lunes, 29 de diciembre de 2014

Una instrumental

De las casi cuarenta canciones que he compuesto en mi vida, hay unas cuantas que siempre se resistieron a tener letra. Intentos no faltaron, pero el resultado nunca me satisfizo, bien porque los conceptos vertidos en la melodía no resultaban coherentes, bien porque ya con la sola voz imaginada de alguien acababan perdiéndose ciertas delicias armónicas que uno siempre coloca como a escondidas, pero cuyo efecto no pasa desapercibido.

Así pues, esas canciones quedaron sencillamente como instrumentales.

En 2007 incluí dos de ellas en mi disco No hemos olvidado: el “Tema personal de RFG” y “Niña Esperanza”, pero esta última acabó teniendo letra unos años después, así que no cuenta. Luego en 2010 puse “Dedicatoria” dentro de La vida llama, disco de Balada Poética. Hay otra pieza que aún está inédita, llamada “Tierra adentro”, que espero dar a conocer en su oportunidad. En mi corta etapa de pianista de restaurante, ellas estaban en mi repertorio, aunque naturalmente nadie de los comensales se daba cuenta.

Tengo a bien dejar aquí el "Tema personal de RFG", para quienes gusten de escucharlo. No sé si alguna vez podré disponer de una orquesta real -muy al estilo de aquellas antiguas grandes como las de Paul Muriat o Bert Kaempfert- para que mi canción suene "en vivo" con toda la gama de timbres, pero para mientras, nos arreglamos con los recursos digitales.


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jueves, 25 de diciembre de 2014

Enredémoslo para que quede claro

La convocatoria "revisada y corregida" para los Juegos Florales 2015, lanzada por la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la República a través de la Comisión Nacional Organizadora de los Juegos Florales de El Salvador, no es precisamente un dechado de economía de lenguaje, claridad conceptual y eficiencia institucional, pues en su conjunto refleja cierta necedad, un poco de enredo mental, algún descuido y hasta un involuntario espíritu de comedia.

La necedad más notoria plasmada en el documento es seguir negándose a poner sin ambages como requisito que la obra sea “original del participante”, omisión que en la edición 2012 bien pudo haber utilizado el ya célebre Mario Rojas para justificar la estafa literaria que cometió. En aquella ocasión, más allá de su bellaquería, el implicado puso en notorio ridículo a los organizadores, quienes en la revocatoria de aquel malogrado premio sólo pudieron alegar, conforme a las bases, que ese trabajo “no era inédito”. Para prevenir cualquier nuevo engaño esta vez se pusieron bien atentos e incorporaron como novedad el requisito de “no ser plagio”.

Luego de varios meses de intensos análisis, la tal Comisión -supongo que en conjunto con la Dirección de Letras de Secultura- logró plasmar otras excelencias verbales en las nuevas bases, como esa que dice: “podrán participar todos los autores salvadoreños de nacimiento, residentes en el país o en el extranjero, así como naturalizados salvadoreños, mayores de 18 años, sin importar su afiliación política o religiosa”. La formulación podría ser algo peor, pero también les bastaría haber escrito simplemente esto: “podrán participar todos los autores salvadoreños mayores de 18 años”, con las excepciones mencionadas en el numeral once.

Lo demás no sé si fue por por magnanimidad o espíritu progresista, pues quisieron reconocer y dejar establecida la libertad de “afiliación política o religiosa” de los participantes. Ya que estaban en esa labor bien pudieron haber insistido en que “tampoco se discriminará por raza, orientación sexual, estrato social, condición económica, estado civil o afición futbolística”, así nadie se siente excluido.

En el tercer numeral vuelven a la carga con que los trabajos no “hayan sido difundidos por medios físicos o electrónicos”. ¿Y no habían dicho ya en el numeral dos que debían ser inéditos, pues? A menos que se refieran a que no los debe haber conocido de primera mano ninguna otra persona distinta al autor, mucho menos los miembros del jurado, pero eso es otra cosa. En ese mismo párrafo piden que “no estén compitiendo en otros certámenes”, requisito ocioso por cuanto no me imagino cómo podrían verificarlo.

Ya que mencionamos al jurado calificador, es curioso que no se diga nada al respecto. Uno supone que ha de existir tal instancia y ciertamente no estaría de más una cláusula redactada en estos términos: "Los organizadores delegarán la tarea de elegir al ganador a un jurado calificador, el cual estará formado por cuatro personas idóneas cuya identidad se reservará hasta que se publique su fallo, que será definitivo e inapelable". Pero ya pensándolo bien, esta omisión es comprensible, pues con la política de no pagar por ese trabajo especializado aún es incierto que encuentren personas idóneas para hacerlo de gratis.

Hay otros gallitos, como cuando especifican las extensiones requeridas para todos los géneros convocados... excepto para novela corta. Uno sigue leyendo y no entiende exactamente qué es eso de presentar los trabajos en “formato tipo Word”. ¿Qué pasa si alguien lo hace en OpenOffice o en máquina de escribir IBM? ¿Y si fuera una antigüedad mecánica como una Underwood o Remington?

No faltan las indicaciones repetitivas y contradictorias a la vez, como la del numeral siete (“en la portada de cada copia debe estar escrito el título de la obra y el seudónimo del autor”) y la del numeral ocho (una “carátula en la cual se indique la rama en que participa, título de la obra y seudónimo”). O sea: ¿quieren que vaya o no la rama?

Otra cuenta más del rosario es el término “plica cerrada”, el cual es redundante (pues una plica es, precisamente, un “sobre cerrado y sellado en que se reserva algún documento o noticia que no debe publicarse hasta fecha u ocasión determinada”). Créanme: está en el mataburros.

Si en el numeral cuatro piden que presenten los trabajos personalmente o que los envíen por correo certificado, sale sobrando el numeral doce (“no se aceptarán trabajos enviados por e-mail”); pero si a esas nos vamos, hubieran dicho algunas otras formas en que tampoco recibirán obras, por ejemplo: enviadas a través de un amigo, deslizados subrepticiamente por debajo de la puerta, etc. En este punto, es un enigma saber si en el plazo de recepción cuenta o no la fecha de envío, conforme al sello de la oficina de correos.

En el numeral trece les faltó especificar que al finalizar el certamen incinerarán los trabajos “no premiados”, para que no se entienda que quemarán hasta al galardonado. Eso sí: den parte anticipada al Cuerpo de Bomberos Nacionales, no vaya a ser y la pira se les salga de control.

Valga lo siguiente como aviso: pese a la corrección gramatical de los nombres de género no marcado (como “escritores” para referirse a “hombres y mujeres que escriben”), esperen más de una protesta por la falta de lenguaje inclusivo, mas no seré yo quien la haga.

¡Ah, pero no todo es crítica! Admito que añadir al final la exigencia de una declaración jurada haciendo constar por enésima vez que la obra “es inédita" y -¡oh, finalmente!- "de su autoría” es un avance significativo. Eso sí: debieron advertir -visto lo visto- que de comprobarse lo contrario el infractor quedará sujeto a demanda judicial y no se admitirá en su descargo que esté haciendo un perfomance.

Ahi me cuentan si no se les pasó algún otro detallito.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Carta a los Reyes Magos

Estimados Reyes Magos:

Reciban un atento saludo desde la Guanaxia Irredenta.

Es la primera vez que les pido algo, pues mis cartas de infancia iban dirigidas a Santa Claus; sin embargo, como he leído en redes sociales que esa costumbre es imperialista, alienante o hasta satánica, mejor me atengo a la tradición de sus regalos, pese a que encuentro alguna contradicción en eso del oro.

Pero no nos metamos en berenjenales religiosos y pasemos a mi wish list.

Son diez regalitos, pero no vayan a creer que ando de abusivo. Lo que sucede es que a uno se le abre el apetito si a la par están comiendo, y uno ve y oye que las cosas solicitadas se les dan a ciertas personas por estos lares. Digo yo que nada se pierde con caer en el vicio de pedir, allá ustedes cómo administren la virtud de no dar.

Así pues, para el próximo año me gustaría lo siguiente:

Una columna permanente en un periódico de gran circulación, para publicar como si fueran temas de interés nacional las efusiones más febriles de mis íntimos fanatismos religiosos y políticos (o sus respectivas antítesis).

Un cargo de concejal en un municipio donde yo pueda autorizar eventos extremos (algo así como la versión tecleña de "Fast and furious"), aunque no esté facultado por la ley para hacerlo y sin que me quite el sueño la seguridad ciudadana, sólo para cumplir mis caprichos o los de mis cheros.

Un juez (en lo posible, con nombre de marca de jeans) que me garantice arresto domiciliario y permanentes controles de salud institucionales, en el nefasto e improbable caso de que se me acusare de algún delito que, por supuesto, declararé solemne y sonriente no haber cometido jamás.

Un look de chico guapo, mesiánico y que enamore multitudes con un discurso inspirado en Arjona, Coelho y Gloria Estefan. No incluyo en el combo “la boda del año” porque la mía fue hace muchos años y no fue parte de ninguna campaña polìtica.

Un grupo de patrocinadores para un documental (de preferencia, trilogía fílmica) sobre hechos históricos, presentados a mi conveniencia ideológica pero haciéndolo pasar por objetivo y equilibrado, a ver si así logro engancharme a alguna gente incauta.

Un hábito de ahorro tan constante y disciplinado como el de un diputado que, sobre esta base, pudo comprar en efectivo unos terrenitos de una institución estatal, que se los dio en rebaja “por ser usted”.

Una imaginación retorcida y truculenta como la del candidato que no ganó la presidencia, para escribir libretos de conspiraciones y fraudes electorales, con testigos falsos y encapuchados incluidos. Con suerte, tal vez algún productor de teleseries baratas o películas "B" las lleva a la pantalla.

Una expresión histriónica, desorbitada e indignada, como la de aquel joven plagiario literario cuando se defendió, atacando con su supuesto perfomance artístico.

Un redondel, calle, auditorio, cuartel, monumento o parque al que pueda bautizar con el nombre de algún personaje siniestro de nuestra historia, sólo por molestar.

Y por último, un bajo perfil público, como de expresidente a quien todos quieren olvidar, pues no ha de ser ninguna gracia que a uno le anden ventilando sus intimidades, menos si son de aquellas que... ve'á.

Atentamente,

RFG

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Posdata: si no se puede nada de lo anterior, aunque sea regálenme un banner como el de Bonner.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Negligencia criminal a 120 km/h

El domingo 21 de diciembre al final de la tarde, en una competencia de cuarto de milla dentro de la calle principal de la ciudad de Santa Tecla, se produjo un accidente que cobró la vida de dos personas y lesionó gravemente a otras cuatro.

Pero llamarlo "accidente” es una falacia, pues en realidad no fue tal cosa, sino pura y llana negligencia criminal que en cualquier país civilizado merecería por lo menos responsabilidad civil y penal para los organizadores del evento, un grupo llamado Drag Tecleño (aunque en un primer momento también se mencionó a la revista Todomotor, pero ellos alegan que solo daban cobertura periodística) y además a las autoridades competentes, concretamente la Alcaldía Municipal de la localidad y la División de Tránsito de la Policía Nacional Civil.

El común de las gentes cree que los accidentes son fortuitos y se refieren a ellos en términos de “desgracia”, “mala suerte” o incluso “cosas de Dios”, cuando en realidad obedecen a causas totalmente terrenales que en la mayoría de casos se pueden prevenir. La negligencia criminal ocurre precisamente cuando ciertas personas no actuaron de una manera “razonable y prudente” para evitar el peligro.

Hay por lo menos cinco factores causales de estas muertes, analicémoslo brevemente.

1. La ubicación del público

A la gente se le convocó para escuchar el rugir de los motores y sentir la adrenalina. No había valla de seguridad ni tampoco una distancia prudencial con la pista. Algunas personas bajaban a la calle para asomarse y ver venir a los carros, se subían a la acera al pasar estos y luego volvían a la calle para verlos alejarse.

El solo hecho de efectuar la competencia en estas condiciones es de por sí un atentado contra la seguridad ciudadana, pero esto fue avalado por las autoridades “competentes”, a ciencia y paciencia de los agentes policiales.

2. Los vehículos participantes

La mayoría de estos vehículos son modificados en cualquier taller a solicitud de su propietario, para permitirles alcanzar mayor velocidad. Tienen placas particulares, no son profesionales ni están debidamente supervisados. Les arreglan el motor para darles mayor potencia y les quitan partes de la carrocería para aligerar su peso.

Se olvidan así de la avanzada ingeniería que hay detrás de la fabricación de todo vehículo, en donde se consideran escrupulosamente las relaciones estructurales entre su peso, superficie de contacto, cilindrada, tipo de llantas, mecanismo de frenado, dirección, etc.

Modificarlo al tanteo o a lo loco, como es lo usual aquí, aumenta significativamente el riesgo de accidentes.

3. Los pilotos

Dudo que estos pilotos hayan recibido una capacitación adecuada y sistemática. Se trata de aficionados, espontáneos amantes de la velocidad que creen divertido hundir el pie en el acelerador en cualquier carretera. Tampoco son profesionales, no vengan con ese cuento. ¿Qué piloto realmente profesional correría en una pista improvisada en medio de una multitud expuesta?

Se dirá que ellos mismos se ponen en riesgo por propia voluntad y están en su derecho, pero una cosa es hacer malabares con botellas de nitroglicerina en un descampado y otra hacerlo en medio de una multitud curiosa a la que has convocado para tal fin.

4. La pista

La competencia se desarrolló sobre la 2ª calle poniente, es decir, la Carretera Panamericana que lleva al occidente del país. Es una calle citadina para uso cotidiano -civil, no deportivo- recién reparada por el Fovial con concreto hidráulico, la cual tiene habilitados tres carriles bien señalizados que incluyen series de lámparas LED de recarga solar de casi dos centímetros de altura (conocidas como vialetas), que uno siente como pequeños bultos al manejar sobre ellas y supongo que algún efecto desestabilizador deben tener sobre un vehículo de peso aligerado que como un bólido pasa sobre ellas.

Para crear mayor distancia entre los dos coches competidores, uno o ambos corrían sobre la línea que divide los carriles, rompiendo el esquema habitual e internalizado por cualquier conductor, de mantenerse dentro del carril. Añadamos a lo anterior que a esa hora el sol poniente pega en la cara de los pilotos.

Obviamente, no hay vallas de contención.

5. Los antecedentes históricos

En esta misma ciudad y a finales de la década de los setenta, el Chaleco organizaba un rally en lo que hoy es la calle Chiltiupán, de la colonia Santa Mónica. Los competidores iban a toda velocidad de estación en estación, siendo el copiloto el encargado de sortear diversas pruebas (como aplastar con el trasero globos de agua, tomarse una Coca-cola heladísima tan rápido como fuera posible, etc.).

Yo fui testigo de la última edición, que se suspendió luego de que un participante -cuyo pick-up llevaba el nombre de “Burro”- se pasó una estación y, al advertirlo, frenó en seco y retrocedió frenéticamente, perdiendo el control y atropellando a un grupo de espectadores.

Dirá alguien que el episodio está muy lejano como para que los organizadores lo tuvieran en cuenta, si es que no les alcanzaba el sentido común, pero hace un par de meses tres niños murieron en la pista “Singüil”, de Santa Ana, en un evento similar.

No sé si los irresponsables que causaron este dolor serán demandados ni procesados. En todo caso, dudo que lleguen más allá de ofrecerles cinco mil dólares -como mucho- a las familias de los muertos como compensación y conciliación. Tampoco creo que haya destituciones de los funcionarios públicos que autorizaron este macabro evento en pleno centro de la ciudad, mucho menos que cierto candidato a alcalde se retire luego de que invitó al evento a la población, a través de sus redes sociales, y tras lo ocurrido borró dichas publicaciones.

Lo que me pregunto con tristeza es cuántos muertos más tendrá que haber hasta que la sensatez prive más que la tonta y criminal pleitesía a la velocidad desbocada en medio de una multitud.

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Posdata: el periodista Fernando Romero nos deja ver esta carta donde el Viceministerio de Transporte había negado autorización para el evento en el Bulevar "Monseñor Romero", por no reunir condiciones de seguridad.

sábado, 20 de diciembre de 2014

De agradable sabor

Seguramente la mayoría de lectores/as de la novela corta “Ardiente paciencia” (1985), de Antonio Skármeta, llegamos a ese simpático libro impelidos por la película “Il postino” (1994), si bien su primera realización cinematográfica había corrido a cargo del propio autor-director en 1983.

La trama esencial del libro es la que conocimos a través del laureado filme de Michael Radford, aunque hay importantes variaciones no sólo de época sino de contexto, pues la ficción originalmente se desarrolla en la pequeña Isla Negra chilena, durante los últimos años de vida del poeta Pablo Neruda (1969-1973) y la represión posterior al golpe militar.

De la narración plagada de ingeniosas metáforas skarmetianas y nerudianas, podemos decir que es dulcísima, por momentos hilarante y en un par de ocasiones tan hábilmente erótica que consigue llevar el primer encuentro amoroso entre los fogosos adolescentes Mario y Beatriz hasta una idealizada apoteosis lúbrica de la que, no sin razón, bien se puede culpar a la poesía.

Por otra parte, el retrato del poeta nos lo hace parecer cercano, verosímil, cordial y entrañable; mientras que la sombra del convulso trasfondo histórico abre el espacio para la meditación reflexiva.

Queda la sensación del equilibrio justo en ese sabor agradable remanente en el paladar emotivo.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Soportando sombras sadomasoquistas

Cada cierto tiempo –ya sea por curiosidad cognoscitiva (no digo que intelectual), por estar al tanto de las modas o por mera diversión- uno se asoma al mundo del best seller, esa millonaria industria editorial de masas diseñada a partir de estudios de mercado que revelan y al mismo tiempo moldean gustos estandarizados propicios para el consumo a gran escala, basándose en las carencias y necesidades psicológicas de cierta parte de la población.

Con algo de paciencia y mucha tolerancia, uno puede confirmar prejuicios tanto favorables como negativos, meditar un poco sobre el siempre engañoso concepto del gusto popular, e incluso dejarse llevar momentáneamente por tramas trilladas -aunque en nuevos envoltorios- tan solo para ver a dónde conducen y qué nos revelan de esa naturaleza humana tan voluble a manipulaciones y engaños tan repetitivos como superficiales.

Con este espíritu de momentánea concesión y la disposición de desconectar el cerebro por dos o tres días, cayó en mis manos el superventas de 2011 en el primer mundo, "Cincuenta sombras de Grey", de E.L. James, primer volumen de la trilogía completada por "Cincuenta sombras más oscuras" y "Cincuenta sombras liberadas".

De una novela industrial de este tipo, todo lector o lectora seguramente agradece la facilidad con que se avanza en su lectura, merced a la construcción sencilla sin ningún experimento, novedad ni complicación estilística ni estructural, equilibrando diálogos y descripciones de tal manera que las páginas parecen andar por sí solas.

Por su contenido, la novela fácilmente podría describirse como un manual de iniciación sexual sadomasoquista y seguramente el morbo que esto trae es, en buena medida, la razón de su popularidad.

Otra cosa es el manejo de la sustancia narrativa y los valores implicados.

Si uno es capaz de aceptar el argumento esencial de telenovela barata o la enésima actualización de Cenicienta (chica común que conoce a millonario joven, guapo, educado y superpoderoso, de quien se enamora hasta perder la razón), quizá podría continuar más allá del primer capítulo.

Si puede soportar frases tan ingeniosas como “debería estar prohibido ser tan guapo” y no advierte o no le molesta el grotesco simbolismo de la escena en que Christian conoce a Anastasia (“estoy de rodillas y con las manos apoyadas en el suelo en la entrada del despacho del señor Grey”), tal vez pase al segundo capítulo.

Si no le carga demasiado que en todas y cada una de las veces que Christian se dirige a Ana ella haga exactamente la misma descripción de sus sensaciones (en términos de electricidad que recorre cada terminación nerviosa de su cuerpo, mariposas en el estómago y contracciones ventrales que solo calmará el coito inmediato, para no hablar de la fastidiosa diosa que lleva dentro), acaso vaya más allá de la tercera parte de la novela.

Si después de la descripción de la primera relación sexual entre los protagonistas (¡ojo: alerta de spoilers!) está dispuesto/a a leer muchas veces más esa misma descripción de orgasmos supremos, sucesivos e incluso inverosímiles (tan solo con algunas variantes en los procedimientos), seguirá sin dificultades significativas hasta las dos terceras partes del libro.

Si no ve ningún problema en la relación de poder y absoluto sometimiento que se establece desde el principio entre el macho alfa (el "amo") y la hembra esclava sexual (la "sumisa", aunque con título universitario), no tendrá problemas de humor para llegar a los capítulos finales.

Si además de todo lo anterior usted siente que es una gran novedad de profundidad psicológica que en la segunda mitad del libro la protagonista descubra que su dominador sólo es, en realidad, un niño traumatizado por innombrables abusos físicos y psicológicos de los que se siente incapaz de hablar y, por lo tanto, necesita ser comprendido por ella para ser sanado y redimido, esta novela quizá sea para usted.

Si pese que la protagonista acepta de buen grado la violencia ejercida sobre ella, usted cree que la chica mantiene su dignidad porque se resiste a aceptar los lujosos regalos del millonario seductor, qué se le va a hacer.

Y si, para concluir, un lector o lectora ve el "to be continued" con que malamente concluye este volumen como una motivación ocurrente y esencial para lanzarse sin salvavidas al segundo volumen, quizá el tercero y además la película próxima a estrenarse, entonces ya no hay más que decir sino "¡que le aproveche!".

Yo ya tuve suficiente. Paso.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

De coros

La labor de dirección coral no me es ajena desde hace 30 años y ocasionalmente la he ejercido de manera oficiosa en diferentes ámbitos.

A raíz de una colaboración interinstitucional, Juan Carlos Berríos (del Centro Cultural Universitario de la UCA), me invitó a preparar unos cuantos cantos corales con los chicos y chicas del Colegio Externado de San José, para el Concierto de Villancicos del 9 de diciembre.

Elegí tres canciones: dos de ellas (“Navidad”, de José Luis Perales y “Ven a mi casa esta Navidad”, de Luis Aguilé), porque enfatizan en valores y actitudes de eso que se conoce como “el espíritu navideño” yendo más a la solidaridad y el fortalecimiento de lazos familiares o fraternales, antes que al excesivo consumismo y ruidos estridentes; mientras que la tercera (“Mi burrito sabanero”, de Hugo Blanco) por evocar el sentido de la fiesta y también del candor infantil.

Aparte, teníamos que preparar “Mundo feliz”, de Händel, para cantarla con todos los demás participantes en el evento, que eran los coros Universitario UCA, del maestro Juan Carlos Berríos; Renacer, del maestro Ángel Rivas; y Vocalis Novum, del maestro Julio García.

Estas tres piezas y media que preparamos durante siete ensayos de dos horas cada uno me generaron muchas expectativas, temores y nervios, especialmente por el nivel de exigencia del evento; pero una vez concluimos nuestra actuación en el escenario, lo que de esa experiencia emana son agradabilísimos recuerdos, ecos armónicos y una sonrisa de esas que llaman "de oreja a oreja".

Creo que así se me ve en esta foto.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Ecos de una novela despublicada

Noticia cultural

En septiembre de 1995 se terminó de imprimir, en los Talleres Gráficos UCA, la edición de un mil ejemplares de “Putolión”, del escritor salvadoreño David Hernández. Entre finales de octubre y principios de noviembre de ese año comenzó su distribución en librerías locales, pero sorpresivamente y a los pocos días, UCA Editores retiró todos los ejemplares de las librerías.

La noticia apareció en periódicos nacionales. Creo recordar que la editorial argumentó erratas en la edición. En general, no les creyeron, aunque ciertamente hay un promedio de un error ortográfico por página. Luego, hubo cruce de declaraciones encontradas: unos hablaron de censura, otros de represión intelectual, otros de crimen cultural. En este enlace hay una reseña de las principales reacciones.

La hipótesis más sonada, comentada y aceptada por el gran público fue que el escritor David Escobar Galindo habría estado detrás de la maniobra, supuestamente indignado por una alusión bufa que de él se hace en la página 177, tanto así que en algunas publicaciones contestatarias se dieron a la tarea de reproducir precisamente ese párrafo grotesco, en una especie de afán vindicativo.

No recuerdo que haya habido un pronunciamiento público por parte del poeta señalado y, al final, todo quedó en pura especulación.

El último ejemplar

El jueves 23 de noviembre de 1995 a las 8:00 a.m. entré a la librería de la UCA buscando cierto libro que no recuerdo. Para el día de mi incursión ya había estallado el escándalo literario, así que -sin mucha expectativa- fui a curiosear en la sección de literatura nacional y -¡oh, sorpresa!- había allí un ejemplar de la novela despublicada, quizá el último, seguramente olvidado por descuido en el estante, entre otros volúmenes ajenos a la polémica.

Lo tomé por inercia, lo presenté en caja junto con los treinta colones del precio de lista y los encargados se vieron entre sí extrañados, como preguntándose qué hacer. Pero como el ejemplar tenía su código de barras en regla y estaba en el sistema, lo facturaron y procedieron a entregármelo.

Sospecho que alguno de ellos llamó de inmediato a la editorial para pedir instrucciones, pero no podría asegurarlo. Sentí como si hubiera hecho una compra clandestina y que a la vuelta del siguiente edificio de aulas un par de empleados me interceptarían para despojarme del libro, pero eso no pasó de ser una fantasía peliculera.

Una lectura y media

Animado por la polémica del momento, ese mismo día comencé la lectura de la novela de 275 páginas, dejando plasmadas en ella mis anotaciones, con la intención de publicar algo al respecto. El trabajo fue bastante fatigoso, no diría que del todo placentero, más bien lo califico de disciplinado. La concluí dos días después, pero al final perdí el interés en hacer mi reseña y valoración del asunto, sobre el cual muchos se habían pronunciado ya, con mayor o menor acierto. Diecinueve años después, emprendí la relectura de la obra y quedé varado a la mitad, ya con más certezas que inquietudes.

Sobre esto, tengo una anécdota no del todo marginal: en el momento de la polémica, recuerdo haberle hecho un par de comentarios al autor, con quien sosteníamos correspondencia a través del correo aéreo tradicional, incluso habíamos intercambiado libros y reseñas mutuas de “Salvamuerte” y “¿Guerrita, no?”. Fue la última carta que le envié y no recibí respuesta. Puede ser que se haya molestado o tal vez la misiva (¿suya, mía?) se extravió.

Qué es y qué quiso ser

Yendo al producto literario en cuanto tal, me parece que "Putolión” es algo así como una antinovela que no despegó de sus propias intenciones.

La contraportada del libro, construida con extractos del prólogo de Manlio Argueta, dice que es “en cierta forma, una historia emotiva de La Cebolla Púrpura, el grupo de poetas cuya juventud coincidió con el conflicto bélico”.

En varios pasajes del libro el autor reitera hasta la saciedad tal intención explícita, describiendo una y otra vez su propio proyecto:

“Y aparecen en un desfile de actores, brujos, fantasmas, poetas y músicos muertos y vivos, como en un baile carnavalesco de la época colonial, por las calles empedradas de una ciudad de otros siglos.” (p. 18)

“Esta era la gran novela que planeaba como un maniático desde siempre: un relato atípico que por el sólo hecho de carecer de estilo definido sería experimentación y búsqueda a lo largo de un camino empedrado de malas intenciones y técnicas fugaces que es toda novela verdadera, una, donde hablara de la epopeya y la tragedia de mis hermanos decapitados en plena juventud, y sobre la gloria y la tragedia de los sobrevivientes.” (p. 79)

“Han caído de repente con la lluvia como limones maduros (…) los recuerdos que siempre quise rescatar para una novela imposible que en una locura audaz me librara de fantasmas y demonios del pasado, donde los poetas de La Cebolla Púrpura, que murieron en la flor de la vida y de la juventud, escriban y griten lo que la muerte prematura no les dio tiempo de expresar.” (p. 99-100)

“Es posible que escribiendo sin orden lógico, como dentro de un infinito agujero negro vagabundo del cosmos, donde a pesar de todo existe el calor y la energía, puedan ellos en determinado momento emerger y tomar vida, y que en niveles específicos de apreciación y densidad, sigan existiendo en un instante inmortal.” (p. 132)

La desazón viene cuando ya se ha pasado más de mitad del volumen y da la impresión que aún no ha comenzado, que sigue planteándose a sí misma como la sola voluntad de ser.

Qué más contiene

Además de esa constante y eterna declaración de intenciones a modo de cuenta regresiva siempre postergada, están los largos monólogos interiores de un emigrado, en tono autobiográfico y demasiadas claves íntimas; una breve parte propiamente narrativa que cuenta el regreso de unos exiliados a su tierra, diseminada en trozos a lo largo de la novela; ciertas anécdotas de un pasado mítico ancestral, relacionados con uno de los narradores-protagonistas; referencias a las correrías de aquellos poetas rebeldes y bohemios por célebres antros de los setentas, todos hombres, en donde los alcoholes parecían pesar más que los versos; conversaciones de la posguerra en donde se mencionan en clave semicríptica algunos hechos del conflicto; y un episodio final en donde convergen poetas vivos y muertos, que debió ser apoteósico aunque apenas pasó de la anecdótica e imaginaria megarreunión.

Hay otros elementos menores que a más de alguno/a podrían fastidiar, tales son ciertas descripciones superficiales de lugares de aquí y de allá en estilo como de guía de turista; el rampante machismo característico de la cultura guanaca, con su correspondiente misoginia y homofobia; las enésimas repeticiones de pasajes que ya se habían mencionado antes, como si el propio autor los hubiera olvidado dentro del caos narrativo; así como la penosa sensación que ese tipo de novela ya se había intentado anteriormente, con resultados distintos (“Pobrecito poeta que era yo”, de Roque Dalton, y “El asma de Leviatán”, de Roberto Armijo).

Otra curiosidad: en medio de todo, se inserta una crítica literaria de “Manlio, el cronista”, quien le hace ver que la novela no despega y le sugiere, entre otras cosas, que las alusiones a personajes de la vida pública nacional no sean tan evidentes (eufemismo de "poco ingeniosas").

Dudas y dudas

Pasadas casi dos décadas de ese grave accidente editorial, nunca me quedó claro ni cuál fue el criterio para publicar la obra (¿la sola opinión del prologuista, el dictamen de un consejo editorial, el currículum académico del autor?) ni cuál fue la verdadera razón para retirarla de circulación.

No carece de valor literario si se ven los fragmentos aislados, pero su carácter de colección caótica y bastante a la deriva hace que su lectura resulte un esfuerzo un tanto excesivo en contraste con la sustancia. Por otra parte, la mofa chabacana personalizada que se mencionó como supuesta causa de la despublicación de la novela no es la única de esa clase, sino una entre muchas otras. Aunque todas ellas apenas ocupan unos cuantos párrafos, eso no le quita cierto carácter injurioso, difícilmente salvable por el supuesto carácter ficticio del texto (que en este caso no aplica tanto).

¿Y entonces?

Lo diré de la manera más simple que puedo: a mi modo de ver y por las razones antes apuntadas, esta obra no tenía por qué haber sido publicada; pero una vez dada a luz, no tenía por qué haber sido retirada.

Al final del día, siempre fue más interesante hablar y analizar lo que pasó con ella, antes que ocuparse de ella misma.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Es noticia relevante... según convenga.

Que los medios salvadoreños de difusión masiva -especialmente los periódicos de mayor circulación y noticiarios de poderosas corporaciones- seleccionan a conveniencia los contenidos a los cuales darán mayor relevancia es una práctica conocida y para nadie debería ser un secreto ni un espectacular descubrimiento.

Tampoco es novedad el ocultamiento de ciertos hechos a los que, no obstante cumplir con los requisitos para ser noticia, se les da bajo perfil o sencillamente se ignoran e invisibilizan, bien porque no coinciden con la ideología de los dueños del medio o porque, como ha ocurrido en algunos casos, una persona con algún tipo de poder o influencia le pide al propietario que no se publique algo.

Sin embargo, todavía hoy hay personas incautas se creen ese discurso según el cual estos grandes periódicos son objetivos e imparciales, y que la ideología de sus propietarios no influye en la selección y tratamiento profesional de las noticias.

(Breve paréntesis: recuerdo una canción nacional de mediados de los ochenta, “Mundo inalámbrico”, la cual comenzaba al son de ♫ “Un, dos, tres: hoy me levanté a la seis, un poco después...” narrando el inicio del día de un ciudadano de clase media y dejaba esta frase mientras el protagonista toma un sorbo de café: “... y el periódico me trajo la realidad”. Así de fácil, así de ingenuo. Cierro paréntesis.)

Lo anterior viene al caso para señalar el tratamiento periodístico de la oposición manifestada por el Arzobispo de San Salvador, Monseñor José Luis Escobar Alas, ante el cambio de nombre que el alcalde capitalino Norman Quijano hizo a la calle “San Antonio Abad”, colocándole el del mayor Roberto D’aubuisson.

Esta no es una causa religiosa o partidaria, sino de carácter ciudadano contra todo monumento u homenaje infamante.

En su habitual conferencia de prensa posterior a la misa dominical en Catedral Metropolitana, el prelado manifestó el malestar de la Iglesia ante tal hecho, por dos razones: la primera, porque es el nombre de un santo y la calle, ya tradicional, conduce a un lugar así llamado; y la segunda porque la Iglesia es “parte ofendida en el caso de monseñor Romero, el caso de los jesuitas, las religiosas asesinadas, así como otros sacerdotes y laicos" y -ojo con esto- su sentimiento "lo puedo comparar como cuando a una persona le matan a un hermano y quien se supone es el autor material o intelectual de ese asesinato es galardonado".

Ni más ni menos.

Esa noticia nos llegó a través de publicaciones de medios virtuales: Contrapunto, Diario1 y La Página.

“La Prensa Gráfica” publicó una notita web en donde, curiosamente, sólo citan la primera de las razones que dio el Arzobispo, omitiendo la segunda. En su edición impresa no publicaron absolutamente nada. Por su parte, “El Diario de Hoy” no se enteró de esa declaración o la consideraron irrelevante, puesto que no publican una tan sola línea, ni en su sitio web ni tampoco en el periódico impreso. En cambio y en contraste, se extienden por páginas completas a partir de un comentario incidental que el Arzobispo hizo sobre otro tema.

Sorprende un poco que el Diario “Colatino” tampoco publique nada, no sé si porque no acuden a las conferencias de prensa de monseñor Escobar Alas (quien, al parecer, no les simpatiza, aunque por razones distintas).

Diario “El Mundo”, quizá no tiene espacio para esas cosas.

A ver cómo les queda el repetido discurso de autoalabanza y objetividad a los editores jefes.