sábado, 31 de enero de 2015

Bloqueos

Las valoraciones del acto de bloquear a alguien en redes sociales son diversas: desde quienes a la ligera lo consideran un acto de inmadurez hasta quienes lo ven como un legítimo derecho para proteger sus espacios personales. Igualmente, las razones por las que se bloquea son tan variadas que resultaría imposible resumirlas sin caer en la fatiga.

Lo que sí está claro es que el bloqueo no nace de un sentimiento agradable en quien lo pone y, obviamente, produce una sensación molesta en quien lo recibe y se entera de ello, la cual puede ir desde el desconcierto y la tristeza hasta la cólera y la indignación.

Personalmente, me he visto en la necesidad de bloquear a algunas personas y un día de estos me encontré accidentalmente con que yo mismo estaba bloqueado por alguien más. Lo cuento aquí por catarsis y curiosidad, sin jactancia ni victimismo, y con ello espero no revolver más estas historias.

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En el mundillo de cierto deporte neuronal, tres lustros hace que conocí a un individuo con quien lamentablemente nos caímos mal. Lo bloqueé en Facebook hace un par de años en cuanto vi un comentario suyo en la publicación de una tercera persona, donde yo había previamente intervenido. Fue algo al mismo tiempo reactivo y preventivo, porque conocía ya su estilo belicoso, poco argumentativo y frecuentemente ofensivo, el cual -a juzgar por lo que expresaba en ese momento- seguía intacto. Como de fondo está un feo asunto relacionado con un otrora influyente personaje, valedor del aludido, y como legalmente eso ya prescribió por defunción y además negligencia institucional, preferí evitar cualquier posible discusión estéril, además de bilis gratuita.

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Otra persona con quien estamos en condición de enemigos virtuales es una furiosa artista, revolucionaria de corte radical según propia descripción. Su animadversión es antigua mas -confieso- no injustificada, pues antaño cometí el desmán de poner una alusión amarga en un texto literario, sólo comprensible por el pequeño grupo de personas que estuvimos involucradas en esa triste situación pero suficiente para cosechar tempestades verbales.

Tiempo después, no sé si la diplomacia o la pretensión de madurez nos puso en condiciones de saludarnos e incluso añadirnos como contactos en Facebook, hasta que un buen día noté que ya no lo éramos más, si bien aún podíamos ver las publicaciones de uno y otra.

Hace poco, ella se aventó una agria polémica con otra hacedora de arte, dando la fea impresión de ser un pleito digno de Casos de Familia. Yo, como parte del público, me referí con alusiones al zafarrancho y eso fue despertar al Kraken.

Por tercera persona, supe que publicó un reclamo en donde, como recurso ofensivo, mencionaba a miembros de mi familia. El bloqueo fue inevitable, pero no paró allí la cosa: ella no tenía cuenta de Twitter pero creó una para injuriarme mediante andanadas de 140 caracteres.

Viéndolo en perspectiva, me tranquiliza un poco ver la extensa lista de personas a quienes ella ha vilipendiado de esa forma en sus diatribas virtuales.

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Muy diferente es el caso de otro que fue mi amigo de años mozos, compañero de universidad con quien solíamos hablar extensamente sobre temas varios, desde futbolísticos y banales hasta de esos trascendentes que llaman "fumados", pero a quien de un tiempo a acá su fanatismo religioso le fue en aumento hasta volverlo un poquitín pesado.

El primer incidente fue a propósito de la entrada “¿Qué inteligencia es esta?”. Me decepcionó que no la haya entendido, siendo el debate teleológico uno de los temas que estudiamos a profundidad en las aulas. Por todo comentario ante la reflexión, escribió en forma bastante simple pero agresivamente proselitista: “¿por qué no aceptás a Jesucristo como tu único salvador personal?” Esa vez me limité a borrar la impertinencia; sin embargo, en ocasiones posteriores sus comentarios fueron en tono cada vez más recriminatorio, arrogándose un derecho de conquista e inquisición espiritual francamente molesto, así que preferí liberarlo de la pesada carga de leer mis publicaciones.

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Y para concluir, el triste caso de cuando Rafael Francisco Góchez fue bloqueado.

Hay una intelectual de alma máter común y muy celebrada en sus escritos, a quien tenía como contacto en Facebook hasta que un buen día, por una publicación que vinculaba a su cuenta, noté con sorpresa que me había bloqueado.

Imaginarán que quedé devastado y el sueño me abandonó por varios días, buscando cuál pudo haber sido la razón. Tras intenso esfuerzo de memoria histórica, recordé que un par de veces había comentado los artículos de su sección en el periódico digital donde ella publica, haciéndole observaciones con buen ánimo aunque sin concordar del todo con sus planteamientos. “Si fue por eso -pensé-, la susceptibilidad de esta chica ha de ser de tamaño familiar”, pero nunca lo supe con certeza. Así, me quedé en la pura especulación, aunque tuve la impresión que sus reacciones ante las críticas -así fueran comedidas- denotaban cierta histeria.

En Twitter también la seguía unilateralmente. La primera vez que le cuestioné una polémica afirmación, me mandó a leer todo un libro. En aras de la paz, me abstuve de replicarle esto:

Si afirmas algo polémico en Twitter pero no puedes defenderlo en 140 caracteres, entonces es una impertinencia.

No recuerdo haber tenido más interacciones conflictivas, pero ayer, al pulsar sobre un retuit que enlazaba a su cuenta, me encontré con esta perla:

Quizá tomó a mal un par de tuits genéricos que hice al aire hace un tiempo, sin menciones directas, aunque para ello tendría que haber hecho un esfuerzo especial, dado que nunca conté con su reciprocidad de seguimiento en dicha red y esas líneas no fueron retuiteadas. Tal vez el primer bloqueo la impulsó maniáticamente al segundo y todos los demás posibles. A lo mejor todo fue accidental, un malentendido o, por el contrario, una cortesía del pájaro Correveydile. No lo sé.

Lo que sí sé es que, visto lo visto, aquí y en todos los casos mencionados aplica el tradicional y profiláctico “mejor así… de lejitos”.

domingo, 18 de enero de 2015

De enfermizas ambiciones

Lo primero (con las disculpas de más de algún esnob que exclamará: "¡pero si es obvio!"): saber que “Birdman” (2014), del director Alejandro González Iñárritu, no es una película del superhéroe alado que entonaba su nombre con voz de barítono; esto por si algún incauto/a (que los hay) va a verla creyendo tal cosa, abandonando la película a la mitad con algo de furia (más si, en el peor de los casos, comete el atroz error de llevar a sus hijos/as pequeños).

El filme es, por el contrario, la historia de las enfermizas ambiciones del ego de un actor cinematográfico otrora famoso, que no obstante poder disfrutar de una exitosa temporada de madurez en un teatro de Broadway, persiste en su frustración existencial.

Siendo como es una película cuya historia transcurre en un contexto de películas y obras teatrales, con actores y actrices buscando desesperadamente trascender a través de la fama siempre insuficiente, cae un poco en ese círculo del arte que se ocupa del arte, por lo que no sé qué tanto pueda conectar el tema con quienes no han tenido alguna vez una ambición de aplauso y reconocimiento en el escenario.

Sin embargo, son los recursos narrativos dentro de una atmósfera entre oscura y mítica los que mueven a la simpatía, aparte de las puntadas de humor negro que no dejan indiferente a un espectador atento.

En suma: buena recomendación si quieren deprimirse saludablemente.

viernes, 9 de enero de 2015

La selva en casa

Tener uno o dos dachshunds en casa es garantía de encontrar, cada cierto tiempo y esparcidos por el patio, cadáveres masticados de roedores y palomitas de esas que llaman “de Castilla”, según el ánimo de estos perros salchicha, cazadores natos. En estos casos, uno entiende perfectamente las leyes de la naturaleza y se limita a recoger y evacuar los restos mortales de los caídos en combate.

Lo que no es tan agradable es que un gato de tejado cometa la temeraria imprudencia de bajar al patio a cazar una de las mencionadas avecillas, que son sus alimentos usuales, se vea sorprendido por los mencionados canes y se produzca un sangriento pleito entre las tres especies.

El escándalo con que se anuncia el inicio del pugilato es mayúsculo. Se escucha el caer de todo tipo de trastos entre los ladridos inusuales junto con los bufidos del gato que, habiéndose dejado ir sin calcular una rápida ruta de escape, generalmente se encuentra arrinconado y defendiéndose, como bien dice el dicho, “como gato panza arriba”, tirando afilados aruñones a cuanto se le acerque.

Protagonista de uno de estos memorables agarrones fue Largo (1998-2009), nuestra anterior mascota, quien causó y también sufrió derramamiento de sangre en la refriega, antes de que lográramos separarlo de su contendiente y dirigir a éste, a base de manguerazos, hasta un lugar donde se viera obligado a huir a la desesperada por los muros y tejados adyacentes.

Pero ha sido en la época reciente, ya con Friso y Titanio, cuando estos episodios han tomado tintes más salvajes. La vez menos grave fue cuando pudimos separarlos y aislarlos de su presa, sacando al gato invasor hasta la calle sin que las partes consiguieran más que algunos rasguños. Pero lo de hace dos días fue francamente atroz.

Del volumen y tono del alboroto animal a media tarde, dedujimos inmediatamente que otro gato había caído al patio. El pleito ya estaba en términos incontrolables y se alcanzaban a ver las tarascadas emergiendo por entre la polvareda. Separar a The Destruction Dachshunds hasta el otro lado de la cerca fue, digamos, la parte más fácil, aunque con no poco esfuerzo; pero atrapar al gato para extraerlo de la casa se volvió complicado, porque nos pareció muy inseguro tomarlo directamente con las manos en ese estado fúrico en que se hallaba (¡y quién sabe qué plagas o enfermedades podría tener!), así que se echó mano de una cesta plástica dentro de la cual había que meter al pardo espécimen, a modo de kennel.

El problema fue que el indeseable huésped no entendió la maniobra y decidió escapar precisamente hacia el lado del patio donde estaban confinados ambos perros salchicha, cayendo directamente en sus fauces.

¡Ah, qué horror!

Entre el tronar de huesos, el rasgar de las carnes y el chorrear de la sangre, la nueva labor de separación se tornó francamente espeluznante y sólo macabros sonidos pueden describir lo que ocurrió. No quiero recordarlo.

Al recuperar el cuerpo maltratado del pobre gato, me pareció que ya sus días habían terminado, así que con todo y su improvisada jaula lo saqué a la calle, con el propósito de trasladarlo pronto a una caja de cartón a modo de ataúd; sin embargo, cuando regresé a la acera con el improvisado féretro, el gato hizo honor a su fama mítica, dando señales de vida y de que su fin no estaba tan próximo como creímos inicialmente, así que volví a entrar a la casa para deshacerme de la caja de cartón vacía, disponiéndome a volver para recuperar el recipiente plástico, una vez liberado su ocupante.

Pero al salir por tercera vez, ya no estaban ni el gato ni la jaula: alguien se los había llevado y, a la fecha, desconozco el final de esta cruel historia.

Por cierto, la palomita de Castilla acabó en pedazos.

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Posdata: aún hay otra anécdota más, de la que no puedo contar sino sólo el hallazgo final. Cierto día, al regresar a casa nos encontramos con una extraña paz, ajena al bullicioso recibimiento que nos suelen dar estas adorables mascotas caninas. Había muchos trastos tirados y, en el rincón más apartado del patio, estaban ambos dachshunds sentados a la par de un gran gato completamente muerto. No sé qué pueda haber ocurrido.