martes, 23 de diciembre de 2025

Doctor SV: tercerización, no privatización

Publicado en Diario El Salvador

El lanzamiento de la aplicación Doctor SV para ofrecer consultas virtuales de padecimientos leves, así como de monitoreo y seguimiento, ha generado una expectativa favorable en la población salvadoreña, que ahora dispone de este servicio estatal, habilitado progresivamente por grupos etarios. El recurso es gratuito para los usuarios, aunque evidentemente tiene costos operativos que salen del presupuesto de la nación, financiado con los impuestos de todos los salvadoreños. De esta manera, se busca democratizar el acceso al nivel primario de la salud, cuya única limitación momentánea es la dificultad técnica que algunas personas puedan tener para manejar la aplicación, cosa que se irá superando con el tiempo.

Las bondades prácticas de este sistema son notables, teniendo siempre presente que no es para emergencias ni tampoco sustituye la atención presencial necesaria para enfermedades de mayor complejidad. Esto quedó claramente explicado desde su lanzamiento; sin embargo, no han faltado las críticas y negaciones torpes de cierto tipo de oposición que no se distingue precisamente por la solidez de sus argumentos. Una de esas líneas discursivas es asustar con el fantasma de la supuesta privatización de la salud, cosa que es falsa y, además, convenientemente amnésica.

Dentro de la gama de declaraciones públicas que intentan instalar esta creencia infundada, se encuentran párrafos como el siguiente: “La prioridad del DoctorSV no es la salud del pueblo, sino su privatización, una medida típica del capitalismo neoliberal. Hecho el diagnóstico, la plataforma enviará al usuario al laboratorio clínico o le expedirá sin más una receta. Los exámenes y los medicamentos serán proveídos por una nutrida red de laboratorios y farmacias privadas, dado que el Estado no tiene esa capacidad”, refiriéndose a que esto último lo realicen empleados públicos en locales operados directamente por el gobierno.

La descripción del proceso es fundamentalmente correcta, excepto en su primera línea, donde afirma que esto es “privatizar”. No lo es. Esa dinámica se llama “tercerizar”, verbo que la Real Academia Española define como “subcontratar o externalizar trabajos o servicios con terceros”. El Estado sigue siendo el responsable de financiar y supervisar el servicio, cosa que no ocurre con la privatización, que es “transferir una empresa o actividad pública al sector privado” —como ocurrió hace tres décadas con la compañía estatal de telefonía, ANTEL.

La tercerización de algunos servicios es algo que hace normalmente cualquier gobierno —de aquí y de allá; de hoy y de mañana— cuando no tiene, por sí mismo, la capacidad operativa de realizar dicha actividad. Para construir escuelas, hospitales y carreteras, el gobierno a través de sus dependencias puede contratar a empresas privadas que se encarguen de ese trabajo. Nadie en su sano juicio dirá que el servicio que recibe la población se esté privatizando. No hay confusión posible, a menos que exista la mala intención de manipular, distorsionar o mentir.

Por otra parte, afirmar que Doctor SV no tiene como prioridad la salud del pueblo es ignorar deliberadamente sus beneficios: accesibilidad y prontitud para cierto tipo de atención primaria, así como su contribución al descongestionamiento de hospitales y unidades de salud. Estas ventajas han sido reconocidas —al menos como posibilidad y beneficio de la duda— incluso por gremiales y sindicatos médicos que normalmente tienen una actitud desfavorable hacia el gobierno, ante la imposibilidad de sostenerse en la negación caprichosa y obcecada.

En todo caso, más allá de las discusiones interesadas del momento, será la experiencia de la ciudadanía la que irá dando los elementos suficientes para valorar el aporte de Doctor SV. Lo que hay, por el momento, es una sensación positiva ante la oportunidad de incorporar una herramienta que facilite el acceso a ese derecho tan preciado como es la salud, dentro de un sistema universal que no discrimine por ninguna condición social, económica o ideológica.

martes, 16 de diciembre de 2025

Defensa de la celebración

Publicado en Diario El Salvador.

Todas las sociedades han tenido, tienen y tendrán momentos dedicados a celebraciones, sean estas religiosas o mundanas. Esto es connatural a la humanidad, individual y colectivamente, no solo desde el punto de vista funcional —como para unificar creencias y valores, dando cohesión social— sino también como un necesario espacio para desahogar las tensiones y, al mismo tiempo, fortalecer la psique para retomar el camino en la búsqueda de las metas vitales.

Es en ese contexto anímico donde surge la necesidad social de tener los espacios adecuados para dichas celebraciones, cosa que ocurre en todas partes del mundo. En nuestro país, las villas navideñas —tanto del Centro Histórico de San Salvador como en otras ciudades— se han convertido en los lugares por excelencia para que toda la población, sin distingos de estratos sociales, acuda a contagiarse del espíritu de las celebraciones decembrinas, que cierran ciclos y abren expectativas. Sumarse a estas actividades es, además, un acto de merecida generosidad hacia sí mismos.

Y no obstante… hay quienes son alérgicos a las celebraciones, negándose ese derecho por razones tan distintas como problemáticas. Igual están en su derecho y se les respeta. El problema viene cuando intentan trasladar ese mal humor a los demás, directamente o valiéndose de subterfugios retóricos. Unas veces esos gestos de sabotaje simbólico vienen desde el más puro espíritu del Grinch, ese personaje verdoso y solitario creado por el escritor norteamericano Theodor Seuss en 1957; pero en otras ocasiones lo hacen desde fijaciones ideológicas, en un extraño afán por apagar la ilusión y la alegría de la gente.

En esa línea discursiva, hace unos días circuló una declaración de un académico, quien lanzó un sutil regaño a la población por pasarla bien en esta época, instándola a cuidarse de las emociones festivas y sus manifestaciones —luces, fuegos artificiales, shows artísticos y eventos espectaculares— ya que estas pueden “ocultar que la realidad salvadoreña tiene otras caras que permanecen y que podrían quedar invisibilizadas”.

Tal discurso plantea un falso dilema: la simpleza de “o celebran o atienden los problemas”, ignorando que en la vida existen espacios para cada tarea, sin que una cosa anule la otra. La declaración tampoco fue bien recibida porque, entre otras cosas, pareciera implicar una especie de superioridad moral entre una minoría iluminada y “consciente de la realidad” por encima de “las masas hipnotizadas y alienadas”, en velada alusión a la satisfacción que expresa la inmensa mayoría de la población por el rumbo que lleva el país.

En curioso contraste con este tipo de conminaciones, constan en la memoria histórica y en registros de audio unas palabras del Dr. Ignacio Ellacuría, quien durante un acto estudiantil universitario en 1989 —un año especialmente trágico, en los estertores de la guerra civil— animaba a un grupo de jóvenes que habían organizado un espacio artístico de liberación y esparcimiento. En la presentación del evento, el entonces rector los animó explícitamente a que, sin ignorar los problemas de entonces, tuvieran “sentido de la fiesta” e hicieran fiesta como un modo de catarsis.

Al final del día, la sana alegría es un derecho fundamental. Cargar contra la gente por divertirse en estas fiestas no deja en buen predicado a quienes se afanan crónicamente por volver hegemónico un discurso de negación de logros y exageración de necesidades, frecuentemente engendrado desde un comprensible sentimiento de mínima relevancia política. Ciertamente, las luces de esta época no son para afirmar la inexistencia de dificultades sociales por resolver, sino para reflejar y reconfortar el buen ánimo que nos impulsa a continuar con optimismo.

Dicho lo anterior, no queda más que añadir lo siguiente: ¡Felices fiestas de fin de año!

domingo, 30 de noviembre de 2025

Silvio Rodríguez y el placer culposo

Comencé a ser fan de Silvio Rodríguez hace cuarenta años. No solo disfruté de sus canciones: también saqué los acordes a oído para tocarlos en mi guitarra —tras la debida transposición armónica, adaptada a mi voz grave— y más de una vez las interpreté en festivales artísticos durante mis tiempos universitarios en la UCA. Por supuesto, no me perdí el concierto que dio en el Estadio Mágico González en 2008. Y hoy, de cuando en cuando, regreso a esas melodías entrañables, ligadas a experiencias vitales alegres y también dolorosas, en ese territorio híbrido entre lo vivido y lo imaginado.

Pero soy consciente de que disfrutar de Silvio es un placer culposo. Para hacerlo, me resulta necesario —mandatorio, diría— disociar su música de aquello que la engendró: el comunismo y su defensa a ultranza, sublimada y estéticamente hermosa, del régimen castrista y de sus derivados ideológicos contemporáneos.

Escuchar la Canción del elegido pensando en la figura del Che Guevara, con todas las muertes que carga, es una contradicción ética insostenible. Tararear Pioneros mientras imagino el feroz adoctrinamiento al que someten a los niños en Cuba no es precisamente placentero. Pasearse por la belleza lírica de Monólogo —un hombre mayor que intenta conectar con las nuevas generaciones, mientras vende la idea de que el castrismo cuida a sus súbditos con buen pescado y verduras enlatadas— produce inevitablemente una disonancia cognitiva. Y transitar por el festival verbal y armónico de Domingo rojo, con su explícita exaltación del trabajo forzado, casi te hace justificar la esclavitud.

Disfrutar los ecos de Bach en Eva choca con la conveniente idealización de una mujer ultrafeminista con la que cualquier macho podría copular y procrear sin responsabilidad alguna. Recordar las exaltaciones de Silvio hacia la revolución sandinista en Canción urgente para Nicaragua, a la que le auguraba un camino glorioso, luce hoy como una amarga ironía a la luz de la pareja maldita Ortega-Murillo. Y referirse a la guerrilla del FMLN con la bella metáfora de que “por la loma y por el valle viene quemando la alegría” suena, ahora, como una afrenta a la sensibilidad popular.

Y así podríamos seguir…

He aquí la paradoja: pese a sus contenidos, la dimensión estética de gran parte de la obra de Silvio es tan elevada que logra sobreponerse a la racionalidad histórica y resonar en raíces antiguas, cuando muchos creímos en el Romanticismo Revolucionario y nos dejamos seducir por sus utopías. Al final, esa es la naturaleza del arte: su capacidad para cautivarnos más allá de la lógica. Y solo quien no haya caído en sus dulces redes —en cualquiera de sus variantes— puede atreverse a tirar la primera piedra.

domingo, 9 de noviembre de 2025

Torpedos intelectuales contra la educación

Uno de las áreas clave de la administración Bukele es la educación, con el proyecto Dos Escuelas por Día como insignia, complementado con la entrega de tablets y laptops a estudiantes, así como becas a bachilleres de centros educativos públicos para que accedan a estudios superiores, entre otras acciones. Esto representa un esfuerzo decidido por elevar la calidad educativa, sumida en la precariedad durante décadas.

Políticamente hablando, es sumamente difícil ir en contra de estas iniciativas, salvo que sus detractores estén atrapados en una agenda de activismo opositor automático, lo cual acaba descalificándolos por su propio peso. Sin embargo, hay quienes se esmeran no solo para encontrar y magnificar fallas (que las pudieran tener, por ser obras humanas imperfectas), sino además para negarles toda posibilidad de que vayan a cumplir los objetivos para los cuales se están implementando.

Uno de los agoreros más persistentes —quizá por vocación, quizá por exceso de pesimismo— publicó en días recientes un artículo en donde se encarga, precisamente, de vaticinar que nada de esto funcionará. Comienza cargando su diatriba contra la tesis de que la educación es una herramienta para combatir la delincuencia. El escribiente aludido, en tono de profeta apocalíptico, descalifica el programa de becas, del cual forma parte incluso la universidad donde él labora. Les augura fracaso a quienes tomen esas oportunidades, a las cuales no ve como herramientas para romper el círculo vicioso de la exclusión.

Pocos en su sano juicio podrían sostener estas negaciones, pero él lo hace con el típico simplismo de afirmar que las pandillas proliferaron, de manera fatal y determinista, por la pobreza. Ciertamente, la precariedad económica es un caldo de cultivo para la delincuencia, pero no deriva mecánicamente en ella si hay un aparato estatal que combata el crimen de manera eficiente y si, además, existe un entorno valórico que indique caminos lícitos para superarse en todo sentido. La educación, como su objetivo principal, debe procurar el desarrollo de todas las inteligencias de la persona, pero esto no quita que también sirva como herramienta para prevenir que los jóvenes vayan por el camino del mal.

Luego, en un giro tan acrobático como falaz, atribuye la indisciplina de los jóvenes al régimen de excepción, así tal cual. No logra relacionar este fenómeno con las políticas permisivas, progresistas e hiper garantistas bajo las cuales crecieron al menos dos generaciones, cuando por décadas se fomentó la impunidad en nombre de equilibrios y valores supuestamente democráticos.

Por último, entre otras negaciones menores, este propagador del pesimismo viene a dar una conclusión propia de quien se rehusa a aceptar ciertas lecciones históricas, sea por orgullo o por obstinación ideológica. Para fundamentar la certeza del fracaso que pronostica, en este y todos los ámbitos, sentencia lo siguiente, en relación con la necesidad de abrir oportunidades a los jóvenes: “Eso no sucederá mientras no se reforme la estructura capitalista neoliberal, que divide la sociedad entre quienes acaparan las oportunidades y quienes no tienen futuro”.

En el fondo, lo que lo motiva parece ser el característico “de nada sirve”, propio de quienes han elegido sumergirse en el nihilismo. Mientras no cambie el sistema, nada se puede hacer. Revolución o muerte. Pero no se queda ahí. Lo interesante es ver qué acaba sugiriendo. Al final, deja una pista bastante clara: “La paz verdadera no es compatible con la dictadura neoliberal. La paz verdadera exige redistribución equitativa del ingreso nacional”.

Eso de la redistribución ya lo hemos escuchado demasiadas veces en América Latina, en boca de candidatos socialistas y comunistas. Seguir esos dogmas resultó en la destrucción de las economías y el aumento de los males que decían combatir. No, gracias. El camino a seguir no pasa por el reciclaje de utopías fallidas, sino por un capitalismo inclusivo que combine inversión, innovación y justicia social. Un modelo que no depende de profecías sombrías, sino de trabajo, educación y coherencia en las políticas públicas.

viernes, 31 de octubre de 2025

Agoreros contemporáneos

Publicado en Diario El Salvador

Un agorero es alguien “que predice males o desdichas”. Su significado también se aplica, por extensión, a gente muy pesimista que solo ve dificultades, nunca oportunidades. El término tiene su origen en la antigüedad grecorromana, donde había personas consideradas especialistas en la interpretación de augurios: señales supuestamente provenientes de los dioses o de fuerzas sobrenaturales. Aunque tales predicciones no eran exclusivamente sombrías, con el tiempo el agorero fue adquiriendo una connotación negativa, hasta derivar en su sentido actual.

En las sociedades contemporáneas, más racionales y menos supersticiosas, los agoreros siguen presentes, aunque se les vea como marginales. Lo interesante es que también existen en versiones mutadas. En nuestro país, los hallamos en forma de analistas, comentaristas y activistas políticos de oposición, quienes practican la extraña afición de predecir fracasos, pero no a partir de indicadores objetivos, sino de una actitud nociva y un pensamiento fatalista, que “no ve posibilidad de cambiar el curso de los acontecimientos adversos”, infundiendo desánimo y desaliento. Quizá ya no interpreten señales misteriosas para fundamentar sus negaciones, pero sí se apoyan en sus propios sesgos cognitivos y necedades ideológicas.

Uno de los casos más recientes es el de un académico que —refiriéndose al programa de becas para estudios superiores que impulsa la Secretaría de Integración— sentenció lo siguiente: “Van a dar muchas becas y van a generar mucha frustración”, porque los beneficiados ingresarán a la universidad pero “al cabo de uno o dos semestres la van a abandonar, porque no tienen las competencias necesarias y, además, son de escasos recursos económicos y no podrán esperar siete años para graduarse”.

Semejante afirmación descansa en varias falacias, siendo la principal el ignorar la relación entre las inteligencias múltiples y la carrera a elegir: se trata de que cada quien reconozca sus habilidades particulares y elija su profesión en función de ellas. Decir que los jóvenes de centros escolares públicos carecen de competencias es una falsa generalización y una afirmación clasista, que fácilmente pueden desmentir los docentes que trabajan con ellos en los cursos de preparación. Las becas son acciones positivas para romper el bucle de la pobreza, atacando la perpetuación de imposibilidades fácticas.

Hay otros agoreros que —con añejo pero diluido prestigio analítico, que ellos mismos se dedicaron a defenestrar a base de ligerezas— parecieran despertar a diario con la única consigna de fustigar cuanto proyecto se anuncie. Para ello no solo filtran a conveniencia información parcializada, sino que la distorsionan y hasta la inventan. Sobre esa base producen afirmaciones tales como que “el país no puede estar viviendo una nueva realidad ni podrá vivirla en el corto plazo”, pese a que los indicadores objetivos y la percepción ciudadana muestran que el país va por el rumbo correcto.

En este afán de torpedeo ideológico, hay quienes construyen su discurso desde una autoridad que no tienen, ni en lo moral ni en lo intelectual. Se esmeran en hacer elucubraciones en voz alta, pero sin el filtro de la lógica ni la prudencia. Se lanzan contra obras necesarias y con proyección a mediano plazo, como el Aeropuerto del Pacífico, del cual uno de ellos vaticinó que “no va a servir, no va a ser rentable”, sin aportar ningún dato, estudio ni evidencia para sostenerlo.

Al final, queda cierto margen de duda sobre la motivación de estos agoreros, profetas del pesimismo. Puede ser que hablen convencidos de lo que dicen o, por el contrario, que lo hagan para vender un discurso interesado. Si este fuera el caso, se entendería como una intención perversa, una pose, parte de una estrategia política. Pero si su estado de ánimo fuera realmente tan oscuro y nihilista como lo proyectan, sería un urgente llamado de atención sobre su salud mental.

domingo, 26 de octubre de 2025

Por qué la gente no les cree

Desde antes de la elección de Nayib Bukele como Presidente de la República en 2019, el periódico digital El Faro afirmó que hubo contactos entre presuntos representantes del entonces candidato y miembros de pandillas, cuando aquel fungió como Alcalde de San Salvador. La supuesta prueba era una fotografía donde se ve a varias personas en una mesa, en una venta de comida, que dicen estaría validada por testimonios de sus fuentes pandilleras, con quienes los periodistas acusadores tienen nexos.

Luego, desde mediados de 2020, El Faro ha ampliado e insistido en denunciar que el gobierno de Bukele hizo un pacto con cabecillas pandilleros, para reducir homicidios a cambio de beneficios puntuales. Las pruebas presentadas al público han sido, en el transcurso de varias entregas, una fotos de personas encapuchadas, audio de conversaciones donde todos hablan en clave y con sobrenombres, y principalmente fuentes pandilleras con evidente interés en plegarse a este relato para buscar beneficios propios o perjudicar al gobierno. Últimamente publicaron un video entrevistando a un criminal prófugo, quien dijo que sí a todo lo que los hermanos Martínez d’Aubuisson le fueron sugiriendo en el transcurso de una conversación bastante amigable.

Utilizando una fuerte red de activistas patrocinados, los de El Faro consiguieron que personeros de la administración Biden le compraran ese relato, con consecuencias diplomáticas y, además, logrando que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos mencionara el tema en una acusación contra líderes de pandillas por delitos en aquel país, presentada en Nueva York. Sin embargo, en los años 2023 y 2024, la misma administración demócrata se desmarcó de dicha narrativa y comenzó acercamientos estratégicos con el gobierno de Bukele, mismos que se consolidaron y se ampliaron con la llegada del presidente republicano Donald Trump, en enero de 2025, lo cual ha resentido mucho a la red mediática y lobista anti Bukele, pues está claro que esa narrativa ya no tiene espacio en los despachos oficiales.

En el fondo de todo persiste una pregunta fundamental: ¿por qué la población salvadoreña no se cree esta teoría conspirativa del pacto?

La primera razón es porque dicha teoría se sostiene únicamente en la credibilidad de los periodistas de El Faro, caracterizados por más de una década por publicar material que de una u otra forma justifica o legitima a las pandillas, por quienes sienten una extraña fascinación. Son ellos quienes afirman haber recibido los testimonios de los criminales y, solo por ser ellos, habría que creer que sus fuentes son reales y también que lo que estas dicen es cierto (cosa ya de por sí dudosa, dada la situación de precariedad a la que los redujo el gobierno de Bukele).

La segunda razón es mucho más simple, pero contundente: la teoría del pacto choca frontalmente con la realidad de la desarticulación de las pandillas en El Salvador. El Faro y sus satélites se han esforzado en deslegitimar el logro gubernamental diciendo que este procede de una negociación. Eso es un absurdo evidente, pues no hay estructura en el mundo, criminal o no, que vaya buenamente a negociar su propia extinción a cambio de nada. Pensar que sus cabecillas —con años de experiencia en vida criminal, control territorial y manipulación de actores políticos— hayan sido tan ingenuos como para pactar y acabar rendidos, desarmados y presos, requiere un nivel de imaginación sólo proporcionado por sustancias alucinógenas.

El Faro y su red de medios amigos, sin duda, se seguirán esforzando por repetir este relato hasta la saciedad, pues aparentemente no tienen más que ofrecer. El problema para ellos es que, si no funcionó cuando pensaban que iba a ser una bomba mediática, difícilmente funcionará cuando ha quedado reducido a un refrito cuyo sabor se va degradando en cada entrega.

domingo, 19 de octubre de 2025

El juicio de la historia

Hay un sector opositor, presumiblemente ilustrado, que de un tiempo hacia acá ha venido reclamando una victoria imaginaria a futuro (para dentro de uno, dos, tres o quién sabe cuántos lustros), ese momento soñado en que “la dictadura” de Bukele caiga. Para entonces, han prometido tomar venganza contra todos los que, de una u otra forma, “colaboran con el régimen”; pero mientras su soñado momento llega, han comenzado desde ya su labor de amenazas para exponerlos públicamente, “no olvidar” sus nombres y sentenciarlos a que “la historia los condenará”.

Ese es el tema: la historia.

La historia no es solo un conjunto de nombres y fechas, eso pertenece más a la historiografía. La historia es, sobre todo, una interpretación de los hechos, los procesos previos que los produjeron y las consecuencias que tuvieron. Dado que en esta hay intereses e ideologías que usualmente se contraponen, la historia no es una sino varias, dependiendo de quién la cuente y cuál relato prevalezca.

El delirio opositor cree que la historia de El Salvador, a partir de 2019, la contarán sujetos periodísticos pro pandillas y sus consumidores, académicos desarraigados de las vivencias cotidianas de la población, activistas de la amargura o esa red internacional de oenegés y medios progres con agenda anti Bukele, sea financiada o espontánea. Lo están intentando, sí, pero su relato no está calando en la inmensa mayoría de salvadoreños, quienes experimentan los beneficios de una política de seguridad que, aun con sus imperfecciones, logró desmantelar las estructuras de crimen organizado que sometieron al país por décadas, basadas en el sometimiento físico y psicológico del terror organizado.

Esta gente —unos desde raíces izquierdistas setenteras desfasadas, otros desde burbujas clasistas, otros por inmadurez política y otros, porque la bilis les manda— está consciente de que no pueden contra la decisión popular vigente y, entonces, desplazan sus esperanzas hacia un futuro incorpóreo, indefinido e indeterminado, en el cual se les cumpla lo que en realidad desean: el fracaso del actual proyecto de país. Y entonces, dicen, “la historia sepultará a quienes colaboraron con la dictadura”.

Sin duda, cualquiera que tenga boca o redes sociales puede aparecer prediciendo el futuro, dándose aires de superioridad moral. En los setenta, la izquierda internacional cantaba en rimas de trova: “La historia lleva su carro y a muchos nos montará, por encima pasará de aquel que quiera negarlo”. Pero lo que cuenta son las realidades, que en el presente son mucho más poderosas que las ficciones grandiosas de esa oposición vociferante, pero sin mayor incidencia en el rumbo que lleva el país, como no sea intentar sabotearlo.

Suele decirse que “el tiempo pone a cada quién en su sitio”. Si eso fuera así, la mayor pesadilla a futuro, para ese coro disonante de opositores obcecados, será que esta parte de la historia que nos ha tocado vivir sea recordada como un punto de inflexión irreversible, que condujo a El Salvador hacia el desarrollo social y económico que le fue negado por siglos.

A esta fecha, la realidad documentada es que la ciudadanía cree, con fundadas razones, que este renacer será posible. Como se trata de opciones, también se respeta el derecho de quienes han decidido cerrar permanentemente el espacio a la esperanza, ejerciendo su derecho de vivir en constante amargura y expresándola con regularidad, como catarsis irremediable. Lo que resulta inaceptable de estos últimos es que, con tal de “tener razón”, se dediquen a torpedear con falacias y manipulaciones el esfuerzo de reconstrucción nacional, arrastrando en su remolino tóxico a quienes puedan y lo permitan. Esa es una clara amenaza ideológica y, en ella, lo que está en juego no es solamente el presente.

En todo caso, la prevalencia de una u otra versión de la historia no es una batalla que se pueda dar por ganada de antemano, por más aplastante que sea el apoyo popular que un líder tenga o por más que golpeen la mesa quienes buscan revertir sus logros. Esa lucha también cuenta para construir el futuro.

domingo, 12 de octubre de 2025

La verdad sobre el Problema de Monty Hall

El “Problema de Monty Hall” es un famoso problema de probabilidad, inspirado en el concurso televisivo estadounidense Trato hecho. Fue planteado por el matemático Steve Selvin en 1975 y popularizado por Marilyn vos Savant en 1990.

En términos simples, el problema es así:

Tienes tres puertas cerradas. Detrás de una hay un buen premio (digamos, mil dólares), y detrás de las otras dos, nada de interés (digamos, una escoba y un trapeador).

Solo puedes elegir una puerta, pero sin abrirla todavía.

Le dices al presentador cuál quieres abrir. El presentador sabe dónde está el premio y entonces abre una de las otras dos puertas que no elegiste, asegurándose de que no tenga el premio.

Ahora quedan dos puertas cerradas. Él te ofrece la opción de mantener tu elección inicial o cambiarte a la otra puerta.

¿Qué haces: la mantienes o la cambias?

La solución clásica dice que te conviene cambiar, porque tus probabilidades iniciales eran 1/3 para la puerta que elegiste y 2/3 para las otras dos, y al descartar una de ellas (porque ya se abrió), esos 2/3 se “concentran” en puerta restante. Según esta visión, cambiar siempre tiene más chances.

Pero si lo analizamos de forma literal, considerando todos los universos posibles (combinando las opciones tuyas y las del presentador), la historia cambia. En cada escenario, una vez que el presentador abre una puerta, quedan exactamente dos posibilidades igualmente probables: o tu elección inicial es correcta, o no lo es. Veamos todo el desglose:

Si eliges la puerta 1

  • Premio en la 1, él abre la 2
    → cambias a la 3, pierdes.
  • Premio en la 1, él abre la 3
    → cambias a la 2, pierdes.
  • Premio en la 2, él abre la 3
    → cambias a la 2, ganas.
  • Premio en la 3, él abre la 2
    → cambias a la 3, ganas.

Si eliges la puerta 2

  • Premio en la 1, él abre la 3
    → cambias a la 1, ganas.
  • Premio en la 2, él abre la 1
    → cambias a la 3, pierdes.
  • Premio en la 2, él abre la 3
    → cambias a la 1, pierdes.
  • Premio en la 3, él abre la 1
    → cambias a la 3, ganas.

Si eliges la puerta 3

  • Premio en la 1, él abre la 2
    → cambias a la 1, ganas.
  • Premio en la 2, él abre la 1
    → cambias a la 2, ganas.
  • Premio en la 3, él abre la 1
    → cambias a la 2, pierdes.
  • Premio en la 3, él abre la 2
    → cambias a la 1, pierdes.

Si contamos todos estos 12 "universos paralelos", vemos que en 6 escenarios, si cambias tu elección inicial ganas y, en los otros 6, si cambias pierdes. La elección final tiene la misma probabilidad de ganar: 50/50. Es decir, no importa si mantienes o cambias. La clave está en considerar las posibilidades condicionales combinando tu elección con la acción del presentador, y no solo agrupar probabilidades globales desde el inicio.

Conclusión: la solución clásica es engañosa porque no considera los escenarios individuales. En la práctica, después de que el presentador abre una puerta, mantener o cambiar es como lanzar una moneda.

La victimización como táctica

Desde la asunción de Nayib Bukele como Presidente de la República en 2019, la oposición salvadoreña le colgó el cartel de “dictador”, incluso cuando los partidos tradicionales aún controlaban la Asamblea Legislativa, el Órgano Judicial, el Tribunal Supremo Electoral, la Fiscalía, la Corte de Cuentas y otras instituciones estatales.

Luego, cuando la población le otorgó la mayoría legislativa calificada al partido Nuevas Ideas en las elecciones de 2021, el coro opositor nacional e internacional se lanzó con desenfreno a vender la idea de “la dictadura” que se instauraba en el país, porque ya controlaba los tres órganos del Estado —pero sin enfatizar que fue la gente en las urnas delegó ese poder. Este relato se lo compraron, por un tiempo, varios gobiernos europeos y, especialmente, el Departamento de Estado de la administración Biden, quienes durante algún tiempo siguieron ese guion.

Ahora, luego de que la ciudadanía reeligiera al presidente Bukele con el 85 % de los votos en 2024 y, al mismo tiempo, redujera la cuota opositora a solo 3 diputados de 60 en la Asamblea, el clamor de las voces opositoras contra “el régimen” ha arreciado con notable desesperación, aunque —vistas las encuestas y expresiones ciudadanas— ese relato pareciera no encontrar eco en la inmensa mayoría de población salvadoreña.

En este contexto, no es difícil sostener la tesis que en El Salvador lo que hay ahora es un conjunto de voces opositoras dispersas y sin amalgama, que luchan contra una dictadura imaginaria; porque si hay algo que la gente aquí ha sabido, desde hace más de un siglo, es a reconocer dictaduras, y el veredicto popular es, en la actualidad y para este gobierno, absolutorio.

La evidencia es clara. Las dictaduras reales —como las que padecimos hace 50 años o las que existen hoy en Cuba, Nicaragua y Venezuela— cometen escandalosos fraudes electorales, cierran violentamente todos los espacios de expresión disidente, reprimen criminalmente manifestaciones de protesta, torturan sistemáticamente y realizan ejecuciones extrajudiciales, todo con el fin de mantenerse en el poder por la fuerza. Ninguno de esos indicadores existe en El Salvador, por más que la red de propaganda nacional (liderada por El Faro y Cristosal) e internacional (encabezada por Amnistía Internacional, Human Right Watch y sus medios afines, como El País y Deutsche Welle), traten de implantarlos a través de manipulación de datos y falsa generalización de supuestos casos.

Ahora bien: la estrategia o plan general es etiquetar al gobierno de Nayib Bukele como “dictadura”, mientras que las tácticas son los medios concretos que utilizan para abonar a tal propósito. Una de ellas es la victimización. A falta de represión real, inventarla. O mejor aún: representarla performativamente.

En esa línea, ha habido casos en que ciertos protestantes han buscado filmar, presentar y viralizar escenas de “brutal represión”, pero ante la falta de estas, se tiraron en el piso, fingiendo haber sido agredidos o, en otras ocasiones, tan solo obtuvieron jaloneos, presentando a la camisa (rota por ellos mismos) como sufrida víctima. Sus casos de referencia favoritos son los de personas que están procesadas por delitos bastante menos nobles que la disidencia —tales como enriquecimiento ilícito, estafas, fraude electoral y negociar con grupos terroristas— a quienes gustan llamar “perseguidos políticos” y, últimamente, “defensores de derechos humanos”. Por supuesto, también están los periodistas y oenegés activistas, financiados desde el exterior, que para no cumplir la Ley de Agentes Extranjeros trasladan sus oficinas a otro país, con fines de evasión fiscal, pero lo presentan como “prueba” de cierre de espacios de expresión. En todo esto, no faltan quienes se creen su mismo discurso de miedo, retirándose de la vida pública con un terror tan genuino como autoinducido por sus propios círculos, cámaras de eco basadas en nada. Hay también un pequeño sector que podría denominarse “oposición de cristal”, que se quiebran y huyen despavoridos en cuanto les aparecen reacciones adversas de la población en sus redes sociales (así sea un emoticono de payaso) contra sus publicaciones de escritorio, desarraigadas de la realidad.

El problema para ellos es que dichas ficciones solo las creen y les dan publicidad su mismo grupo de autovalidación; pues ante la opinión pública general, no pasan de ser actuaciones sin credibilidad. De fondo, está la diferencia evidente entre las dictaduras reales y una dictadura imaginaria que han elaborado para justificar su modus vivendi, es decir, el financiamiento internacional de sus activismos.

jueves, 9 de octubre de 2025

Quién debe conducir la PDDH

Llega el momento, como cada 3 años, de elegir titular de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH). Comparto contexto, historia y algunas ideas. Doy mi opinión al final.

1. La PDDH nace en 1992, con los Acuerdos de Chapultepec, para “velar por la protección, promoción y educación” de los DD.HH. en la sociedad. El titular lo elige la Asamblea Legislativa con mayoría calificada. Su debilidad de origen: puede investigar denuncias, pero sus resoluciones no son vinculantes.

2. Su naturaleza es no partidaria y tampoco debería ser usada para fines políticos (como pasó con las dos comisiones de DD.HH. “gubernamental” y “no-gubernamental” durante la guerra, que denunciaban solo al bando contrario).

3. ARENA y FMLN vieron en la PDDH un espacio para colocar a personas afines a sus intereses, buscando instrumentalizar la institución. Y cuando no lo lograban por negociación (bloqueo mutuo), pusieron a funcionarios anodinos y, en ocasiones, altamente incapaces (ej. Peñate Polanco, 1998).

4. Para abonar a lo anterior, recordamos a titulares que dijeron cosas muy extrañas, como Beatrice de Carrillo (2001) cuando fue a Mariona a visitar reclusos, llamándoles “mis niños”. En otra ocasión, sugirió dar instrucción militar a las pandillas.

5. La procuradora Raquel Caballero llegó al cargo en 2016, elegida por ARENA y FMLN. Recibió muchas críticas y no fue reelegida en 2019 por esos partidos, pero retomó el cargo en 2022, con el apoyo de Nuevas Ideas (que para entonces ya era la mayoría calificada).

6. El sentido político de su elección en 2022 fue presentar, ante la comunidad internacional, a una funcionaria en un cargo sensible que no pudiera ser tachada como simpatizante o afín al bukelismo; es decir, que no la deslegitimaran por esta causa. Esto fue explicado por el presidente Bukele en cadena nacional.

7. La gestión actual de Raquel Caballero se da en el contexto de la Guerra contra las Pandillas y el Régimen de Excepción, con el trasfondo de una estrategia de oenegés y activistas opositores para atacar al gobierno, arropados bajo la bandera de los DD.HH. Las críticas recibidas por la funcionaria son, principalmente, porque no se ha alineado a esta causa.

8. Superada la fase crítica de la Guerra contra las Pandillas, considero que se necesita una PDDH que no le haga el juego político a la oposición, pero tampoco parezca alineada con el oficialismo, sino que se centre en su misión institucional. Una persona con ese perfil es muy difícil de hallar, dada la polarización y etiquetas existentes.

9. Personalmente, creo que la Asamblea debería abrir espacio para nuevas postulaciones que surjan de la verdadera sociedad civil. Pero si se agota este recurso y no hay una candidatura idónea, no se extrañen de que la actual titular sea reelegida.