sus clientes para un par de días después, solucionando los difíciles casos planteados; si bien, la reacción de los contratantes tendía a ser ambivalente, pues generalmente quedaban boquiabiertos mientras el bachiller cruzaba por la acera "con su risita de cusuco", habiendo cobrado sus respectivos honorarios (¿una "chelita" de cincuenta centavos, un colón...? No lo recuerdo). Pese a que la fórmula de construcción de los episodios era siempre la misma, la narración mantenía el interés y la sorpresa final resultaba graciosa.

Alguna vez habrá que hacerle justicia póstuma al ya fallecido don Nébur, pues al momento, que yo sepa, no aparece mencionado en antología, recopilación ni historia literaria alguna, sea física o virtual.

Entretanto, me viene a la memoria una de aquellas historias, la cual paso a contar a continuación, aunque con mutación estilística, a falta del original.

A la peculiar oficina del bachiller llegó un señor español de antigua cepa -católico, apostólico y romano- ortodoxo en sus costumbres y, por supuesto, conservador y celoso de su familia como el que más. Tenía varias semanas de no dormir, consumido por la duda y la incertidumbre, pues a sus peludos oídos habían llegado habladurías infames, según las cuales su hija de dieciocho años, a quien desde pequeña había educado en los mejores colegios, se iba los fines de semana al rancho privado que tenían en la playa y allí, "a la lejana pero lasciva vista de todos (pues sepa Ud. que la cerca de protección impide que entre cualquier gente), se bañaba usando un mono-kini, que, como Ud. sabe, bachiller, sólo consiste en una telita en la prenda inferior, dejando al descubierto esas nobles partes que Dios ha colocado en la anatomía femenina para la alimentación de los hijos durante la lactancia".

En fin, pues, que el señorón necesitaba salir de dudas, bien para hacer caso omiso de la maledicencia o, de ser cierto, para desheredar a la atrevida muchachona.

Tres días después, como era de esperar, acudió el impaciente caballero hispánico a por la respuesta de tan crucial caso.

- Don Usté, déjeme decirle categóricamente que su hija NO se baña en mono-kini -acometió el bachiller en cuanto recibió el pago por sus discretas inquisiciones.

- ¡Oh, bendito sea el Señor, menos mal, no sabe Ud. el peso que me ha quitado de encima! ¡Ya decía yo que la gente, por pura envidia, anda inventando chismes! -respondió aliviado el español.

- Yo personalmente me trasladé hasta el rancho suyo de Ud. -continuó el sagaz investigador- y, desde la barda estuve atento observando durante más de media hora y pude confirmar lo que le digo: que su hija, en realidad, no usa esa prenda que las malas lenguas le han dicho; por el contrario, ella se baña en nuestras bellas playas así, tal y como Dios la envió al mundo. Lo que pasa es que, desde lejos, se ve como que si fuera un mono-kini, pero ya fijándose bien...

En ese momento el bachiller suspendió su alocución y se alejó sigilosamente, mientras el hidalgo de alcurnia quedaba estupefacto y anonadado.