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viernes, 26 de noviembre de 2021

Quedando a deber

Cuando en la Librería UCA de Plaza Soho Las Cascadas vi en la estantería el libro ¿Quién es Nayib Bukele?, escrito por Geovani Galeas, brotaron en mi mente argumentos encontrados.

Por una parte, me llamó la atención conocer algo más de un político tan omnipresente como es Nayib, admirado por una amplia mayoría y odiado por una feroz minoría; sin embargo, también tenía en mi recuerdo la decepción con un libro anterior de G. Galeas sobre el extinto mayor D’aubuisson, que en su momento comenté.

Mi debate interno fue resuelto a favor de darle al autor una tercera oportunidad (contando la fallida puesta en escena sobre Mágico González, siento decirlo), resolución en la cual la giftcard que obraba en mi poder jugó un papel importante en la adquisición.

Leído que el libro en cuatro sesiones, lamento que una vez más el autor haya quedado a deber.

Me explico: si alguien me presenta un libro bajo el título “quién es fulano de tal”, yo espero hallar allí rasgos de la persona real detrás de la figura política o mediática, sabiendo que la imagen que cada uno de nosotros presentamos en nuestros roles cotidianos es un apenas un carácter o ethos que sirve al propósito del trabajo, rol o función social en que nos desenvolvemos.

Para ponerlo en términos sencillos y usando la acuñada frase popular, la expectativa en estos casos es visualizar de alguna manera a el hombre detrás del mito. Pero la realidad de los capítulos en blanco y cyan, tan numerosos como breves, es otra.

En muchos más momentos de los deseados, las páginas están llenas de referencias o extensas citas de discursos, entrevistas, declaraciones y tuits que Nayib dio en sus periodos como alcalde de Nuevo Cuscatlán y San Salvador, así como su convocatoria a la fundación y puesta en marcha del partido político Nuevas Ideas; es decir, nada que no hayamos visto, leído o escuchado si estamos medianamente conectados con la escena política nacional.

Otras veces, son paráfrasis o transcripciones de artículos de opinión o intervenciones públicas que el mismo G. Galeas y otros analistas publicaron en esos años. Si acaso, hay un par de referencias a pláticas del autor con el personaje motivo del libro, que podrían ser reveladoras de haberse trabajado mejor.

Si bien es cierto que leyendo el libro se puede tener una idea de la trayectoria política de Nayib entre 2011 y 2018, a mí me hubiera gustado conocer cómo él vivió, en cuanto ser humano, su proceso de decepción y separación con el FMLN, más allá de las declaraciones mediáticas. Otros elementos de interés podrían ser qué imagen tiene él tenía de sí mismo en ese periodo, cómo era su día a día, cuáles eran sus más serios momentos de duda y cómo los resolvió, cómo afrontaba en realidad las críticas y ataques… en fin: asomarse a la complejidad de la persona más que la simplicidad del personaje.

En ese sentido y en resumen: dándoles el justo valor en la realidad comunicacional contemporánea, me dicen mucho más de Nayib las conversaciones que en su momento tuvo con Residente y Luisito Comunica, que lo leído en este libro.

Finalmente, si he de citar un fragmento relevante a favor del autor, me quedaría con la tremenda descripción que el propio G. Galeas hace de San Salvador antes de que Nayib ganara la alcaldía:

Era muy difícil pensar que existiera un lugar más desordenado, sucio, maloliente, sumido en oscuranas y más peligroso que ese centro histórico. Ahí, los mercados se habían convertido en verdaderos muladares, a punto de colapsar en todos los sentidos; sus calles intransitables, en hostiles mercados a la intemperie, disputadas metro a metro por unos 30,000 vendedores ambulantes o hacinados en un champerío de latas, plásticos, madera y cartones; sus plazas y parques, rodeados de sórdias cantinas y miserables pensiones para el comercio sexual y el refugio de maleantes, en basureros y prostíbulos a cielo abierto.

El contraste de este cuadro memorable con los avances, estancamientos o retrocesos que se vayan teniendo en las subsiguientes administraciones municipales ya es trabajo de cada ciudadano/a de la capital.

miércoles, 7 de junio de 2017

Una estafa literaria

Roberto d’Aubuisson, la más polémica biografía, libro escrito por Geovani Galeas y publicado por Editorial Cinco en 2017, es una estafa literaria.

Admito y confieso que caí en ella con bastante ingenuidad, pues me creí las etiquetas publicitarias que me vendieron el libro como “la inquietante y a la vez fascinante historia de su vida” y “la descripción del hombre más allá del mito”.

Luego de concluir tortuosamente la lectura de sus 374 páginas, tengo ánimos de pedir la devolución de mi dinero, pues el producto no cumple con lo ofrecido. En cuanto al tiempo allí dejado, no hay modo de recuperarlo. Escribir una crítica es, si acaso, una manera de que esa pérdida contribuya en algo a prevenir incautos/as.

Pero vamos por partes.

En cuanto al formato, observo que la diagramación del volumen es bastante tosca, con fotografías insertadas sin ton ni son y, además, varios textos “de contexto” en recuadros grises de casi el 50 % de opacidad, que abarcan varias páginas. Esto dificulta su lectura e interrumpe el hilo conductor de cada capítulo; pero aún así, se lee.

Y en cuanto a la sustancia, pues…

El libro no es tanto la historia de la vida del extinto Mayor, como la historia de la génesis y evolución del partido Alianza Republicana Nacionalista (Arena), que surgió como reacción de la derecha política al golpe de estado del 15 de octubre de 1979. Claro está: no tiene sentido una cosa sin la otra, pero fuera de ese tema y en términos estrictamente biográficos hay apenas un par de episodios y escenas de la infancia y juventud de d’Abuisson, contados por familiares y amigos en tono risueño y benevolente.

El grueso del texto se centra, pues, en el periodo político comprendido entre los años 1979 a 1985: desde que el venerado Mayor concibió su proyecto, hasta que estuvo cerca de ganar la presidencia de la república, cediendo luego cierta cuota de protagonismo a personajes más moderados y potables, tanto nacional como internacionalmente.

Todo lo anterior es relatado por varios personajes ligados estrechamente a d’Aubuisson y al partido Arena, de cuyo sonsonete anticomunista y de salvación nacional ya conocemos (y hemos tenido) bastante.

¿Cuál es, entonces, la estafa?

Es que si a mí, como lector interesado en la historia salvadoreña, me hubieran venido a ofrecer este mismo libro, pero titulado correctamente (por ejemplo: Génesis y esplendor del glorioso partido Arena), seguramente no lo habría adquirido, porque he leído y escuchado ya suficiente sobre el tema y, francamente, me harta ese discurso que oscila entre la fantasiosa autoalabanza y la grave distorsión de la historia que desembocó en la guerra civil de los ochentas.

Pero dijeron que era algo distinto, y eso es publicidad engañosa.

Imaginemos una biografía seria y algo más completa del mayor Roberto d’Aubuisson. Allí, uno esperaría encontrar detalles sobre su labor en la Agencia Nacional de Seguridad Salvadoreña (Ansesal), responsable de graves violaciones a los Derechos Humanos durante el gobierno del general Carlos Humberto Romero. El trabajo que realizó en esa dependencia bastaría para haberlo condenado en un juicio por crímenes de guerra (porque, recuerden, la tortura es uno de ellos).

En lugar de eso Geovani Galeas, redactor del mamotreto, se esmera por exculpar a d’Aubuisson, validando testimonios interesados o estratégicamente seleccionados.

En este afán, una de las partes más chocantes sobre el Mayor y Ansesal es lo que cuenta sobre él la excomandante guerrillera Ana Guadalupe Martínez, quien prácticamente lo describe como un secuestrador amable, desde esa visión psicológicamente enfermiza que es el Síndrome de Estocolmo.

Ahora bien, en cuanto al anunciado propósito de presentar al “hombre más allá del mito”, no hay nada de eso; por el contrario, página tras página se va reforzando la idea que d’Aubuisson fue prácticamente un prócer, al transcribir -con esmerado cuido de estilo y sin mayor cuestionamiento- las palabras de quienes así lo sienten. “Poca gente he conocido yo con tanta, nobleza y generosidad de espíritu”, dice el coronel Ochoa Pérez, uno de sus ilustres amigos (como otros del calibre de Domingo Monterrosa y compañía).

En una biografía mínimamente razonable de un ser humano, en quien se suponen virtudes y defectos, habría habido espacio para algunas zonas oscuras; pero en este caso el afán adulatorio es tan burdo que, por no menoscabar su imagen inmaculada, ni el redactor Galeas ni sus patrocinadores se atrevieron siquiera a contar una razón específica del divorcio del Mayor a mediados de los ochentas, pese a que -muy entre líneas- se puede deducir que no fue por ser aquel hombre ejemplar que nos quieren pintar.

Tales son los aspectos más notorios del contenido, en cuanto a la figura de d’Aubuisson se refiere: nada distinto de lo que sus adeptos han venido repitiendo por décadas, si acaso con algunas anécdotas poco conocidas y otras con marcada sensiblería, pero encaminadas al mismo propósito.

Sin embargo, hay un aspecto intelectualmente repulsivo que nos ofrece el libro en cuestión, y tiene que ver con el escribiente, quien se puso como personaje de su propio libro.

En varios pasajes y de manera muy reiterada, Geovani Galeas insiste en dos temas, prácticamente a nivel de suplicatorio ante el público: primero, su objetividad y profesionalismo como investigador histórico; y segundo, que él es un hombre de izquierda.

En cuanto a lo primero, es muy difícil aceptar la pretendida objetividad de alguien que valida y transcribe todas las adulaciones (o incluso las dice como afirmaciones propias que denotan fascinación), pero al mismo tiempo muestra severas reservas frente a las acusaciones contra su biografiado, hasta el punto de desacreditar el informe de la Comisión de la Verdad y los elementos de juicio que le entregó el Idhuca.

¿Una muestra? En la última parte del libro, Galeas refiere que Marisa d’Aubuisson (hermana del finado Mayor e ideológicamente antagónica), le negó una entrevista, de lo cual se lamenta en estos términos: “Lástima, porque algunas cosas que tenía que preguntarle son muy graves”. Y algunas páginas después, revela cuáles eran esas preguntas: ¡puros ataques y cuestionamientos personales contra doña Marisa!

Otra más: es curioso que no haya en todo este libro “objetivo e imparcial” siquiera un mínimo análisis de los programas televisivos en donde el mayor d’Aubuisson arremetía contra sus enemigos, acusando con nombre y apellido a personas que, días después, eran asesinados por los temidos Escuadrones de la Muerte, como fue el caso de Mario Zamora Rivas y tantos otros.

Otra joya de razonamiento “objetivo” es esta: pese a saber del trabajo del Mayor en Ansesal, y que éste robó los archivos de dicha organización inmediatamente después del golpe del ’79 (entiéndase, listas negras de opositores reales o supuestos), el buen Geovani no ve en esto una vinculación con los escuadrones paramilitares.

Y así por el estilo.

En cuanto a la otra insistencia de Galeas, es cuando menos paradójico que un tipo que se denomina “de izquierda” (casi como para validarse éticamente) acepte y les dé sustento textual a las tesis políticas de la derecha más recalcitrante.

En esa línea, la conclusión general a la que llega es particularmente llamativa. Formulada en parte con sutileza y en parte con intencionada ambigüedad, Galeas viene a decir de d’Aubuisson lo siguiente:

Que, como el Mayor fue formado en una sociedad y en una institución autoritaria, en labores de inteligencia militar y una época de guerra, él “actuó en consecuencia”.

Esta perversa idea es prácticamente la que todo este tiempo han esgrimido como defensa los militares acusados de crímenes de guerra y de lesa humanidad, desde las masacres de finales de los setentas, pasando por el genocidio de El Mozote hasta el asesinato de los jesuitas de la UCA en los ochentas. Invariablemente, repiten este estribillo: “las acusaciones son falsas, pero lo hicimos en defensa de la Patria”. Esto es, sin más, una justificación del terrorismo de Estado.

Personalmente, me resulta curioso y difícil de entender ese afán de Geovani Galeas por presentarse a sí mismo como investigador serio y, además, dentro del espectro ideológico de la izquierda. Alguien me sugirió que podría ser debido a un fuerte complejo de culpa y la hipótesis no es descabellada.

A mi modo de ver, este Galeas podría resolver su dilema con bastante sencillez: ya que él domina más o menos las artes de la escritura y necesita de ingresos, está en todo su derecho de vender sus servicios profesionales a quien mejor le parezca, sea Arena, GANA o el team Nayib (como ahora). Eso es legítimo, no es ilegal y nadie tendría que reprochárselo, mucho menos en términos verbalmente violentos. Le quedaría mejor admitir su trabajo en el marco de la oferta y la demanda, así como la libre contratación, sin intentar convencernos de que lo hace desde el fondo de una conciencia ética y política coherente. Así, de paso, no habría producido esta estafa literaria, porque desde un principio habríamos sabido a qué atenernos.


Lecturas relacionadas:

· Un autorretrato oligárquico.
Reseña del libro El oligarca rebelde, de Marvin Galeas.

· Distorsión ideológica en alta definición.
Crítica al documental Los archivos perdidos del conflicto, de Gerardo Muyshondt.

· Veinte años de odio… y contando.
Reseña del libro La infiltración marxista en la Iglesia, firmado con el nombre de Álvaro Antonio Jerez Magaña.

· ¡Ya me imagino!
Reseña del libro El general Martínez, un patriarcal presidente dictador, de Alberto Peña Kampy.

martes, 26 de enero de 2016

Lo del 32

¿Qué sabe el pueblo salvadoreño de los sangrientos acontecimientos de 1932? La gente dice, habla, comenta y hasta conmemora, pero muy pocos tienen conocimiento serio, fundamentado, de aquellos hechos.

Las certezas y mitos sobre el 32 son tan difusas como el número de muertes que se produjeron, cantidad que según la fuente y los intereses oscila entre 5,000 y 40,000. El Gral. Maximiliano Hernández Martínez, gobernante de aquellos años duros, es recordado por unos como el mejor presidente que ha tenido El Salvador… y por otros como el más grande genocida que haya mandado por esta finca olvidada de la cultura y la civilización. La guerrilla de las FPL y luego el FMLN se pusieron el nombre de Farabundo Martí, uno de los líderes de aquella malograda revuelta, a quien tienen por ilustre figura emblemática, mientras el partido Arena hasta hace poco solía iniciar su campaña electoral en Izalco porque “allí se detuvo el avance del comunismo”.

Sin ser absoluto, uno de los estudios mejor fundamentados y más profesionales sobre el tema es el libro del historiador norteamericano Thomas Anderson, titulado El Salvador: los sucesos políticos de 1932. No dispongo de la edición original en inglés, que debe ser de principios de los setentas, pero el libro ya traducido se difundió a través de la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA) en 1976 y la Dirección de Publicaciones e Impresos hizo un tiraje nacional en 2001. Toda biblioteca nacional, universitaria o escolar que se precie de serlo debe tener un ejemplar a disposición del público.

Para escribir este libro de 250 páginas, Thomas Anderson leyó acuciosamente casi setenta trabajos impresos y manuscritos, aparte de los periódicos de la época, cartas, hojas volantes, comunicados, testimonios y otros documentos, habiendo además realizado más de cien entrevistas a personas de todos los sectores involucrados. Todo este material lo dispuso ordenadamente, formulando conclusiones e interpretaciones con bastante conocimiento de causa, con el acierto adicional de que, por su condición de investigador extranjero, pudo tomar la distancia científica necesaria para no caer en las habituales trampas ideológicas nacionales.

Para quien quiera llamarse ciudadana o ciudadano salvadoreño, con plena conciencia de su nacionalidad y con una mínima perspectiva histórica, la lectura de este libro es imprescindible.

De los muchos puntos de interés que se pueden reseñar y comentar, hay cinco que me parecen destacables por cuanto a lo largo del tiempo tienden a falsificarse por unos y otros. Son los siguientes:

• La explosión social campesina tuvo como causa fundamental la extrema pobreza y exclusión estructural. Sobre esa base, los organizadores de la revuelta azuzaron el levantamiento con prédicas comunistas.

• Las acciones violentas, tanto de la rebelión como de la represión, tuvieron características prácticamente medievales, con marcados episodios de crueldad que en ocasiones fueron más allá de las meras ejecuciones sumarias.

• La única parte de la rebelión realmente peligrosa, capaz de dar alguna posibilidad de triunfo, era el apoyo de algunos cuarteles; sin embargo, esta conspiración fue descubierta y neutralizada pocos días antes de la fecha programada. Así pues, cuando la indiada de occidente se alzó, al tenor de los retumbos del volcán de Izalco, ya eran solo carne de cañón.

• Los alzados en armas mataron a un centenar de personas, mientras que el gobierno ejecutó a unos 10,000 rebeldes (o sospechosos de serlo) durante las semanas posteriores. Salvo los casos de los líderes Martí, Luna y Zapata, prácticamente en ningún otro caso hubo proceso judicial formal.

• Muy a pesar de quienes prodigan aprendidos cultos ideológicos, no hay mucho que admirar en las personalidades, acciones o inteligencias de quienes lideraron aquellos sangrientos acontecimientos.

Todo lo anterior es tristísimo, más aún si pensamos en su inutilidad, pues fue una lección histórica no aprendida.

jueves, 14 de enero de 2016

Un autorretrato oligárquico

Marvin Galeas
El oligarca rebelde
Mitos y verdades sobre las 14 familias: la oligarquía.

- El dilema por el autor.

El Salvador ha de ser uno de esos olvidados rincones en el mundo en donde todavía es necesario hacer una aclaración previa al comentario, reseña o crítica de un libro, para justificar -y, en ocasiones, casi pedir disculpas- por el solo hecho de haberlo leído.

Tal es el caso de “El oligarca rebelde”, de Marvin Galeas (edición electrónica para Kindle, 2015).

Llegué al texto virtual por vía de una nota de periódico que contaba una anécdota curiosa sobre la mansión Guirola, en Santa Tecla. Como la librería de Amazon permite la lectura gratuita de algunas páginas antes de decidir adquirirlo, me bastó un clic para darle un vistazo for free.

El relato me interesó por el tema pero también por la forma en que está escrito: un estilo relativamente sencillo, sin demasiadas complicaciones estilísticas y muy ágil en cuanto a la acción.

Y entonces… he aquí el dilema (yo diría que de carácter ético-ideológico) de fondo: que ya tengo una opinión formada y desfavorable sobre el autor, cuyo libro estaba a punto de comprar.

Desde mi percepción, estos son los cinco puntos básicos de la identidad pública de Marvin Galeas (otrora voz oficial de Radio Venceremos, baluarte en las comunicaciones de la insurgencia armada), deducidos principalmente de la lectura de su columna en El Diario de Hoy:

  • Punto # 1: "Perdón por haber sido guerrillero, fue rebeldía juvenil pero en realidad lo que siempre quise fue tener al menos el estilo de vida de la pequeña burguesía".
  • Punto # 2: "El FMLN se desnaturalizó al hacerse comunista, cuando yo militaba allí era una gran cosa, pero conste que ya me arrepentí."
  • Punto # 3: "¡Qué gran partido es Arena, cuánta apertura y evolución! Por cierto, son falsas (o, en todo caso, no del todo bien comprobadas) las acusaciones sobre sus orígenes, su pasado y su fundador".
  • Punto # 4: "¡Qué ponzoñosos son quienes me tildan de traidor! ¿Ya no puede uno girar 180º en su pensamiento?"
  • Punto # 5: "Cuando conozco, platico y departo con prominentes personajes de la derecha (que fueron mis antiguos y adinerados enemigos), me siento arrobado, embelesado, redimido."

Pero como uno se la lleva de intelectual abierto a la diversidad -y, de hecho, ha predicado en las aulas que la simpatía o antipatía por el autor no debe interferir en la valoración literaria- hice acopio del mismo espíritu que me llevó a la sala de cine a ver el volumen uno del documental “El Salvador: los archivos perdidos del conflicto” y pulsé sobre el botón “comprar con un clic”, esperando que no se me derritiera el Kindle mientras leía.

Ya concluida la tarea, de la que creo salí indemne, puedo comentar algunos puntos relevantes.

- El autorretrato oligárquico.

Marvin Galeas, antes que ser autor del libro (en sentido tradicional), cumple un papel similar al arreglista de una obra musical: a partir del material provisto por el protagonista, él redacta, organiza y distribuye el contenido de manera tal que su lectura resulte fluida y entretenida para el lector o lectora.

Eso lo logra bastante bien, salvo un par de entrevistas prescindibles en la parte final. Con todo, es un punto a favor si consideramos lo difíciles, incoherentes, azarosas y a veces áridas que son muchas de las novelas escritas desde la perspectiva ideológica de izquierda, a menudo justificadas por esa sola causa.

En cuanto al contenido, el libro bien puede presentarse como las memorias de Jaime Hill Argüello, miembro de una de las familias más poderosas de El Salvador, conocidas históricamente como “la oligarquía”.

La mitad del texto es el relato de su secuestro por parte de la guerrilla a finales de 1979, mientras que la otra parte entremezcla estampas familiares y valoraciones sobre la situación social y política del país en diversas épocas del siglo XX, finalizando con una parte testimonial relativa a la adicción a drogas y su postrer recuperación.

La obra es particularmente interesante por la reiteración de la percepción que el protagonista, Jaime Hill Argüello, tiene de su propio grupo social. El oligarca se ve a sí mismo, y a muchos de los demás miembros de ese reducido grupo multimillonario, como progresistas, conscientes de la pobreza y marginación de grandes sectores de la población, con espíritu solidario indiscriminado y, sobre todo, como los grandes modernizadores del estado salvadoreño, al que admiten haber manejado durante prácticamente un siglo.

No obstante el anterior discurso, mueve a dudas y cuestionamientos el agudo contraste entre el estilo de vida allí relatado frente a la realidad social de miseria en que estaban sumidas las mayorías, si uno está medianamente enterado de la historia del país, más allá de las usuales simplificaciones ideológicas.

Un elemento engañoso a resaltar es el título mismo: el oligarca rebelde. Pese al notable esfuerzo del libro por presentar a Jaime Hill Argüello como relativamente distante de su grupo social, el adjetivo “rebelde” le viene más por su carácter díscolo y algunos episodios de vida licenciosa, antes que por otra cosa. Históricamente hablando, el verdadero oligarca rebelde fue Enrique Álvarez Córdova, dirigente del Frente Democrático Revolucionario, asesinado en 1980 por paramilitares de extrema derecha.

Teniendo en cuenta la situación en la que devino don Jaime, un título más exacto -aunque, ciertamente, no tan atractivo- sería “El oligarca disminuido”, en lo que a poder económico y político se refiere.

En cuanto a los "mitos y verdades" que promete Galeas, mejor citemos a don Macario: "¡ahí saquen ustedes sus propias conclusiones!"

En resumen: si quiere conocer parte de la historia salvadoreña contada por uno de sus protagonistas acaudalados, si le gustan los relatos autobiográficos con caídas y restauraciones, si no padece de fijaciones ideológicas extremas y, sobre todo, si es capaz de apartar de su mente por unas horas la polémica imagen pública del autor del libro, yo se lo recomiendo... en buena onda.

sábado, 20 de diciembre de 2014

De agradable sabor

Seguramente la mayoría de lectores/as de la novela corta “Ardiente paciencia” (1985), de Antonio Skármeta, llegamos a ese simpático libro impelidos por la película “Il postino” (1994), si bien su primera realización cinematográfica había corrido a cargo del propio autor-director en 1983.

La trama esencial del libro es la que conocimos a través del laureado filme de Michael Radford, aunque hay importantes variaciones no sólo de época sino de contexto, pues la ficción originalmente se desarrolla en la pequeña Isla Negra chilena, durante los últimos años de vida del poeta Pablo Neruda (1969-1973) y la represión posterior al golpe militar.

De la narración plagada de ingeniosas metáforas skarmetianas y nerudianas, podemos decir que es dulcísima, por momentos hilarante y en un par de ocasiones tan hábilmente erótica que consigue llevar el primer encuentro amoroso entre los fogosos adolescentes Mario y Beatriz hasta una idealizada apoteosis lúbrica de la que, no sin razón, bien se puede culpar a la poesía.

Por otra parte, el retrato del poeta nos lo hace parecer cercano, verosímil, cordial y entrañable; mientras que la sombra del convulso trasfondo histórico abre el espacio para la meditación reflexiva.

Queda la sensación del equilibrio justo en ese sabor agradable remanente en el paladar emotivo.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Soportando sombras sadomasoquistas

Cada cierto tiempo –ya sea por curiosidad cognoscitiva (no digo que intelectual), por estar al tanto de las modas o por mera diversión- uno se asoma al mundo del best seller, esa millonaria industria editorial de masas diseñada a partir de estudios de mercado que revelan y al mismo tiempo moldean gustos estandarizados propicios para el consumo a gran escala, basándose en las carencias y necesidades psicológicas de cierta parte de la población.

Con algo de paciencia y mucha tolerancia, uno puede confirmar prejuicios tanto favorables como negativos, meditar un poco sobre el siempre engañoso concepto del gusto popular, e incluso dejarse llevar momentáneamente por tramas trilladas -aunque en nuevos envoltorios- tan solo para ver a dónde conducen y qué nos revelan de esa naturaleza humana tan voluble a manipulaciones y engaños tan repetitivos como superficiales.

Con este espíritu de momentánea concesión y la disposición de desconectar el cerebro por dos o tres días, cayó en mis manos el superventas de 2011 en el primer mundo, "Cincuenta sombras de Grey", de E.L. James, primer volumen de la trilogía completada por "Cincuenta sombras más oscuras" y "Cincuenta sombras liberadas".

De una novela industrial de este tipo, todo lector o lectora seguramente agradece la facilidad con que se avanza en su lectura, merced a la construcción sencilla sin ningún experimento, novedad ni complicación estilística ni estructural, equilibrando diálogos y descripciones de tal manera que las páginas parecen andar por sí solas.

Por su contenido, la novela fácilmente podría describirse como un manual de iniciación sexual sadomasoquista y seguramente el morbo que esto trae es, en buena medida, la razón de su popularidad.

Otra cosa es el manejo de la sustancia narrativa y los valores implicados.

Si uno es capaz de aceptar el argumento esencial de telenovela barata o la enésima actualización de Cenicienta (chica común que conoce a millonario joven, guapo, educado y superpoderoso, de quien se enamora hasta perder la razón), quizá podría continuar más allá del primer capítulo.

Si puede soportar frases tan ingeniosas como “debería estar prohibido ser tan guapo” y no advierte o no le molesta el grotesco simbolismo de la escena en que Christian conoce a Anastasia (“estoy de rodillas y con las manos apoyadas en el suelo en la entrada del despacho del señor Grey”), tal vez pase al segundo capítulo.

Si no le carga demasiado que en todas y cada una de las veces que Christian se dirige a Ana ella haga exactamente la misma descripción de sus sensaciones (en términos de electricidad que recorre cada terminación nerviosa de su cuerpo, mariposas en el estómago y contracciones ventrales que solo calmará el coito inmediato, para no hablar de la fastidiosa diosa que lleva dentro), acaso vaya más allá de la tercera parte de la novela.

Si después de la descripción de la primera relación sexual entre los protagonistas (¡ojo: alerta de spoilers!) está dispuesto/a a leer muchas veces más esa misma descripción de orgasmos supremos, sucesivos e incluso inverosímiles (tan solo con algunas variantes en los procedimientos), seguirá sin dificultades significativas hasta las dos terceras partes del libro.

Si no ve ningún problema en la relación de poder y absoluto sometimiento que se establece desde el principio entre el macho alfa (el "amo") y la hembra esclava sexual (la "sumisa", aunque con título universitario), no tendrá problemas de humor para llegar a los capítulos finales.

Si además de todo lo anterior usted siente que es una gran novedad de profundidad psicológica que en la segunda mitad del libro la protagonista descubra que su dominador sólo es, en realidad, un niño traumatizado por innombrables abusos físicos y psicológicos de los que se siente incapaz de hablar y, por lo tanto, necesita ser comprendido por ella para ser sanado y redimido, esta novela quizá sea para usted.

Si pese que la protagonista acepta de buen grado la violencia ejercida sobre ella, usted cree que la chica mantiene su dignidad porque se resiste a aceptar los lujosos regalos del millonario seductor, qué se le va a hacer.

Y si, para concluir, un lector o lectora ve el "to be continued" con que malamente concluye este volumen como una motivación ocurrente y esencial para lanzarse sin salvavidas al segundo volumen, quizá el tercero y además la película próxima a estrenarse, entonces ya no hay más que decir sino "¡que le aproveche!".

Yo ya tuve suficiente. Paso.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Ecos de una novela despublicada

Noticia cultural

En septiembre de 1995 se terminó de imprimir, en los Talleres Gráficos UCA, la edición de un mil ejemplares de “Putolión”, del escritor salvadoreño David Hernández. Entre finales de octubre y principios de noviembre de ese año comenzó su distribución en librerías locales, pero sorpresivamente y a los pocos días, UCA Editores retiró todos los ejemplares de las librerías.

La noticia apareció en periódicos nacionales. Creo recordar que la editorial argumentó erratas en la edición. En general, no les creyeron, aunque ciertamente hay un promedio de un error ortográfico por página. Luego, hubo cruce de declaraciones encontradas: unos hablaron de censura, otros de represión intelectual, otros de crimen cultural. En este enlace hay una reseña de las principales reacciones.

La hipótesis más sonada, comentada y aceptada por el gran público fue que el escritor David Escobar Galindo habría estado detrás de la maniobra, supuestamente indignado por una alusión bufa que de él se hace en la página 177, tanto así que en algunas publicaciones contestatarias se dieron a la tarea de reproducir precisamente ese párrafo grotesco, en una especie de afán vindicativo.

No recuerdo que haya habido un pronunciamiento público por parte del poeta señalado y, al final, todo quedó en pura especulación.

El último ejemplar

El jueves 23 de noviembre de 1995 a las 8:00 a.m. entré a la librería de la UCA buscando cierto libro que no recuerdo. Para el día de mi incursión ya había estallado el escándalo literario, así que -sin mucha expectativa- fui a curiosear en la sección de literatura nacional y -¡oh, sorpresa!- había allí un ejemplar de la novela despublicada, quizá el último, seguramente olvidado por descuido en el estante, entre otros volúmenes ajenos a la polémica.

Lo tomé por inercia, lo presenté en caja junto con los treinta colones del precio de lista y los encargados se vieron entre sí extrañados, como preguntándose qué hacer. Pero como el ejemplar tenía su código de barras en regla y estaba en el sistema, lo facturaron y procedieron a entregármelo.

Sospecho que alguno de ellos llamó de inmediato a la editorial para pedir instrucciones, pero no podría asegurarlo. Sentí como si hubiera hecho una compra clandestina y que a la vuelta del siguiente edificio de aulas un par de empleados me interceptarían para despojarme del libro, pero eso no pasó de ser una fantasía peliculera.

Una lectura y media

Animado por la polémica del momento, ese mismo día comencé la lectura de la novela de 275 páginas, dejando plasmadas en ella mis anotaciones, con la intención de publicar algo al respecto. El trabajo fue bastante fatigoso, no diría que del todo placentero, más bien lo califico de disciplinado. La concluí dos días después, pero al final perdí el interés en hacer mi reseña y valoración del asunto, sobre el cual muchos se habían pronunciado ya, con mayor o menor acierto. Diecinueve años después, emprendí la relectura de la obra y quedé varado a la mitad, ya con más certezas que inquietudes.

Sobre esto, tengo una anécdota no del todo marginal: en el momento de la polémica, recuerdo haberle hecho un par de comentarios al autor, con quien sosteníamos correspondencia a través del correo aéreo tradicional, incluso habíamos intercambiado libros y reseñas mutuas de “Salvamuerte” y “¿Guerrita, no?”. Fue la última carta que le envié y no recibí respuesta. Puede ser que se haya molestado o tal vez la misiva (¿suya, mía?) se extravió.

Qué es y qué quiso ser

Yendo al producto literario en cuanto tal, me parece que "Putolión” es algo así como una antinovela que no despegó de sus propias intenciones.

La contraportada del libro, construida con extractos del prólogo de Manlio Argueta, dice que es “en cierta forma, una historia emotiva de La Cebolla Púrpura, el grupo de poetas cuya juventud coincidió con el conflicto bélico”.

En varios pasajes del libro el autor reitera hasta la saciedad tal intención explícita, describiendo una y otra vez su propio proyecto:

“Y aparecen en un desfile de actores, brujos, fantasmas, poetas y músicos muertos y vivos, como en un baile carnavalesco de la época colonial, por las calles empedradas de una ciudad de otros siglos.” (p. 18)

“Esta era la gran novela que planeaba como un maniático desde siempre: un relato atípico que por el sólo hecho de carecer de estilo definido sería experimentación y búsqueda a lo largo de un camino empedrado de malas intenciones y técnicas fugaces que es toda novela verdadera, una, donde hablara de la epopeya y la tragedia de mis hermanos decapitados en plena juventud, y sobre la gloria y la tragedia de los sobrevivientes.” (p. 79)

“Han caído de repente con la lluvia como limones maduros (…) los recuerdos que siempre quise rescatar para una novela imposible que en una locura audaz me librara de fantasmas y demonios del pasado, donde los poetas de La Cebolla Púrpura, que murieron en la flor de la vida y de la juventud, escriban y griten lo que la muerte prematura no les dio tiempo de expresar.” (p. 99-100)

“Es posible que escribiendo sin orden lógico, como dentro de un infinito agujero negro vagabundo del cosmos, donde a pesar de todo existe el calor y la energía, puedan ellos en determinado momento emerger y tomar vida, y que en niveles específicos de apreciación y densidad, sigan existiendo en un instante inmortal.” (p. 132)

La desazón viene cuando ya se ha pasado más de mitad del volumen y da la impresión que aún no ha comenzado, que sigue planteándose a sí misma como la sola voluntad de ser.

Qué más contiene

Además de esa constante y eterna declaración de intenciones a modo de cuenta regresiva siempre postergada, están los largos monólogos interiores de un emigrado, en tono autobiográfico y demasiadas claves íntimas; una breve parte propiamente narrativa que cuenta el regreso de unos exiliados a su tierra, diseminada en trozos a lo largo de la novela; ciertas anécdotas de un pasado mítico ancestral, relacionados con uno de los narradores-protagonistas; referencias a las correrías de aquellos poetas rebeldes y bohemios por célebres antros de los setentas, todos hombres, en donde los alcoholes parecían pesar más que los versos; conversaciones de la posguerra en donde se mencionan en clave semicríptica algunos hechos del conflicto; y un episodio final en donde convergen poetas vivos y muertos, que debió ser apoteósico aunque apenas pasó de la anecdótica e imaginaria megarreunión.

Hay otros elementos menores que a más de alguno/a podrían fastidiar, tales son ciertas descripciones superficiales de lugares de aquí y de allá en estilo como de guía de turista; el rampante machismo característico de la cultura guanaca, con su correspondiente misoginia y homofobia; las enésimas repeticiones de pasajes que ya se habían mencionado antes, como si el propio autor los hubiera olvidado dentro del caos narrativo; así como la penosa sensación que ese tipo de novela ya se había intentado anteriormente, con resultados distintos (“Pobrecito poeta que era yo”, de Roque Dalton, y “El asma de Leviatán”, de Roberto Armijo).

Otra curiosidad: en medio de todo, se inserta una crítica literaria de “Manlio, el cronista”, quien le hace ver que la novela no despega y le sugiere, entre otras cosas, que las alusiones a personajes de la vida pública nacional no sean tan evidentes (eufemismo de "poco ingeniosas").

Dudas y dudas

Pasadas casi dos décadas de ese grave accidente editorial, nunca me quedó claro ni cuál fue el criterio para publicar la obra (¿la sola opinión del prologuista, el dictamen de un consejo editorial, el currículum académico del autor?) ni cuál fue la verdadera razón para retirarla de circulación.

No carece de valor literario si se ven los fragmentos aislados, pero su carácter de colección caótica y bastante a la deriva hace que su lectura resulte un esfuerzo un tanto excesivo en contraste con la sustancia. Por otra parte, la mofa chabacana personalizada que se mencionó como supuesta causa de la despublicación de la novela no es la única de esa clase, sino una entre muchas otras. Aunque todas ellas apenas ocupan unos cuantos párrafos, eso no le quita cierto carácter injurioso, difícilmente salvable por el supuesto carácter ficticio del texto (que en este caso no aplica tanto).

¿Y entonces?

Lo diré de la manera más simple que puedo: a mi modo de ver y por las razones antes apuntadas, esta obra no tenía por qué haber sido publicada; pero una vez dada a luz, no tenía por qué haber sido retirada.

Al final del día, siempre fue más interesante hablar y analizar lo que pasó con ella, antes que ocuparse de ella misma.

lunes, 18 de agosto de 2014

El infierno según Asimov

"Las concepciones dantescas del infierno eran pueriles e indignas de la imaginación divina. Fuego y tortura... El hastío es mucho más sutil. La tortura interior de una mente incapaz de escapar de sí misma en modo alguno, condenada a pudrirse en la exudación de su propio pus mental por toda la eternidad resulta mucho más refinada."

"La trompeta del juicio final", Isaac Asimov.

domingo, 5 de enero de 2014

Ha de ser por el invierno

La extensión física de "Anna Karenina", de Tolstoi, debe andar por unas 800 páginas, divididas en 249 capítulos repartidos en ocho partes. De la trama principal se derivan no pocas hebras que por momentos llegan a hacer olvidar que la novela trata de la tragedia sentimental de Anna.

Mi interés por leer esta obra nació de ver la película de 2012, protagonizada por Keira Knightley, porque pensé que su forma escrita había de ser una gran cosa, con todo su tejido y recursos literarios, ya que vista en su puro argumento peliculero, francamente no pasa de ser un novelón sentimental (si bien el filme tiene aciertos escénicos y aportes visuales).

Sin embargo, luego de la prolongada lectura no sentí ese sabor de haber estado ante la prometida grandeza universal que a este clásico se le atribuye.

Consciente de las naturales ampliaciones que han de encontrarse en el texto literario, mi impresión general es que Tolstoi se excede en digresiones, divagaciones y elementos secundarios, tanto como para pensar que le habrían bastado poco más de la mitad de las páginas para plantear con equilibrio tal universo de ficción.

No sé si lo anterior se deba a que la obra fue escrita y pensada para otros tiempos, tanto así que no me parece descabellada la hipótesis de que en los inviernos rusos decimonónicos el pasar de la existencia se siente diferente a lo que estamos acostumbrados en cuanto a celeridad y extensión temporal.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Con el oído hacia a las estrellas

La “ciencia-ficción” es probablemente el género literario y cinematográfico que más se ha distorsionado al combinarse con otros tales como la novela de aventuras, el “thriller” o suspenso, la película de terror, la comedia, etc., hasta trivializarla. Por eso, entre otras razones, es un raro placer encontrar una novela -y su correspondiente adaptación cinematográfica- que le den un tratamiento serio, científico, al tema de la posible vida extraterrestre y su eventual comunicación con la especie humana.

Contacto” -novela de Carl Sagan publicada en 1985 y llevada al cine en 1997 bajo la dirección de Robert Zemeckis- es, además de una fantasía posible, un interesante debate sobre las implicaciones metafísicas que tendría un contacto con civilizaciones de otros mundos.

La paradoja es que el agnosticismo religioso de la doctora Arroway, la protagonista, se convierte al final en una suerte de agnosticismo científico, pues aun cuando el viaje haya sido posible conforme a ciertos modelos teóricos y la relatividad especial, no hay evidencia objetiva de la experiencia intergaláctica de los viajeros haya ocurrido realmente.

Más allá de la historia principal y las naturales variaciones entre una y otra, me agradó un poco más el filme en cuanto película que la novela en cuanto libro, si bien el capítulo once presenta un debate que a toda persona interesada en la búsqueda de verdades metafísicas, creyente o no, se le recomienda leer encarecidamente.

jueves, 13 de junio de 2013

De códigos intolerados

I. LO VISTO Y LEIDO

En su momento, vi la película “El Código Da Vinci” (2006) como un acto de curiosidad por el revuelo mundial que causó el libro de Dan Brown. Recuerdo que me pareció algo tediosa, a causa de su innecesaria extensión (más de dos horas y media, casi tres en la versión completa) y su carga de parlamentos.

Hace pocos días leí la novela, a sugerencia de quien iba a dar una charla sobre el Jesús histórico, no porque el propósito fuera rebatir punto por punto el best-seller mencionado, sino para familiarizar al público con los temas a tratar, desde una perspectiva creyente pero plural, no ortodoxa.

Si al principio la novela me causó interés por el manejo literario del suspenso, hacia el final me provocó una creciente desesperación por el exceso de claves y acertijos. Admito, no obstante, que la explicación de los planteamientos que sustentan la tesis central mantiene el interés e impide dejarla hasta completar su lectura.

El núcleo argumental es plantear una historia alternativa de Jesús, la cual habría sido ocultada y preservada por siglos por una orden secreta, el Priorato de Sión, y ante la inminencia de su revelación, el Opus Dei (como expresión ultraconservadora de la Iglesia Católica) monta un violento plan para evitarlo.

Esa otra historia, basada en los llamados “evangelios apócrifos” y otras investigaciones (reales o no, confiables o dudosos, según la perspectiva), afirma que Jesús se habría casado con María Magdalena y tenido descendencia, la cual se habría mantenido oculta y protegida por el Priorato de Sión para evitar su destrucción por parte de la Iglesia Católica, que vería amenazado su poder al quedar en evidencia sus conspiraciones históricas para deformar esa verdad y construir su poder.

II. ANTIHERETISMO Y OPORTUNIDAD PERDIDA

Finalizada la lectura, me parece exagerado y un tanto ridículo todo el escándalo que se montó alrededor de la novela y la película. En su momento, la jerarquía eclesiástica católica local llamó a sus prosélitos a no entrar en contacto con un producto así de herético, perdiendo en ello la oportunidad de explicar y aclarar a sus fieles cosas tan elementales como que los evangelios (“apócrifos” y canónicos) no fueron escritos por los apóstoles como lo hace un cronista o reportero, pluma y pergamino en mano, sino que son recopilaciones muy posteriores basadas en tradiciones orales que se basan en lo histórico, pero incorporan elementos imaginarios, metafóricos, teológicos y confesionales según el contexto y las necesidades de aquellas comunidades cristianas.

Otra cosa que bien pudieron explicar (porque es de desconocimiento generalizado, por insólito que parezca, gracias a la forma en que se enseñan estas cosas) es que sí, ciertamente la Iglesia Católica en un momento de la historia decidió cuáles textos iban a ser incorporados a la Biblia y cuáles no. Si esa elección respondió a conveniencias políticas o de torcida naturaleza (como plantea la novela) o fue el resultado de la iluminación del Espíritu Santo (como dice el dogma oficial), “cada quien que saque sus propias conclusiones”, como dice Don Macario.

Así, muchos temieron que la gente “perdiera su fe”, acudiendo al oscuro método de tapar ojos y oídos. Sin ánimo de ofender, creo que una fe así protegida es muy primitiva y, como se basa en la ignorancia, cualquiera que mencione esos temas, aún con débil fundamento, es capaz de provocar un terremoto espiritual, aunque lo propuesto sea tanto o más sinsentido que aquello que se critica (como sucedió con “Jesús verbo, no sustantivo”, de Arjona).

III. INTOLERANCIA LITERARIA

Por otra parte, es lamentable que en la percepción general no se entienda que “El Código Da Vinci” (libro y película) es una obra de ficción de buena factura comercial cuyo propósito es vender entretenimiento, utilizando los recursos y técnicas literarias que su autor considere apropiados para tal fin. Si bien es cierto se ocupa de un tema religioso, ¿quién dice que no se puede hacer ficción sobre esto? Por esa intolerancia es que se condenan a la hoguera otras obras muy serias e interesantísimas como “El evangelio según Jesucristo”, del Premio Nobel José Saramago; “La última tentación de Cristo”, del director Martin Scorsese sobre novela de Nikos Kazantzakis; o “Jesus Christ Superstar”, de Tim Rice y Andrew Lloyd Webber.

IV. PAN PARA MI MATATE

Finalmente, de entre toda la maraña de acertijos en clave, compendiosas explicaciones presuntamente históricas (pero no tan empalagosas como las de “El Péndulo de Foucault”, de Umberto Eco), códigos místicos, persecuciones espectaculares y diálogos estándar, subrayé un párrafo que me llamó la atención agradablemente, prueba de que hasta en un best-seller se pueden hallar cosas interesantes. Es cuando Langdon le dice a Sophie lo siguiente, en el capítulo 82:

Todas las religiones describen a Dios recurriendo a la metáfora, a la alegoría y a la exageración, tanto en el antiguo Egipto como en las clases de catequesis de las parroquias. Las metáforas ayudan a nuestra mente a procesar lo improcesable. El problema surge cuando empezamos a creer literalmente en las metáforas que nosotros mismos hemos creado.

Y entonces pensé en todos los sufrimientos que ese problema ha causado aquí y allá, antes y ahora.

sábado, 13 de octubre de 2012

La situación en la que estamos

He concluido la lectura de las 406 páginas del volumen “Análisis de situación de la expresión artística en El Salvador”, capítulo de Literatura, elaborado por Tania Pleitez Vela con los auspicios de la Fundación Accesarte. Es este el primero de siete estudios y fue publicado digitalmente. Se espera que en el futuro próximo se distribuyan los correspondientes a música, cinematografía y televisión, arquitectura, teatro, artes visuales y danza.

Tal como se lo manifesté a la autora cuando nos entrevistamos, lo reitero aquí: me parece un trabajo serio en donde realmente se ha investigado en el terreno, yendo a catálogos, fuentes documentales, instituciones y autores/as; a diferencia de otros que son demasiado parciales e incompletos, muchas veces vistos únicamente a través de la óptica de uno o dos académicos/as de escritorio.

Dos son las sensaciones generales más fuertes que me quedan luego de la variedad de voces y argumentos allí plasmados. La primera es el agrado de conocer la gran cantidad de esfuerzos e iniciativas individuales -aunque dispersas, efímeras o aisladas- que se hacen para promover la creación literaria y su divulgación. La segunda es la confirmación de una certeza tenida desde tiempos inmemoriales: que la construcción y supervivencia de la cultura artística en nuestro país depende de la voluntad quijotesca de los propios creadores/as, pues generalmente no cuenta con el apoyo sostenido de las instituciones públicas y privadas ni tampoco de los medios de comunicación de masas, que se justifican en la falta de interés del gran público, reforzando un círculo vicioso (¿quién se va a interesar en temas que no se publican?).

Así pues, como suele decirse, “esto es lo que hay” y “así toca”, aunque no por ello renunciamos a mejores horizontes.

jueves, 16 de agosto de 2012

Novelas impacientes

Las novelas de Agatha Christie siempre me resultaron de impaciente lectura y, en cierto sentido, adictivas. Únicamente por leer alguna de ellas pasé alguna noche en desvelo en tiempos de juventud, incapacitado para soltar el libro hasta conocer la resolución del misterio. Casi un par de décadas después, el fenómeno no llega a tanto pero sí se mantiene el espíritu de leerlas lo más pronto posible, sin dejar de hacer hipótesis sobre la estelar pregunta: "¿quién es el asesino?" y sorprenderse con el cuidadoso entramado urdido por la autora, quien a pesar de utilizar una estructura similar en sus decenas de obras... ¡siempre acaba subyugándonos!

lunes, 23 de julio de 2012

Bonita, exótica y un poquitín sentimentaloide.

A mis manos llegó, como una reminiscencia de cuando leía en formato físico antes que virtual, el libro “Memorias de una Geisha”, novela de Arthur Golden publicada en 1997 y llevada al cine en 2005.

Generalmente estos best sellers están construidos de tal modo que su lectura resulta bastante llevadera. Si a ello añadimos la ambientación en países y costumbres lejanos, el interés se mantiene y el avance resulta como una caminata ecológica: relajante y por ratos interesante.

Sin embargo -y no del todo para mi gusto- hay sobrada presencia de elementos del antiguo cuento maravilloso y las telenovelas actuales: la protagonista sufrida, inocente y enamorada de su príncipe azul; la malvada villana, que de algún modo recibe su merecido; y especialmente la resolución del amor platónico que no pudo ser más parecido al final de la telenovela “La Zulianita” y otras de su especie.

Tengo entendido que la película recibió muchos premios por ambientación de época, vestuarios y decoración, por lo que la veré con ojos de espectador pictórico. El tiempo transcurrido a través de las 551 páginas resultó ameno y funcionó, además, como recurso de puro entretenimiento.

Me quedan en el recuerdo dos frases, no tanto por estar de acuerdo como por su capacidad para generar conversación y debate:

"Las esperanzas son como los adornos del pelo. De joven se pueden llevar demasiados. Pero cuando envejeces, tan solo uno ya te hace parecer tonta."
(Mameha, página 379).

"Nadie es capaz de hablar honestamente de sus sufrimientos hasta que ha dejado de sentirlos."
(Sayuri, página 537).

Del trasfondo de la cultura machista, mejor ni hablemos, que a eso le llaman "tradición" y capaz se echa a perder el goce estético.

sábado, 17 de marzo de 2012

I'm sorry, Mr. Goldman.

Bien dicen que "buena película y buen libro casi nunca coinciden" y que "no se debe intentar arreglar lo que no está descompuesto". La película “The Princess Bride” es una joya, basada en la obra homónima de William Goldman. La novela es, sin embargo, insoportable.

Lo que en la película son simpáticos recursos de brechtianos de distanciamiento al intervenir el Abuelo narrador y el Nieto oyente, en el libro son intervenciones constantes del propio autor que, si bien en los primeros capítulos pueden tener algo de gracia, se vuelven digresiones empalagosas e incluso desesperantes. Por otra parte, la gracia, encanto y misterio de los personajes en pantalla no brotan de los párrafos: son méritos del celuloide.

Como guionista cinematográfico, Goldman es bueno y su trayectoria lo comprueba: dos premios Oscar por “Butch Cassidy and the Sundance Kid” (1970) y “All the President’s Men” (1976), además de nominaciones diversas por “Misery” (1992), entre muchas otras. Es cierto que la novela fue previa a la película, pero en ésta Goldman se combinó con un buen director, Rob Reiner, y entre ambos supieron colocar el material en la pantalla.

Es cierto que muy pocas personas en el mundo habrían resistido la tentación de dar a conocer la novela en la que se basó una película exitosa, pero... mejor lo hubiera dejado así. Que tiene buenos pasajes, claro está, pero ya con los previos, los medios y los finales, cambia la cosa. Lo peor para mi sensibilidad de lector es el terrible intento de insinuar una segunda parte, "El Bebé de Buttercup". Así pues, paso página y me quedo con la resplandeciente película.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Contra dioses nefastos

“La cuestión central no será si se cree o no en Dios,
sino en qué Dios se cree”

José María Mardones en "Matar a nuestros dioses"

El título del libro “Matar a nuestros dioses”, del teólogo y religioso español José María Mardones (1943-2006), expresa con precisión provocativa su propósito fundamental, derribar ciertas imágenes monstruosas de Dios, que considera erróneas y dañinas -a saber: el Dios del miedo, milagrero e intervencionista (la más difícil de erradicar), hambriento de sacrificios, impositivo y dictatorial, externo y lejano, individualista y violento- y sustituirlas por sus respectivas antítesis, es decir, el Dios del amor, bienintencionado, de la vida, de la libertad, que nos rodea, solidario y pacífico.

Para seguir fructíferamente su línea de pensamiento se requiere receptividad, apertura mental y espíritu librepensador. Aunque el autor –por su filiación, prudencia política y espíritu constructivo- se cuida mucho de no manifestar con tanta vehemencia una postura explícita opuesta a la ortodoxia católica reflejada en los textos oficiales, es evidente que estas consideradas falsas imágenes de Dios contra las que apunta su argumentación provienen de las enseñanzas tradicionales cuya fuente misma hay que ver con ojos críticos (“No estaría mal que aceptáramos los pecados de la Escritura, de la misma Biblia y de cualquier libro sagrado: ofrece imágenes inadecuadas y peligrosas de Dios”).

No obstante lo anterior, el autor fundamenta la imagen de un Dios benévolo, respetuoso y amoroso para con el ser humano, en textos e interpretaciones bíblicas cuidadosamente seleccionados, teniendo presente que en la Biblia no hay una única imagen de Dios y que lo razonable es tomar aquella que sirva de base, en palabras de Mardones, para “una vivencia positiva y sana de la religión. En definitiva, una religión y un Dios presentables en la plaza pública”. Lo interesante de esta propuesta es que depende de la opción humana, con lo cual aparta radicalmente de los nefastos fundamentalismos y fanatismos opresores de conciencias.

Comentario especial merece el subtítulo del libro, “Un Dios para un creyente adulto”. No se trata de que esta imagen progresista de Dios se predique y difunda únicamente entre personas mayores mientras a la niñez y juventud se le sigue presentando su contraparte. Se trata de que la imagen de Dios que se anuncia a las personas de todas las edades sea la de un Dios evolucionado, de modo tal que desde la infancia se pongan las bases para ese “creyente adulto” que se busca, en contraposición al creyente inmaduro, literalista, obcecado, bipolar y primitivo que tanto daño ha hecho en la historia.

Concluyo este comentario con una cita del autor, muestra representativa de su pensamiento y pequeña prueba de compatibilidad para quienes quieran buscar la obra y revisar sus propias convicciones.

“Tanto creyentes como no creyentes, cuando lo hacen con seriedad y de buena fe, son seres que se mueven en afirmaciones sobre el sentido de la realidad y de la existencia que solo pueden sostener razonablemente. No hay pruebas definitivas para nadie sobre la totalidad y sentido de la realidad y de la vida. Y hay razones tanto para la existencia de Dios como también para su no existencia”.

domingo, 21 de agosto de 2011

Revisando dioses y religiones

“God is not great, the case against religion”, de Christhoper Hitchens, es un libro al que más vale referirse por su título en inglés, donde el adjetivo “great” tiene la significación de “wonderful, first-rate, very good”. El argumento central de Hitchens es que las religiones y sus prácticas son, por decirlo suavemente, bastante menos edificantes de lo que se cree.

Una observación y precaución importante -ya con el libro entre manos- es entender que el autor, al igual que todas las religiones, ve a Dios y a la religión asociados en el mismo concepto: Dios sería lo que su religión establece, de ahí que el alegato contra una sea extensivo para el otro.

Al respecto de esta cuestionable unidad conceptual, habemos otros, en cambio, que vemos el debate sobre la existencia o no de Dios como algo esencialmente distinto del debate sobre las religiones, tanto así que si ese Ser Superior existe debe estar, francamente, muy a disgusto con no pocas de las doctrinas elaboradas, predicadas, manipuladas e impuestas en su nombre. El escritor católico José María Mardones lo expresa con otras palabras en el libro “Matar a nuestros dioses” (que actualmente leo en paralelo con los ensayos de Bertrand Russell): “Siempre habría que estar distinguiendo entre lo que es nuestra idea y representación de Dios y lo que es Dios”.

Ya en el desarrollo de los diecinueve capítulos, hay poco que refutar ante el mar de referencias filosóficas e históricas que el autor aporta. Particularmente, me sorprendió darme cuenta de lo fuertes que están y lo peligrosos que son los fundamentalismos en la época actual y en diversas partes del mundo (añadamos al recuento los recientes episodios de terrorismo religioso en Noruega y España), cosa que a veces quizá olvidamos por vivir en país donde -si bien pululan las prédicas torpes, literales, retrógradas y anacrónicas- en general se respetan los artículos 6 y 25 de la Constitución Política (libertad de pensamiento y libertad de culto), aunque hay ciertos sectores que arden en deseos e intentos por derribar el concepto del Estado laico.

Como ya indiqué en una entrada anterior, el capítulo dedicado al argumento del “diseño inteligente” fue el que más me llamó la atención, haciéndome dar una mirada retrospectiva a mis tiempos filosóficos de la UCA. El otro capítulo que ha motivado fuerte debate, y que previsiblemente desembocará en un próximo escrito, es el que cuestiona la idea -muy arraigada y generalmente aceptada- de que la religión hace que las personas se comporten mejor.

En síntesis, ha sido esta una lectura ilustrativa de una postura filosófica legítima que no obstante -vistos los fanatismos y cuadraturas mentales de una y otra índole- resulta imposible de recomendar para quienes claman por suprimir cualesquiera argumentos que sientan como amenazas para sus construcciones mentales.

miércoles, 29 de junio de 2011

Para este, mejor aquel.

Quizá sería injusto decir que es más interesante la reseña de "Caín", de José Saramago, que el libro mismo... pero algo de eso hay. Lejos de las interesantísimas y demoledoras ficciones argumentables de "El Evangelio según Jesucristo", en este último libro del laureado escritor hay demasiadas reiteraciones en lo que está claro desde hace tiempo -a saber, los delitos de lesa humanidad consagrados en el Antiguo Testamento y atribuidos a Aquél- y poca sustancia en el asunto esencial, que es salvar a Caín, agudo y espinoso debate que apenas ocupa unas cuantas líneas, insuficientes para avalar o justificar el primitivo fratricidio. Así pues, para examinar con mayor fundamento el tema, es preferible releer el otro libro mencionado al principio, o bien... ¡volver a los nutritivos ensayos de Bertrand Russell!

miércoles, 8 de junio de 2011

Para pasar el rato

Su estilo de “best seller” demasiado notorio y los trillados personajes estereotipos son cosas innegables, pero me interesó el desarrollo de la trama, incluso en el último tercio del libro cuando se vuelve una mezcla de “Fight club” y “Psycho” con incrustaciones filosóficas y teológicas. Pero puestos ya en ese plano, son precisamente los dos últimos capítulos los que no terminaron de ganar mi aplauso, pues por una parte la reflexión sobre el bien y el mal queda bastante caricaturizada sin ofrecer ningún aporte, y por otra la opción final de “la chica” es demasiado hollywoodense (en cuanto inverosímil, sólo para satisfacer el happy end). Así pues, admito que el tiempo de lectura puesto en "Tr3s", de Ted Dekker, no resultó tortuoso como en otros casos y que cumplió bien su función para pasar el rato. Solamente.

jueves, 21 de abril de 2011

El arte de echar a perder el arte

No: ni son vándalos artísticos ni tampoco malos ejecutantes. Son un par de autores (y seguramente sus respectivos equipos técnicos) capaces de elaborar interesantísimas historias que gustan, seducen y cautivan, en las que todo va bien… hasta que -enamorados de sí mismos, cual semidioses en pleno acto de soberbia y creyendo añadir una pincelada de genialidad- dejan ir el hachazo que las mata. Helos aquí:

- Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura, autor de “Me llamo rojo”, libro citable en más de un párrafo, tan capaz de contar una historia llena de inquietantes enigmas y sugerentes escenas, como de arruinarla con reiteradas y empalagosas enumeraciones, abusando hasta el hartazgo de parábolas e historias con pretendido y aún misterioso significado… ¡vaya manera de añadir páginas por gusto!

- Roman Polanski, director de “The ghost writer” (además de célebre prófugo de la justicia norteamericana, en su momento), una buena película de suspenso al nivel de las mejores de su género (pensemos por ejemplo en “Reversal of fortune” y “Fracture”)… si no fuera porque tiene uno de los peores finales que puedan concebirse. Habría que revisar el libro en el que se basa para repartir culpas con mayor justicia, pero esa última escena en donde el personaje se comporta de la manera más tonta imaginable, como si no hubiera vivido todo lo que pasó antes, con nulo aprendizaje de la experiencia inmediatamente anterior (transcurso en el cual, por cierto, mostró bastante más agudeza de la que cabría esperar en el ridículo trance final)… ¡es tan impertinente como aquel “domingo siete” del cuento!