Creer que Dios evitó una tragedia, ¿no es también responsabilizarlo cuando ésta ocurre?
Creer que Dios es mi guardaespaldas personal, ¿no es atribuir a su ausencia todas las desgracias -mayormente injustas- que sufren mis semejantes que no cuentan con esa divina protección?
¿No luce un poco impertinente, egoísta y hasta irrespetuosa con el dolor ajeno la invocación miope de quien, rodeado de cadáveres, da las gracias a Dios por ser el único sobreviviente de un accidente de tránsito en donde murieron horriblemente medio centenar de personas?
Ni el azar, ni las acciones u omisiones humanas, son la Providencia.
El pensamiento mito-mágico no produce soluciones; en cambio, genera demasiadas angustias ante lo inexorable, soberbias derivadas se creerse superior al resto, o sentimientos de abandono por el silencio supremo ante los humanos clamores.
Los fenómenos naturales, enfermedades y accidentes son parte del mundo en que vivimos, siempre han estado y estarán allí; lo que nos compete es prepararnos, investigar, prevenir y minimizar en lo posible la vulnerabilidad.
Las situaciones injustas de origen social son, en todo caso, enormes rocas que mover a base de titánicas empresas.
Y todo eso es cosa nuestra.
Inspirados en lo trascendente, si se quiere, pero cosa nuestra.
Fuimos educados en el dualismo, partiendo al ser humano en dos, cuerpo y alma, despreciando el uno en beneficio de la otra. Nos citaron y recitaron a cada momento que “el espíritu es fuerte, la carne es débil”; que aquél es elevado y ésta, pedestre.
Y de allí, fuimos sumergidos en el ascetismo, según el cual el cuerpo es fuente de bajos impulsos y ha de ser castigado, para así elevar el alma. No nos dijeron que los mayores crímenes de la humanidad provienen, precisamente, del espíritu (envidia, venganza, odio, intolerancia, etc.).
Creyendo en insensateces inmemoriales, se imaginaron que el dolor tenía una finalidad bondadosa, superior, que el sufrimiento redimía y por lo tanto se podía ofrecer en sacrificio para limpiarse místicamente. Escribieron libros y versículos para darle sentido a la desgracia, a veces como purificación y otras como una prueba para ganar maravillas futuras. ¡Qué perniciosa idea!
El dolor es un signo de que algo anda mal... y nada más.
El sufrimiento sólo redime cuando el ser -real o imaginado- ante quien se presenta dicha ofrenda es cruel y se goza en el dolor ajeno. Creer que el dolor salva es justificar una tortura metafísica.
¡Maldito sea el dolor!
Si algo ha de tenerse como indicador del progreso de la humanidad es, precisamente, la lucha contra el dolor y el sufrimiento: sea desde la medicina, la justicia social, la ayuda personal o la búsqueda de la armonía íntima.
El dolor no nos hace más humanos; la lucha contra el dolor, sí.
Hasta el momento, he estado en seis funerales de familiares cercanos: tres de ellos durante la adolescencia y temprana juventud (1979, 1983 y 1986) y los otros en la plena adultez (2008, 2012 y 2014), además de unas cuantas velaciones significativas. Asumo que estaré en otros más, antes de llegar al mío propio.
Algunas muertes fueron muy duras de aceptar por lo inesperadas; en otras, en cambio, ya había conciencia de que podía suceder en cualquier momento y eso, de alguna manera, permitió mayor ecuanimidad.
Durante esas experiencias he visto una amplia gama de dolientes, cada quien con sus reacciones aprendidas o espontáneas: desde el llanto inconsolable, con gritos incluidos en los momentos críticos, hasta una extraña tranquilidad que asombra a quienes van a dar el pésame, en ocasiones más compungidos que el propio familiar.
En cuanto a las ceremonias, el recuento es disímil: desde caóticas hasta muy organizadas. Unas se quedaron solo en lo religioso mientras que otras incluyeron componentes artísticos, filosóficos, políticos o de cualquier otra índole. No faltaron las intervenciones oportunas ni tampoco las impertinentes, así como los imprevistos y situaciones incluso rocambolescas (como descubrir que el ataúd no cabía en el nicho).
Personalmente, he vivido distintos roles y protagonismos: en unas ocasiones contemplativo, en otras participativo; con respetuoso silencio unas veces, o dando extensas palabras de ánimo en otras; generalmente racional y en control de mí mismo, aunque en dos situaciones particulares estuve hundido en un dolor incontrolable.
Desde la experiencia evocada en las líneas anteriores, junto con mis creencias y conocimientos previos, me permito formular cinco recomendaciones funerarias para que, cuando le toque, sus ceremonias transcurran de la mejor manera posible y no generen recuerdos desagradables. Helas aquí, tómelas por el lado amable.
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a) Tenga claro que el funeral es un homenaje a quien en vida fue el difunto/a. En ese sentido, oriente la ceremonia de manera tal que enfatice y se hable principalmente de esa persona, de sus aportes y del mejor recuerdo posible que le va a quedar a sus deudos. Aunque el componente religioso esté presente, este debe ser maduro, sobrio, sano e incluyente. Es de mal gusto usar de excusa al fallecido/a para hacer proselitismo religioso, debates sobre rituales y dogmas, especulaciones acerca del cielo y del infierno, lanzar dardos de exclusión contra quienes no comparten esas creencias, etc. Lo mismo vale para los temas políticos, morales u otros que generen divisiones.
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b) Organice con racionalidad las intervenciones habladas y seleccione con sano criterio a los familiares y amigos que los tendrán a cargo, tanto en la velación o en el cementerio. No ponga a hablar en público a personas cuyo dolor esté fuera de control y nuble o bloquee su capacidad de expresarse con fluidez, eso no es justo para nadie. Cuídese mucho de los espacios para intervenciones espontáneas tipo “si alguien quiere decir algo, ahora es el momento”, pues hay quienes saben cómo comenzar pero no cómo terminar; dado el caso, ponga un tiempo razonable por turno y pida –con amabilidad asertiva- que se respete ese límite (a menos que quiera una ceremonia interminable y desesperante).
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c) Por mucho dolor que haya de por medio, un funeral siempre requiere de diversos trámites que deben realizarse en un tiempo limitado, así como de muchos pequeños detalles de organización; por eso, siempre debe haber personas lúcidas, en pleno uso de sus facultades, que se encarguen de ellos. Procure, entonces, ser usted una de esas personas: ofrézcase, póngase a la orden, ayude, no regatee esfuerzos, no sea bulto.
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d) Aproveche la convocatoria para reforzar sus relaciones fraternales y familiares. Si hay amigos y parientes que hasta ese momento se han dejado ver, luego de muchos años de olvido y alejamiento, no les salga con recriminaciones y recíbalos con un abrazo, sin indirectas ni ironías. De la misma forma, comprenda y no guarde resentimientos si alguna persona que usted esperaba ver allí no pudo o no quiso llegar. Haga que esa muerte sirva para mejorar todas esas relaciones sobre las que se construye la vida, que -como ve- es finita.
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e) Incluya en su presupuesto hogareño un seguro funerario acorde a sus posibilidades, mejor si es en cuotas (porque cada abono le dice al oído “recuerda que eres mortal”). Piense, ubique y pregunte dónde enterraría o cremaría a un difunto/a suyo. Una persona a quien la muerte de un familiar le pilla sin ninguna previsión en este sentido es fácil víctima de usureros, y al dolor por la pérdida se suma la desesperación y angustia de un trámite que pende sobre su psique como espada de Damocles.
Suicidarse es una decisión íntima, personal e inexorable. Luego, que no se culpe a nadie por esa tragedia en donde víctima y victimario son la misma persona.
Cuatro experiencias de suicidio he conocido, unas más cercanas que otras, unas más dolorosas: un compañero de colegio que jugaba a la ruleta rusa allá por los años ochenta, un amigo entrañable que lo hizo por motivos filosóficos en la universidad, un jovencito de doce años con gran inteligencia lógico-matemática pero grandes carencias de estima propia y una exalumna con todo lo que una joven veinteañera podría querer, y sin embargo…
Las penas del suicida cesan en cuanto el acto se consuma, pero el dolor de sus seres queridos es infinito.
La reacción -superficial aunque natural- de las demás personas es dirigir silenciosas miradas de recriminación a sus deudos, ¿qué no se dieron cuenta, por qué no hicieron algo, qué no le querían…? Mas difícilmente podrían haberlo evitado. En todos los casos que mencioné, había una familia completa y funcional, amorosa y que apoyaba, además de una comunidad fraternal relativamente amplia. De nada sirvió, porque el suicida, si es auténtico, medita en secreto, hace planes, conspira contra sí mismo/a sin dejarse ver hasta que ya ha cumplido su cometido.
El suicida duele, sacude y cuestiona, muchas veces de tal manera que su terrible decisión influye en otros potenciales candidatos/as a la autodestrucción para cambiarles la perspectiva de vida y, paradójicamente, impulsarles a vivir con mayor plenitud, aún desde el dolor tan hondo de la pérdida.
Así pues, descansen en paz, mis queridos suicidas. Desde este lado del espacio-tiempo, les seguimos recordando.
Pocas cosas me alteran tanto como escuchar a quienes dan falsas esperanzas de curación milagrosa a enfermos terminales.
Hay depredadores materiales, charlatanes o estafadores que venden sus servicios aún a sabiendas de que no hay esperanzas razonables o el padecimiento está fuera del alcance de la ciencia o de sus habilidades profesionales. Son despreciables y merecen la cárcel.
Pero también están quienes, desde una postura de autoridad espiritual, les hacen creer a las pobres gentes que orando con fe y de corazón ese cáncer incurable se irá, esas células nerviosas muertas se reactivarán o esos riñones volverán a funcionar.
Hay buenas almas que no ven nada de malo en crear estas expectativas. Que la esperanza de mejorar ayuda al cuerpo, dicen; que a fin de cuentas puede que suceda, dicen.
Pero no sucede.
Y así se añade sufrimiento psicológico al daño físico, por cuanto el atormentado o la afectada ve que, por más llanto suplicante y devoción sincera que ponga en sus oraciones, su cuerpo duele y se sigue deteriorando inexorablemente.
A esta frustración constante y progresiva se unen terribles sentimientos de una culpa infinita por no ser digno/a de la gracia solicitada, o aún peor, por llegar a creer que la enfermedad responde a un cruel designio divino más allá de la comprensión humana.
Esto no tiene que ser así. Tampoco es ni la única ni la más sana forma de lidiar con ello.
He visto de cerca oraciones de terceros que piden una de dos cosas: que sane la persona enferma o que, si es la voluntad del Altísimo, cesen sus sufrimientos en este mundo y repose eternamente en Su compañía. Creencias aparte, dicha postura me parece respetable por sensata, piadosa y, sobre todo, razonable.
Es frecuente escuchar, disfrazado de sano consejo: "vive como si hoy fuera el último día". Nada más falso, dañino y peligroso.
Si uno supiera que hoy es su último día, seguramente cometería infamias, vejámenes y delitos sin temer a lo que vendría después. Cualquier moral sensata -es decir, que se base en una ética de las consecuencias- perdería sentido. Si algo nos y refrena nuestros peores impulsos es, precisamente, el aprecio de la vida que viene después del hoy, la cual no deberíamos echar a perder con actos que comprometan nuestra humanidad.
Saber con certeza que moriremos mañana nos daría una especie de maligna impunidad, pues si hoy fuera ese último día, ¿quién se privaría de abyectos caprichos?
Así como nos alegramos ante un nacimiento, es normal sentir tristeza ante la muerte de un ser querido.
Como seres humanos, estamos hechos de razón y de emoción. Por un lado, de nuestros impulsos básicos viene el deseo de prolongar nuestra existencia día a día y así creemos que siempre contemplaremos un amanecer nuevo; sin embargo, por otra parte, nuestro pensamiento racional nos hace saber que no somos inmortales, que nuestra estancia en este mundo es limitada y aún más: que es preferible que así sea, pues si no tuviéramos límite en nuestros días, tampoco tendrían razón de ser nuestros proyectos, trabajos y anhelos más queridos.
Nacer y morir son parte de los hechos de la vida y así hay que aceptarlo. Nos movemos y oscilamos entre nuestro deseo perenne de permanencia y la conciencia de nuestra condición efímera, pasajera. Siendo que ambos impulsos son nuestros, intrínsecamente humanos, ambas fuerzas deberían estar en cierto equilibrio, pero culturalmente no se nos educa de manera balanceada. En efecto: no se nos educa para comprender y aceptar el fin de nuestros días.
En momentos como un funeral, aun con el dolor por la pérdida de alguien con quien compartimos años y experiencias vitales, nos falta resignación, resignación humana. Cuando una muerte llega de manera trágica e imprevista, el impacto emocional es tan fuerte que puede desbalancearnos, golpearnos de tal modo que nos cueste superar el hecho y seguir adelante. Pero cuando la muerte llega como fin natural de la existencia humana, deberíamos ser más ecuánimes.
En ese momento de despedida, ¿por qué no recordar los momentos felices, las buenas experiencias vividas y tantas cosas favorables que nos unieron con la persona difunta? Si nuestra vida junto a ella tuvo algún sentido, seguramente no nos faltarán anécdotas bonitas a las cuales referirnos. Si hay o no hay algo después de este paso, ese supuesto más allá ya será otra historia. Por mí, lo vivido es lo real y eso es suficiente para decir aquí un adiós pleno de satisfacción por toda esa vida que estuvo a nuestro lado.
Esta película en Imdb.com tiene 8.1 de rating y puede que esa elevada nota provenga de la más absoluta sinceridad popular, pues es una de esas historias que suelen gustarle al común de las gentes, pero estoy en fundamental desacuerdo con el mensaje de “Hachiko: a dog’s story” (2009, titulada en español “Siempre a tu lado”).
La maduración, entre otras cosas, consiste en aceptar los hechos de la vida y de la muerte, no quedarse enclavado de modo permanente y enfermizo en ese tipo de recuerdo que entristece y tiñe de luto permanente la existencia de quienes le sobreviven. Si pasados diez años del fallecimiento natural -no trágico, no cruel- de una persona, sus familiares continúan con el mismo pesar y aspecto sombrío como si hubiera sido ayer mismo, ¿qué hemos aprendido?
El mejor homenaje a un ser querido que partió es honrar su memoria recordándole con dulzura, teniendo la satisfacción de haber convivido de la mejor manera y haber hecho por él o por ella lo mejor posible mientras estuvo con nosotros, continuando con alegría nuestros mejores proyectos y utopías.
Eso del luto permanente, la tristeza elegíaca, la lamentación constante y el perpetuo suspirar no es fidelidad edificante, sino la negación de la propia existencia o un refugio del vacío vital que nos consume. Y eso no puede ser bueno.
Estimados amigos y amigas, gente que me conoce y me tiene algún tipo de estima:
Primero que cualquier otra cosa, declaro que al momento de redactar este texto (3/4/11) me encuentro gozando de muy buena salud y en plena posesión de mis facultades. Sin embargo, es un hecho incuestionable que tal bendita condición es transitoria, pues ya sea mañana o dentro de otros cuarenta y tantos años este cuerpo perecerá sin remedio: es ley universal y es muy sabio estar preparado (maneras de morir hay muchas y a veces pareciera que la vida se las ingenia para escapársenos de modos inagotables y creativos).
Si mi final es fulminante y repentino por causas naturales, sociales, automovilísticas o apocalípticas, tanto menos sufrimiento. Pero ustedes y yo hemos visto cómo a veces la extinción va lenta por la vía de una enfermedad terminal que avanza y carcome sin remedio, dolorosamente; o también porque cierto accidente no hizo bien su trabajo y dejó para más tarde lo que debió ocurrir primero.
Así pues, el propósito de esta carta es dejar constancia de ciertas peticiones y voluntades por si llegare a encontrarme en la indeseada eventualidad de una postración prolongada de carácter terminal, desde la cual no pueda defenderme de posibles razonamientos y conductas insensatas –aunque bienintencionadas- de parte de quienes me rodean.
No soy supersticioso, así que descarto cualquier relación entre la publicación de esta carta abierta y lo que después pudiera ocurrirme; así, que nadie salga de bayunco diciendo: “¡Uy, en cuanto escribió esa su carta toda rara le cayó la enfermedad, él solo se echó sal!”. Como mal menor, preferiría que dentro de algunos lustros se dijera: “Miren qué tipo más lúcido, cómo anticipó su situación, hagámosle caso”. Y con algo de suerte, este texto quedará como mera anécdota y no será necesario acudir a él para orientar futuros comportamientos.
Pero basta de preámbulos, vamos a lo que interesa.
En primer lugar, rechazo gastos médicos innecesarios, presuntuosos, necios e inalcanzables.
Si no hay excesivos cambios en mi modo de vida, es de esperar que mis posibles enfermedades graves habrán de tratarse en el Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS). Limitaciones, quejas y críticas aparte, creo que allí harán lo posible por mi salud y tendré los tratamientos a que tengo derecho. Ojo: no pido que jamás acudan a la medicina privada, pero tampoco quiero que paguen exorbitantes cantidades por los mismos tratamientos que pueden dárseme en el ISSS, bajo el argumento prejuicioso de que “allí no atienden bien”.
Como yo lo percibo, la única diferencia sustancial entre el ISSS y un hospital privado es la enorme cuenta por pagar que le queda a la familia después de muerto el cliente. Aún más grave sería la situación si en el ISSS me desahuciaran con base en criterios estrictamente hospitalarios y, reacios a aceptar la realidad, familiares y amigos me llevaran indefenso a una clínica particular donde, por conveniencia monetaria, les dieran un supuesto diagnóstico-pronóstico más favorable, diciéndoles lo que quisieran escuchar, aunque se llegue al mismo e inevitable final.
En segundo lugar, respeten mis creencias.
Si me conocen bien, ya saben cuál es mi postura intelectual sobre lo trascendente (aquello “que está más allá de los límites de cualquier conocimiento posible”). No deseo ser objeto de peticiones patéticas de milagros, como si tuviéramos derecho a solicitar la alteración del orden establecido y como si la muerte no fuera el final natural de la vida. A lo sumo -si les sienta bien y por respeto a las creencias ajenas- aceptaría virtuales rogatorios discretos por la paz de mi espíritu y peticiones de resignación para ustedes mismos/as. Pero si quieren caerme mal, pónganse en plan fanático fundamentalista y vengan a hacer escandaloso proselitismo, tembladera incluida, preguntándome si quiero ir al cielo o al infierno y conminándome a que acepte el supuesto pasaporte.
En tercer lugar, esperaría y admitiría visitas reales, además del permanente chat que ojalá tenga en mi laptop o como se llame el aparato que para entonces me permita la comunicación virtual.
Eso sí: bienvenidos/as sean toda vez que vengan para hablar de lo que siempre hemos conversado, evitasen hacer un molesto interrogatorio médico y no me pusieran esa cara de lástima contagiosa, pues la degradación de los exteriores a todos nos llega y no debería ir en menoscabo del tan pregonado valor interior.
Por último, un anexo necesario: no abrigo esperanzas de que vea la eutanasia legal en mi país, dada la idiosincrasia de quienes lo gobiernan. Obviamente, no deseo llegar a una situación en que quisiera solicitarla legal o ilegalmente. No obstante, poniéndome en esa terrible e hipotética circunstancia... ¡que nadie se extrañe (y usted mucho menos) si le pidiere tal gracia!
No es habitual que los mayores conversemos sensatamente sobre la muerte, especialmente cuando ésta puede venir de la naturaleza misma. Pero deberíamos. Es muy natural tener miedo a morir, pero también es necesario recordar nuestra condición finita: ésta es inevitable y no sabemos cuándo será el día y la hora. Lo anterior no significa abandonar todo esfuerzo por estar vivos sino, por el contrario, esforzarnos por hacer cosas dignas mientras tengamos vida, ya sea que por la gracia de Dios, por obra de un incomprensible azar, por ambas o por ninguna.
Los desastres por causas naturales ocurren en todas partes del mundo. En efecto, donde no hay terremotos ocurren erupciones volcánicas, ciclones y huracanes, tornados, inundaciones, sequías y demás fenómenos propios del planeta. En el caso de nuestro país, sin olvidarnos del monstruo social, los sismos han estado presentes en toda nuestra historia desde tiempos inmemoriales, y lo mejor es asumirlos como parte del entorno, con lo que debemos aprender a convivir.
Puesto que los elementos antes mencionados son comunes a todos los hombres y mujeres de todas las épocas y lugares del mundo, hay allí cierto consuelo, pues no cabe preocuparse en exceso por cosas que no se pueden evitar.
Teniendo claro lo anterior, y yendo a lo más concreto, conviene repasar y ejercitar las conductas que, en caso de temblor (que ya va tocando), sean las menos recomendables, así como aquellas más convenientes. Obviamente, el pánico es nuestro principal y primer enemigo, el más difícil de vencer, con el agravante de que es contagioso. Una manera de aprender a vencerlo es repasar rutinas de seguridad, simulacros que nos indiquen y recuerden los lugares relativamente menos peligrosos.
Aunque curioso y hasta contradictorio, quizá conservar la calma "a la hora de los cuetazos" sea más fácil si tenemos la íntima convicción de que la conservación de nuestra propia vida, en última instancia, no está en nuestras manos, porque el pánico ante lo inevitable quizá tome su mayor fuerza precisamente de la errónea creencia de que somos eternos, o del olvido de nuestra mortalidad.
El recibo mensual del pago anticipado y a plazos de un funeral tiene la saludable función de recordarle a uno su condición fugaz, perecedera, efímera: es aquel esclavo que dicen que iba tras el general romano victorioso diciéndole el incómodo memento mori, "recuerda que eres mortal". Por contra, es intrínseca la desventaja de estar comprando algo que no será disfrutado (al menos conscientemente) por la persona que lo vaya a usar. No sé si para subsanar dicho problema es que ha surgido el moderno concepto del living funeral, ceremonia idéntica en todo a un funeral normal, excepto que el difunto aún no ha fallecido y los "dolientes" pueden patentizarle su aprecio a algo más que un cadáver. Yo, particularmente, me lo pensaría, toda vez que lograse solucionar las dos enormes objeciones que tengo para organizarme tal acto: la primera, que una vez terminada la ronda de saludos y afectos, uno puede sentirse tan deprimido como aquel niño de kinder a quien olvidaron llegar a recoger; y la segunda, que si uno no se muere en el transcurso de los tres o cuatro meses siguientes al tal "funeral en vida", la majada se va a considerar engañada... ¡y capaz que llegan a reclamar!
Pese al dramatismo novelesco y cinematográfico (algunas veces con gran dosis artística, otras no tanto), considero una miserable e injustificada acción ventajista la del moribundo, hombre o mujer, que antes de exhalar su postrero hálito de vida hace prometer a quien tenga enfrente algo que, en circunstancias normales, no le pediría. Así, el inminente difunto o difunta manipula su propio padecimiento, como si le fuera exclusivo y distinto de la condición humana en sí, incurriendo en el pleno sentido de la locución adverbial "con alevosía" ("a traición y sobre seguro"), para dejar comprometidos a sus familiares y a sus amistades con alguna cosa que, en el curso cotidiano de la vida, raya seguramente en lo absurdo, abusivo, caprichoso o ilegal; pues de otra manera no aprovecharía ese último instante para soltar la incómoda sorpresa. Caso aún más grave es el de quien, como en el chiste, aprovecha sus últimas palabras para soltar alguna confesión o revelación hasta entonces secreta, quizá por vergonzosa, lesiva a la dignidad de quien sea o, cuando menos, sonrojante. ¡Vaya singular acto de cobardía el de quien suelta la pedrada y se apresta a esconder la mano y todo lo demás... por los siglos de los siglos!
Descontadas las excepciones de incineración póstuma (o que nuestro próximo cadáver vaya a ser devorado por fieras salvajes, aves carroñeras o peces omnívoros), un ataúd es un objeto del cual uno puede estar seguro que va a necesitar, junto con los correspondientes servicios funerarios: preparación del cuerpo para retrasar la inminente putrefacción, sala de velación, carroza fúnebre, etc.
Comprar uno de estos combos cuando la persona usuaria todavía no ejerce su condición de difunta tiene la ventaja de poder evaluar las ofertas con serenidad y mente clara: exploramos con más cuidado los tipos de ataúd, las horas de preparación que convendría darle al occiso u occisa, el tamaño y características de la sala de velación, las medidas internas de la caja, quién hará el café y proveerá los panecillos, etc.
Aparte de los trámites del cementerio, un funeral decente (sin lujos irracionales pero tampoco miserable), viene costando entre setecientos y mil quinientos dólares, pagaderos anticipadamente en cuarenta y ocho cuotas. Sin embargo, la negociación al momento de contratar el paquete no deja de tener sus momentos curiosos, básicamente porque seguimos considerando absolutamente anormal el trámite y la ponderación de todas las características ofrecidas por esta o aquella empresa, en la relación costo-beneficio.
En todo esto, el concepto clave es el "beneficio". Queda estipulado que si el contratante fallece dentro del plazo convenido para el pago de las cuotas, la deuda restante queda cancelada y la familia recibe el equivalente al monto hasta entonces pagado. Es entonces cuando uno cae en la cuenta de que, tanto para usar el bien adquirido como para hacerse acreedor de ese "beneficio"... ¡nada más hace falta morirse!
Una bitácora o blog no es (no debería ser) siempre igual a sí mismo. Buscando en el archivo, brotarán temas anteriores; volviendo en algunos días, nuevos párrafos habrán germinado.
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Docente, escritor y músico. Libros: "¿Guerrita, no?" (1992) y "Del asfalto" (1994), entre otros, además de algunos textos escolares, el disco de música "No hemos olvidado" (2007) y la propuesta artística "Balada Poética". Agnóstico y espiritual. Me gusta el ajedrez.