lunes, 26 de junio de 2023

Nueva (y antigua) experiencia

El jueves 22 de junio, con motivo de celebrarse el Día del Maestro, tuve la experiencia de estar por primera vez en un espacio de entrevista de un canal matutino, en el programa Diálogo 21, hablando sobre el rol y la imagen del docente en el contexto actual.

Ya en ocasiones anteriores desde hace ya mucho tiempo había estado en televisión: unas veces como artista (cantautor, productor musical o escritor) y otras como comentarista de temas culturales en VLM. En este sentido, no tendría por qué haber habido excesiva tensión o nervios en los momentos previos; sin embargo, la novedad en esta ocasión fue, más que el programa y el tema en sí, la expectativa de dejar la puerta abierta en este tipo de programas, para acudir con mayor frecuencia y hablar de temas no necesariamente circunscritos a la profesión docente, generando opinión ciudadana (como lo vengo haciendo por escrito en Diario El Salvador desde hace algunas semanas).

El tiempo dirá si logré mi propósito, pero de momento me da la impresión de que, al menos en la entrevista aquí citada, podría perseverar en ese empeño. 😬

jueves, 22 de junio de 2023

La imagen del maestro

Publicado en Diario El Salvador

La imagen histórica del docente es un arquetipo, una representación modélica que, en nuestro país, quedó plasmada en el Himno al maestro, que compusieron Joaquín Trejo y Ciriaco de Jesús Alas a principios del siglo XX. Esta antigua pieza ofrece una visión romántica que eleva al profesor al rango de un “noble apóstol” en lucha perenne por hacer triunfar a la ciencia, siendo ejemplo de virtud y actor fundamental para que, sobre sus alumnos y alumnas, descienda “de los cielos hermosa la paz”.

La docencia es una bonita profesión, pero el contexto actual requiere de una reconceptualización de la figura del docente de cara a la realidad, más allá de los sublimes conceptos expresados en la pieza poética aludida.

La cualidad de abnegación que se les atribuye a los maestros y maestras luce como un eufemismo injusto. Una persona abnegada es alguien “que se sacrifica o renuncia a sus deseos o intereses, generalmente por motivos religiosos o por altruismo”. El gesto es noble, sí, pero el término se usa para justificar los bajos salarios enraizados por décadas en el sistema y, además, invisibilizar el trabajo no remunerado que el docente realiza fuera de su jornada laboral, revisando tareas y exámenes en casa porque no le han asignado tiempo para que lo haga dentro de su horario contratado.

En cuanto a la nobleza del apostolado y el aura beatífica que conlleva el verso “de virtud el ejemplo les das”, la sociedad debe tener muy claro que los maestros y maestras son personas de carne y hueso, con una vida propia fuera de las aulas a la que como ciudadanos/as tienen derecho. En este sentido, al docente no se le debe pedir santidad, sino que cumpla con sus obligaciones según la Ley de la Carrera Docente, entre las cuales están la diligencia y eficiencia en el desempeño de sus labores, el respeto a los alumnos/as y demás miembros de la comunidad educativa, así como una buena conducta dentro y fuera de su centro educativo.

Otra percepción que debe cambiar es la de ver al docente como poseedor de la llama del conocimiento, fuego sagrado que da generosamente a sus estudiantes, sacándolos de la oscuridad. Claro que el maestro o maestra debe conocer muy bien las materias que imparte, pero consciente de que todo ese saber ya está al alcance de sus alumnos/as en la biblioteca global computarizada que llamamos Internet, al alcance de un clic, de una manera más completa y en ocasiones audiovisualmente más atractiva. Esto no vuelve innecesario al profesor/a, pero sí le cambia su rol, pasando de ser un transmisor de información a convertirse en un organizador de sentidos y significados, de acuerdo a la realidad del estudiante.

Finalmente, en cuanto a la formación en valores (inevitablemente asociada a la escuela como institución social), no es justo que se cargue al docente con una responsabilidad que pertenece primordialmente a la familia. Los y las docentes pueden desarrollar contenidos programáticos de orden moral (ya sea desde esa materia específica o como ejes transversales), también están llamados a hacer las observaciones pertinentes sobre conductas estudiantiles y a apoyar a las familias en este sentido; sin embargo, son los padres y madres quienes tienen el deber de inculcar en sus hijos e hijas los códigos de comportamiento necesarios para el correcto desarrollo personal y la sana convivencia social.

La profesión docente es una vocación en desarrollo permanente, con momentos memorables y significativos. Ya es tiempo de que la sociedad le dé el reconocimiento que merece, pero no desde aquella imagen convenientemente idealizada, sino a partir de realidades más justas y sensatas.

Polémica LGBT

Publicado en Contrapunto

La historia de las reivindicaciones sociales está llena de gestas cuyo elemento común fue el haber buscado el reconocimiento de la dignidad inherente a la persona, con las implicaciones jurídicas correspondientes. Estas luchas buscaron derribar barreras legales y morales que legitimaban tratos injustos y, pasado un tiempo después de cada batalla ganada, cada conquista fue asimilada por el conglomerado social, volviéndose irreversible. Nadie en su sano juicio pensaría hoy, por ejemplo, en retirar el derecho al voto de las mujeres o restablecer la esclavitud.

En perspectiva histórica, la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) tendría que haber sido la conquista teórica final, enfocándose los esfuerzos de allí en adelante en su implementación efectiva para todas las personas en todos los países. En esta línea de pensamiento es que hoy, sobre la tercera década del siglo XXI, se libra una fuerte batalla ideológica relativa a la diversidad sexual y el reconocimiento de derechos a las personas LGBT.

En este tema, en el mundo occidental ya había habido ciertos avances básicos desde la segunda mitad del siglo pasado, como cuando la Asociación Estadounidense de Psicología y la Organización Mundial de la Salud dejaron de considerar a la homosexualidad como una enfermedad; o como cuando la Iglesia Católica, pese a rechazar los actos homosexuales, reconoció en su Catecismo que hay personas con “tendencias homosexuales profundamente arraigadas” y estableció que deben ser tratadas “con respeto y delicadeza”, evitando “cualquier estigma que indique una injusta discriminación”.

Siendo El Salvador un país conservador, aquí parecía haberse llegado a una especie de tolerancia mínima, tácita y genérica, del tipo “cada quién que viva su vida como mejor le parezca, sin dañar a los demás”; sin embargo, ese equilibrio inestable se vio agitado por recientes incidentes ocurridos principalmente en Estados Unidos, retomados por activistas ultraconservadores salvadoreños para relanzar su campaña permanente de rechazo al tema. Dos casos recientes lo ilustran.

En abril de este año, la marca estadounidense de cerveza Bud Light lanzó una campaña con la influencer transgénero Dylan Mulvaney, hecho que le costó una caída en ventas del 30 % por el boicot de consumidores conservadores. Inspirados en ello, usuarios de redes sociales en El Salvador atacaron un spot de inclusión LGBT lanzado hace tres años por una reconocida industria cervecera local, presentándolo como si aún estuviera en circulación.

El otro caso fue el de Target, cadena de tiendas norteamericana que desde 2010 tiene una sección pride con prendas para diversas edades, pero que en 2023 incluyó mercancía del controversial diseñador trans Erik Carnell, por lo cual recibió fuertes reclamos de los consumidores y acabó retirándola, además de sufrir serias pérdidas económicas. Miméticamente, en El Salvador hubo quienes propusieron una campaña de boicot contra un supermercado, por poner a la venta calcetines de arcoíris (no por su absurdo precio de 10 dólares, sino por promover la ideología de género).

Este año en particular, la polémica entre promotores y detractores de la causa LGBT ha escalado en países del primer mundo a agrios niveles de violencia verbal y simbólica, especialmente cuando involucra a la niñez como destinataria de la propaganda a favor o en contra. Aquí en la periferia, apenas toca la cola de ese huracán, pero las fobias ancestrales afloran ante la sola mención del tema.

Tal parece que un asunto tan controversial como este no se va a resolver a corto plazo, pues con la polarización existente no hay debate entre las partes, solamente reafirmaciones de las creencias preexistentes. Corresponderá a las nuevas generaciones, millenials y centennials no fanatizados, construir y consolidar soluciones equilibradas, respetuosas, duraderas y razonables, por el bien de todos los sectores involucrados.

jueves, 15 de junio de 2023

La falacia de la minoría

Publicado en Diario El Salvador

Practicar el debate es un deleite para las mentes inquietas, traviesas e inconformes con los lugares comunes y simplificaciones de la realidad. Conociendo y aplicando las técnicas argumentativas, de la mano con una rigurosa investigación y un imprescindible sentido crítico, el hecho de debatir resulta una actividad enriquecedora e iluminadora.

Además de conocer las distintas maneras para fundamentar una postura a favor o en contra de algo, en el debate es importantísimo detectar las falacias argumentativas: razonamientos aparentemente lógicos y verdaderos, pero que en el fondo esconden un engaño o carecen de fundamento real.

Una de las falacias más comunes, pero también más erróneamente señaladas, es la falacia ad populum, también llamada “falacia de la mayoría”. Esta consiste en declarar válido un argumento simplemente porque la mayoría de personas así lo cree.

En el campo de las ciencias, donde hay hechos objetivos y verificables, es evidente que el dato debe prevalecer por encima de una opinión mayoritaria equivocada; por ejemplo: en un partido de fútbol, la goal-line technology puede establecer que el balón rebasó en su totalidad la línea de meta y declarar gol del equipo visitante, aunque miles de aficionados locales clamen lo contrario.

Sin embargo, en el campo de las humanidades y en la vida social, el señalamiento de una presunta “falacia de la mayoría” (ad populum) es asunto más complicado y no siempre resulta apropiado ni pertinente. La tesis a la que apunta el presente artículo va en este sentido: rechazar automáticamente una opinión común a muchísimas personas, etiquetándola sin más como falacia ad populum por el simple hecho de que es la mayoría, es un autoengaño y da lugar a lo que podríamos llamar la “falacia de la minoría”, pues en ese rechazo generalmente va implícita la afirmación de que la minoría siempre tiene la razón frente a las masas.

En realidad, esta “falacia de la minoría” supone una mala comprensión de la falacia ad populum: una cosa es cuestionar la veracidad automática de lo que la mayoría opina (lo cual puede ser cierto o no, eso dependerá de un análisis más profundo); otra muy distinta es afirmar, sin más, que algo es falso únicamente porque es popular.

Un ejemplo local que ilustra la “falacia de la minoría” es este: cuando la población aprueba en alto porcentaje la gestión del presidente, siempre hay una furiosa oposición que sale inmediatamente a descalificar dicha opinión por el simple hecho de que es popular (diciendo que sería una falacia ad populum). En ese mismo acto, se adjudican automáticamente la autoridad de los “iluminados” para llamar al pueblo “ciego” y “engañado”, como si supieran más de la realidad que la propia gente que la está viviendo.

Una aproximación más inteligente al fenómeno de la aceptación popular del presidente sería la siguiente: si la gran mayoría de salvadoreños/as están convencidos de que su gestión es positiva, antes que negar o descalificar dicha opinión como si fuera una falacia ad populum, lo sensato sería indagar (con mente abierta, sin prejuicios, con respeto y sin pedantería) por qué razones las personas opinan de esa manera, empatizando con la gente para comprender su realidad.

Considerando el complicado tema de las ideologías, es particularmente difícil dar una receta infalible contra las falacias argumentativas. Hay que desarrollar el pensamiento crítico, lo cual implica cuestionar las apariencias externas e internas… incluyendo nuestras propias certezas, que son la principal fuente de nuestros engaños. Encerrarse en el convencimiento de que uno es siempre el iluminado que va a sacar a los demás de la caverna platónica (es decir, la minoría “sabia” contra la mayoría “ignorante”) puede ser una peligrosa trampa del ego.

domingo, 4 de junio de 2023

La música evangélica


El Salvador, al igual que los demás países de América Latina, ha sido tradicionalmente católico; sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XX el avance de las iglesias evangélicas en la región comenzó a ser cada vez más importante, fenómeno que no fue únicamente religioso sino también político.

Comoquiera que haya sido, el hecho es que para 2004 la proporción entre católicos y evangélicos en El Salvador era de 55 a 29 por ciento; pero en 2023 un nuevo estudio de LPG Datos reveló que los porcentajes estaban igualados en 38 % para cada sector. Dicho en otros términos: en solo dos décadas, el catolicismo disminuyó 17 puntos porcentuales y las iglesias evangélicas incrementaron sus fieles en un 9 %.

Si a lo anterior añadimos la observación simple de que a los templos católicos parece acudir mucha más gente de la tercera edad que jóvenes, en los siguientes diez años el porcentaje del rebaño católico podría bajar hasta una tercera parte de la población, mientras que los “hermanos separados” (como estos suelen llamar a los cristianos evangélicos) podrían ser el 45 % de la población.

Consultado el módulo de inteligencia artificial ChatGPT por las causas de este fenómeno, mencionó varios factores como el énfasis en la experiencia personal y la participación activa de los fieles en las iglesias evangélicas, así como su estrategia de proselitismo; todo lo anterior conjugado con el desencanto de varios feligreses por la Iglesia Católica, por causas que serían interesantes de analizar en otro artículo.

Personalmente, como observador no participante de la fe religiosa, creo que un factor importante en la pérdida de atractivo del catolicismo en beneficio de las iglesias evangélicas es la música. No me refiero a las expresiones más lamentables que se oyen en varios pequeños templos o comunidades católicas y evangélicas (que en ambos lados las hay, como evidencia de que Yahveh o Jehová no les concedió el don del canto), sino a las producciones mejor elaboradas.

Si tomamos como referencia a los cantantes cristianos evangélicos más importantes (Marcos Witt, Jesús Adrián Romero, Alex Campos, Marcela Gándara y Christine D’Clario, por mencionar algunos), vemos que ellos tienen un nivel musical muy por encima de los católicos, desde hace varios años. Si bien entre estos últimos podemos mencionar excepciones destacadas y reactivas (como Martín Valverde y Hermana Glenda), a nivel general está claro que la industria musical evangélica produce canciones mucho más atractivas; lo cual no es casualidad, pues detrás de ella hay un altísimo nivel profesional en las voces, los arreglos y la ejecución.

Si quieren verlo con ojos creyentes, digan que Dios evangeliza a través de la música; pero la diferencia entre la Iglesia Católica y las iglesias evangélicas en este punto ha sido cuestión de astucia y marketing... con o sin asistencia del Espíritu Santo.