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domingo, 14 de septiembre de 2025

EDH: progresismo oportunista


El Diario de Hoy, periódico fundado en 1936 por Napoleón Viera Altamirano, tiene en su haber casi ocho décadas siendo, en esencia, el vocero ideológico de la oligarquía agroexportadora, del firme anticomunismo y del conservadurismo más radical. Salvo algunas escaramuzas iniciales en la época del general Martínez, por el tema de la censura, su política informativa se alineó con los gobiernos militares de turno, encubriendo sus desmanes.

Durante la etapa preinsurreccional de los setenta, así como en la guerra civil, sus páginas sirvieron de plataforma para todo tipo de instigadores contra la izquierda, incluyendo publicaciones pagadas anónimas que acusaban de comunistas no solo a quienes lo eran, sino también a sectores de la sociedad civil cuyo único pecado era estar en contra de los abusos de las dictaduras que sometieron al país por décadas. En esa cuenta, aparecieron señalamientos graves y amenazantes contra Monseñor Romero y contra Ignacio Ellacuría, por mencionar solo dos nombres emblemáticos.

Después de la firma de la paz, en 1992, hubo cierta apertura en la sección informativa: por primera vez se incorporó el contraste de fuentes y se dieron espacios —aunque con reserva y cautela— a voces de izquierda, tanto del FMLN como de otros sectores intelectuales y profesionales. No obstante, la línea editorial —la nota del día y los artículos de opinión— se mantuvo fiel a su tradición: conservadurismo y anticomunismo, en una línea nostálgica por aquel capitalismo semifeudal de antaño, un día sí y otro también.

Con la llegada de Nayib Bukele a la Presidencia, en 2019, y la ruptura del bipartidismo ARENA–FMLN, El Diario de Hoy no vio con buenos ojos al outsider que irrumpía en el poder, desplazando a los sectores tradicionales. Como reacción de la derecha era lógico que actuara así. Pero, poco a poco, aquel empresariado —otrora patrocinador de ARENA, su instrumento político— entró en un compás de espera y, en los últimos años, comenzó a leer con pragmatismo la nueva realidad política y social, marcada por la seguridad ciudadana y la mejora del clima de inversión.

La crisis ideológica de El Diario de Hoy está ahí: la derecha económica e intelectual a la que representaba ya no tiene motivos reales para oponerse al rumbo económico del país, ni tampoco para enarbolar la lucha contra un comunismo reducido a nada. Ese abandono ha dejado huérfano al periódico, que se quedó anclado en egos y personalismos, refunfuñando por lo perdido. Y es que resulta imposible sostener una política editorial únicamente sobre la base de la animadversión, que suele ser irracional. Dicho de modo sencillo: el “Nayib me cae mal” tiene serios límites de cara a los lectores.

Consciente del callejón ideológico y mercadológico en que se encuentra, El Diario de Hoy ensaya ahora una jugada de supervivencia: como no le trae cuenta mantener la línea dura de derecha, abraza un progresismo oportunista, en un afán de alcanzar nuevas audiencias. El fichaje del académico Óscar Picardo, junto con periodistas damnificados por el desfinanciamiento de medios digitales opositores, permite ver al periódico enmascarado, abanderando causas sociales legítimas que siempre despreció: derechos humanos, combate a la pobreza, dignificación del salario, derechos de los trabajadores, iglesia popular y progresista, revisión histórica de mitos nacionales, servicio doméstico no dignificado y... hasta Roque Dalton en portada.

“Se verán cosas, dice la Palabra”.

Allá quien les crea que lo hacen con honestidad intelectual.

Mi hipótesis es la siguiente: su objetivo estratégico es infiltrarse en públicos incautos y bienintencionados, para no desaparecer como medio ideológico y, llegado el momento, intentar arrastrarlos hacia su verdadero propósito político, que es minar al bukelismo.

A modus operandi se le llama "entrismo", una táctica trotskista.

Suerte con eso. 😉

lunes, 11 de noviembre de 2024

Marchas marchitas

Publicado en Diario El Salvador

La acción espontánea de salir a la calle a protestar tiene orígenes tan antiguos como las ciudades, pero no fue sino hasta el siglo XVIII, con el desarrollo del pensamiento ilustrado y el inicio de la Revolución Industrial, cuando este recurso pasó a ser un mecanismo organizado para expresar el apoyo o rechazo de la población hacia políticas y personajes públicos, así como para visibilizar y exigir reivindicaciones sociales.

En el transcurso del siglo XIX, las manifestaciones de calle se establecieron como el medio de lucha política por antonomasia para exigir derechos, quedando tal espíritu plasmado en el cuadro "La libertad guiando al pueblo", de Eugène Delacroix en 1830, el cual expresa un mensaje de lucha y unidad entre los distintos sectores sociales. Aquí en El Salvador, también hay un cuadro emblemático: el del pintor chileno Luis Vergara Ahumada, que representa de manera idealizada el primer grito de independencia (5 de noviembre de 1811), con la figura de José Matías Delgado y los demás próceres arengando a la multitud. En el imaginario popular, esta imagen acabó relacionándose con el texto del Acta de Independencia de Centroamérica (15 de septiembre de 1821), en donde se afirma la necesidad de concederla “para prevenir las consecuencias que serían terribles, en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo", como si una enorme manifestación popular hubiese forzado a hacerla.

En diferentes épocas de nuestra historia, hubo notables manifestaciones que se hicieron con el propósito de exigir derechos, pero el apogeo de las grandes marchas reivindicativas salvadoreñas puede situarse en un periodo específico: del 30 de julio de 1975 al 22 de enero de 1980, fecha esta última en que se registra la demostración más multitudinaria, con un estimado de 250,000 personas. Luego, durante la guerra civil, las manifestaciones de calle cedieron protagonismo a la lucha armada; después, ya finalizado el conflicto y durante la primera década de la posguerra, la izquierda volvió a tener alguna presencia en las calles, siendo 2002 el año en que logró volver a convocar a decenas de miles de personas enarbolando la bandera contra la privatización del sistema de salud, que pretendía el entonces presidente Francisco Flores.

¿Qué pasó después? Se puede plantear y argumentar la tesis de que las grandes marchas reivindicativas de la izquierda paulatinamente dejaron de tener relevancia, proceso que se completó precisamente durante los gobiernos del FMLN. Esto fue así porque llegaron al poder supuestamente como la vanguardia popular, abanderando las justas exigencias de muchos sectores sociales que confiaron en ellos; pero luego, durante dos quinquenios fue quedando claro no solo el alejamiento sino la traición de la dirigencia de ese partido a las aspiraciones populares, a tal punto que hoy nadie puede pensar seriamente en entregarle de nuevo su confianza a quienes así actuaron, aunque ofrezcan acompañar, se inmiscuyan o se suban al vagón de reclamos legítimos de ciertos sectores de la población. Incluso en un escenario hipotético de descontento social (que no es el caso actual), la gente sabe que volver a las calles bajo esa bandera rojiblanca no tendría mayor sentido.

El adjetivo “marchito” significa “ajado, falto de vigor y lozanía”, sinónimo de “mustio, lacio, lánguido, seco, deslucido, apagado, envejecido”. Este calificativo es aplicable plenamente a las marchas organizadas hoy por el FMLN, recurso ya anacrónico con el que buscan montarse con desesperación de supervivencia en cualquier vagón que huela a lucha social, para inyectarse algún tipo de sustancia milagrosa que revierta su decadencia como vanguardia social y rehacer acaso aquella aura redentora, perdida gracias a sus propias acciones destructivas, tanto hacia adentro como hacia afuera de sí mismos.

sábado, 15 de junio de 2024

Delfy: 22 de mayo de 1979

Publicado en ContraPunto

A primeras horas de la noche del 22 de mayo de 1979, un grupo de jóvenes manifestantes fue atacado por elementos de los cuerpos de seguridad del gobierno del general Carlos Humberto Romero. Varios murieron, entre ellos mi hermana Delfy Góchez Fernández, estudiante de Psicología de la UCA, quien estaba por cumplir 21 años.

Personalmente, el conocimiento e interpretación de las circunstancias que propiciaron su muerte ha sido un proceso lento y difícil, construido sobre la base de relatos y testimonios dispersos. Desde hace muchos años he tenido claro lo que ocurrió, lo cual pude confirmar posteriormente a través de publicaciones de personas que conocieron de primera mano los hechos, incluyendo algunas sobrevivientes.

El contexto social de 1979 en El Salvador y en toda la región era sumamente convulso. Desde hacía varios años, cinco organizaciones insurgentes se habían venido fortaleciendo, encaminadas a lanzar una ofensiva armada para derrocar a la dictadura militar, vía insurrección popular, ante la evidencia de que todos los espacios de oposición política pacífica habían sido cerrados de manera definitiva, brutal y sangrienta.

Del lado gubernamental, la única respuesta a las demandas sociales era la represión generalizada, incluyendo torturas y ejecuciones extrajudiciales. Los antecedentes del 30 de julio de 1975 y el 28 de febrero de 1977, cuando sendas manifestaciones de protesta habían sido disueltas por militares a balazo limpio en las calles de San Salvador, no habían dejado duda del talante criminal del régimen del coronel Arturo Armando Molina (1972-1977). Tal política continuó bajo el mandato del general Carlos Humberto Romero, quien ascendió al poder en 1977 de la misma forma que su antecesor: vía clamoroso fraude electoral y matanza en las calles.

Mi hermana Delfy había entrado a las luchas sociales a través de las Fuerzas Universitarias Revolucionarias “30 de julio” (FUR-30, con sede en la UCA), que eran parte del Bloque Popular Revolucionario (BPR), frente de masas de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL). Entiendo que en aquel momento era muy difícil mantenerse al margen de una aguda polarización política. En tal contexto, muchos optaron por incorporarse a dichas organizaciones, con la plena disposición de sacrificar sus vidas para alcanzar los nobles ideales de justicia y libertad. (Otra cosa muy distinta es el talante moral de algunos dirigentes de aquellas organizaciones, lo cual se fue revelando en el tiempo hasta confirmar las más amargas certezas.)

El martes 8 de mayo, dos semanas antes de la fecha que titula estos párrafos, un grupo de personas que ocupaban la catedral metropolitana fueron atacadas con armas de guerra por la policía, con saldo de varios muertos que quedaron tendidos sobre las gradas del templo católico. Este hecho dejó en claro una vez más el modus operandi de los cuerpos de seguridad del régimen: cualquier manifestación de protesta iba a ser tratada de la misma forma. A partir de entonces, esa era una verdad ineludible y de conocimiento obligatorio para la dirigencia de los grupos insurgentes, fuesen de la cúpula o de mandos medios.

Por esos días, un grupo de militantes del BPR ocuparon la embajada de Venezuela (colonia Escalón, San Salvador). con fines de protesta política y plantear reivindicaciones sociales. Los miembros del cuerpo diplomático, inicialmente retenidos por los activistas, habían logrado escapar del recinto. A la fecha del martes 22 de mayo, el local tenía cortados los suministros de agua potable y energía eléctrica; además, la sede estaba rodeada por un fuerte dispositivo de seguridad.

Ante tal situación, la dirigencia local del BPR decidió organizar una marcha para romper el cerco policial y extraer a sus compañeros de la embajada. Aunque la actividad fue promovida explícitamente como humanitaria para “llevar agua y alimentos” a los ocupantes, en realidad tenía un propósito militar de rescate.

El hecho es que el BPR, frente de masas de las FPL, mandó a un centenar de manifestantes, la gran mayoría desarmados, prácticamente como grupo de choque contra un cerco policial, a sabiendas de que los agentes del régimen tenían el aval para disparar sus fusiles de guerra G3, en espacio abierto y de manera indiscriminada, con toda la ventaja táctica, sin que necesariamente hubiese provocación de por medio.

En última instancia, yo respeto el compromiso que adquirió mi hermana Delfy en ese contexto social y dentro de la disciplina de la organización a la que pertenecía. Lo que no acepto es que aquellos dirigentes hayan enviado a tanta gente a esa misión, conscientes de que no tenían ninguna oportunidad de éxito y sabiendo que lo único que iba a producir eran muertos en las calles.

En lo que a mí concierne, tengo claro que la bala criminal que mató a mi hermana Delfy salió de un fusil de los cuerpos de seguridad del régimen asesino del general Carlos Humberto Romero; pero también sé que la planificación y el diseño culposo que la colocaron fatalmente en la trayectoria de una bala que todos sabían iba a ser disparada, fueron responsabilidad de la dirigencia de las FPL, a través de sus frentes de masas BPR y FUR-30.


lunes, 20 de noviembre de 2023

Aquellas cátedras

Publicado en Diario El Salvador

Pertenezco a la generación de estudiantes universitarios que tuvo la fortuna de asistir a las cátedras de realidad nacional que, a mediados de los ochenta, daba el sacerdote jesuita y filósofo Ignacio Ellacuría en el auditorio de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”.

Tales ejercicios analíticos se producían en medio de una prolongada guerra civil, financiada por las potencias protagonistas de la Guerra Fría pero peleada por los ejércitos locales: la Fuerza Armada gubernamental y la guerrilla del FMLN; cada bando con su respectivo aparato de información y propaganda (el Coprefa y la Radio Venceremos, los más emblemáticos).

En medio de una aguda polarización ideológica, aquellas cátedras tenían características únicas que las convertían en auténticos destellos iluminadores, en medio de la situación social y política progresivamente caótica y absurda de una guerra que, si bien pudo tener alguna justificación reivindicativa en sus orígenes, para entonces ya había perdido sentido.

El discurso social y político de Ellacuría no era perfecto (nada humano lo es y podría mencionar un par de deslices notables), sin embargo tenía tres ideales superiores, de búsqueda constante en su elaboración, que aun sabiéndolos imposibles de alcanzar en su totalidad, eran de presencia evidente en la raíz de su elaboración.

Lo primero era la búsqueda de la objetividad, con todo y los problemas filosóficos y dificultades ideológicas que esto plantea. Ellacuría se afanaba en fundamentar sus opiniones con datos ciertos; obtenidos, analizados e interpretados cuidadosamente. Claro que tenía sus simpatías y antipatías por causas y personajes de la época, pero jamás lo escuché emitir opinión pública a partir de la bilis o la simple animadversión. En sus alocuciones, nunca cedió a la fácil subjetividad, pese a que no le faltaron provocaciones.

Lo segundo era un claro afán de imparcialidad, evitando casarse con cualquiera de los bandos en conflicto: ni con la derecha, por contradicciones obvias, pero tampoco con la izquierda y su peligrosa propensión a instrumentalizar discursos y figuras. Él tuvo la valentía de confrontar y señalar el daño que hacían unos y otros, desde una ética cristiana comprometida hasta las últimas consecuencias.

En este punto, cabe traer a cuenta un concepto suyo muy relacionado con los dos ideales antes mencionados: la afirmación de que la universidad debe aportar elementos para entender la realidad y para transformarla, pero haciéndolo “universitariamente”; esto en referencia a mantener prudente distancia y no confundirse con las facciones políticas y, en cambio, esmerarse en ser rigurosa con el método de sus investigaciones y aportes.

Finalmente, el tercer elemento presente en sus análisis era la sintonía con el sentir de la población. Como hombre religioso, una de sus constantes búsquedas era la palabra y la voluntad de Dios, las cuales -según su convicción- no necesariamente estaban en las jerarquías y esquemas tradicionales, sino que muchas veces se manifestaban en la voz de los humildes.

Siendo Ellacuría una eminencia académica, jamás despreció el sentir y pensar de las personas sencillas o con menor nivel educativo; por el contrario, insistía en la importancia de “que el pueblo haga oír su voz” y ponía como prioridad el interés mayoritario de la gente en sus propuestas.

Más de treinta años han pasado desde que esas magníficas cátedras dejaron de existir. Al recordarlas hoy, en perspectiva histórica, es posible dimensionar mejor su real valor, no solo en su iluminadora presencia en aquella época, sino en su sentida y cada vez más notoria ausencia en las décadas posteriores.

Pero como el lamento es solo nostalgia, más vale centrarse en el reto actual, que es mantener vigentes en todo análisis de la realidad nacional los ideales que inspiraron a aquel notable intelectual: la búsqueda de objetividad, el afán de imparcialidad y, ante todo, las aspiraciones populares como eje orientador.

jueves, 14 de septiembre de 2023

El sentido de celebrar la independencia

Publicado en Diario El Salvador

Las celebraciones de la independencia ocurren en todos los países que alguna vez fueron colonias de pasados imperios, celebrando así el nacimiento de ese colectivo como nación. Sin embargo, por realizarse de manera casi automática, muchas veces se olvida actualizar su sentido, siendo necesario volver a reflexionar sobre la identidad nacional y su historia.

Hasta hace unos setenta años, el discurso oficial dictaba una visión romántica de la independencia, según la cual un grupo de nobles patriotas —liderados por el presbítero José Matías Delgado y henchidos de ideales— arriesgaron sus vidas para darle al pueblo la ansiada libertad, quebrando así el yugo español. La visualización de ese mito está en un famoso cuadro del pintor chileno Luis Vergara Ahumada, donde se ve a Delgado arengando a la extasiada multitud (brazo extendido señalando al futuro), composición gráfica que llegó al pueblo impresa en los antiguos billetes de cinco colones.

Sin embargo, a mediados de los años cincuenta comenzó una calculada labor de demolición de la cultura tradicional (entendida como “ideología” en el sentido de representación falsa de la realidad), aparejada al surgimiento de las organizaciones políticas y militares de izquierda. El primer símbolo artístico relevante que representó ese quiebre fue el poema-discurso “Patria exacta”, de Oswaldo Escobar Velado (agria y desgarradora contracara de la “Oración a la bandera”); mientras que el libro más demoledor fue la monografía El Salvador, de Roque Dalton, publicada por el sello cubano Casa de las Américas en 1963 (prácticamente la base y preludio académico de Las historias prohibidas del Pulgarcito, su obra contracultural más representativa).

Como resultado de lo anterior, durante las convulsas décadas de los setentas y ochentas las celebraciones patrias fueron cayendo en descrédito ante muchos sectores de la población. Los próceres perdieron su aura mística y pasaron a ser vistos como una élite criolla de gestores de una independencia conveniente solo para sus intereses económicos, los fundadores del estado semifeudal oligárquico que se perpetuó por décadas a base de negarle sus derechos a las mayorías. En este afán, hasta hubo activistas radicales de izquierda que quemaron la bandera nacional, en señal de repudio al statu quo.

Finalizada la guerra civil, las celebraciones de la independencia resurgieron en medio de los escombros de la demolición que supusieron 12 años de matanza inútil y más de 80,000 víctimas mortales. El azul y blanco fue abrazado entonces de manera universal por los salvadoreños en un soñado reencuentro.

Tristemente, las dos décadas y media de progresiva decepción política y descomposición social que siguieron a la firma de los Acuerdos de Chapultepec fueron creando una mancha degradante para el orgullo nacional. Identificarse como salvadoreño implicó evocar irremediablemente a la capital mundial de los homicidios y el reino de la más salvaje impunidad, provocando incontables expresiones de desazón; sin embargo, nuestros símbolos patrios pervivieron como una declaración implícita de perseverancia y fidelidad a los ideales de un mejor destino.

Hoy, a 202 años del acta de independencia de Centroamérica, el entusiasmo por la celebración de la existencia de este colectivo llamado República de El Salvador ya no depende de los dudosos motivos por los que actuaron los próceres. Nuestras celebraciones y símbolos han sobrevivido a tantas estocadas porque los colectivos no pueden existir sin una identidad, aunque sus orígenes hayan sido polémicos. Gestos tan sinceros como el canto fervoroso del Himno Nacional, enarbolar jubilosos nuestra bandera y declarar con orgullo nuestra nacionalidad en cualquier rincón de la tierra representan ahora la esperanza vigente en la inmensa mayoría, por recorrer el camino definitivo hacia la emancipación de los grandes males históricos que han bloqueado sus más caras aspiraciones.


jueves, 15 de octubre de 2015

El golpe del 15 de octubre de 1979

Temerosos del eventual triunfo de una insurrección armada (como recién había ocurrido en Nicaragua) el 15 de octubre de 1979 un grupo de oficiales de la Fuerza Armada de El Salvador, con la aquiescencia y asesoría del gobierno de los Estados Unidos de América (presidido por Jimmy Carter), dio un golpe de estado al régimen militar del Gral. Carlos Humberto Romero, sin disparar una sola bala.

La estrategia era evitar el triunfo de la subversión quitándole sus banderas reivindicativas, concediendo algunas demandas entonces consideradas imprescindibles para la transformación de la estructura económica y política del país.

Sin embargo, también querían dejar claro que en esas transformaciones las organizaciones de izquierda no iban a tomar demasiado protagonismo ni mucho menos desbordarse en sus ímpetus revolucionarios.

Tras algunas semanas de escépticas expectativas, relativa tranquilidad y apertura de espacios de expresión pública, el proyecto colapsó, víctima de sus propias incoherencias, indecisiones y contradicciones.

Aunque la oligarquía y la extrema derecha habían perdido temporalmente el control formal del ejército, aumentó la represión política y creció exponencialmente la actividad ilegal de los grupos paramilitares (los infames “escuadrones de la muerte), que no solo asesinaban selectivamente a sospechosos de ser opositores, sino incluso llegaron a cometer masacres en las calles de San Salvador (como la del 22 de enero de 1980).

En pocos meses se sucedieron renuncias y más renuncias de funcionarios progresistas incorporados a un proyecto político que nació muerto.

Por su parte, la naciente guerrilla preparaba ya, bajo un mando unificado impuesto desde Cuba, un levantamiento popular (que nunca se produjo) y su ofensiva final (que resultó ser la inicial).

El 24 de marzo de 1980, bajo un completo caos de autoridad política y violencia generalizada, cae asesinado Monseñor Óscar Arnulfo Romero, un día después de hacer un llamado a las bases del ejército, la guardia y la policía, para que cesaran de matar a su mismo pueblo.

En la práctica, el golpe de estado 15/10/79 sirvió para desengañar pacifistas y optimistas, es decir, para demostrar que ninguno de los sectores enfrentados estaba dispuesto a resolver la coyuntura de forma dialogada, bien porque se negaban a ceder privilegios, bien porque las concesiones eran demasiado pocas.

Esa fue la última oportunidad perdida para evitar la guerra civil.

El Capítulo IX del libro Función política del ejército salvadoreño en el presente siglo, del Tte. Coronel Mariano Castro Morán (Premio Nacional de Ensayo UCA Editores 1983), dedica 90 páginas al análisis de tal golpe de estado, su génesis, características contraditorias y desenlace, debidamente documentado con citas y testimonios.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

La mano detrás de los hilos

¿Cómo urdir un engaño sin decir mentiras? Basta seleccionar cómo y en qué momento decir los trozos convenientes de la verdad. Tal es el procedimiento usado en el documental “El Salvador: archivos perdidos del conflicto”, filme ya comentado en una entrada anterior.

Me ocuparé aquí de sólo un caso, a modo de ilustración, uno solo entre las muchas distorsiones que allí aparecen, logradas a partir de la organización del contenido, distribución de tiempos y énfasis, selección e inserción de imágenes y, sobre todo, graves y perversas omisiones.

El efecto buscado se logra audiovisualmente, pero como no disponemos del video, nos limitamos a la transcripción literal a manera de guion.


Tema: represión contra manifestaciones (San Salvador, 1979).

Duración del segmento: 4 minutos y 27 segundos.


Eduardo Vásquez-Bécker h.:

- El país vivía en ese momento una inestabilidad total. Todos los días había actos de violencia, quemaban buses, había manifestaciones, asaltaban comercios, asaltaban bancos.

Imágenes del noticiario Teleprensa, tomas lejanas, con la voz en off del reportero Deleón.

Deleón:

- Nos acercaremos más para que… Están los radiopatrullas… que se apostan ya para tirar. La policía está con chalecos salvavidas… A nosotros, Dios nos protege.

Corte, van al set.

Cristiani:

- Era de las cosas que más impactaban, ver escenas en televisión, de balaceras… de uno y otro lado, no sólo las fuerzas de seguridad iban armadas, entre los manifestantes había gente bien colocada que también iba armada y les respondía.

Tomas de video confusas, lejanas, gente corriendo en las calles.
Corte, van al set.

(Uno de los gemelos) Samayoa:

- En ese momento creían que la manera de que no hubiera protesta era matando a los dirigentes de la protesta, no solucionando lo que había que solucionar para que no hubiera protesta. Te agarraban a balazos… y entonces, ¿cómo hacemos, pues? Si yo quiero hacer las cosas en paz pero me estás agarrando a balazos sólo porque protesto, así sí ya no se puede.

Más tomas de video lejanas, confusas.

Voz en off:

- Estamos situados en el centro de la ciudad… no hemos logrado ninguna comunicación ni mayores informes… sólo nos permitimos presentarles estas escenas.

Toma larga de dos jóvenes manifestantes armados con revólveres, huyendo por las calles de la ciudad.

Voz en off:

- Bajate a la orilla… aquí, atrás ….

Corte, van al set.

Oscar Ortiz:

- Yo fui de los fundadores del movimiento estudiantil, con mi hermano Fidel, que era dos años mayor que yo, y fuimos del primer círculo de estudiantes de (educación) media y de (educación) básica. Yo estaba en 9º grado, y empezaba de esa manera el movimiento estudiantil; en realidad, era toda una generación que empezaba ya a cuestionar cosas.

Video de la época, entrevista a un manifestante huyendo de la represión.

Manifestante:

- Nosotros veníamos saliendo específicamente del Ministerio de Educación, después de haber planteado nuestras demandas, específicamente con la presión del pueblo, del estudiante de secundaria, logramos nuestras peticiones.

Deleón:

- ¿Dónde fueron atacados?

Manifestante:

- A la altura de la iglesia “San Francisco”.

Corte, van al set.

General Gustavo Perdomo:

- ¿Qué sucedía? Andaban cinco, uno andaba armado, los otros cuatro no, entonces usted dispara, en una de esas le dispara un policía o un guardia, y el de a la par recoge el arma y se la lleva, entonces el tipo aparece “inocente”. Lo que pasa es que dentro de la lucha revolucionaria deben de crear mártires. Era un gran “éxito” que hubieran muertos así, y de preferencia no les pudieran agarrar el arma como evidencia de que andaban armados. Ese “pequeño detalle” no lo mencionan.

Imágenes de entierro de algunos manifestantes muertos en las calles.

Voz en megáfono:

- Compañeros: en este momento, la combatividad de las masas debe hacerse presente con su disciplina revolucionaria…

Corte, van al set.

Ana Guadalupe Martínez (excomandante del ERP, hoy en el PDC).

- Ese conjunto de milicianos y de milicias que acompañaban las manifestaciones en las calles de San Salvador, que se enfrentaban a la Guardia y a la Policía, y así el movimiento guerrillero urbano se empezó a fortalecer de una manera… fuerte.

Imagen de la época, un hombre con el rostro cubierto por un pañuelo, tañendo las campanas de una iglesia no identificada, tomada por manifestantes como acto de protesta. Luego, manifestantes.

Voz en megáfono:

- Las Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional hacen el llamado a que empecemos a forjar las milicias populares.


Tesis narrativa subyacente

Con el párrafo introductorio de Vásquez-Bécker Salgado, se etiquetan las manifestaciones de protesta como actos vandálicos, no de protesta legítima, pese a la tibia declaración de Samayoa. Por su parte y con distintos estilos, Cristiani y el general Perdomo insisten en que no eran manifestaciones pacíficas sino armadas, justificando con ello que los Cuerpos de Seguridad y el Ejército actuaran contra ellos. Esto se prueba con la larga toma de video de jóvenes revolucionados corriendo por las calles, armados con un revólver. No se ven las armas de guerra del Ejército ni las tanquetas contra la manifestación. Según el militar, la responsabilidad de los muertos por la represión no es de los actos represivos del Estado sino de los dirigentes de izquierda que buscaban crear mártires. En ese contexto argumentativo, la intervención anecdótica de Óscar Ortiz, las declaraciones de la excomandante Martínez y las exhortaciones por megáfono para radicalizar la lucha armada “confirman” la tesis planteada.

Qué está invisibilizado

a) Los motivos de las protestas en las calles: denunciar la constante represión ilegal (muertes, desapariciones y torturas ampliamente documentadas) e incluso “legal”, ésta amparada en la Ley de Defensa y Garantía del Orden Público, de corte fascista, que permitía -entre otras cosas- encarcelar indefinidamente y sin el debido proceso a personas sospechosas de ser subversivas, bastando para ello que fueran señalados por informantes (los tristemente célebres “orejas”).

b) Hechos como el ataque a mansalva sufrido por manifestantes sentados en las gradas de Catedral Metropolitana el 8 de mayo de 1979. De esto hay videos y fotografías donde se ve con claridad a agentes de la Policía disparando indiscriminadamente contra la multitud. Dando clic en la siguiente fotografía se accede al testimonio del fotoperiodista Ken Hawkins. Esta es apenas una muestra del estilo de la represión estatal de la época, que inició el 30 de julio de 1975 con la masacre de los estudiantes universitarios en la 25ª avenida norte.

Como decía el poeta, “así camina la mentira entre nosotros”; pero también dice la voz popular: "la mentira tiene patas cortas".

martes, 18 de marzo de 2014

La etiqueta comunista

En El Salvador, el anticomunismo produjo mucha más muerte, dolor y sufrimiento que el comunismo.

Sin pretender una exhaustiva demostración histórica (que se derivaría de una apropiada investigación), baste señalar que el informe de la Comisión de la Verdad, creada en el contexto de los Acuerdos de Paz de la guerra civil salvadoreña en 1992, estimó que aproximadamente el 85% de las violaciones a los Derechos Humanos de personas civiles durante el conflicto fueron responsabilidad del ejército salvadoreño, que combatió a la guerrilla en nombre del anticomunismo y la “doctrina de la seguridad nacional”, apoyado por el gobierno de los Estados Unidos de América en el contexto de la Guerra Fría.

El citado informe no da cuenta del cúmulo de las torturas, violaciones, desapariciones forzadas, ejecuciones sumarias y persecución generalizada contra la oposición política desatada por la extrema derecha antes de 1980. El estilo de los gobiernos dictatoriales del periodo 1931-1979, fiel reflejo de sus patrocinadores del sector económicamente más poderoso e ideológicamente intolerante, fue tildar de “comunista” a toda oposición real o supuesta, así fuera por la sola presunción o sospecha.

Así, de “ser comunista” se acusó a religiosos/as cristianos, políticos/as socialdemócratas, campesinos/as pobres que reclamaban sus derechos constitucionales, sindicalistas, defensores de los Derechos Humanos, artistas, etc., y eso en aquellos tiempos equivalía prácticamente a una sentencia de muerte. Esto llevó a la escalada represiva antes aludida, tanto por parte de los organismos estatales llamados “cuerpos de seguridad”, como de grupos paramilitares asesinos.

La denuncia de estos vejámenes llevó a Monseñor Romero a pronunciar estas palabras:

Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército, y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la Policía, de los cuarteles… Hermanos: son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos… y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice ‘no matar’. (…) En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico… les ruego… les ordeno en nombre de Dios, ¡cesen la represión!”

El partido político Alianza Republicana Nacionalista, fundado en 1981 por un funcionario de los regímenes militares anteriores, enarboló la bandera anticomunista desde su mismo origen, bajo el lema de “¡Patria sí, comunismo no!” y con un himno que aún clama: “El Salvador será la tumba donde los rojos terminarán”.

Los “rojos” son los comunistas, pero en esta obsesión el ejército salvadoreño y sus patrocinadores cometieron crímenes de lesa humanidad, como la masacre de El Mozote y el asesinato de los jesuitas de la UCA. Ni ellos ni la inmensa mayoría de las miles de víctimas civiles durante la década de la guerra eran comunistas, pero aún si lo hubieran sido eso no justificaría a los perpetradores de tales homicidios.

Muchas personas, por afanes ideológicos, ante esta verdad histórica responden que la amenaza del comunismo fue real y aún hoy está vigente. Dicen que antes se actuó "defendiendo a la patria" y llaman la atención sobre el daño causado por la guerrilla.

Sobre esto, cabe puntualizar lo siguiente: cierto es que uno de los cinco grupos rebeldes que integró la guerrilla del FMLN fue el Partido Comunista; también es verdad que las Fuerzas Populares de Liberación “Farabundo Martí”, el grupo armado más fuerte, se nutrió ideológicamente de los escritos de Marx y Lenin, tomando como el ejemplo y utopía la revolución cubana. Tampoco se puede negar que muchos/as combatientes y simpatizantes de izquierda hicieron del marxismo una profesión de fe y aún la mantienen.

Sin embargo, pese a dicha raíz ideológica (que no es la única ni quizá la principal), el FMLN actual no llegó al gobierno en 2009 ni la ha revalidado electoralmente en 2014 agitando la bandera del comunismo, sino sobre la base de la Constitución Política salvadoreña, cuyo sistema de gobierno es republicano, democrático y representativo, incompatible con el esquema de partido único oficial.

Lo anterior significa, ni más ni menos, que en El Salvador se puede ser comunista pero no se puede instaurar el comunismo.

Muchos dirán, con razón y fundamento, que el comunismo produjo graves males en otros países del mundo y que la guerra civil salvadoreña no fue una batalla caricaturesca de “buenos” contra “malos”, pues también es demostrable que la insurgencia armada causó daño y cometió crímenes (“nadie sale de una guerra con las manos limpias”).

De acuerdo, pero en lo que a nosotros respecta y al ponerlo todo en la balanza, quedamos en lo dicho al principio: en El Salvador, el anticomunismo produjo mucha más muerte, dolor y sufrimiento que el comunismo.

Así pues, sea muy prudente al usar dicha etiqueta.

domingo, 25 de agosto de 2013

No hay infalibilidad roqueana

Las pesquisas literarias de Rafael Lara Martínez y las investigaciones documentales de Carlos Cañas-Dinarte han revelado la falsa autoría del apelativo “El Pulgarcito de América” para la República de El Salvador, que la voz popular atribuye a la poetisa chilena Gabriela Mistral, Premio Nobel de Literatura, cuando en realidad es del escritor salvadoreño Julio Enrique Ávila.

La validación de esa creencia generalmente se remonta al libro de Roque Dalton “Las historias prohibidas del Pulgarcito”, en donde aparece como epígrafe la supuesta afirmación de Gabriela Mistral: “El Salvador es el Pulgarcito de América”, lo cual, a la luz de lo expuesto, constituye la legitimación de un error cultural.

Sin embargo, en el texto de Lara Martínez donde cuenta este hallazgo lanzan una hipótesis temeraria: que el propio Dalton sabía del engaño y lo puso allí con intenciones cuya explicación resulta, por decir lo menos, un tanto enredada.

¿Por qué no admitir que Dalton (al igual que todos nosotros en algún momento) tomó equivocadamente como cierto dicho engaño?

En abono de lo anterior, cito un fragmento de la novela de Dalton, “Pobrecito poeta que era yo” (EDUCA, Centroamérica, 1976) en la página 16:

… y entre aferramientos -conmovedores como un archipiélago recién bombardeado, no lo niego- a la creencia de que todo lo bueno viene en frascos chiquitos (el Pulgarcito de América, ay no tú, carajo, no hay derecho de que esa vieja cerota nos haya ninguneado así por el camino del muchacho a quien consolamos diciendo: “No, mijito, qué va, qué vas a ser cabezón”) vamos ostentando (llamando a piedad, cherito, a piedad que ha tenido que aguantarse la risa) esta terrible naturaleza de enanos con demasiada sangre…

A mi parecer y por el contexto en donde se dice, queda claro aquí que Dalton sí asumió como cierta la autoría apócrifa. Que no haya, pues, dogma de infalibilidad roqueana.

martes, 9 de octubre de 2012

Los "modernos" fundamentos de la Patria

Husmeando por la sección de Colecciones Especiales de la UCA, por casualidad cayó en mis manos una recopilación de periódicos de la Guanaxia Irredenta de mediados del siglo XIX. Allí me enteré de que el artículo 307 del Código Penal de 1846 decía lo siguiente:

Si un eclesiástico secular o regular, abusando de su ministerio en sermón o discurso al pueblo, o edicto, carta pastoral u otro escrito oficial, censurase o calificare como contrarios a la religión o a los principios de moral evangélica las operaciones o providencias de cualquiera autoridad pública, sufrirá una reclusión de dos a seis años, y se le ocuparán sus temporalidades.

Si denigrare con alguna de estas calificaciones al Cuerpo Legislativo o al Presidente de la República o Jefe Supremo del Estado, será extrañado de él para siempre, y se le ocuparán también sus temporalidades.

Este y otros artículos del mismo tono estaban dirigidos a un clero que, al parecer, se metía bastante en política, para bien y para mal. Como el principio de separación entre Iglesia y Estado se clama o se soslaya según convenga a unos u otros intereses, habría que ver cuál era el pleito coyuntural del momento. Sin embargo, llama la atención que, por decreto, aquel incipiente y caótico Estado se invistiese a sí mismo de moralidad absoluta y, además, extendiera su escudo a sus inmaculados funcionarios.

¡Chulada de leyes las que teníamos en aquella época!

Lo bueno es que ya no están vigentes; lo malo es que, por lo visto, hay quienes aún hoy las añoran.

domingo, 22 de enero de 2012

De la historia ideologizada

En la reciente conmemoración de los veinte años de la firma de los Acuerdos de Paz quedó claro que la guerra aún persiste en la mente de muchas personas. Las reacciones de varios antiguos militares y sus adeptos ante el perdón oficial solicitado por el Presidente de la República en el caso de la masacre de El Mozote reveló, además, que los autores de tales crímenes continúan negándolos y justificándolos, siendo evidente que no tienen la menor intención de reconocer su responsabilidad y mucho menos de pedir el perdón que deberían. Por su parte, el Presidente de la Asamblea Legislativa, excombatiente de la guerrilla, dijo con toda tranquilidad que ellos, el otro bando en conflicto, tienen "las manos limpias", como si una guerra como la que hubo en El Salvador se hubiera librado entre "buenos" y "malos", al peor estilo de los comunicados del Comité de Prensa de la Fuerza Armada y de la Radio Venceremos.

En 2012 también se cumplen ochenta años del levantamiento campesino de 1932 en la región occidental del país, hecho que fue violentamente reprimido bajo el mando del General Maximiliano Hernández Martínez, con un saldo de muertos cuyo número varía entre los 5,000 mencionados en un comunicado de aquel gobierno y los 30,000 que citan fuentes ligadas a la izquierda; en cualquier caso casi la totalidad de fallecidos fue producto de una cacería étnica que se prolongó por más de un mes. No obstante la distancia temporal de aquel hecho, la izquierda pero especialmente la derecha recalcitrante continúan reproduciendo versiones ideologizadas sobre el tema. A ambos grupos les convendría leer "Cenizas de Izalco", de Darwin Flakoll y Claribel Alegría, pero sobre todo la más exacta interpretación histórica del hecho, que es el octavo capítulo de "Catleya Luna", novela de Salarrué, titulado "La repunta".

Visto lo visto, me pregunto entonces ¿cuántas generaciones habrán de pasar para llegar al tiempo de la reconciliación?