miércoles, 27 de diciembre de 2006

Are you watching closely?

Esta es una de las raras ocasiones en las cuales, queriendo hacer una reseña, me esfuerzo en lo contrario; por lo tanto, cesaré de inmediato en mi búsqueda de adjetivos para describir la gratísima experiencia cinematográfica de haber visto "The prestige" (traducida como "El mago" o "El gran truco"). ¿Es este un comentario o crítica "impresionista", que dice más del espectador que del objeto artístico? Sí, pero cualquier otro intento de reseña académica apenas sería, con toda probabilidad, un mediocre insulto a la inteligencia del espectador y una magra descripción del arte e ingenio fijados en el filme, disfrutable sólo en la megapantalla; mientras que toda crítica o pretensión de esclarecer sus claves derivaría, lamentablemente, en una disección diametralmente opuesta al gusto de su contemplación.

Dicho esto y finalizando lo nunca empezado, dos son las únicas cosas a las que en este momento les hallo sentido:

a) Recomendar ver esta película en la sala de cine a cuanta persona de digno criterio sea posible, advirtiéndole en ello que, si espera a verla en DVD vía pantalla chica, perderá cierta parte de la gracia.

b) Celebrar el atino de quien, a su vez, me la recomendó a mí y mi familia. Me refiero, no faltaba más, al gran Mr. Aguacatote Deluxe, quien con esto pone cierto contrapeso en la balanza de las recientes reseñas de su proscrito "blog".

lunes, 25 de diciembre de 2006

Brecht entre Jenny, Columbo y la WWF.

Una de las mejores películas de todos los tiempos -sea considerada dentro de su propio género, sea vista más universalmente- es “The princess bride” (1987), traducida como “La princesa prometida” o “La princesa Botón de Oro”. Entiendo que, en su tiempo, no fue un gran éxito de taquilla y más pronto que tarde llegó a la programación regular de los canales de televisión por cable, donde frecuentemente se puede disfrutar del repetido y renovado placer de su apreciación.

A excepción del luchador profesional de la entonces WWF, Andre The Giant, en el papel del gigante Fezzik (cuyo puño cerrado equivalía, fuera de trucos, a una cabeza humana promedio), el elenco principal era joven y desconocido; aunque, siguiendo su trayectoria, los podemos ver compartiendo fama en posteriores películas y series memorables; por ejemplo: Cary Elwes, aquí Westley, es Lord Arthur Holmwood en “Drácula”, de Coppola; Fred Savage, aquí el nieto, es el de “Los años maravillosos” (serie de la cual, por nunca haberla visto, asumo que me perdí); y Robin Wright, la princesa Botón de Oro (traducción exacta y apropiada que mejora notablemente el “ranúnculo” que dio el diccionario bilingüe al ingresarle “buttercup”)... ¡no es otra que la célebre Jenny de Forrest Gump! Seguramente para disimular aquel conjunto de novateces, los productores insertaron a algunos famosos en papeles pequeñísimos: Billy Crystal como un excéntrico hechicero (¿hay alguno que no lo sea?) y, sobre todo, el gran teniente Columbo, Peter Falk, como el abuelo narrador.

He aquí, entonces, que una producción “menor” (costó siete millones y recaudó quince), llegó a convertirse en un clásico. ¿Cómo, por qué, acaso tengo la clave?

Según veo, las fortalezas son, en primer término, el guión ágil e ingenioso de William Goldman, más una puesta en escena sobria e inteligente del director Rob Reiner, que incluye la técnica brechtiana del distanciamiento: romper la ilusión en que caería el espectador al creer que la trama es la realidad.

Para lograr este importante objetivo, cada cierto tiempo se recupera la conciencia de que aquello es ficción, mediante los “cortes” que impone el narrador y su nieto al interrumpir el relato. Al mismo tiempo y en ellos, se juega con las hipótesis, especulaciones, cambios de rumbo y comentarios a propósito de la historia, es decir: ¡representa el ideal de la perfecta lectura!

En total consonancia con lo antes dicho, las actuaciones ni siquiera se asoman al terreno de lo melodramático. Todo lo anterior da por resultado una apreciación estética libre de sobresaltos emotivos que, no obstante, resulta apasionante y enternecedora en su justa dimensión, sin quitar por ello espacio a los sutiles toques cómicos distribuidos equilibradamente por aquí, allá y acullá.

Las varias veces que la he visto son el mejor testimonio no sólo de la alta estima en que la tengo sino, especialmente, de su calidad.

viernes, 22 de diciembre de 2006

Sinapsis

Entre 1989 y 1991 existió "Sinapsis", un grupo musical amparado en los instrumentos y locales del entonces "decanato de estudiantes" de la UCA.

Junto conmigo estaban "Guayo" Quijano (guitarra electroacústica), David "Chele" Aguirre (guitarra eléctrica), Carlos "Guasa" Membreño (sintetizador), Carlos "Grillo" Rodríguez (batería) y dos pianistas no simultáneos: Jaime Morales, quien apenas estuvo unas semanas, y Juan Carlos Carranza. Las chicas del coro fueron varias y efímeras (Ángela Escobar, Consuelo Reyes y alguien llamada Glenda). La voz líder, entretanto, siempre fue la de Napoleón "Ney" Vásquez, quien hacía pasos de baile espectaculares en medio de las interpretaciones y, cuando alguna vez olvidaba las letras, cantaba "en alemán".

El repertorio alternaba mis canciones originales con algunas otras de un género que podríamos llamar "rock & canto nuevo", tales como "Niños eléctricos" (Miguel Ríos), "Las cosas que he visto" (Eros Ramazotti) y "Mujer poetisa" (Roy Brown). Nuestras presentaciones ocurrieron, mayoritariamente, en el Auditorium universitario y algunas salidas esporádicas fuera del alma mater (una de ellas, la del Seminario "San José de la Montaña", nos permitió sacudir, a base acordes, las mismas entrañas del poder eclesial).

Fotos nuestras no tengo, pero sé que las hay en algunos archivos de las jornadas culturales de homenaje a los mártires de la UCA. Aquí la letra de una de aquellas canciones:

MANIFIESTO

No,
no me gusta ser vocero
del oprobio y de la muerte.
En mi canto no hay engaños
que lastimen a mi gente.

No,
no comparto los esquemas
ni las voces ni los cultos
que se alegran con el llanto
y se adornan con el luto.

No,
no permito las paredes
que limitan mis sentidos,
porque la creación vivida
no es sujeto de presidios.

No,
no tolero las miradas
que destellan municiones,
ignorando la exigencia
de las voces de millones.

Desacato los poderes
que construyen estandartes
donde el canto se deforma
detrás de fríos altares.

Manifiesto el aire puro
enemigo de injusticias,
sembrador de la sonrisa,
preparando el desayuno
para el viejo, para el niño,
la mujer, la nueva estirpe,
esta raza que aún sigue
queriendo un mejor destino.

miércoles, 20 de diciembre de 2006

"Monólogo de un mártir"

Muro de la memoria, parque Cuscatlán.

En 1987 don Paco Escobar nos animaba a versificar, aunque fuera por puro ejercicio académico. Allí hice algunos experimentos que, de cuando en vez, servían para ponerles música. Esta canción resume una línea de pensamiento ingenua-idealista, típica de mí, la cual desembocó más ampliamente en un guión teatral: "Asfixia 2000", pese a lo cual no formó parte del "soundtrack". Veinte años después, no la considero impropia.

MONÓLOGO DE UN MÁRTIR

El tiempo ha caminado
con los misterios que en su paso lleva,
la lluvia ha remojado
las frentes que anidaron las ideas
de cuando perseguimos,
amando, una promesa que perdimos.

Hoy suenan las palmadas
de los retoños que a la vida llegan,
reviven alboradas

sus risas inocentes y sinceras,
que nunca conocimos
el día que a luchar nos decidimos.

Tranquilos nos marchamos,
mas presentíamos perder la vida:
sin pena la brindamos
y sin saber de quienes nos querían,
aunque había en el lodo
reflejos del amor que llena todo.

No importa que la tierra
a nuestros brazos aprisione firme,
sin sangre en nuestras venas,
sin nadie que nos vuelva a ver felices,
pues aún el sueño limpio
se siente ilusionado a ser vivido.

Aquí nos encontramos
por cruel encargo de los que nos matan:
viviendo sepultados,
queriendo mantener nuestra esperanza,
sin darla por perdida
y sin imaginar que nos olvidan.

El habla se me acaba
y poco a poco va muriendo el grito,
tal vez por la mañana
ya sean más constantes los queridos
alientos de los años
que nunca nos dejaron contemplarlos.

sábado, 16 de diciembre de 2006

Masa coral

Curioso por ver cómo se integraban en el gran espectáculo algunas miembros de coro colegial que ocasionalmente convoco, asistí a un concierto de la Orquesta Sinfónica Juvenil y el Coro Nacional reforzado con adolescentes novatos, presentación de admisión gratuita en la zona peatonal de un conocido centro comercial.

Entiendo que las primeras piezas corrieron a cargo de los sinfónicos y cantores más fogueados y, a continuación, se integraron los torrentes juveniles debutantes.

De las ejecuciones clásicas puedo decir que sonaron muy bien, pese los contrarios esfuerzos de los operadores de la consola. En cambio, de las canciones más populares, donde se integró la multitud coral adolescente, sólo cabe reconocer el mérito de haber reunido a más de dos centenares de jóvenes para cantar al unísono.

Sospecho que las principales fallas fueron organizativas, la convocatoria tardía y el tiempo no alcanzó para un mínimo arreglo a dos voces, lo que defraudó un poco mis expectativas.

En cuanto a la orquesta, se notó mucho su paso de lo sublime a lo mundano cuando ejecutó los temas aparentemente más fáciles que los clásicos (“Amigos para siempre”, “Gracias por la música”, “Patria querida”, “Imagine”, “Que canten los niños”, etc.), pues los arreglos no eran finos y su coexistencia con instrumentos modernos, como la batería y el bajo eléctrico, requería mayor delicadeza auditiva que su simple superposición rítmica y sonora.

Cabe recordar que este fue, por cierto, el mérito que hace tres décadas tuvo el maestro hispano-argentino Waldo de los Ríos, cuya habilidad consistió, precisamente, en llevar hasta las masas a Beethoven y Mozart, colocando los aparatos “pop” de tal forma que, estando ahí, se sintieran sin apenas notarse y sin quitar protagonismo a las cuerdas, vientos y metales.

Pero, tal como lo comenté en una conversación previa con alguno de los jóvenes músicos, ese sutil criterio no está al alcance de los sonidistas locales, amigos del ecualizador “en hamaca” (bajos y altos al tope, medios abajo) y socios inseparables del “feedback” más inoportuno. Por su cuenta corrió, como no podía ser de otra forma, el volver inaudibles las estrofas que debieron interpretar unas niñas solistas.

Unas pocas pero constantes pringas de lluvia obligaron a finalizar el evento cuando aún quedaban por interpretar dos canciones, las cuales imagino en el mismo formato que las ya comentadas.

Y como, por una parte, los adolescentes son mucho más susceptibles que cualquier otro ser de este mundo ante los comentarios críticos y, por otra, no pienso renunciar a mi vocación de ser sincero, considero que la mejor respuesta ante las venideras preguntas de “¿qué le pareció el concierto?” será... ¡remitirlos con todo entusiasmo a estos párrafos que aquí mismo finalizan!

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Posdata: me dice un informante que, luego de pasada la amenaza pluvial, se ejecutaron los números restantes.

viernes, 15 de diciembre de 2006

¡Zóquela!

“Zocar” es sinónimo regional de “apretar”. La exclamación vulgar “¡zóquela!” adviene cuando una persona se encuentra en una situación inesperada, dificultosa, irremediable e irreversible; debiendo hacerle frente lo mejor posible y con los medios a su alcance... o sencillamente aguantar hasta que pase el duro trance.

Advirtamos que, aun cuando el verbo es el mismo, su significado cambia cuando alguien "está zocando", es decir, se halla muy tenso o nervioso por la incertidumbre ante el resultado de una alternativa importante. En este caso, el término sólo se refiere a la contracción instintiva de ciertos sectores del cuerpo ante semejantes disyuntivas. El verbo en participio también conserva su sentido original de adjetivo, más externo y menos anímico, cuando se aplica a un partido con marcador estrecho y titánica lucha ("estuvo zocado") o incluso para referirse al buen acoplamiento entre los instrumentos musicales de un grupo ("suena zocado").

Por el contrario, la expresión anímica que origina este análisis debe su origen semántico a un hecho genital: proviene de la actitud del macho latinoamericano al buscar o incluso forzar una relación sexual; el cual, una vez consumada la penetración, refuerza su dominación hacia la hembra al pensando o diciendo (con perdón): “de todos modos, ya la tenés adentro, así que... ¡zocala!” (refiriéndose al miembro viril insertado, cuyas denominaciones son, generalmente, palabras de género gramatical femenino).

Curioso es que, en el uso común, este imperativo se utiliza más en conversaciones de hombre a hombre, adjudicando implícitamente una situación homosexual al interlocutor. Sin embargo, por costumbre y uso reiterado cada vez se extiende más entre las chicas, cuyo desconocimiento del origen de esta expresión idiomática las hace caer en chabacanería involuntaria.

jueves, 14 de diciembre de 2006

Memoria de Toño

Creo que las amistades son circunstanciales y no imperecederas, a diferencia de como suele prometerse recíprocamente en las despedidas. Sin embargo, lo valioso es que aquella compañía se sienta verdadera en el momento en que ocurre: tal fue el caso de mi amigo y compañero de estudios universitarios, Toño Dimas, el personaje de esta fotografía digna de un cartel de “más buscado”, quien decidió marcharse de estos contornos por su propia voluntad, una tarde-noche sabatina de Junio de 1990.

Fueron casi dos años de aquel nexo, tan auténtico como para confiar mis primeros experimentos literarios a su crítica implacable; pasar buena parte de la tarde en el cubículo de instructores de la UCA, hablando de temas triviales e intelectuales (que acaso fueran lo mismo), frente a una pétrea pared gris que le inducía a una depresión magníficamente ocultada; compartir planes y proyectos (grupo de rock, furtiva visita relámpago, obra de teatro, maestría después de la licenciatura); o fundar el “comité pro-rescate” de un su amor imposible, destinataria de poemas enfermizos y presa de un radicalismo que, al menos de nombre, aún ostenta (y gracias a cuya imprudente agenda personal la contrainsurgencia estatal nos cateó amablemente las casas).

La saturación de trabajo que tuve yo en aquel año me hizo verlo cada vez menos en sus últimas semanas, tanto que apenas encontrábamos espacio para un intercambio rápido de comentarios en los pasillos de la UCA. No imaginaba cuánto había profundizado él en su amalgama de ideas existencialistas, románticas y nihilistas (todas a la vez), hasta que conocí la brutal noticia de su suicidio.

En su momento, escribí párrafos catárticos, las “cartas a posteriori" de mi primer libro, dedicado a su memoria. Pero desde entonces, de cuando en vez, reaparecen las mismas preguntas:

¿Habría yo explorado tales sombríos caminos, de no haberme su muerte así sacudido?

¿Habríamos podido modificar su decisión, si quienes lo conocíamos la hubiéramos sospechado con tal gravedad?

¿Realmente lo conocimos?

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Las OTI

En el último cuarto del siglo XX fue muy famoso el Festival de la Canción Iberoamericana, conocido por las siglas OTI, organizados por las televisoras continentales y de la península ibérica. En él, participaban todos los países y, en años específicos ganaron canciones memorables, como la española María Ostiz con "Canta, cigarra" (1976) y el nicaragüense Guayo González, que hizo universal el "Quincho Barrilete" de Carlos Mejía Godoy (1977).

Al interior de cada país había, también, sus respectivos concursos para elegir al representante nacional. El evento presentaba la oportunidad para que los compositores dieran a conocer sus creaciones e intentaran el camino al éxito, aunque éste fuera efímero.

El Festival OTI nacional comenzó con célebres polémicas y, entrando a los noventas, acabó muy desacreditado, porque poco a poco se fue convirtiendo en medio de promoción de imagen de ciertos artistas que a los organizadores, por razones diversas, les interesaba potenciar; porque siempre hubo un compromiso institucional con la visión conservadora de los patrocinadores, quienes muchas veces hacían de jurado; y porque fueron predominando criterios artísticos cada vez más miméticos y menos inteligentes, en unos y otros. Habría que añadir, además, cierto clima de antropofagia artística.

Pese a todo lo anterior, alguna memoria agradable tengo de mis participaciones, así como aprendizajes significativos. Gracias a "Ideas que vienen mientras voy caminando" (1985) y "Somos" (1986) tuve el convencimiento de que, mientras cantara yo mis propias canciones, no llegaría muy lejos. Con "Siempre un cantor estará" (1987), en la poderosa voz de Marco Antonio Chacón, aprendí dos cosas: la primera, que nunca hay que ir a grabar la pista preliminar a un estudio cuyo propietario sea otro competidor, pues te copiará ideas y tendrá tiempo para mejorarlas; la segunda, que la diferencia entre los instrumentos tocados por uno mismo en la sala de grabación y los reales en el escenario puede llegar a ser mucha, especialmente con músicos nocturnos. De mi experiencia en 1988 con "El amor viví" ya conté algo en la entrada de este blog "Canción oculta restaurada".

Mi última participación en las OTI nacionales fue "Oración", pieza emotivamente ejecutada en 1989 por Manuel Gómez, una de nuestras mejores voces. Entonces tuve la certeza de que una canción, por buena que fuese, no pasaría de ese tercer lugar que nos otorgaron, si en ella había una pizca de reflexión, aun poética, sobre el contexto: estábamos en guerra civil y los fanatismos originarios todavía inflamaban las conciencias.

Pero, como alguna frase célebre debe decir: "lo importante no es el premio, sino haberlo merecido".


ORACIÓN

Letra y música: Rafael Francisco Góchez
Canta: Manuel Gómez

Que se diluya el tiempo de la niebla,
que mueran de una vez las frustraciones
y que palpiten fuerte las fronteras
para que se marchiten los rencores.

Que crezcan hacia el sol las armonías
-nuevas vidas, vidas nuevas-
que finalicen ya las maldiciones y las penas.

La vida que se gasta en los combates
que pueda recobrar sus ilusiones
y pueda liberarse de pesares
para que sean verdad sus proyecciones.

La tierra que es privada de la lluvia
cante y nutra, nutra y cante
una canción distinta de las marchas militares.

Que se transformen las heridas
En las raíces redentoras
En los anuncios de alegría
Que vitalicen nuestras horas,
nuestro afán por existir.

Que representen cosas del olvido
las duras realidades del ayuno,
que sea útil tanto sacrificio
para fertilizar el buen futuro.

La inquebrantable fe por los anhelos
-libre cielo, cielo libre-
nunca permita, nunca, traicionar a nuestra estirpe.

Que se transformen las heridas
en las raíces redentoras
en los anuncios de alegría
que vitalicen nuestras horas,
nuestro afán por existir.

Y si es posible un poco de silencio
Para escuchar las voces olvidadas
El testimonio vivo de los muertos
Que resucitan entre la alborada.


martes, 12 de diciembre de 2006

Irse en la de choto

La etimología del término salvadoreño “de choto” es un misterio. Tal vez haya allí algún nahuatismo, como en muchas las palabras regionales que comienzan con la anecdótica “ch” (chero, chuco, choyudo, etc.), pero hasta hoy lo único claro es su significado principal: “de gratis”.

En cambio, la expresión idiomática “irse en la de choto” tiene más anécdota: hasta la década de los setentas, las alcaldías municipales tenían la sanitaria costumbre de recolectar a los ebrios consuetudinarios fondeados en las aceras de la ciudad, transportándolos hasta las bartolinas hasta que cesara su condición alcohólica. Para ello, casi siempre utilizaban una especie de furgoneta generalmente blanca, conocida también como “la chelona”, ante cuya presencia siempre bien avisada, los bolitos que aún podían tenerse en pie no dudaban en pegar carrera (o, al menos, intentarlo).

El razonamiento popular estableció, entonces, que el transporte desde donde el borrachín estaba tirado hasta el reclusorio era “de gratis”; aunque, en realidad, todo esto se lo cobraban al "cliente" en la multa requerida para salir o mediante trabajos forzados.

Así, decir “me fui en la de choto” calza cuando alguien reconoce haber tenido malas consecuencias de una acción cometida por equivocación, desconocimiento, ingenuidad o falta de previsión. Es equivalente a exclamar “la regué”, “la cantié” o incluso otra más categórica que, por mantener la elegancia de este espacio, prefiero no explicitar.

lunes, 11 de diciembre de 2006

Dream team

Equipo de baloncesto del Colegio Salesiano "Santa Cecilia", campeón invicto en los Juegos Deportivos Estudiantiles, categoría "Juvenil - A", 1983. En cuclillas, desde la izquierda: Roberto "el Guardia" Hernández, Miguel "Yisus" Torres, Mauricio "Cocoliso" Cruz, Jorge "Canito" Rivera, Jorge Navas y Héctor "el Socio" Solano. Parados: Jorge Kattán, Francisco "Billy" Quiteño (entrenador), Carlos "Cucha" Mendoza, RFG, Mario "Caballo" Vásquez y Edgar "el Chafa" Díaz. Falta el Eduardo "el Zurdo" Barrera.

Contrario a la creencia popular, mi relativa elevada estatura no se deriva de haber jugado baloncesto sino todo lo contrario: me animaron a hacerlo, precisamente, por ser "alto", pues ya en aquella época, a mis quince años en 1982, medía de largo exactamente lo que ahora: 1.91 m.

La dificultad, de cara a la afición, era que durante toda mi vida mis intereses habían sido musicales y no deportivos, por lo que el arte del basketball era para mí tan desconocido como la acupuntura.

Pese a mi carencia total de técnica y por razones que tal vez no he querido indagar a fondo, me involucré en la aventura de entrenar con el primer equipo del colegio y, a los pocos días... me fue recomendado primero un período de maduración en "Juvenil - A".

Así lo hice y, aunque pasé la mayor parte de la temporada en el banquillo, recuerdo aquella experiencia con muchísimo cariño: éramos un verdadero equipo, no teníamos adicciones indeseables y, pese a bromas y disgustos, nos sentíamos respetados.

Cuando Billy, el entrenador, estuvo a punto de dejar el puesto por problemas con su horario con la universidad, acordamos entrenar en el único horario posible; es decir, de 5:30 a 6:30 a.m., antes de la jornada académica. A esa hora, el ingreso al colegio sólo podía hacerse por una puerta detrás del altar mayor de la iglesia principal, por lo que se nos puso como condición que no desfilásemos por el templo enfundados ya en los pantaloncillos de entreno... ¡ni tampoco rebotando el balón!

Después de conquistado el campeonato, hubo un almuerzo de despedida que, en ese entonces, nadie consideró como el final de un ciclo. Pero pasada por la balanza de los años, vivencias como la de este mi "Dream team" son las que tiñeron mi conflictiva adolescencia de una sensación de felicidad que, curiosamente, crece con los años.

domingo, 10 de diciembre de 2006

Nosotros, a crayón.


Este retrato de Carmen y yo, dibujado el 21 de Julio de 2004 por alguien a quien no conocemos, es una artesanía posibilitada por el ocio mientras esperábamos cierto trámite en un centro comercial. Un “artegrafista” de esta especialidad ambulante ofrecía esta posibilidad a un precio razonable y no nos pareció mal. El resultado va a medias: ni somos tan nosotros ni tampoco nos desparecemos demasiado, pero mientras no tengamos otra para comparar, es ésta nuestra caricatura oficial.

jueves, 7 de diciembre de 2006

Césped capilar

Supongo que toda persona reflexionará en algún momento de su vida sobre la caída capilar o el cese de su crecimiento. Sin que me interese referirme a la millonaria industria que da tratamiento y remedio, efectivo o no, a este así llamado “problema”; tampoco analizaré los presuntos efectos estéticos, psicológicos, románticos o de cualquier otra índole (superficiales, en todo caso, puesto que “lo esencial es invisible a los ojos”, priva el espíritu sobre la carne, la verdadera belleza es interior, etc.).

Por otra parte, en estos días de menos trabajo profesional, estoy batallando con un sector del jardín trasero de la casa, donde en las últimas semanas el césped ha venido a menos, cual si imitase al cabello de la parte superior de mi cabeza. Supongo que la causa ha de ser multifactorial: poca retención de la humedad, tierra muy endurecida y sol escaso. Las replantaciones, hasta el momento, no han tenido el éxito deseado y me apresto a probar con tierra importada del vivero, previa excavación breve, sin darle tregua con el agua y, en caso de desesperación, podar los árboles circunvecinos (o redirigir la luz con espejos).

Si el comportamiento de este mi cabello en desbandada pudiera compararse con tal raquítico césped, el fracaso estaría anunciado, dado que el contacto de mi cuero cabelludo con el sol es bastante normal y por allí arriba la sequedad no es tanta. Por otra parte, aunque hay quienes lo ofrecen, el transplante de contados pelillos, emulando el trabajo de jardinería, ni me convence ni está en cualquier presupuesto sensato.

Así pues, mi actitud será doble y complementaria: me empeñaré en tener algo de éxito con la grama, al igual que procuraré mantener el coco parejo, es decir, auto-aplicándome periódicamente la rasuradora eléctrica en su máxima capacidad de corte.

miércoles, 6 de diciembre de 2006

Entrevista contraproducente

Que es infinitamente más interesante leer “Cien años de soledad” y “El otoño del Patriarca” que mirar con lupa a Gabriel García Márquez como persona, lo prueba “El olor de la guayaba” (1982), conversaciones entre el Nobel colombiano y Plinio Apuleyo Mendoza.

Inmersa en esa escuela de mal gusto que pretende esclarecer los nexos entre personajes y acontecimientos de la vida real y sus obras, la entrevista es amena, sí, pero intrascendente. La figura del escritor detrás de los universos literarios es digna de aplauso, respeto y admiración, sí, pero bastante menor a la par de Arcadios, Patriarcas, Aurelianos y Melquíades(es). Y, a diferencia de estos, “Gabo” no ha pronunciado en estas páginas una tan sola frase memorable.

Hay, en cambio, algunos deslices que lo bajan un poco del pedestal: descalificar “El señor presidente”, de Asturias; presumir, en cierto modo, de su largo y único matrimonio, mientras rechaza aventuras extramaritales por razones que nada tienen que ver con la fidelidad conyugal; insistir demasiado el valor de obras repetitivas y extendidas innecesariamente (como “El coronel no tiene quién le escriba” y “Crónica de una muerte anunciada”), mientras parece que le molestara aceptarse como el autor de “Cien años...”; comentar detalles de su estilo de vida “burgués”, como dirían aquellos, sin que ello riña con su publicitada amistad con Fidel y la revolución cubana proletaria; hacer su personal recuento de supersticiones, creídas tan en serio...

En fin, que no es falta privativa ni tampoco su culpa (él sólo responde lo mejor que puede) y cualquiera de nosotros acaso daría peor imagen sin tener ni la centésima parte de mérito. Pero mientras mi devoción por el par de libros mencionados al principio crece exponencialmente a medida que los releo, el valor de la efigie que tengo de su autor tal vez haya decrecido... en un uno por ciento.

martes, 5 de diciembre de 2006

Reseña de idiotas

Reseña de:
“Manual del perfecto idiota latinoamericano”.
Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa.
(Barcelona, Plaza & Janés, 1996)

Evacuemos rápido las tesis de este “opúsculo de carácter agresivo” (“panfleto”, según ellos mismos y la RAE):

- En Latinoamérica, desde el nacimiento de sus países hasta finales del siglo XX, prácticamente no se aplicó el esquema liberal; por el contrario, lo que hubo fueron estados corruptos, populistas, demagogos, oligárquicos, etc., que causaron grandes desastres económicos y políticos.

- No se puede culpar al capitalismo del atraso y pobreza de los países latinoamericanos, pues estos han sufrido debido, principalmente a sus propias malas decisiones.

- Las propuestas de solución marxistas, socialistas, centralistas, etc., que han fracasado en todas partes del mundo, vienen a ser remedios peores que la misma enfermedad, como lo demuestran los desgraciados países en donde se han aplicado (énfasis y dedicatoria especial para la Cuba de Fidel).

Por lo tanto y en conclusión:

- El único camino hacia el desarrollo es el liberalismo económico.

Hasta ahí, nada extraordinario.

Pero el propósito del libro no es dar una explicación serena, tranquila, mesurada y académica; por el contrario, explícito es su objetivo burlón, cáustico, provocativo: de ahí el título y el estilo; de ahí el cientos de veces reiterado sustantivo “idiota” (ojo: nombre, no adjetivo) para aludir a quien aún se empeñe en creer lo que ellos entienden como patrañas pseudo-redentoras de la izquierda, en todas sus variantes.

Con todo, quizá lo más interesante no sea entrar en un estéril debate entre sordos, sino reflexionar sobre esta pregunta: “¿a quién está dirigido realmente el libelo?”.

No, por cierto, al “idiota” revolucionario allí definido: éste lo acribillaría al menor contacto o respondería ladrando descalificaciones de todo calibre.

Tres son, a mi criterio, los tipos de lector que hallarán algún interés en deglutir este repetitivo mamotreto:

1. Quienes no necesitan leerlo para creer en sus tesis, puesto que ya las sustentan aún sin saberlo: políticos, empresarios, ideólogos y votantes “neoliberales” o “de derecha”.

2. Los “ex de izquierda”: apóstatas, renegados, evolucionados, reciclados, etc. (de todos los cuales hay muchísimos ejemplares en el tinglado local).

Y, por supuesto:

3. Los ilustres librepensadores, como este que escribe, interesados (o que se divierten) en escuchar los argumentos de uno y otro bando, para extraer de ahí sus propias conclusiones (o, aburridos de escuchar sus fútiles diatribas, cambiar de canal).

Por lo tanto, si Ud. no se halla ni se imagina contenido en alguna de estas categorías y, por contra, se considera (o se imagina) como “gente de izquierdas”, va por ahí manifestándose puño izquierdo en alto (o ve con mayor simpatía y aun cierta nostalgia que otros vayan), habla mal de la Coca-cola y el McDonald's (incluso o especialmente cuando almuerza ahí), no mueve un dedo (o no deja de moverlo) sino hasta que la comandancia o comisión política del partido revolucionario se lo indica, tiene la colección completa de artículos del Che Guevara (boina, arete, collar, camiseta, pulsera y hasta portalápices, todo copyright) y, en época de elecciones, es de los que conmina a sus amigos con frases cerradas (“no votar por nosotros, incluso no ir a votar, es votar por el enemigo”)... ¡mejor ahórrese un buen disgusto y ni se le ocurra leerlo!

lunes, 4 de diciembre de 2006

Mercenario... ¿"Che"?

Prometo para próximos días (meses) unos párrafos amplios sobre “Titanes en el Ring” (pilar de mi cultura televisiva primigenia, junto a “Los Picapiedra”, “Los tres chiflados” y “Ultraman”). Entretanto, confieso que nunca pude aceptar el juicio negativo que mi padre y mi hermana mayor lanzaron contra uno de los personajes-tipo de aquel célebre programa: el Mercenario Joe, luchador del bando de los “rudos” o “villanos”, quien según ellos representaba (y caricaturizaba como “malo”) al icono revolucionario latinoamericano, Ernesto “Che” Guevara.

Mis argumentos de niño inocente debieron basarse en algo así como que ellos estaban viendo oscuras intenciones donde no las había. Obviamente, ni sabía ni me interesaba nada de política argentina, pues -aparte de este programa- mi relación con el país del sur se limitaba a la edición semanal de la revista "Billiken" y las caricaturas de Mafalda. Menos aun me preguntaba por la percepción que los distantes pibes podían tener sobre el tema ni, faltaba más, de la presunta ideología de Martín Karadagián, contra quien una vez el soldado apátrida se enfrentó en lucha de parejas... y éste acabó “comprando sus servicios” con un fajo de billetes en una esquina del ring, para vapulear a no sé quién en un tres contra uno.

Más serenamente y décadas después, debo admitir la verdad de aquella observación familiar, pues... ¿quién le quita la pinta de guerrillero (boina, bigote, metralleta, estrellita)? Y, sobre todo... ¡el habano! Pero esta comprobación, lejos de invitarme a cualquier apostasía luchística, no hace más que aumentar mi interés por escuchar más opiniones sobre el tema.

Chupando cultura

No hay impertinencia más grande que un sobrio en una mesa de borrachos.
“Gotas muertas”, RFG.

Peor que los flujos de alcohol y cerveza quizá sea lo que se habla alrededor de ellos, algo así como el feedback permanente de nuestra cultura del subdesarrollo, todo en una particular mezcla de machismo y homofobia, que redunda en misoginia. Que los “chupaderos” sean establecimientos legítimos y prósperos, bien cabe. Que, cuando el tema es el fútbol, cambie un poco el tono de la conversación, es posible. Pero que de ahí el macho salga ideológicamente bien apertrechado, sea el ciudadano común o los de la cantina intelectual, ni dudarlo.

domingo, 3 de diciembre de 2006

Esnobismo pedante

"Esnob" es la "persona que imita con afectación las maneras, opiniones, etc., de aquellos a quienes considera distinguidos"; en tanto "pedante" es una persona "engreída y que hace inoportuno y vano alarde de erudición, téngala o no en realidad." Este par de palabras engendraron hace ya una década cierta agujita intelectual, "¿Hambre de cultura o esnobismo pedante?", la cual traigo a cuenta como resultado del rediseño de mi sitio web ( larga historia), así como de la observación de ciertos hábitos (sin provocación). Aquí está el texto completo en PDF.

viernes, 1 de diciembre de 2006

Canción oculta restaurada

En 1987 Eugenia Abrego, una niña de octavo grado de un grupo musical escolar que yo dirigía, me mostró una melodía que se había inventado, con una letra adolescente y, como tal, aún en proceso. Luego de algunos acomodos de notas, acordes y palabras, emergió una versión regularizada y armónica.

Aprovechando el espacio de las eliminatorias nacionales para el Festival OTI, le pedimos a Ana Ruth Turish, famosa en ese tiempo, que nos la cantara allí. Ella prefirió otra pieza que consideró más competitiva, aunque tuvo la gentileza de cantárnosla frente a una grabadora manual y sólo con mi guitarra de fondo, para ver si, con eso, hallábamos otra vocalista que se hiciera cargo en el certamen.

Como la coautora era menor de edad y yo ya participaba con mi propia canción en el evento, decidimos inscribirla con un ampuloso heterónimo, Fernando Gavidia Flores, y hallamos a Letty, una cantante madura a quien el tema le quedó bastante bien, aunque el estilo no fue el que habíamos pensado (todavía me pregunto si ella sospechó que el tal compositor era sólo una invención espectral).

Inquieto por escuchar la canción tal como la había imaginado al principio, sintetizadores en mano me di a la tarea de recuperar el arreglo original, pero... ¿cómo hacer con la voz, si de Ana Ruth había perdido toda pista? ¡Volví entonces a aquel “cassette” antiguo para digitalizar el contenido y acomodarlo a los nuevos compases!

La voz original de Ana Ruth fue grabada en el sótano de la capilla del Colegio "Santa Cecilia", donde ensayábamos con el coro de "Juventud 75" (la reverberación era preciosa e inevitable). La mezcla con los instrumentos ocurrió... ¡con quince años de diferencia y en ausencia de la cantante! El resultado está aquí en archivo ZIP y no sé si la historia de su génesis sea más o menos interesante que la canción. Para mí, que empatan.

jueves, 30 de noviembre de 2006

Espectador supremo

Sumergido en la tarea de rediseñar mi sitio web (del que pronto habrá versión mejorada), tijera en mano me fue inevitable quitar y poner.
Aquí, un parrafito teológico, sobrante mas no descartable:

En cierta ocasión, me preguntaron cómo me imaginaba yo a Dios. Respondí que lo veía como el espectador de una película, de una gran película que es todo el devenir humano. Él se alegra o se entristece, sonríe o frunce el ceño, vibra o llora con las emociones y sentimientos de nosotros los "actores", pero no hace nada por intervenir en la "producción" ni en la confección del libreto, acaso por no arruinar el espectáculo. No obstante, como todos nosotros, quizá anhele un final feliz.

martes, 28 de noviembre de 2006

El conjunto

Yo y mis lentes con la guitarra, segundo desde la izquierda.


Dos grupos musicales entre sus alumnos patrocinaba el colegio “Champagnat” de Santa Tecla: el de “los mayores” y nosotros, el de “los menores”. Los estelares eran, sin duda, los primeros.

Cuando ingresé al así llamado "conjunto", tenía diez años y recién había aprendido a tocar guitarra en las vacaciones de 1976. Los instrumentos institucionales apenas funcionaban y el repertorio existente lo formaban temas con círculos armónicos elementales (como una versión en español de “I shall sing”, de Art Garfunkel, y una adaptación instrumental de “Blue bayou”, de Linda Ronstadt). El director del grupo era “Tavo” Granadino, cuya mejor virtud fue siempre saber guardar la armonía no sólo de las notas, sino especialmente de los integrantes entre sí.

Aunque ensayábamos dos tardes por semana, durante los cinco años que duró aquel grupo sin nombre propio, nunca llegamos a tener más de quince canciones disponibles, aunque eso nos bastó para presentarnos en festivales musicales, mañanas y tardes deportivas, días festivos, etc., tanto en nuestro colegio como en otros vecinos y amigos.

La base del grupo éramos: Vladimir “Bachi” Hernández (guitarra), Mauricio “Tututo” Paredes (teclados), Francisco “Primo” Hernández (batería), Salvador “Teco” Rodríguez (sintetizador) y yo en el bajo. Hubo otros miembros fugaces, el más notable sin duda fue un tipo atrevido y medio destrabado: Raúl Francisco Góchez, el vocalista bilingüe que necesitábamos para las canciones cantadas de moda y con quien, pese a coincidir en segundo nombre y apellido, no había ninguna relación de parentesco.

Ahora que lo veo a la distancia, bien puedo afirmar que tuvimos nuestra pequeña época de fama local, incluso alguna presentación con gritolera de fans en plan de guasa. Y como ninguno de nosotros lograra avances sentimentales con las chicas por causa de la música... ¡nuestra permanencia en el conjunto fue el mejor testimonio del total compromiso artístico!

lunes, 27 de noviembre de 2006

Extrañamientos

Hurgando carpetas, me encontré en un artículo algo distante, rescatable de la papelera. De acuerdo a su propio registro, debí escribirlo hacia Julio de 1999, aunque la mención de una estancia en país vecino me hace dudar. En cualquier caso, comienza así:

"Minimizados en el anonimato de la multitud, sumidos en esa repetición de hábitos a la que llamamos vida, fácilmente olvidamos ciertas dimensiones de nuestra existencia, mismas cuya sola presencia basta para motivar una mirada distinta hacia cuanto existe y sospechar allí descubrimientos aún por nombrar."
Para quienes juzguen valioso continuar su lectura, aquí está completo en PDF.

domingo, 26 de noviembre de 2006

Ultraman

Ultraman, el guerrero extraterrestre, luchaba contra monstruos de origen alienígena, aunque también los había de tono radioactivo y mitológico. La primera versión de esta saga japonesa fue producida en 1966 y el humano con quien compartía esencia era Hayata (quien debía activar una cápsula para llamarlo o convertirse en él, nunca lo tuve claro cuando, años después, vi la teleserie). Por contra, “Ultraseven” (de 1967, aunque la conocí posteriormente) nunca me gustó, con la sola excepción del momento en que Dan Moroboshi se ponía los lentes para convertirse en el héroe.

La que sí arraigó en mí fue “El regreso de Ultraman” (conocida en la internet como “Ultraman Jack”, de 1971), cincuenta y un capítulos donde el defensor de la Tierra existió fusionado como un único ser con el humano Hideki Go, de la Patrulla Contra Monstruos MAT (Monster Attack Team). La daban una vez por semana y la veía puntualmente en un televisor Toshiba de nueve pulgadas, blanco y negro.

No sé si aquí habrán pasado todos los episodios, pero sí estoy seguro de haber visto varias veces todos los emitidos. De ellos, dos son muy especiales: “La muerte de Ultraman” y “La estrella de Ultraman”, ligados argumentalmente y por un esclavizante “continuará la próxima semana...” al final del primero.

Recuerdo una profunda tristeza de niño cuando Ultraman fue derrotado por esos enemigos muy listos, quienes aprovecharon su debilidad fundamental (dependía de la energía solar y lo emboscaron al atardecer). Ansiedad e incertidumbre ocuparon el centro de cada día de espera pues, agotadas todas sus energías, ni yo ni mis compañeros imaginábamos cómo haría Ultraman para salir de ésta... ¡pese a que, en el fondo, sabíamos que iba a lograrlo! La resolución requirió la ayuda combinada del primer Ultraman y Ultraseven, quienes liberaron al cautivo, quien debió ingeniárselas para evitar los errores primeros y, finalmente, vencer a los villanos.

Aquella emoción infantil todavía existe como uno de esos pequeños nudos de éxtasis que conforman la vida en la memoria. ¡Aún desde esta adultez, todavía pervive aquel intenso instante!

sábado, 25 de noviembre de 2006

Para arriba y para abajo



Haré de "viejo" señalando una buena costumbre perdida: el arte de dar bien las direcciones a cualquier persona que nos pregunte por la ubicación de este o aquel lugar.

La parte antigua y original de nuestras ciudades heredó el tradicional diseño ortogonal o de cuadrícula, en donde calles y avenidas son perpendiculares y están numeradas, a partir de su centro teórico (normalmente un parque), en nones hacia el norte y el oriente, y en pares hacia el sur y el occidente. Con esto y la numeración lógica de las casas, no hay lugar a pérdidas: “3ª calle poniente 4-12” o “intersección de 6ª calle oriente y 3ª avenida sur”.

El crecimiento urbano de las últimas décadas rompió esta armonía cartesiana y así aparecieron una multitud de colonias que, por diseño o imposibilidad práctica, no respetaron la tradición: calles y avenidas comenzaron a llevar nombres bonitos pero arbitrarios (¿Por qué la avenida “Las azaleas” de la colonia “La Floresta” está después y no antes de la avenida “Las margaritas”? ¿Cuál es el límite entre “Jardines de la sabana y Jardines de La Libertad”?).

Así, la gente tendió a orientarse por lugares conocidos como referencia, pareciéndonos mucho al sistema descriptivo de los hermanos nicaragüenses: una cuadra al norte de rotonda “El Güegüense”, media cuadra al lago, frente a Librería “Bolívar”.

Yo no tendría mayor objeción... ¡de no ser por la desesperante manía de sustituir los puntos cardinales por los benditos “arriba” y “abajo”!

Perdidos en cualquier colonia contemporánea, una amable tendera nos puede ubicar fácilmente el destino requerido: “en esta calle sigue derecho y, en la esquina, agarra para abajo tres cuadras y después sigue para arriba hasta la gasolinera... y allí es”.

Lo bonito es que estos “arriba” y “abajo” nunca corresponden regularmente a ningún punto cardinal, tampoco a la izquierda o la derecha, ni siquiera a un criterio físico de mayor o menor elevación, como en una calle descendente. En realidad... ¡dependen de cómo cada quien se imagine que está parado!

Así, lo de "seguir derecho" está clarísimo y hasta es mejor que el sugerente “dele recto”, pero ya en la mencionada esquina, nos hallamos en un dilema: ¿deberíamos cavar un agujero de trescientos metros, buscando el centro de la Tierra? Y después, ¿acaso tendríamos que ascender directo hasta la mencionada gasolinera celestial?

jueves, 23 de noviembre de 2006

Chubasco

Hasta 1985 no supe yo que tenía un vecino "músico, poeta y loco", cuya personalidad no me permite el empleo de otro trío de calificativos más que los de esta frase cajonera.

No recuerdo de qué manera llegamos a saber el uno del otro, pero a las pocas horas del primer encuentro ya estaba yo en su casa escuchando a Serrat, el inicio de la colección completa. Su nombre era, es y seguirá siendo Milton Javier Hernández, por aquel entonces, estudiante de Letras en la UCA y autor del proyecto musical más peculiar en que haya yo participado.

Milton comenzó explicándomelo con una cita de Brecht, algo así como "todo sucede sólo una vez y sólo una vez así deberá suceder". El porqué de "Chubasco" se explicaba por su misma definición: "nubarrón oscuro y cargado de humedad que se presenta en el horizonte repentinamente, y que, empujado por un viento fuerte, puede resolverse en agua o viento". Eso debíamos ser exactamente: repentinos, intensos, fugaces.

Integrantes: Milton (voz, guitarra), Claudia (¿Valle...?, lo he olvidado, pero su voz de soprano contrastaba con sus estudios de Derecho), yo mismo (guitarras, coros y arreglos), Antonieta Pinto (estudiante de Psicología, una gravísima voz de fumadora compulsiva) y Jorge Valle (bajo, guitarra y percusiones; estudiante de ingeniería antes de sufrir un colapso mental por la misma causa que el famoso pianista del filme "Shine", David Helfgott: obsesión musical).

"Chubasco" aconteció por única vez aquel año en el Auditorium de la UCA. Los trajes eran grises como nubarrones y nuestras caras se transformaron en lienzos donde dos amigos pintores, vecinos también, pusieron breves óleos (acuarelas o témperas, ¿qué más da?). Nunca supe exactamente de qué tipo de evento se trató, cómo se nos presentó ante los asistentes, qué esperaba aquel público enfervorizado. Únicamente conservo el recuerdo de la apoteosis.

Del repertorio, tengo memoria de "Días y flores" (Silvio Rodríguez), "El niño yuntero" (Miguel Hernández, música de Serrat), "Tiempo sin tiempo" (poema de Benedetti, musicalizado por el propio milton Milton), "Años" (Pablo Milanés) y para terminar... ¡"The great gig in the sky" (Pink Floyd)!

Aquel momento se pensó desde un principio como algo único e irrepetible... y así fue. Más de veinte años después, nos hemos perdido la pista unos a otros. Muy rara vez veo a Milton y su familia, imagino que Claudia ejerce en el entramado judicial, Antonieta supongo que emigró (¿a México?) y de Jorge oí que finalmente sanó, con las debidas precauciones.

Quizá si nos reencontrásemos, podríamos debatir sobre cosas pasadas y verdaderas, o sobre algo más profundo: ¿en qué nos resolvimos: en agua, en viento...?

martes, 21 de noviembre de 2006

Tres hipótesis

¿Puede uno proclamarse inocente de la dilapidación de dineros y, al mismo tiempo, aceptar que ha contribuido en ello? Fácilmente: cuando quienes financian lo hacen por gusto propio y los destinatarios aparentan merecerlo.

Llevarse a más de medio centenar de adultos jóvenes (proyectos de) escritores latinoamericanos y otros tantos homólogos hispanos, a una encerrona de tres semanas en tierras andaluzas, con figuras consagradas, no es empresa austera: gastos de transporte, alimentación, hospedaje y turismo a mansalva, todo ello sin pedir más que nuestra presencia a cambio.

Trece años después, descartado el lavado de dinero, me revolotean tres solas hipótesis para explicarlo:

a) Descargo de conciencia, por la colonia.

b) Voto al optimismo: creer que allí debimos estar los próximos pilares sólidos de la literatura iberoamericana; irradiados, vía conferencia u ósmosis, por las vacas sagradas (Saramago, el más recordable: “la literatura no cambia al mundo”).

c) Experimento sociológico: observar y documentar qué situaciones produce la convivencia de un centenar de jóvenes de distintos géneros y tendencias, fuera de su contexto social originario.

Si es lo primero, acepto en mi mestiza persona el posible acto de desagravio.

Si lo segundo, sólo más preguntas: ¿eramos auténticas promesas quienes llegamos? ¿Nos la creímos demasiado pronto y trocamos un exigente alfa en un cómodo omega? ¿Hay hoy trayectorias serias, respetables, no “light” ni aún discretas? ¿Las habrá en el futuro? ¿Habría dado igual, de no haber estado allá?

Y si fuera lo tercero... ¿en cuántos de los otrora jóvenes no palpitaría hoy el anhelo de que aquel evento quedase registrado en la historia cual si nunca hubiera existido?

lunes, 20 de noviembre de 2006

Electrocución contigua

El terrible descubrimiento lo hizo el conglomerado de tortugas domésticas, agrupadas en semicírculo al pie de la mesa que sostiene el horno tostador, con sus cuellos como flechas: totalmente estirados hacia arriba. Esta postura, además de probar que son carnívoras y tienen fino olfato, nos llamó la atención sobre un ligero mal olor que se sentía en el ambiente. Al escudriñar los rincones adyacentes, vimos con disgusto unos pelillos grises asomando por unas rendijas de ventilación del aparato y todo se comprobó: dentro de él había un cadáver, no en la zona de calor y cocción, sino en un compartimiento lateral destinado al temporizador y los reguladores de la temperatura.

Desarmar la caja metálica fue una labor casi forense y ciertamente desagradable, por cuanto el óxido y la grasa acumulada dificultaban la labor del destornillador, más cuando el operario deseaba evitar el contacto con los feos restos orgánicos y sus alrededores, como si todo estuviese infectado (además, había de pelear con la mascota canina deseosa de investigar por su cuenta). Finalmente, las entrañas del electrodoméstico dejaron al descubierto el origen de la pequeña pero creciente pestilencia: muerta allí por evidente electrocución, yacía una rata bien templada.

Tras la remoción del animal, al menos dos preguntas flotaron alrededor de esta insalubre circunstancia:

a) ¿Cuánto tiempo permaneció el cuerpo inerte del roedor coexistiendo con los cotidianos panes con mantequilla, separado de ellos únicamente por una delgada lámina?

b) ¿Por qué ese maniático afán de separar lo que la muerte había unido? O lo que es lo mismo, ¿no habría sido más fácil introducir todo el paquete, mamífero y metal, dentro de una buena bolsa de basura, en vez de lidiar con tanto despojo?

A la primera pregunta, sólo podemos responder especulando: dos días, quizá tres a juzgar por la pequeña hinchazón del cuerpo; el segundo cuestionamiento, en cambio, sólo halla respuesta en la acción de un espíritu persistente para salvar la operatividad del mencionado horno, sobre la bien analizada base, primero, de que no hubo contacto directo entre los alimentos calentados en el compartimiento contiguo y la infortunada víctima sin gusanos visibles y, segundo, que los detergentes y lejías afanosamente aplicadas debían cumplir su misión con total eficiencia.

La salud familiar no se vio afectada por esta causa, pero durante un tiempo, luego de este particular incidente, algunos miembros recelaron de todo pan tostado. Pero, puesto que ignoramos si casos parecidos han ocurrido en los demás muebles y electrodomésticos de la cocina, así como lo que pasa en las panaderías, pupuserías y fábricas de la industria alimenticia que nos provee de productos empaquetados varios, conviene atenerse entonces a la sabiduría popular: “ojos que no ven...” ¡estómago que no se resiente!

sábado, 18 de noviembre de 2006

Artistas del préstamo

Es admirable la habilidad de algunas personas para conseguir dinero prestado, gota a gota y sin más procedimiento ni garantía que un campechano “¡prestame cinco dólares, te los pago mañana!”.

Envueltos en la familiar camaradería cotidiana, consideramos lo más natural del mundo sacar al amigo de su apuro momentáneo (es tan común el hecho de quedarse sin efectivo para gastos menores, a quién de nosotros no le ha ocurrido). Curioso es que detestamos el papel de cobradores y, llegado el momento de recuperar lo prestado, evitamos cualquier alusión al tema, diluida nuestra atención entre simpáticas conversaciones. Dos meses después, la petición se repite, con el solo añadido de “...y la otra semana te pago lo demás”, ante lo cual nos esforzamos en parecer amables y despreocupados por los viles intereses materiales, respondiendo “¡si, hombre, ya sabés, ahí cuando podás...!”.

Pero el descubrimiento tragicómico más importante viene cuando, al ausentarse el sujeto por cualquier razón y tiempo prolongado, descubrimos que no fuimos los únicos a quienes les aplicó la misma técnica, sino tan sólo “un caso más...”.

Dos especialistas en este arte he conocido: un excéntrico ajedrecista que acostumbraba no usar ropa interior y lavar su mudada una vez a la semana, con obvias consecuencias odoríferas, y el célebre M*, un ex compañero de trabajo que, de un día para otro, desapareció del medio local para engrosar las estadísticas de los emigrantes hacia el país del norte.

Del primero puedo decir que todavía me debe algunos colones, aún circulantes en aquella época. Del segundo, en cambio, no tuve el dudoso honor de ser parte de sus donantes, aunque prácticamente todos mis colegas admiten haber caído en esa red. Quien más, quien menos, sumando pequeños préstamos en moneda imperial, el monto total de la deuda bien supera los cinco centenares de “dolores”.

Pero este descubrimiento no fue el clímax del asunto: habrían de llegar no una, sino dos apoteosis.

La plaza vacante de M* la ocupó al año siguiente una maestra que, por pura casualidad, tiene el mismo apellido que aquél, aunque no hay parentesco alguno. Una tarde temprana, ingresó a la sala de personal una señora con traje elegante y portafolios, representante de un bufete de abogados a quienes ciertas casas comerciales le habían encomendado la tarea de recuperar deudas de clientes morosos.

- Vea, señorita, aquí tenemos unos asuntitos pendientes de su hermano...
‑ ¿¡Pero cuál hermano!? -apenas pudo decir ella, anonadada.

Otro buen día, quizá impelido por esas bebidas que alegran el espíritu y remuerden la conciencia, M* llamó por teléfono a uno de los del antiguo círculo de ingenuos proveedores y le dijo, tras nostálgicos saludos: “A Luigi le mandé el pisto, ahí él se los va a pagar”.

¡Cuál no sería la sorpresa e indignación del experimentado Luigi cuando, al día siguiente, tenía en su misterioso laboratorio la fila de acreedores, timados una vez más por el ahora “hermano lejano”!

viernes, 17 de noviembre de 2006

Celda mental

- ¿Te imaginás el caos que habría si...?

Se refería mi interlocutor a la posibilidad de que, de repente, alguien descubriera una verdad que demoliera los cimientos de nuestras creencias más fundamentales.

- Creo que no habría tanto -le respondí- porque, para la gente, sus creencias son más importantes que la verdad.

En ese momento, me pareció haber hecho una observación aguda y, al mismo tiempo, triste, a propósito de las primitivas ideologías que aún campean con tanta fuerza.

Ante las demoledoras imágenes del carismático líder internacionalista fusilando disidentes de su propia revolución, su incondicional dirá que los ajusticiados lo merecían, por ser agentes del enemigo. Y por más evidencias y testimonios que lo documenten, los fieles de este otro partido político nunca admitirán que su difunto fundador torturó y asesinó.

A unos y otros suelen erigirles estatuas, pero otros menos célebres también fueron defendidos de forma inverosímil, llámense oficiales de derecha o francotiradores de izquierda: “se hicieron pasar por nosotros para desprestigiarnos...”

Al articular la propia vida alrededor de las certezas del fanatismo, ¡cuán fácilmente se niegan, ignoran o distorsionan las evidencias de la realidad, con tal de proteger esa miserable celda mental!

jueves, 16 de noviembre de 2006

Beso actoral

¿Quién que no lo haya hecho puede saber realmente lo que sucede entre dos personas no amantes que se besan sobre un escenario colegial?

Ocurrió inesperadamente hace ocho años, en una representación teatral producida en el contexto de la materia Lenguaje y Literatura, con estudiantes de último año de bachillerato. No recuerdo ni el título de la obra ni los parlamentos previos o posteriores, únicamente el momento en que ese muchacho ‑por entonces un brioso adolescente, hoy joven abogado‑ capturó los labios de ella, la viva personificación de la más inocente jovencita de diecisiete años que uno pudiera imaginarse.

Prendido allí durante casi diez segundos, el protagonista parecía beber saboreando el néctar más vital, ante el silencio extático de los sorprendidos concurrentes. La escena hubiera resultado plenamente armoniosa si ella hubiera correspondido de alguna manera; pero, durante aquel extensísimo instante, la chica permaneció más tiesa que un maniquí de almacén, con el agravante de nunca haber cerrado los ojos sino, por el contrario, abrirlos hasta la dilatación máxima, fijos en uno o dos puntos indeterminados en el espacio circundante.

Visto lo visto y dado que entre ellos no había ninguna relación más que haber coincidido en la misma aula y grupo de trabajo, ni tampoco se adivinaban intenciones próximas, de inmediato brotó en mi desconfiada mente la peor hipótesis: que él, aprovechándose de la trama representada y habiendo acordado quizá sólo un beso en la mejilla, la hubiera tomado por sorpresa y, ya en el centro del escenario, a ella no le hubiera quedado más opción que hacer pecho a lo hecho y soportar estoicamente aquel acto salival.

Durante un mínimo instante pensé incluso en algún tipo de reprimenda docente en defensa del pudor juvenil presuntamente mancillado, cosa que no ocurrió porque, luego de finalizada la pequeña obra, el joven sospechoso me aclaró que aquello fue parte del guión, plenamente acordado y debidamente ensayado... ¡varias veces!

miércoles, 15 de noviembre de 2006

Repensando mesías

Delicada labor es enfrentarse a una película directamente relacionada con temas religiosos, políticos e históricos, especialmente cuando viene precedida de polémicas viscerales, las cuales con frecuencia lo único que logran, además de crear morbo alrededor del tema, es revelar la hosquedad mental en que viven instalados sus más encendidos propulsores. Tal es el caso de "La última tentación de Cristo" (1988), basada en la novela homónima del griego Nikos Kazantzakis y llevada a la gran pantalla por el director Martin Scorsese, nominado al Oscar por este trabajo.

Impresionante por la reconstrucción cinematográfica del contexto histórico, sus ritos y costumbres, esta osada producción no desmerecería calificativos como “grandiosa” y “soberbia”, al mejor estilo de los tabloides norteamericanos. Ya más en serio, lo fuerte aquí es la compleja caracterización de Jesús como el elegido de Dios, profunda y esencialmente humana en cuanto expresa la permanente y violenta lucha entre un requerimiento ascético espiritual y las tentaciones de la carne, las cuales no son sino la realización de la vida a la que cualquiera de nosotros, hombres de poca fe, aspiramos: esposa, hijos, trabajo, estabilidad, etc. Destacable es también la relación de Cristo con Judas, la cual trae a cuenta antiguos debates sobre el papel clave del apóstol elegido para la traición, sin cuya intervención el sacrificio no habría sido posible.

En contraste, días antes había visto yo la miniserie para televisión “Jesus” (1999), del director Roger Young. Su mayor virtud, a mi criterio, es plantear los distintos personajes y escenas a partir de la credibilidad narrativa y contextual, lo cual generalmente consigue. Las tentaciones y argumentaciones demoníacas -que implican incluso viajes en el tiempo, de cara a la posterior historia de la humanidad- son interesantes y seductoras (de otra forma... ¡no tentarían!); sin embargo, el personaje principal, Jesús, siempre parece estar consciente de su naturaleza divina, de la cual brota una seguridad que no deja de imprimir cierto aire de provisionalidad al sufrimiento inminente, desdramatizándolo en alguna medida.

Volviendo al filme que nos ocupa, me causa alegría el hecho elemental de su existencia, un homenaje al librepensamiento pese a venir de un novelista creyente. Sin descartar otras posibilidades, atribuyo mi disfrute estético y filosófico de esta película a la conjunción de dos ausencias: el pensamiento anticlerical y la devoción dogmática. Con el primero, hubiera limitado mi visión únicamente a los aspectos que, desde cierta perspectiva, "demostrarían" la falsedad del mito divino o su manipulación de cara a las masas, tal como sucede en la interesante conversación entre Jesús y San Pablo, dentro del universo paralelo en que consiste, precisamente, la última tentación. Con la segunda, en cambio, la identificación de herejías y blasfemias, supuestas o reales, habría requerido de auténtico lanzallamas ideológico, destruyéndome cualquier experiencia como espectador pensante.

Admito que no a cualquier persona le recomendaría ver “La última tentación de Cristo”, mas no se entienda esto como reivindicación alguna de la censura; todo lo contrario: preservando intacta la libertad de la persona para elegir lo que quiere ver o no ver, antes recomendaría al sujeto hacer una mínima pero necesaria reflexión previa sobre su propia cultura, entendida ésta como visión de mundo: creencias, prejuicios, criterios desde los cuales se ve y se vive una realidad, en este caso estética, cinematográfica.

Personalmente, celebro esos ciento sesenta y cuatro minutos como un sólido resultado estético, al tiempo que reconozco un dejo de tristeza al recordar que, en su momento, el filme fue censurado en muchos lugares y países, incluido el nuestro, poniendo así en evidencia no la defensa de la fe, sino la debilidad de creencias arraigadas en cultos temerosos de considerar posibilidades distintas a la ilusoria seguridad que da la ortodoxia.

martes, 14 de noviembre de 2006

Gato muriendo

Presenciar la muerte lenta de animales, aunque sean indeseadas alimañas caseras, puede ser una experiencia sobrecogedora.

En una ocasión, hace ya una década, la agonía y posterior exterminio de una rata fue el catalizador para la creación de un cuento. Más reciente fue la observación de los últimos momentos de vida de un gato de tejado, de los muchos que rondan las casas del vecindario; episodio que, para no repetir tema literario, contaré como anécdota.

De su muy dañado estado de salud comencé a darme cuenta al solo verlo deambular errático por los contornos de la duralita, común lámina de asbesto que tenemos por tejado. Incómodo consigo mismo, víctima de la irreversible corrosión de sus entrañas, un bocado envenenado se adivinaba como la causa de su pesaroso maullar casi afónico. A lo lejos, el extremo tono rojizo de su lengua parecía confirmar el diagnóstico. Ya sin fuerzas ni lucidez para saltar a la casa vecina o para regresar por donde llegó, en medio del creciente sol de las once de la mañana, su fin se adivinaba irremediable.

Entrentanto, yo observaba estupefacto por la ventana de mi cuarto en la segunda planta, negativamente emocionado pero también con una preocupación racional añadida: que el agonizante felino alcanzase una de los espacios que hay entre las paredes de la casa y la del vecino, o esa caja térmica que existe por encima de lo que llamamos “cielo falso”; pues, de morir en cualquiera de esos lugares, la remoción del cadáver sería bastante dificultosa.

Afortunadamente para ambos, la agonía no se prolongó por muchos minutos más y quedó tendido a plena luz para dar sus últimos estertores, luego de los cuales, tal y como suele decirse, estiró la pata como señal del fin de su existencia nómada.

Encaramado yo en el techo, procurando verlo cuanto menos fuese posible y con el firme propósito de no tocarlo bajo ninguna circunstancia (razones suficientes para evitar la profesión médica en cualquier variante), una pala mediana y una cuchara de albañil fueron las herramientas utilizadas para depositar el cuerpo sin vida en una caja de cartón fuerte, su último recinto. Luego, una gran bolsa de plástico negro, en cuyos usos e instrucciones oficiales no figura este común oficio, encubrió el desagradable paquete y completó la tarea sanitaria. Y sin saber de qué se trataba, el camión de la basura, puntual a las siete treinta de la noche, quitó de nuestra vista aquellos miserables despojos.

lunes, 13 de noviembre de 2006

Relojero por necedad

“Necio” es un adjetivo (usado también como sustantivo), aplicable tanto al “ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber” como al “terco y porfiado en lo que hace o dice”. Ambas definiciones aplican a mi oficio de relojero circunstancial.

Hacia 1988 -años más, años menos- nos vimos en la necesidad de dar en alquiler un pequeño local, un cuarto de la casa que da a la calle. Los inquilinos fueron un par de conocidos, recién graduados en publicidad y relaciones públicas, cuyo plan era pintar un enorme rótulo en la fachada exterior, a fin de atraer clientes que hicieran uso de sus facultades profesionales en ese vertiginoso mundo.

No sé si por ingenuos, pasivos o por falta de contactos clave, el caso es que, a los pocos meses, fracasaron en su empresa, quedando además sin pagar los últimos meses de la renta. No obstante, quizá en abono de la deuda o simplemente por olvido, dejaron abandonado en su ex oficina un antiguo reloj de pared, de los de cuerda, péndulo y campanas tubulares.

El aparato funcionaba en sus dos terceras partes: el reloj en cuanto tal, más el mecanismo productor de variaciones melódicas cada quince minutos, a partir de cuatro notas esenciales, la más larga de ellas al mejor estilo del Big Ben. Luego de una mínima investigación empírica, descubrí que la tercera cuerda rota debía dar vida a solemnes campanadas graves, cuyo número variaba según la hora en punto. El aparato de relojería estaba montado sobre un gabinete de madera, en estado aceptable, y así nos lo quedamos.

Andando el tiempo, no sé si por parecerle bullicioso a algún habitante o por los sucesivos cambios que sufrió la distribución interna de la casa, el mencionado reloj fue a parar a un rincón adyacente a la cocina, en donde paulatinamente se fue deteriorando hasta perder la actividad de sus dos cuerdas buenas y, finalmente, la piel de madera, víctima de todas las polillas del mundo.

Recientemente, en una de mis sesiones cíclicas de limpieza hogareña, lo tuve en mis manos, listo para meter sus restos en una caja de cartón y ésta en una bolsa de grueso plástico negro, rumbo a la basura... ¡pero no! En mi interior resonó algo así como un “¿y no será posible repararlo por propia mano?” (dado que los relojeros mecánicos prácticamente ya no existen).

Por falta de instrucción y de herramientas, el gabinete de madera lo encomendé a un carpintero. El maestro de artes liberales cumplió satisfactoriamente la misión de clonar el apolillado receptáculo. Sin embargo, mientras no lograra yo reparar el mecanismo, aquella inversión corría el riesgo de convertirse en despilfarro.

Manos a la obra, comencé por hacer lo que de niño con mis juguetes: desarmarlo. En ello estuve a punto de sufrir varias lesiones, al liberar de forma inadecuada la tensión de las cuerdas y al desarmar los cilindros en donde estas se alojan. Luego de cuidadosa limpieza y lubricación, vino el proceso contrario y difícil: armarlo y dejarlo en funcionamiento. Siendo imposible conseguir nuevas cuerdas, la única solución fue reparar las existentes, rotas en uno o dos trozos, a fin de dejarlas operativas. En dos casos, logré resolver el problema con cierta dosis de fortuna, debido a que la rotura estaba en un extremo corto, no así en la tercera, a la que hube de insertar remaches de aluminio. A punto estuve de darme por vencido debido a la extrema dificultad de taladrar en acero inoxidable, cosa que finalmente logré siguiendo los consejos técnicos de mi amigo Jeff: calentar a fuego lento el material antes de aplicar la broca de cobalto (previa rotura de otras tantas).

Ahora, el reloj restaurado luce orondo y orgulloso en la sala de la casa. Cada quince minutos da señales de vida y –ciertamente, ¿para qué negarlo?‑ cada quince minutos refuerza un poco cierta vanidad personal, forjada en episodios similares en los que, por el arte de ser necio, finalmente pude lograr mi propósito.

Declamar en Nicaragua

Atendiendo a una amable y ocurrente invitación del benemérito P. Aníbal -rector del Colegio “Centroamérica”, de Managua- me dí a la tarea de seleccionar y preparar dos números artísticos que -representando al colegio Externado “San José”, de San Salvador- se sumaran eficazmente al evento “Tejiendo amaneceres XII”, revista cultural que los hermanos nicaragüenses presentaron el 20 de Octubre de 2006 en el Teatro Nacional “Rubén Darío”, de aquella ciudad.

Ana Gabriela llevó la responsabilidad de las “Cartas escritas cuando crece la noche”, de Claudia Lars, mientras que a Marta Eugenia y Luis Damián les fue encomendado “Cristoamérica”, de Oswaldo Escobar Velado. Ambas presentaciones lucieron tan bien como deberían... ¡y todavía un poco más!, debido no sólo al talento recitador del trío involucrado sino también al contexto escénico propio de un teatro verdadero: luces y sombras, tramoyas y telones, camerinos y tablado.

Del espectáculo en su conjunto, aparte de lo animado que estuvo tanto arriba como abajo del escenario, conservaré en mi impresión dos elementos: el primero, su acentuado carácter de collage; el segundo, la amplitud de fuentes, orígenes y criterios de las danzas autóctonas, riqueza que no tenemos por estos rincones de mínima tradición cafetalera.

Aun a sabiendas de que las presentaciones de revista son variadas por esencia y necesidad, algunos contrastes radicales no dejaron de sorprendernos, como iniciar la declamación de un desgarrado poema íntimo, bañada la intérprete por blanca luz de cañón en el centro del escenario, conviviendo aún con los ecos retumbantes del previo baile juvenil, ligeramente estrepitoso. En cuanto a los ritmos y movimientos, me quedo con el colorido espectáculo de vestuarios y decorados; además observo, con simple ánimo clasificatorio, que en dicha variedad confluyeron al menos tres fuentes: la danza folclórica tradicional, de vena hispánica y colonial; otra fuente nueva, siempre rural pero surgida en el contexto de las gestas revolucionarias de las décadas de los ’70 y ’80; y una tercera mucho más festiva, vinculada a ritos y tradiciones de la costa atlántica relacionados con la celebración de la fertilidad, línea que la cultura conservadora salvadoreña podría calificar de algo atrevida.

La breve experiencia resultó agotadoramente interesante, pues dedicamos dos días al ir y venir por tierra, más un tercero para el maratónico ensayo, recluidos por doce horas en las entrañas del prestigioso y monumental teatro. Y, como no encuentro otras palabras para concluir el tema, sólo me resta exclamar, sonriente y satisfecho: ¡qué bonito estuvo!

"Cartas escritas cuando crece la noche" (Claudia Lars)


"Cristoamérica" (Oswaldo Escobar Velado)

domingo, 12 de noviembre de 2006

Desgramaticalizar la gramática

Luego de trabajar por varias horas acumuladas en unas guías para repasar análisis gramatical básico con estudiantes de secundaria, todavía me pregunto si el esfuerzo alcanzará resultados que satisfagan a profanos y entendidos, o al menos no los irriten tanto.

El ciudadano común que ose abrir una gramática seria no encontrará, salvo que haya errado en la tilde, césped costarricense: se hallará, desde la primera línea hasta el último párrafo, bajo la iluminadora dictadura conjunta de la normativa, la clasificación y la casuística. Obviamente, la motivación esencial ha de ser la obligación académica; de otra forma, sólo el especialista o el maniático acabaría la tarea. Dificultad añadida será si, por curiosidad o sana duda, el sujeto en cuestión recurre a comparar dos gramáticas serias, con lo que sus problemas ciertamente no se duplicarán, más bien se elevarán al cuadrado.

Hacer el esfuerzo de inyectar gramática en seres normales puede provocar el mismo efecto de una vacuna: crear suficientes anticuerpos contra lo que, en palabras de García Márquez, vendría siendo el “terror del ser humano desde la cuna”. ¿Cómo entonces viabilizar la propuesta del Nobel colombiano, “simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros” (en “Botella al mar para el dios de las palabras”, Zacatecas, México, 1997)?

El reto de las susodichas guías consiste precisamente en eso y, por lo mismo, caminan en terreno minado, queriendo quedar bien con Dios y con Diablo.
Ya que no pensamos limitarnos al análisis exclusivo de oraciones como “el pajarito vuela” [sujeto + predicado], nuestra cátedra gramatical deberá tener cierto rigor; mas, para no asustar, comenzaremos presentándola como si fuera la patria falsa que mencionó el poeta: “hablamos de ella como cosa suave, como dulce tierra a la que hay que entregar...” ¡nuestra lengua hasta la muerte! Pero el prójimo no es bobo y, como intentemos respetar las sesudas sutilezas analíticas de los bien informados, saldrá de cualquier engaño para enredarse en la dificultad intrínseca de leyes que, por utilizarlas desde que tiene uso del habla, conoce perfectamente pero -¡oh, terrible paradoja!- no puede ni formular ni identificar ni aplicar bien.

En contraposición, si evitamos la polémica y la fatiga, seleccionando lo que nos parezca sólo muy esencial (doble adverbio antes del adjetivo) y dejando para los especialistas el menudo escrutinio de las entrañas morfosintácticas, con cierta razón (determinante, nombre) podría acusársenos de aligerar el tema hasta trivializarlo, descafeinar el café, popularizar la filosofía de Zubiri o escribir literatura de Laura Esquivel.

En este, como en los verdaderos problemas, no hay solución fácil. Por el momento, sumado estoy al intento y ojalá tenga la suerte de recibir, en los meses venideros y de parte de ambos bandos, menos palos que flores.

Salarrué sobrevalorado

Debió ser este el cuarto o quinto intento fallido de leer las obras de Salarrué que no pertenecen a la línea folclórica. La pretensión data de mis ya lejanos años universitarios y, desde entonces, ha sido como empujar un vehículo con la batería ya sin chispa. Para ayudarme, consulté un ilustrativo artículo de Rafael Rodríguez Díaz, en donde clasifica la obra del enigmático Euralas Sagatara.

Pese a las apreciaciones críticas generalmente acertadas a que nos acostumbró Lito durante las varias materias que con él cursamos, no quise creerle, a priori, cuando dice, a propósito de las obras de tendencia especulativa y filosófica del venerado maestro, que sus parlamentos son “larguísimos y embrollados en boca de los personajes”, en “Catleya Luna”; o que los personajes de “El señor de la Burbuja” son utilizados “para hablarnos, para discursearnos larga y tediosamente sobre estos temas filosóficos”. Más complicados pero igual de abstrusos resultan sus cuentos de “ficción pura”, en donde hay “personajes, islas, ritos, reinos, etc., con normes en idiomas que podrían ser el sánscrito, el maya, el árabe, el guaraní”, muchos de ellos apenas mencionados y, por lo tanto, sin la debida caracterización como para permitirle al lector instalarse en ellos y disfrutarlos.

Luego de abandonar (no sé si definitivamente) la tarea... ¡Lito tenía razón!

Muchos estudios hay sobre las diversas facetas del insigne narrador, cuya narrativa completa está publicada en tres generosos volúmenes. A partir de ese hecho, no me extrañaría que fuera tomado a blasfemia el afirmar que, en cuanto narrador y como conjunto, Salarrué está sobrevalorado.

Los libros “Cuentos de barro”, “Trasmallo” y “Cuentos de Cipotes” poseen un enorme valor antropológico, además de las joyería literaria en que consisten, sí. De sus grandes cuentos tristes (“La honra”, “La botija”, “Semos malos”, etc.), no es redundante destacar una y otra vez la exactitud humana con la que están plasmados los personajes y su particular visión de mundo, expresada en un lenguaje cuya estructura semántica merece más atención, sí. El capítulo de “Catleya Luna” en donde, analiza los hechos del ’32 es una esclarecedora revelación de la psicología histórica del indígena campesino que participó en aquel descalabro. Pero un mundo de distancia es lo que media entre estas y aquellas piezas.

Detrás de todo ello, mi hipótesis para explicar tal insólito contraste es, sencillamente, la falta de raíz. La vertiente folclórica tuvo su génesis en el contacto cotidiano con la gente, personas vivas con sus particulares visiones de mundo, temores, angustias y simplezas. En cambio, las vertientes mística, filosófica y fantástica, pretendieron hallar sustento en ideas “puras”, abstractas, derivadas de una mezcla universalista de religiones varias.

Hay quienes pueden crear espléndidos mundos a partir de la pura fantasía o de ideas sicodélicas, pero sospecho que la vena creativa de Salarrué, por la que merece ser leído, requería más de la savia local que de la sabiduría universal.

sábado, 11 de noviembre de 2006

Doble década

En ciertos aspectos, con Carmen todavía nos parecemos al par de jóvenes contrayentes que fuimos; en otros, podríamos afirmar que hemos adaptado personalidades en favor de una mejor convivencia. No me aficiono a proclamar el éxito de un proceso en progreso, tal vez por la insana superstición de atraer algún infortunio sobre aquello de lo que tan bien pudiera hablar. No obstante, me permito creer que las cosas ciertas existen más por el peso de su propia verdad que por la reiterada mención que de ellas hagamos.

¡El bebé!

No por falta de originalidad es menos cierta la común percepción paternal de los propios hijos: “para nosotros, siempre serán unos bebés”. Ya estando Roque en segundo año de universidad, la cuestión podría adquirir tintes de gravedad. A mi hijo mayor le reconozco progresivas madureces que le ganan ciertas responsabilidades; pero, detrás de todo ello, aparece la impronta grabada el primer día en que lo conocí envuelto en mantas. ¿Lo veré acaso en roles de pleno adulto, pensándolo aún como aquella mañana de octubre del ’87? ¡Cuán perenne es la persistencia retineana!

¡Ah, hija mía!

Una frase teatral utilizada en el trato cotidiano, con su particular entonación y cierta pose escénica, debe tener algún significado más allá de sí misma. No sabría definir con exactitud todo lo que, de manera implícita, quiero expresar. Dependiendo del estado de ánimo, podría ser un saludo, un reencuentro, una llamada de atención, una manera de hacer contacto, una exclamación de amor filial, etc. Me da la impresión de que Diana, mi hija, entiende la intención... aproximadamente, aunque ello no me libera de la duda inherente a cualquier suposición. Tal vez por cosas como esta, en nuestro modo de ser y de tratarnos, alguien haya visto la genética aplicada (apreciación que no descarto).

Esquizofrenia cítrica

“No se le puede pedir peras al olmo”, reza el dicho popular. Sin embargo, al limonero del jardín de la casa, que por años ha dado suculentas cosechas de ácidos limones, se le ha ocurrido ahora... ¡dar dulces mandarinas!

Me resultó curioso de mí mismo que, para creer lo que estaba viendo, haya tenido primero que realizar una mínima investigación en la enciclopedia global. En efecto, el hecho real tiene explicación científica; ergo, sum: en algún momento durante cierto mes de los años anteriores, hubo (ocurrió, tuvo lugar) un injerto espontáneo, tal vez una semilla perdida en un hueco de la corteza, o quizá algún travieso realizó un artificio manual del cual no tengo noticia; una vez introducido el elemento nuevo en el flujo sanguíneo del árbol cuyas raíces penetran el suelo (el cual viene a ser llamado “patrón”, o sea, el limonero), se produjo el fenómeno. Pasado un tiempo, a cierta altura sobre el suelo, le brotaron unas ramas parecidas a las demás, pero ligeramente distintas, ahora sabemos el porqué. Como limones y mandarinas son cítricos, el parentesco debe permitir ese tipo de asociación, simbiosis o híbrido, como quiera que se le llame.

Todavía no tengo pruebas de que pueda dar limones y mandarinas al mismo tiempo, pero todo indica que, en cuanto venga el período natural de floración, los dará a granel. ¿Tal vez finalmente la mandarina se imponga al limón o éste vuelva por sus fueros? Habrá que esperar. El caso es que, como queda dicho antes, la naturaleza parece haber dejado en evidencia la fragilidad de la citada sabiduría popular.

Y si a nosotros, olmos irresistibles al cambio, nos fuera injertada por azares una pequeña porción de otro ser, ¿qué peras (por frutos ahora inimaginados) llegaríamos a dar?

La costilla engañadora


Hace algunas semanas, impelido por la curiosidad y una pertinaz insistencia por parte de dos colegas, decidí aceptar su doble invitación para almorzar en un pintoresco y urbanamente folklórico lugar llamado “El costillón”, al cual no sólo ellos son bastante aficionados. Accedí con dos condiciones: la primera, incorporar a un cuarto comensal abstemio, a fin de equilibrar la balanza y dejar las cosas, cuando menos, en un empate; la segunda, que el par de propulsores de la iniciativa se mantuviera, si no exentos del consumo de bebidas espirituosas, al menos en un límite razonable.

Sólo estando allí (por fortuna, sin ebrios escandalosos que rodearan el ambiente, merced a una providencial tormenta que cayó sobre la ciudad) pude comprender la lógica intrínseca del plato que da nombre al local: la costilla de res asada. Dado que la cantidad comestible es mínima, hay que roerla para extraer exiguas proteínas y esa operación se extiende por decenas de minutos. Entretanto, el sujeto va consumiendo vaso tras vaso de ese popular, lupuloso y fermentado líquido de origen tan antiguo como humano, defenestrado de su respetable posición histórica merced a cualquier manada de borrachos.

La observación primordial fue, pues, que la costilla asada es sólo un chupete, un engañador como el falso biberón de un bebé. Su doble función consiste, primero, en saborizar la tortilla asada que suele acompañarlo y, segundo, exigir el trasiego (verbo fundamental de significado simple: “beber en cantidad vinos y licores”) para disimular el paso de los minutos infructuosos.

Consigno finalmente que el pacto se cumplió: varios vasos de refresco de arrayán suplieron, para mi beneficio y el del cuarto colega en cuestión, la importante función accesoria (¿o esencial?) antes descrita; entretanto, el otro par mantuvo a raya, en esa única cita, su conocida afición etílica; con lo cual, unos y otros acabamos, de alguna manera, en paz.

Mascota argumental

El de la foto es Largo, un daschund o perro salchicha, mascota oficial de la familia desde 1998 (también están las tortugas, siete y aumentando; pero ellas, menos expresivas y algo más conformes, no reclaman con tanta vehemencia el título). Su polifacética presencia en jardines y otros resquicios de la casa tiene, a mi modo de ver, cierto significado metafísico.

¿En cuántos volúmenes filosóficos, ríos inconclusos de páginas, excelsos cerebros humanos han intentado penetrar los insondables secretos del universo? Pues aún después de vanos intentos por demostrar la existencia de un Orden, un Logos, una Inteligencia Superior, tenemos dudas sobre si será o no será, si el azar esencial o un Demiurgo Universal... ¡Y la sola presencia inconsciente de este animalejo nos induce a concluir la existencia de esa Necesaria Presencia!

Su solo diseño, su canina personalidad, ¿de qué otra forma podía entenderse, como no sea el acto demostrativo de una Inteligencia Superior, quien ha pensado en cada detalle para concederle una existencia de mascota en sí? Entendámoslo como compañía, juguete viviente, centro de atención en ratos de ocio, destinatario de todo tipo de interjecciones, regulador del ánimo familiar, recepcionista incondicional o protagonista de anécdotas varias... ¡cuán difícil es pensar que la pura casualidad haya podido producir al animal doméstico!

¿Y no será este un mínimo y primer argumento para abrir nuestra mirada a razonamientos más profundos?

Reencontrando tiempos y juventudes

El Viernes 13 de Octubre de 2006 tuvo lugar un encuentro del que decidí ser parte sólo hasta quince minutos antes de la hora fijada, las seis de la tarde: se reunía una buena parte de la promoción 1995 del Colegio "Sagrado Corazón", a la cual fui invitado en virtud de haber coincidido con ellas en mi labor docente durante casi seis años en la citada institución. En esa época, dicho colegio funcionaba según la antigua usanza de las instituciones católicas, separadas por género; de tal forma que, once años después, aquello debía consistir en una pequeña pero muy ruidosa multitud de señoras de distinta índole.

La prolongada duda en hacerme presente obedeció, como casi todo en la vida, al temor a lo desconocido: uno nunca sabe de qué se van a acordar las personas, años después, en edades maduras, fuera ya de inhibiciones antes reglamentadas por la relación docente-estudiantil. Sin embargo, en general el clima no derivó hacia esa posibilidad y, en cambio, disfrutamos de dos horas y media de charla informal, redescubrimientos y actualizaciones agradables.

Haber visto ya adultas a estas niñas de antaño tuvo un saludable efecto psicológico: puesto que, año con año, uno está en contacto laboral con personas cada vez más jóvenes, la brecha generacional se amplía irremediablemente y el paso de los años acentúa su contraste; por lo tanto, verlas así, en plan de adultas, profesionales o entusiastas madres de familia, lució como un pequeño e involuntario gesto de solidaridad de su parte.

Sin embargo, creo que lo más tonificante fue percibir, detrás de sonrisas y saludos que bien pudieron ser protocolarios, una gama de mutuas sensaciones positivas, como si durante aquellos años juveniles algo imperecedero se hubiera construido.