jueves, 5 de mayo de 2022
De mis evaluaciones subjetivas
martes, 26 de julio de 2016
¿Usted cree en Dios?

Para no crear falsas expectativas, aclaro que esta entrada no es para responder a esta pregunta, sino para explorar a grosso modo los múltiples sentidos e implicaciones que dicha interrogante puede tener. Al finalizar la lectura, espero comprendan que sería muy atrevido responder con la simpleza que quizá espera la persona que interroga.
En principio, tengamos claro que mucha gente confunde o identifica mecánicamente la creencia en un dios con la adhesión a una religión específica, e incluso con eso que llamamos “espiritualidad”.
(De este tema ya me ocupé en una entrada anterior, a la que remito en este enlace. Baste recordar que el problema filosófico de la existencia de Dios es de otro orden, bien distinto al tema antropológico de la religión, aunque todas las manifestaciones históricas de ésta se autoproclamen como caminos únicos y a menudo excluyentes para contactar con la presunta realidad divina.)
Así pues, en la mayoría de ocasiones pareciera que la pregunta real es “¿qué religión profesa usted?” Y aún esto, en apariencia más específico, no es tan simple de responder.
Una mínima investigación o conocimiento del tema lleva a concluir que dentro de cada religión hay modalidades tan distintas que resulta aventurado concluir algo específico con la sola enunciación de, por ejemplo, “cristianismo”.
¿Cuál cristianismo? ¿Católico, luterano, anglicano, evangélico o de sectas particulares? Y aún diciendo “católico”, ¿de cuál catolicismo? Aún el "católico, apostólico y romano" es muy diverso. Y si hablamos de etiquetas: ¿es el catolicismo de los jesuitas de línea progresista, de los reaccionarios como el Opus Dei o de elitistas tipo los Legionarios de Cristo? ¿Acaso iluminados estilo Carismáticos o Camino Neocatecumenal? ¿O nostálgicos de la Teología de la Liberación (aunque prácticamente ya extinta, con perdón de los devotos)? ¿O simplemente “doctrina social de la Iglesia”?
Sí, dirán que el Catecismo de la Iglesia Católica es uno solo, pero en la práctica los énfasis son demasiado diferentes. ¿Qué tal si profundizamos para conocer si su cristianismo es mágico, comerciante, esclavista o liberador? ¿O si su dios es vengativo y caprichoso, o por el contrario, padre-madre amoroso? ¿Y si Dios, en caso de existir, interviene a discreción en los asuntos particulares de las personas, o bien se abstiene de hacerlo? ¿O si hay o no comunicación entre esa realidad divina y la realidad humana?
¿Verdad que no es tan simple?
Y el lío no para allí, pues también cabe distinguir entre el significado de la pregunta y su sentido.
Muchas personas, al auscultar creencias religiosas, lo hacen a partir de estereotipos. Uno de los más nocivos es la identificación del ateísmo con la maldad, o de otras confesiones religiosas con una condición moral inferior, de tal suerte que la pregunta escondida detrás de “¿cuál es su religión?” sea “¿es usted una buena persona?”
Pero la historia y la vida misma nos llevan a dudar de la supuesta correlación entre ser una persona muy religiosa y ser una persona con altos valores morales. Piense en las fuertes y constantes críticas que, según cuentan, lanzó el mismo Jesús contra los fariseos, los hombres más religiosos de su época. O también en cuánta muerte, dolor y sufrimiento han causado (y aún causan) personas muy religiosas en nombre de su respectivo dios.
Si la religión le ayuda a una persona a mejorarse a sí misma y a su entorno, qué bueno, pero esto también puede hacerse por puro humanismo, sin necesidad de una creencia religiosa.
No pretenden estas líneas agotar la complejidad del tema, sino tan solo dar algunos trazos para prevenirle que, si usted insiste en preguntar por la creencia religiosa o metafísica de una persona, sepa el berenjenal en que se está metiendo.
miércoles, 9 de diciembre de 2015
De maldiciones indiscriminadas
Tragedia5. f. Situación o suceso luctuoso y lamentable que afecta a personas o sociedades humanas.

No sé si haya alguien que pueda preciarse de estar anímicamente preparado/a para enfrentar una tragedia que toca a gente de su entorno cercano, especialmente si esta es imprevista, repentina y atroz.
Tal evento infausto es capaz de sacudir cualquier base previa.
Cada quien reacciona como puede, a partir de sus creencias sobre el sentido de la vida y del universo, las más de las veces muy lejos del estoicismo (ser fuerte, ecuánime ante la desgracia).
En esos momentos, además del llanto inevitable, hay quienes recomiendan verbalizar, escribir los sentimientos negativos como catarsis, desahogo que se ve como saludable.
Y… quizá, puede ser.
El solo proceso de poner en palabras esos infaustos sentimientos, como la impotencia y la rabia, tal vez ayude a clarificar un poco las emociones, racionalizarlas y mantenerlas a raya por simple necesidad de supervivencia, para no dejarse arrastrar hacia el abismo del sinsentido y las imprecaciones indiscriminadas.
Esto último es un espectáculo penoso, quizá comprensible según la dimensión de la desgracia, aunque también injusto cuando ese torrente se lo pasa llevando gratuitamente, solo por estar ahí.
Uno puede, en un acto de tolerancia y comprensión, guardar silencio, que ya se le pasará.
O puede también buscar el momento oportuno para hacerle recapacitar.
Voy al caso.
Uno conoce la cifra diaria de asesinatos en El Salvador, así como la elevadísima tasa de hechos delincuenciales; pero cuando la persona afectada es alguien que conocemos, o que se mueve en nuestros entornos cercanos, ese saber deja de ser una estadística para convertirse en un dolor o temor palpable.
Algunas personas, entonces, expresan su dolor maldiciendo… y quizá sea válido.
Pero cuando ya incluyen reiteradas sentencias como “maldito país” o “este país es una mierda”, uno comienza a dudar de la sensatez del discurso.
El país no es solo el paisaje, sino principalmente su gente. Y aquí hay gente indolente, borrega y villana, pero también personas piadosas, solidarias y generosas en sus dones. ¿Son "malditos" todos, sin discriminación alguna?
Hay criminales de todo tipo, pero también hay seres humanos muy dignos. ¿También estos “son una mierda”?
Hay autoridades elegidas o designadas que no hacen bien su trabajo, revolcados en el miasma, pero también hay quienes buscan soluciones y hasta arriesgan su vida por un ideal de presente y futuro. ¿También a ellos van las puteadas?
Llore y recuerde a sus muertos, compadézcase del dolor ajeno y apoye quien pueda, pero no me venga con que "este país es una mierda".
Piense, medite, reflexione... Que mañana despertará en medio de ese mundo de heces que ha descrito, verá que la vida sigue... y algo tendrá que hacer.
Respeto su dolor, no su expresión.
— Rafael Fco. Góchez (@rfgochez) diciembre 8, 2015
domingo, 6 de diciembre de 2015
Vanamente aferrados

El ser humano intenta resolver su insignificancia adhiriéndose a poderes que cree superiores a él.
Una institución, el status quo, un partido político, la religión, una ideología, la raza, un equipo deportivo, una persona idolatrada, etc., son las formas visibles de esos poderes, en los que la gente pone su fe.
Pero como todo constructo humano, fallan.
Y cuando fallan, hay quienes sienten derrumbar su mundo interior, aferrados como están a cosas vanas, reflejo de su propia debilidad.
Entonces viene el shock y, como primer paso, la negación: intentar preservar a toda costa la pureza de aquellos/as en quienes se ha puesto la fe vital, ya sea mediante afirmaciones ciegas a la evidencia (“no es posible, sería incapaz de hacer eso, son calumnias”) o a través de justificaciones que culpan de una u otra manera a las víctimas, que siempre las hay.
Y así se mantiene a salvo el sentido de la propia vida, tanto más miserable cuanto más incapaz se es de rebelarse contra eso que nos ha traicionado.
jueves, 26 de noviembre de 2015
Del mal
El ser humano tiende naturalmente al mal, cualquiera sea su condición.
No importa raza, estátus social, opción política, credo religioso, orientación sexual: si se le deja a sus anchas, el mal germinará y se convertirá en hechos concretos, llamados delitos.
El ser humano siempre lo supo y se horrorizó, por eso creó frenos (moral y ley) a veces con aspecto religioso, a veces laicos o racionales.
Un ciudadano o ciudadana cualquiera que decide comportarse correctamente puede que crea hacerlo por un intangible impulso de bondad intrínseca, pero de fondo hay una ecuación consciente o inconsciente, cuya resolución incluye variables simples: las consecuencias negativas en caso de ser descubierto, perseguido y sancionado por ello.
Sea por intuición o por frío cálculo, quien comete un acto ilícito cree, intuye o sabe que no será castigado.
Quien además pertenece a una institución que ha tenido por norma histórica proteger a sus miembros (como los partidos políticos, élites económicas, iglesias de toda denominación, fuerzas armadas, etc.), se sentirá aún más seguro de proceder según sus instintos básicos.
Si fallan los organismos encargados de hacer cumplir la ley, no habrá o no se atenderá la denuncia, el castigo será inexistente, la impunidad será la norma y campeará el delito.
La diferencia entre civilización y barbarie no está, entonces, en la naturaleza de las personas, sino en la capacidad de las instituciones sociales (familia, escuela, iglesia, estado) para que sus miembros internalicen ciertas normas morales que mantengan a raya sus impulsos destructivos, lo cual solo se logra si se establece una correlación visible entre crimen y castigo.
domingo, 15 de febrero de 2015
Dios, religión y espiritualidad.

Dios, religión y espiritualidad son conceptos distintos, pero generalmente la gente los entiende como una sola cosa, indisolubles y conectados de tal forma que uno de ellos no puede existir sin los otros. Ciertamente, hay personas en quienes los tres aspectos son interdependientes y bien por ellas si les funciona, pero esta opción de creencias no es la única posible, pues la realidad es mucho más amplia.
La existencia de un dios o dioses es un tema filosófico y un problema de fe, sin respuesta concluyente más allá de la creencia, duda o increencia particular. Para los creyentes, el universo es la Creación, el resultado de una voluntad divina suprema a la cual se atribuyen una causa primera y una finalidad última. Para los ateos, el universo es el resultado del azar esencial sin necesidad de tal intervención. Los agnósticos reconocen la imposibilidad humana de saberlo con certeza, aunque no descartan que pudiera haber una entidad superior y acaso un propósito.
Así visto el problema, de haber un dios cabe preguntarse por sus características. Una de las más importantes en cuanto al género humano es saber si este ser se comunica o no con nosotros y por qué medios: si por apariciones en sueños, por voces interiores, por mediación de otros humanos a quienes les habla directamente, por señales misteriosas que debamos interpretar concienzudamente, por apariciones selectivas, por libros sagrados, por instituciones que lo representan o incluso a través de la realidad cotidiana que deberíamos analizar con toda nuestra inteligencia racional y emocional.
De la necesidad de comunicarse con un dios en el que se cree, nace la religión. Esta, en su definición más simple (que es la del diccionario) es un “conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto”.
Aunque toda religión es una construcción humana inspirada en una determinada imagen de lo divino, generalmente se presenta a sí misma como fundada y avalada por la divinidad, directamente o a través de personas elegidas para tal fin. No ha sido históricamente inusual que muchas veces las religiones se hayan arrogado el derecho de imponerse a otras confesiones, incluso por medios violentos, pero la estructura de las religiones y el papel de quienes ejercen autoridad en ellas es un tema interesante de estudio que excede los límites de estos párrafos.
Obviamente, quienes practican una religión son personas que creen en un dios, pero no todos los creyentes son necesariamente religiosos, ya sea porque no compartan sus dogmas o rituales, porque consideren que el dios en el que creen no es el que predican quienes dicen representarlo, porque crean tener un contacto directo y sin intermediarios con este ser supremo, o por cualquier otra razón. Dios, en cualquier caso, no tendría que ser forzosamente así como lo plantean las religiones.
Finalmente, está eso que llamamos vida espiritual, de la psique o del alma (“principio que da forma y organiza el dinamismo vegetativo, sensitivo e intelectual de la vida”). Tradicionalmente se ha entendido como algo etéreo, eterno e inmaterial, pero también hay filosofías que entienden lo anímico arraigado de tal forma en lo orgánico que es imposible concebirlo fuera de su sustento material.
La vida espiritual amerita reflexión y constante perfeccionamiento. Esto se puede lograr por medios religiosos o no religiosos. Aunque es un ideal, no todos los creyentes alcanzan una vida espiritual satisfactoria y muchos se quedan en un nivel apenas ritual. En contraparte, es perfectamente posible profundizar en la propia psique sin necesidad de acudir a entidades sobrenaturales ni hacerlo desde una religión. Desde el punto de vista psicológico, según el modelo de inteligencias múltiples, de lo que se habla es de inteligencia intrapersonal: aquella que “se refiere a la autocomprensión, el acceso a la propia vida emocional, a la propia gama de sentimientos, la capacidad de efectuar discriminaciones de estas emociones y finalmente ponerles nombre y recurrir a ellas como medio de interpretar y orientar la propia conducta”.
De lo dicho, se pueden sacar muchas combinaciones deseables, desde creyentes religiosos con gran riqueza espiritual, hasta ateos y agnósticos con notable capacidad de introspección y perfeccionamiento anímico. Con el debido respeto a la diversidad de opciones de fe, lo importante en todo caso es el crecimiento en valores para dignificarse como ser humano.
jueves, 30 de octubre de 2014
Recetas

Todos tienen una receta para ti.
Multitud de psicólogos/as, titulados o empíricos, te hablan de estas y aquellas directrices para vida, según tal o cual enfoque. Los libros de autoayuda, del corte que sean, son un rubro editorial rentabilísimo y son devorados en frenética búsqueda por lectores en angustiosa búsqueda. Desde el escenario del culto religioso o del púlpito, pastores y sacerdotes transmiten la quintaesencia de sabiduría acumulada por siglos, a fin de mantenerte en el buen camino. Gurús de superación personal llenan sus salas de conferencias con público ávido de brújulas existenciales.
¿Hay acaso una receta que funcione?
Quizá sí, pero tal vez no sea única para todas las personas en todas las circunstancias. En la búsqueda de ser mejores personas, a unos les sirve una fórmula y a otros, otra.
La receta buena y verdadera es aquella que te funciona.
Lo difícil es hallarla.
martes, 14 de octubre de 2014
Cosa nuestra

Creer que Dios evitó una tragedia, ¿no es también responsabilizarlo cuando ésta ocurre?
Creer que Dios es mi guardaespaldas personal, ¿no es atribuir a su ausencia todas las desgracias -mayormente injustas- que sufren mis semejantes que no cuentan con esa divina protección?
¿No luce un poco impertinente, egoísta y hasta irrespetuosa con el dolor ajeno la invocación miope de quien, rodeado de cadáveres, da las gracias a Dios por ser el único sobreviviente de un accidente de tránsito en donde murieron horriblemente medio centenar de personas?
Ni el azar, ni las acciones u omisiones humanas, son la Providencia.
El pensamiento mito-mágico no produce soluciones; en cambio, genera demasiadas angustias ante lo inexorable, soberbias derivadas se creerse superior al resto, o sentimientos de abandono por el silencio supremo ante los humanos clamores.
Los fenómenos naturales, enfermedades y accidentes son parte del mundo en que vivimos, siempre han estado y estarán allí; lo que nos compete es prepararnos, investigar, prevenir y minimizar en lo posible la vulnerabilidad.
Las situaciones injustas de origen social son, en todo caso, enormes rocas que mover a base de titánicas empresas.
Y todo eso es cosa nuestra.
Inspirados en lo trascendente, si se quiere, pero cosa nuestra.
sábado, 11 de octubre de 2014
Contra el dolor

Fuimos educados en el dualismo, partiendo al ser humano en dos, cuerpo y alma, despreciando el uno en beneficio de la otra. Nos citaron y recitaron a cada momento que “el espíritu es fuerte, la carne es débil”; que aquél es elevado y ésta, pedestre.
Y de allí, fuimos sumergidos en el ascetismo, según el cual el cuerpo es fuente de bajos impulsos y ha de ser castigado, para así elevar el alma. No nos dijeron que los mayores crímenes de la humanidad provienen, precisamente, del espíritu (envidia, venganza, odio, intolerancia, etc.).
Creyendo en insensateces inmemoriales, se imaginaron que el dolor tenía una finalidad bondadosa, superior, que el sufrimiento redimía y por lo tanto se podía ofrecer en sacrificio para limpiarse místicamente. Escribieron libros y versículos para darle sentido a la desgracia, a veces como purificación y otras como una prueba para ganar maravillas futuras. ¡Qué perniciosa idea!
El dolor es un signo de que algo anda mal... y nada más.
El sufrimiento sólo redime cuando el ser -real o imaginado- ante quien se presenta dicha ofrenda es cruel y se goza en el dolor ajeno. Creer que el dolor salva es justificar una tortura metafísica.
¡Maldito sea el dolor!
Si algo ha de tenerse como indicador del progreso de la humanidad es, precisamente, la lucha contra el dolor y el sufrimiento: sea desde la medicina, la justicia social, la ayuda personal o la búsqueda de la armonía íntima.
El dolor no nos hace más humanos; la lucha contra el dolor, sí.
domingo, 5 de octubre de 2014
Carta abierta a predicadores

Estimados religiosos/as, curas y pastores de las diversas iglesias:
Me dirijo a ustedes con buena fe, asumiendo que realizan sus actividades creyendo sinceramente en las bondades de sus dogmas y rituales.
El motivo de la presente es hacerles ver el grave error que están cometiendo algunos/as de ustedes en sus prédicas, al construir sus discursos sobre la base del anatema, es decir, la maldición o imprecación contra personas o grupos que no comparten sus creencias.
Al hacerlo de esta manera, promueven la intolerancia, olvidándose de que el ser creyente, adepto a una u otra religión, agnóstico o ateo es una opción íntima que obedece a muchísimos factores de la historia personal de cada quien, lo cual -si se ha hecho con el debido discernimiento- es digno de respeto.
Quienes solo saben predicar a partir de un espíritu negativo, que suele ir desde la ironía y el sarcasmo hasta el lanzamiento de prejuiciosos dardos contra el resto de los mortales, no se dan cuenta de que, de esa manera, solo hacen ver su propia debilidad de argumentos y reflejan pobreza de espíritu, pues rebajar al resto no es un medio sano de elevarse moralmente.
La amenaza y la reprobación como medio para conquistar almas es cosa de un oprobioso pasado. Con ellas, su comunidad no crece ni en número ni en virtud. Una invitación alegre y entusiasta sobre la base del amor sería, en todo caso, mucho más efectiva.
Si en vez de alegrarse por los feligreses que asisten a la misa o al culto, se dedican a lamentarse y denigrar a quienes no llegan (muchas veces con críticas llenas de generalizaciones reduccionistas), lo único que logran es generar amargura y frustración, y transmitírsela a sus propios fieles.
La gente que busca la religión lo hace por razones tan diversas como contradictorias. Ustedes, que se han erigido como especialistas en el tema, tienen la gran responsabilidad de orientar esas expectativas por caminos que conduzcan a la paz y armonía personal, para desde allí construir una mejor sociedad.
Que la certeza subjetiva que les da su fe no los lleve al fanatismo que promueve la exclusión y el odio explícito o velado contra quienes no piensan como ustedes.
Atentamente,
RFG
martes, 19 de agosto de 2014
No se culpe a nadie

Suicidarse es una decisión íntima, personal e inexorable. Luego, que no se culpe a nadie por esa tragedia en donde víctima y victimario son la misma persona.
Cuatro experiencias de suicidio he conocido, unas más cercanas que otras, unas más dolorosas: un compañero de colegio que jugaba a la ruleta rusa allá por los años ochenta, un amigo entrañable que lo hizo por motivos filosóficos en la universidad, un jovencito de doce años con gran inteligencia lógico-matemática pero grandes carencias de estima propia y una exalumna con todo lo que una joven veinteañera podría querer, y sin embargo…
Las penas del suicida cesan en cuanto el acto se consuma, pero el dolor de sus seres queridos es infinito.
La reacción -superficial aunque natural- de las demás personas es dirigir silenciosas miradas de recriminación a sus deudos, ¿qué no se dieron cuenta, por qué no hicieron algo, qué no le querían…? Mas difícilmente podrían haberlo evitado. En todos los casos que mencioné, había una familia completa y funcional, amorosa y que apoyaba, además de una comunidad fraternal relativamente amplia. De nada sirvió, porque el suicida, si es auténtico, medita en secreto, hace planes, conspira contra sí mismo/a sin dejarse ver hasta que ya ha cumplido su cometido.
El suicida duele, sacude y cuestiona, muchas veces de tal manera que su terrible decisión influye en otros potenciales candidatos/as a la autodestrucción para cambiarles la perspectiva de vida y, paradójicamente, impulsarles a vivir con mayor plenitud, aún desde el dolor tan hondo de la pérdida.
Así pues, descansen en paz, mis queridos suicidas. Desde este lado del espacio-tiempo, les seguimos recordando.
viernes, 8 de agosto de 2014
Ese sufrimiento añadido

Pocas cosas me alteran tanto como escuchar a quienes dan falsas esperanzas de curación milagrosa a enfermos terminales.
Hay depredadores materiales, charlatanes o estafadores que venden sus servicios aún a sabiendas de que no hay esperanzas razonables o el padecimiento está fuera del alcance de la ciencia o de sus habilidades profesionales. Son despreciables y merecen la cárcel.
Pero también están quienes, desde una postura de autoridad espiritual, les hacen creer a las pobres gentes que orando con fe y de corazón ese cáncer incurable se irá, esas células nerviosas muertas se reactivarán o esos riñones volverán a funcionar.
Hay buenas almas que no ven nada de malo en crear estas expectativas. Que la esperanza de mejorar ayuda al cuerpo, dicen; que a fin de cuentas puede que suceda, dicen.
Pero no sucede.
Y así se añade sufrimiento psicológico al daño físico, por cuanto el atormentado o la afectada ve que, por más llanto suplicante y devoción sincera que ponga en sus oraciones, su cuerpo duele y se sigue deteriorando inexorablemente.
A esta frustración constante y progresiva se unen terribles sentimientos de una culpa infinita por no ser digno/a de la gracia solicitada, o aún peor, por llegar a creer que la enfermedad responde a un cruel designio divino más allá de la comprensión humana.
Esto no tiene que ser así. Tampoco es ni la única ni la más sana forma de lidiar con ello.
He visto de cerca oraciones de terceros que piden una de dos cosas: que sane la persona enferma o que, si es la voluntad del Altísimo, cesen sus sufrimientos en este mundo y repose eternamente en Su compañía. Creencias aparte, dicha postura me parece respetable por sensata, piadosa y, sobre todo, razonable.
Lo que me mata es lo otro.
viernes, 18 de octubre de 2013
La falacia de la filosofía del último día

Es frecuente escuchar, disfrazado de sano consejo: "vive como si hoy fuera el último día". Nada más falso, dañino y peligroso.
Si uno supiera que hoy es su último día, seguramente cometería infamias, vejámenes y delitos sin temer a lo que vendría después. Cualquier moral sensata -es decir, que se base en una ética de las consecuencias- perdería sentido. Si algo nos y refrena nuestros peores impulsos es, precisamente, el aprecio de la vida que viene después del hoy, la cual no deberíamos echar a perder con actos que comprometan nuestra humanidad.
Saber con certeza que moriremos mañana nos daría una especie de maligna impunidad, pues si hoy fuera ese último día, ¿quién se privaría de abyectos caprichos?
domingo, 8 de septiembre de 2013
De Dios

No creo en un Dios a quien le importen más los gestos y profesiones de fe antes que las buenas obras; en cambio, prefiero imaginármelo alentando los mejores esfuerzos y acciones de las personas, más allá de sus filiaciones.
No creo en un Dios cuya conversación sea repetir mecánicamente lo que los seres humanos han escrito y publicado en su nombre; en cambio, prefiero imaginármelo como el buen maestro o maestra que invita a pensar, criticar y buscar siempre la verdad, aun si en ello se apartase de aquellos dogmas.
No creo en un Dios fanático de sí mismo, celoso e intolerante que nos ponga anteojeras mentales para no escuchar y atender más que su santa palabra, so pena de fulminarnos; en cambio, prefiero imaginármelo conversando amigablemente con ateos, agnósticos y creyentes de cualquier denominación, pero genuinamente comprometidos con los más caros anhelos de la humanidad.
No creo en un Dios que delegue su autoridad en seres humanos investidos de poder para asolar infieles, oprimir conciencias o hacer negocios; en cambio, prefiero imaginármelo indignado ante el uso perverso que de su nombre se ha hecho, acompañando las resistencias, protestas y luchas contra tales poderes fácticos, aunque tarden años en verse los frutos.
No creo en un Dios que escoja un caso entre millones y haga un milagro mientras los demás se pierden en la amargura, tan solo para demostrar su poder o reforzar el estatus de una religión en contra de la ciencia; en cambio, prefiero imaginármelo acompañándonos a través de seres queridos aún en el más duro padecimiento humano, como gesto solidario ante nuestra condición perecedera y sin atormentarnos por darle un sentido al sufrimiento inútil que, como ser piadoso, nos ayudaría a finalizar de la mejor manera.
No creo en un Dios que espíe nuestros más íntimos y diversos actos amatorios, ofendiéndose por lo que ve desde su ojo prejuicioso e indiscreto; en cambio, prefiero imaginármelo respetando la privacidad y los acuerdos sentimentales de las personas que habría creado en su auténtica libertad.
No creo en un Dios que haya formado seres inteligentes con el único propósito de que le alaben y exalten su ego divino; en cambio, prefiero imaginármelo transfigurado en el humilde servidor/a que, calladamente pero sin falsa modestia, procura mejorar en mucho o poco sus espacios vitales y dejar a la siguiente generación algo mejor que lo recibido.
No creo en un Dios titiritero que maneje nuestras vidas a su antojo y conveniencia; en cambio, prefiero imaginármelo como el espectador de esa gran película que es todo el devenir humano, donde se alegra o aflige por lo que pasa, pero no interviene porque desea y confía en que sabremos arreglárnoslas para llegar a buen término.
sábado, 20 de abril de 2013
Sobre religión y buenas personas

En lo que al mundo terrenal respecta, las religiones suelen tener como objetivo explícito que sus adeptos sean buenas personas. Dentro del cristianismo, religión predominante en esta parte del mundo, resuenan las palabras de Jesús, citado por Juan 13, 35: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros.”
En el sentir común, se cree que ser una persona religiosa deriva en ser una buena persona, de ahí la insistencia en cultivar y difundir la doctrina desde la más temprana niñez.
Sin embargo, la realidad y la historia han demostrado lo azaroso y a veces falaz que resulta esta aparente relación de causa y efecto.
Es importante reconocer, en primer lugar, que en el mundo de hoy y en este contexto particular, mucha gente es al mismo tiempo religiosa y buena, y ellos mismos relacionan esta última cualidad con su devoción.
Ciertamente, la religión puede ser un método de perfeccionamiento personal y colectivo, una forma de crecimiento espiritual que derive en buenas acciones, en el sentido más amplio que puedan entenderse.
Sin embargo, también es evidente que bastante gente sinceramente religiosa comete acciones objetivamente dañinas en su entorno personal y social, no hallando contradicción entre sus creencias y tales formas de comportamiento, más bien justificándose en ellas.
Pese a la evolución que en la doctrina oficial de algunas iglesias ha habido al respecto, muchas de las más antiguas formas de discriminación y sometimiento de la mujer aún se amparan en la tradición religiosa judeo-cristiana, de la misma forma que se niegan derechos humanos fundamentales a sectores sociales tradicionalmente discriminados, esgrimiendo citas bíblicas.
Aun siendo una flagrante contradicción, personas que viven en el crimen y el delito se encomiendan diariamente a Dios. En esos casos, se dirá -con razón- que esa religiosidad es falsa e inconsecuente, pero el punto es que las creencias de esa gente son, desde su propio punto de vista, auténticas.
El Salvador es un país que se confiesa mayoritariamente creyente, de lo cual no se duda, pero es, al mismo tiempo, uno de los más crueles y violentos del mundo, así como el paraíso de la impunidad.
Militares y políticos señalados en el informe de la Comisión de la Verdad por su participación o encubrimiento de crímenes de lesa humanidad, algunos de los cuales hoy son diputados, siempre se declararon creyentes y andan predicando con su Biblia bajo el brazo. Cómo entienden ellos a Dios y a la religión, y si esta percepción es la “verdadera”, esos son otros temas; el punto importante es que en esos y otros muchos casos la religión en sí no ha producido buenas personas.
Reafirmo y amplío, antes de continuar, una idea ya expresada anteriormente: que ciertas prácticas religiosas pueden ser buenas y edificantes, siempre que se ejerzan como libre opción, propicien un sano discernimiento moral, cultiven valores humanos solidarios, impliquen el compromiso con el mejoramiento del entorno y, sobre todo, comprometan la responsabilidad en el uso de la propia libertad.
Añado y destaco lo siguiente: una práctica religiosa realmente humanizadora requiere de cierta dosis de librepensamiento, jamás de la ciega obediencia y nunca del fanatismo ni la obcecación. Implica además el reconocimiento de sí misma como una opción legítima dentro de muchas otras, incluyendo el ateísmo y la increencia. Esto lleva inevitablemente a la tolerancia y la convivencia pacífica.
De la negación de la relación causal absoluta entre religión y bondad, ya explicada anteriormente, se sigue por simple lógica que las personas no creyentes, sean ateas o agnósticas, tampoco han de ser necesariamente malas personas.
Por supuesto que hay malas personas sin dios ni religión, pero también es claro que hay quienes hacen mucho bien, aunque no crean en entidades sobrenaturales ni participen de cultos religiosos.
Ser no creyente es una opción y no implica automáticamente una mayor o menor estatura moral. Es, en cambio, un pensamiento primitivo, intolerante y promotor de violencia el usar “ateo” como sinónimo de “malvado” y “corrupto”, y como antónimo de “santo”, “justo” y “bueno”.
En el entorno actual, es lamentable que a muchas personas atrapadas en el fanatismo religioso les resulte imposible siquiera concebir esta idea: que una elevada conciencia moral puede desarrollarse desde una perspectiva estrictamente humanista, es decir, sin necesidad de pertenecer a una religión o creer en Dios.
Al menos para entender esto debería servirnos vivir en una época en donde supuestamente ya se ha superado ese terrible oscurantismo.
lunes, 1 de abril de 2013
Del afán de trascender y sus monstruos

Que el ser humano es limitado y que en todas las culturas ha buscado modos de ir más allá de sí mismo es un hecho constatable. El tema seguramente lo han tratado muchos filósofos y antropólogos con amplitud y suficiencia, aunque una de las síntesis más claras que recuerdo es la del personaje Francis Walsingham en la película “Elizabeth” (1998), cuando le hace ver a la reina lo siguiente:
Todos los hombres (y mujeres) necesitan algo más grande que ellos mismos a quien admirar y adorar. Deben ser capaces de tocar lo divino en la Tierra.
No solo las religiones cumplen esa función, sino también aquellas grandes empresas en pos de quimeras y utopías (incluidas, lamentablemente, las guerras mesiánicas y autodenominadas santas).
En tiempos recientes se han sumado a estos afanes las llamadas “religiones seculares”: sistemas ideológicos sin componentes sobrenaturales, pero que se basan en dogmas, se fundamentan en el adoctrinamiento masivo y poseen diversos mecanismos para ocuparse de sus disidentes (por ejemplo, las diversas realizaciones históricas del comunismo).
Y aunque parezca pueril en comparación, también el deporte como apasionante fenómeno de masas tiene un fuerte componente de ilusión de trascendencia: no en vano a las grandes gestas deportivas se les describe como “tocar el cielo” y a los ídolos del fútbol se les venera como dioses.
Las actividades artísticas también les permiten a quienes las desarrollan sentir esa trascendencia: creer que su palabra, su música o su talento expresado en cualquier forma les preservará de la muerte y del olvido eternos.
Quizá todas estas sean maneras válidas de escapar, real o ilusoriamente, de la soledad esencial y su horror, o de la grave responsabilidad que implica, en sentido existencialista, inventarle un sentido a la propia vida, asumiendo la plena libertad y sus consecuencias.
El problema está en los monstruos que se engendran cuando estas doctrinas se absolutizan de tal modo que se cree ciegamente en ellas, erigiéndolas cual verdades absolutas en donde toda dura es espuria contaminación que requiere ser purgada.
A propósito del tema, me viene a la mente este párrafo de Fernando Savater:
Las religiones también son como el vino: hay gente a la que le sienta mal y gente a la que le sienta bien. Hay personas que con dos copas se vuelven locuaces, abiertas y desinhibidas; otros se vuelven brutos y groseros con la misma cantidad. Con la religión, hay gente que mejora y se purifica y para otros es una fuente de resentimiento, mojigatería y condena a los demás.
Eso mismo, en esencia, es lo que puede decirse de las ideologías políticas, así como del arte, del deporte y todas aquellas cosas en que buscamos realizar ese afán de trascendencia, cuando no estamos conscientes de su carácter tentativo, exploratorio y de factura terrenal.
martes, 27 de diciembre de 2011
Claroscuro

Confianza y temor son los dos lados de una misma moneda, como la luz y la sombra, la alegría y la tristeza, el sonido y el silencio. No es posible entender la una sin el otro. Donde hay confianza cede el temor, mientras que el temor impide la confianza.
Incluso en situaciones extremas y dolorosas, elegimos estar donde creemos estar relativamente mejor o, en ocasiones, con menor mal en comparación con la situación alternativa que la vida ofrece, opción que acaso no siempre sea la ideal porque, como recalcó el Tío Scar al solo comenzar la película “El Rey León”, la vida no es justa.
Hay quienes dicen que no se debe elegir sobre la base del temor sino de la confianza, pero la distinción es algo gratuita y tautológica. Al decidir sobre cualquier opción que se nos presenta en la vida, ponderamos qué pesa más y hacia allí nos orientamos: si confiamos y optamos por una ruta es porque en ella no vemos elementos temibles y sí alentadores, mientras que el rechazo de su alternativa en la bifurcación o encrucijada se basa en el natural alejamiento de aquello que podría dañarnos de cualquier manera.
La ciega confianza y el ciego temor son caminos bastante seguros a la catástrofe. En este sentido, la vida es como el ajedrez, donde la elección de una variante supone haber ponderado otras opciones y posibilidades que finalmente fueron descartadas: desde las más cercanas al camino tomado por sólido y seguro, hasta aquellas que con toda claridad se revelan como perjudiciales.
domingo, 25 de diciembre de 2011
Autoayudas

"Al final no logré enterarme que cuernos haría yo que yo, en mi lugar, si yo fuera yo."
(Felipe, amigo de Mafalda.)
No soy devoto de los libros de autoayuda ni de las frases que se supone han de cambiarte la vida; sin embargo, reconozco que hay muchas personas que han hallado -en unos y en otras- elementos importantes para encarar y asumir las circunstancias de mejor manera.
Mi impresión es que aquel pensamiento, consejo o reflexión que para una persona es muy significativo, para otra quizá sea completamente indiferente y ajeno a sus circunstancias. Incluso se da el curioso caso que el mismo razonamiento puede ser tomado en cuenta o no por la persona atribulada, dependiendo de dónde lo obtenga o de quién se lo diga.
En este sentido, no creo que exista una panacea para los quebrantos de esa dimensión humana a la cual llamamos "alma" o "espíritu", ni de orden laico ni de naturaleza religiosa.
Como es tan difícil lidiar con los problemas que nos afectan, por eso mismo hace falta discernir y ser muy selectivos frente al torrente de recetas generalmente bienintencionadas que descargan multitud de personas que quieren aplicar en uno lo que les ha funcionado a ellos por razones de muy diverso orden.
Entonces y a fin de cuentas, si es uno quien acaba eligiendo entre las opciones disponibles, ¿será que en esto también estamos solos, como en el nacer y el morir?
domingo, 11 de septiembre de 2011
Para espantar sensatos

Tras una publicación polémica y una conversación privada la semana anterior, es triste ver cómo y cuánto pululan algunas ofertas religiosas primitivas, absurdas, indignas, irracionales y francamente lesivas para la humanidad de las personas, presentadas por varias iglesias de una y otra filiación.
La publicación aludida apareció en la sección de consejos para mujeres de uno de los periódicos de mayor circulación. En esencia, lo que plantea es la sumisión de la mujer en el matrimonio, al estilo literal de Colosenses 3, 18 (“Esposas, sométanse a sus maridos como conviene entre cristianos”) llevando el mandato hasta el lecho, lugar en que ella debe siempre estar accesible, aunque no esté anímicamente dispuesta. Tras la andanada de críticas, el periódico publicó una nota aclaratoria, manifestando que dicha postura era solo la opinión de la fuente consultada, una psicóloga y pastora que, según su propio testimonio, prometió servirle al Señor por el resto de su vida si sus empleados y sus familiares quedaban a salvo en el terremoto de 1986.
Contra tan torcida percepción de lo divino, basta observar que dichos métodos de reclutamiento distan mucho de la imagen de un Dios bondadoso y, por el contrario, recuerdan más a ciertos personajes y organizaciones proclives al mal. Y contra tan retrógrada percepción de la mujer como un sub-ser en función del hombre, ya han argumentado bastante las propias implicadas y si todavía hay quienes aceptan y defienden tales conceptos, será por necedad y fanatismo, contra lo cual no hay argumento posible.
Sin embargo, por paradójico que parezca, en el fondo de esta oscura prédica hay un elemento potencialmente positivo: la legitimidad del pleno disfrute sexual de la pareja cuando coinciden las voluntades de ambos contrayentes, cosa que ni aún así se acepta en otros discursos. Esto me lleva a mirar hacia la acera de enfrente y traer a cuenta la conversación que tuve con alguien que asistió a cierto evento de iniciación.
De lo que me enteré por su medio confirmó lo que ya sabía de primera mano por referencias de otras personas directamente involucradas, tanto como por investigación y lectura de los documentos oficiales en que se basan. Se trata de una persistente línea de corte ascético medieval que considera a la carne como enemiga esencial, de donde se deriva una visión enfermiza de la sexualidad humana, ofreciendo una lista de tozudas prohibiciones, faltas imaginarias y prejuicios basados en la ignorancia. Voces entusiastas e incluso autorizadas predican ajenas a cualquier visión sensata de una moral basada en la razón y en función de la humanidad. El sexo se ve como esencialmente perverso, tan solo practicable con fines de procreación. En los periódicos nacionales de mayor circulación hay columnistas especializados/as que cargan una o dos veces por semana contra las y los impíos, definidos como tales no por su falta de compromiso ciudadano, su insolidaridad o su hipocresía, sino tan solo por sus opciones y prácticas sexuales. Lo más lamentable es que, al confrontar el asidero doctrinario se comprueba su ortodoxia, tanto como sus niveles de intolerancia y resistencia al cambio evolutivo. Discutir con esta gente no se puede, pues no tienen “oídos para oír” y ante el embate de cualquier argumento racional, solo pueden citar -muy a su conveniencia y desde la tradicional antinomia entre fe y razón- la fuente de sus creencias, con lo que se cae en un filosófico círculo vicioso.
Con semejantes opciones y alternativas, es bien difícil rebatir las críticas y sacudir las apatías de quienes viven fuera de los rebaños sagrados, que no necesariamente son gente inmoral pero que -en determinados casos, con sano apoyo espiritual y una estrategia mucho más inteligente- podrían haber tomado decisiones mucho más edificantes. En este sentido, me pregunto por qué pasan casi desapercibidas otras experiencias de crecimiento espiritual como el Discernimiento, criterio éste que bien puede servir incluso a personas razonablemente alejadas de las religiones y sectas dogmáticas, aunque no por ello de Dios.
lunes, 15 de agosto de 2011
Eclesiastés 1, 18.
“Mientras más se sabe, más se sufre”
Eclesiastés 1, 18.

Comento aquí tres interpretaciones de sentido.
La primera, incluida como nota a pie de página en la Biblia Latinoamericana, dice así: “La misma inquietud está presente en el mundo de hoy. Los promotores de la ciencia afirmaron que el progreso iba a liberar al hombre de todo mal. Nuestro siglo ha perdido esa seguridad: el desarrollo no es un camino a la vida fácil, el hombre es esclavo de su cerebro y de su ciencia, obligado a asumir las consecuencias cada vez más terribles. No puede detenerse, pero no sabe adónde va.”
En principio, tiene un ligero tinte retrógrado frente al pensamiento laico; sin embargo, lleva parte de razón al desconfiar de las promesas simplistas de redención del positivismo, las revoluciones y la acumulación de conocimientos y -en ellos- de poder.
La segunda expresa el contraste entre las expectativas morales de la persona contra la realidad circundante, vista de modo pesimista en su injusticias, degradaciones y sufrimientos. Conocer de cerca las miserias humanas y saberse radicalmente impotente para cambiarlas lleva inevitablemente al sufrimiento y la angustia. Por tal razón muchas personas prefieren cerrar ojos y oídos como un mecanismo de defensa y preservación de su estabilidad mental.
La tercera es la base de la prohibición de leer –fuera de lo oficialmente autorizado– en el mundo imaginado por Ray Bradbury en la novela "Fahrenheit 451", porque leer implica pensar. El escritor español Ignacio Gómez de Liaño la explica así: no solo es "por el esfuerzo que requiere el conocimiento (...) sino porque el que sabe algo más que los demás, el que es consciente de que sabe algo más, sufre porque los demás no lo saben, y sobre todo cuando descubre que los demás no están interesados para nada en eso."
¡Vaya dilema!


