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martes, 26 de febrero de 2019

Why "The Haunting of Hill House" ending spoiled the series

When you’re telling a story (a novel, a play, a movie, etc.), from the very beginning you must aim at a satisfactory conclusion, a climax that justifies all the components in a consistent way.

The ending is so important that if it fails, the entire ship sinks, and that’s exactly what happened with “The Haunting of Hill House”.

SPOILERS ALERT!

The series is a story of ghosts, really evil ghosts, considering all the torment and suffering that they inflict to the entire Crain family, not to mention to the previous families that inhabited the mansion where the traumatic events occur.

Since the first episode, it’s clear that the main source of evil is The House itself, hungry of souls even beyond its own physical boundaries. The House provokes a severe mental illness in Olivia Crain, that derives in her suicide and subsequent traumas on her husband and their five children through their childhood, adolescence and young adulthood. The younger and most tormented girl, Shirley, also commits suicide, but soon we realize she was murdered by the ghosts.

But when the final battle between the remaining Crains and The House is set up, after a very clever path of nine episodes, for no reason at all The House turns itself in a sort of supernatural psychologist that allows them to confront their respective weaknesses, awakening everyone’s inner voice in order to overcome their issues before it can grab and kill them one by one. So that, suddenly the series turns in a personal growth speech.

That’s a serious inconsistency, but not the only one.

Having the absolute power on his side, The House (through Olivia) make an agreement with Hugh Crain, the father, who is willing to give himself in exchange for the four siblings. The House frees the siblings, which is quite absurd considering that The House could easily have taken all of them without resistance.

And finally, for no reason at all, The House ends being a place where ghosts live happily ever after.

Really, I don’t know what the producers wanted to do, but whatever it was, it killed the series.

viernes, 14 de abril de 2017

Cinco sinrazones de "Por 13 razones"


Transcripción de la 22ª emisión de RFG TV

¡Hola! Hoy les voy a comentar cinco sinrazones de "Por 13 Razones"

Recientemente se estrenó por Netflix la serie Thirteen reasons why o Por trece razones, basada en el best-seller de Jay Asher, publicado hace una década.

La trama es que Hannah Baker, una estudiante adolescente suicida, grabó 6 cassettes y medio antes de cortarse las venas, en donde culpa específicamente a 12 personas de quitarse la vida. La cuenta de 13 se ajusta porque una de ellas es doblemente responsable.

El paquete de esas grabaciones debe ser escuchado por cada una de estas personas señaladas y luego pasárselo al siguiente de la lista, con la amenaza de que, si no lo hacen, hay otra persona que tiene en custodia una copia de todo ese material, con el mandato de hacerlo público si alguien rompe la cadena.

En este video voy a comentar mis impresiones sobre la serie, que pese a su éxito de audiencia… no son muy favorables. Al igual que las demás opiniones expresadas en mi canal, no tienen la pretensión de que alguien tenga que coincidir a fuerza con ellas, pero sí trato de darles algún fundamento para que no sean tan antojadizas.

Pero antes de enumerarlas, debo decir algo importante a nivel personal. La experiencia del suicidio la padecieron cuatro personas a las que conocí en diferentes momentos de mi vida: un compañero de colegio, un amigo muy querido en la universidad y dos estudiantes adolescentes en diferentes edades. Por eso, por lo que sé y por lo que me afectó, creo que puedo hablar del tema no sólo desde una perspectiva teórica.

Primera sinrazón: culpar a otros del suicidio de alguien.

El suicidio es una decisión íntima, personal, que -por cruel que pueda parecer decirlo- no depende tanto de las circunstancias objetivas como de la imposibilidad subjetiva o psicológica de la persona para lidiar con dichas circunstancias, y eso lo admite hasta la misma protagonista, Hannah, en los capítulos finales.

Claro que hay personas que pueden haberle hecho daño (con o sin intención) a quien se acaba suicidando, pero no hay una relación automática de causa y efecto que establezca que “esta situación o este daño tiene que acabar en suicidio”. Es más: lo que para alguien puede ser una causa para el suicidio, para otra persona puede ser un motivo para fortalecerse y seguir luchando.

De lo que se debería tratar aquí no es de repartir culpas como una venganza personal, o como si el mundo tuviera la obligación de girar a tu alrededor, sino de fortalecer el carácter para poder hacer frente situaciones difíciles.

Segunda sinrazón: da igual cómo sean tus padres

Veamos: mejores padres que los de Hannah, la protagonista, no puede haber. Son dedicados, comprensivos, amorosos, siempre tienen una palabra de ánimo, están dispuestos a escuchar… incluso hasta en las llamadas de atención sanciones son tolerantes, respetuosos y equilibrados.

¿Y de qué sirvió eso? De nada, porque Hannah nunca buscó apoyo, consejo ni ayuda en su papá y su mamá, que son al final los más castigados por la tragedia. Y no es porque ellos no estuvieran dispuestos a dársela, ni porque estuvieran pendientes “sólo del negocio”. ¡No! Es porque ella, al igual que muchos otros adolescentes, los mantuvo siempre al margen y jamás se dejó ayudar.

Tercera sinrazón: banalizar los factores de llevan a un suicidio.

Seguramente este es el punto más débil y más notorio de la serie, y lo que más comentarios negativos ha provocado.

Con una lista de 13 razones, y dedicándole un capítulo a cada una, se les da la misma jerarquía a todas, desde las más serias hasta las más banales. Todas quedan al mismo nivel.

En un rápido recuento, de esas 13 “razones”, está claro que hay 3 situaciones muy graves (dos de abuso sexual y un accidente no reportado que provoca una muerte). Hay otras 3 más o menos graves, relacionadas con fotografías inapropiadas. Pero hay otras 4 bastante triviales, bromas de escuela que si bien son incorrectas también son bastante comunes y para lo único que sirven, en la serie, es para dejar ver un carácter de “drama queen” y de sobrerreacción de Hanna.

Luego, hay otras 2 en donde los supuestos “culpables” (Clay y Mr. Porter) realmente no lo son, pues la situación fue echada a perder por la propia protagonista. E incluso hay otra, la del poema divulgado, que solo ella, en su psique oscura, la ve como negativa.

Claro, alguien puede decir que no son los hechos individuales sino el conjunto de ellos lo que la llevó al suicidio, pero entonces volvemos al punto anterior: la clave está en la capacidad de cada persona para lidiar con esas circunstancia, su inteligencia intrapersonal, su fortaleza espiritual o de carácter.

De hecho, si lo piensan bien, hay otros personajes, como Justin y Jessica, que tendrían tantas o más razones que Hannah para suicidarse… pero reaccionan diferente. Y si seguimos la “lógica” de Hanna, ella vendría siendo la principal culpable de que Alex Standall se pegue un tiro en la cabeza. Y así, no llegamos a ninguna parte.

Por series como esta y por no tener claro este punto es que, cuando hay un suicidio, no faltan titulares sensacionalistas y superficiales como “adolescente se suicida porque la dejó el novio”, “joven se suicida porque discutió con sus padres” o “estudiante se quita la vida porque reprobó una materia”.

Cuarta sinrazón: querer justicia sin denuncia

En el capítulo final, cuando Hannah dice que va a “darle una última oportunidad a la vida”, acude al consejero escolar en busca de ayuda.

No me puedo imaginar a alguien más sensible a los problemas juveniles y mejor capacitado para tratarlos que Mr. Porter. Pese a la reticencia inicial de ella, él logra establecer comunicación y que ella cuente parcialmente lo que le ocurrió, que fue una agresión sexual por parte de uno de sus compañeros de clase.

Mr. Porter actúa muy profesionalmente y además de mostrarse empático y ofrecerle apoyo, le aclara las dos opciones que ella tiene: una, dar el nombre del agresor y denunciar el hecho a la policía, a lo cual él mismo está obligado como consejero escolar; o dos, si no hay suficiente evidencia incriminatoria o si el hecho no está claro, hacerle ver el peligro de una denuncia sin fundamento y que en ese caso es mejor abstenerse de hacerla.

En este punto hay que tener mucho cuidado, porque seguramente van a salir diciendo “¡hey, pero sí hubo agresión!”. Y sí, eso lo sabemos los espectadores porque vimos las escenas que así lo muestran, pero desde el punto de vista legal y en la posición del consejero, en el contexto del sistema de justicia estadounidense, si la propia víctima no aporta la información suficiente (ni siquiera su testimonio “a no ser que se le garantice 100% que el agresor será condenado”), ¿cómo se le puede apoyar o ayudar institucionalmente?

Alguien dirá “es que el consejero debió insistir”, ajá, pero es que Hannah salió molesta y a toda prisa de la oficina, sin dar tiempo a nada más porque esa misma noche procedió a suicidarse.

La lógica de Hannah es: “tengo la firme determinación de suicidarme, y como usted no me detiene, entonces usted es el culpable”. ¿Qué sentido tiene eso?

Quinta sinrazón: mandar al carajo a quien te quiere

Es evidente, desde el primer capítulo, que el chico Clay está enamorado de Hanna y que el sentimiento es recíproco, pero ambos no se atreven a aceptarlo ni a decírselo mutuamente. Y en cuanto a la visión negativa que Hannah tiene del género masculino, también está claro que Clay “es diferente”, pues respeta a Hanna como persona en toda su integridad.

¿De qué sirvió esto? De nada.

Porque en el momento en que se va a realizar el encuentro amoroso de ambos, Hannah sufre un ataque androfobia (es decir, repulsión a los hombres). Entonces empuja y le grita a Clay “vete al carajo”. ¿Y qué hace él? Pues exactamente lo que debe hacer: irse, en atención a la exigencia de Hanna, respetando su rechazo.

Pero cuando ella narra posteriormente la experiencia en su cinta grabada, le dice a Clay “¿por qué te fuiste, por qué no insististe, por qué no te quedaste?”. Y por eso ella lo culpa y lo pone en las cintas.

Así no se puede.

En conclusión, me parece muy bien que se ponga sobre la mesa el tema del suicidio, que se hable y que se debata sobre ello, aunque esto debería hacerse desde una perspectiva un poco más madura y profesional de la que se presenta en esta serie, la cual puede ser, en todo caso, un punto de partida.

Pero si quieren mejores opciones para tratar el tema del suicidio, mejor busquen la novela corta “Werther”, de Goethe, y en cine, “La sociedad de los poetas muertos”, protagonizada por Robin Williams.

Nada más tengan cuidado de que la trágica belleza de estas obras no los vaya a seducir, porque esta vida es lo único que tenemos y hay que aprovecharla sin caer en semejantes depresiones.

Ah, y si necesitan ayuda... ¡búsquenla!


Posdata: Como bien dijo una comentarista en mi "post" de FB, Hannah presenta un comportamiento patológico, y de ahí mi punto con las "sinrazones": que la serie presenta esa visión enfermiza como algo normal, "ok, cualquier chico/a reaccionará de la misma forma". Claro que dentro del esquema de percepción distorsionada de Hannah, todo tiene "lógica", pero lo perjudicial de la obra es que legitima ese enfoque un tanto retorcido.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Un marciano sobrevalorado

Debo decir, sin más rodeos, que The martian (2015) no me ha gustado. Es, a mi criterio, una de las películas más flojas de Ridley Scott y seguramente la más sobrevalorada por la crítica, pese a los recursos en ella invertidos.

El motivo principal de la historia es un rescate con muchísimos problemas técnicos, unos con solución científica y otros francamente imponderables. Pero mientras en la primera parte del filme casi todo lo que puede salir mal, sale mal, en la segunda se desvanece toda condición adversa: no más lanzamientos fallidos, los acoples funcionan a la perfección, cesa cualquier tormenta marciana que ponga en riesgo al protagonista (y este puede sobrevivir protegiendo las partes rotas de su hábitat con una lona semitransparente que resulta más efectiva que todo el metal especialmente diseñado para ello), etc.

Claro que al final debe haber un poco de emoción con el agarre, pero igual: es demasiado predecible que habrá una cuerda a la que aferrarse.

Un detalle demasiado incoherente es que, pese a los muchísimos meses que la tripulación lleva en el espacio, la lucidez de los astronautas es tan espléndida como su aspecto, como si el prolongado tiempo de aislamiento e ingravidez no tuviese la menor importancia. Esto quizá sería normal en un entorno típico de la ciencia-ficción de aventuras interestelares, como la saga de Star Trek, pero no encaja en una historia desarrollada conforme a la actual tecnología espacial, donde hay que resolver dificultades mucho más reales.

Y ni hablemos del viaje de más de 3,200 kilómetros por tierra sobre la superficie marciana, con menos posiblidades de éxito que la misma misión de salvamento.

En fin: que si de rescates y supervivientes espaciales hablamos, The Martian queda muy, pero muy por debajo de Gravity (2013) en cuanto a verosimilitud, que es de donde surge la emoción.

lunes, 1 de agosto de 2016

Más viento del necesario

Sin duda, Gone with the wind (1939) es la película más mencionada que nunca vi, hasta el día de hoy. Durante mi infancia se la escuché mencionar a mi madre y mis hermanas, lo que el viento se llevó por aquí, lo que el viento se llevó por allá, y de allí surgió mi impresión de que el filme era una gran cosa.

Y sí, lo es… pese a sí mismo.

Me explico.

La primera parte (de aproximadamente 105 minutos de duración) es realmente épica: una historia de amor obsesivo en el contexto de la guerra de secesión, con escenas impresionantes y personajes si bien bastante estereotipados pero cargados de una fuerza interior clásica. Justo antes del intermedio, la escena de Scarlett con la tierra en sus manos haciendo un valiente juramento debió bastar para un final abierto digno de lo hasta entonces presentado. Hasta allí, una obra maestra

Pero… luego del entreacto, la película continúa por aproximadamente 120 minutos más, que no están a la altura y comprometen su excelencia.

Es allí donde aparece el excesivo melodrama, el novelón diseñado para llorar a moco tendido. Los frecuentes saltos en el tiempo (“una semana después…”, un año después…”) hacen caer la película en lo puramente anecdótico, que por ir en esa prisa no queda bien narrado.

Y luego está el fallido matrimonio de Rhett y Scarlett.

Sobre este punto en particular, me llama mucho la atención que el afiche y toda la publicidad de la película se haya centrado precisamente en esta pareja (protagonizada por Clark Gable y Vivien Leigh), como si representaran la quintaesencia del amor, cuando lo cierto es que el blanco de la gran obsesión amorosa no correspondida de Scarlett siempre fue el pelirrojo Ashley Wilkes. Si bien Rhett dice amar a Scarlett y por momentos esta parece corresponderle, no hay diálogo entre ellos que no esté cargado de ironía y sarcasmo, así como violencias verbales y hasta físicas, incluso en momentos en donde el dolor ante la tragedia aconseja moderación.

El final “final” nos presenta una vez más a Scarlett sola y de cara al futuro, reencontrándose con la tierra, su amada plantación llamada Tara, y formulando una tibia expectativa de recuperar a Rhett (luego de descubrir inexplicablemente que lo ama). Es, pues, un final abierto pero sin la décima parte de convicción ni fuerza del primer “final”, dos horas antes.

No obstante, la primera parte es lo suficientemente buena como para sacar el filme con balance positivo… toda vez no le moleste demasiado una historia contada desde una sociedad patriarcal, conservadora y esclavista a la que nunca se cuestiona.

__________

Posdata: la traducción del título como "se fue con el viento" me parece mucho más apropiada y sugerente que "lo que el viento se llevó". Cuestión de gustos.

lunes, 6 de junio de 2016

Ausencias

¿Cómo contar el vacío que deja la repentina e inexplicada desaparición de un ser querido? Las solas palabras no bastan: hacen falta imágenes, símbolos que se aproximen al dolor constante, al perenne riesgo de derrumbar toda esperanza de reencuentro y a la necedad-necesidad de aferrarse a algo que no cuadra en la lógica del sinsentido.

Eso es el Ausencias, ganador del Premio Ariel 2016 de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas en la categoría de cortometraje documental.

Con realización y guion de Tatiana Huezo (mexicana de origen salvadoreño, 1972), bajo la producción de Agnaïs Vignal y Julio López, este filme de 26 minutos consigue situar al espectador en un contexto emocional universal, pues aun cuando ocurre en un lugar concreto (Saltillo, Coahuila) con personas específicas (Esteban, Walberto, Brandon), permite adentrarse en esa angustia irresoluta de quienes no saben el paradero de sus familiares arrebatados sin explicación alguna, que puede ser peor que la certeza de saberlos en una tumba.

El testimonio narrado tiene la virtud de ser auténtico sin caer en el melodrama, de dejarse acompañar por tomas sugerentes de espacios vacíos de ilusiones, así como de encarar la vida con una fe laica saludable e inusual.

Inserto en lo cotidiano, el texto sabe además incorporar el debate sobre cómo continuar viviendo por quienes quedan, sin abandonarse al lamento y la inacción, y sin rendirse ante la muerte.

lunes, 11 de abril de 2016

El genio entre la locura

Pawn sacrifice” (2014) es una buena película de tema ajedrecístico, escrita teniendo mucha consideración hacia un público que en su inmensa mayoría jamás ha jugado ajedrez.

Tenía que ser así, por cuanto el match por el campeonato mundial de esta disciplina, jugado en 1972 en Islandia entre el soviético Boris Spassky y el estadounidense Bobby Fischer, captó la atención mundial de multitudes que, ciertamente, tampoco sabían mucho del juego-ciencia.

Aquel fue un duelo significativo en el contexto de la guerra fría y, al final de cuentas, la demostración de que, aunque sea por una vez, el genio espontáneo puede superar a una rígida disciplina que produce grandes maestros industrialmente… aun cuando este genio tenga serios y progresivos problemas mentales.

La película es bastante fiel a la historia y resulta entretenida para legos e ilustrados por igual. Apenas hay ligeras dramatizaciones que modifican ciertos pasajes dentro y fuera del tablero, las cuales le hacen bien.

La fuerte y desequilibrada personalidad de Fischer queda bien encarnada en la actuación de Tobey McGuire, que reparte por doquier miradas demenciales y paranoicas; en contraparte, tengo mis dudas sobre la caracterización de Liev Schreiber como Spassky, pues da la impresión de que admiraba demasiado al terrible y genial Bobby, tanto como para hacerle demasiadas concesiones.

Al conocer por este y otros medios la biografía ampliada de Fischer, uno no deja de sorprenderse de las paradojas de las que es capaz una mente tan brillante en unos aspectos y tan deficitaria en otros. Quizá por eso seguimos admirando tanto a ese ajedrecista que alcanzó y abandonó la cima.

domingo, 10 de enero de 2016

Bella e inquietante

Para uno que le fascina la ciencia-ficción de verdad (no los space westerns), y que además aprecia dos o tres toques filosóficos o inquietantes reflexiones sobre la condición humana, la película Ex Machina (2015) es un platillo fascinante. Construida sobre el tema de la inteligencia artificial y sus preocupaciones intrínsecas, el filme juega con las hipótesis, plantea posibilidades de desarrollo de la trama y logra un clímax bastante bien logrado pero no menos inquietante. Tremenda en su aparente simplicidad y exquisita belleza.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Va de nuevo

PREVENCIÓN INNECESARIA: CONTIENE SPOILERS.

J.J. Abrams hizo un buen trabajo en el episodio VII de Star Wars, The Force awakens. Rescató la saga de los soporíferos diálogos y las empalagosas secuencias saturadas de acción de la trilogía reciente (episodios I, II y III) y capítulo final de la trilogía original (episodio VI), lo cual es de agradecer.

Pero, al parecer de este escribiente, deslumbrado espectador infantil de aquella Star Wars de 1977, no alcanzó los niveles épicos de A new hope y The Empire strikes back, si bien anduvo cerca.

La principal dificultad no está en la labor de dirección, ni los magníficos recursos tecnológicos para efectos especiales, ni las actuaciones de los adultos mayores y jóvenes relevos, sino sencillamente… que ya no hay más que contar.

Conscientes de ello (y como ya lo han señalado muchos antes que este bloguero), los productores optaron por hacer una especie de remake de A new hope. No les quedó mal, pero una copia tiene en su contra su misma esencia, ese original en el que se inspira.

La situación es técnicamente igual en 2015 que en 1977: domina un maligno Imperio (hoy la Primera Orden), la Resistencia aguanta como puede al mando de la princesa Leia (hoy generala), hay información vital en un androide perdido en un planeta arenoso R2D2 en Tatooine (hoy BB8 en Jakku), el Imperio tiene una poderosísima arma (Estrella de la Muerte o Planeta de la Muerte) a la cual se puede destruir atacando una pequeña debilidad con cazas pequeños, el villano es un enmascarado en traje negro con poderes sobrenaturales y además pariente de los líderes rebeldes (Kylo Ren es una gris emulación de Darth Vader), la esperanza de redención viene de un joven que posee la Fuerza pero no lo sabe (antes el chico Luke, hoy la chica Rey), etc.

Demasiado obvio.

Hasta Han Solo reconoce, en una escena dentro de la misma película, que todo es cuestión de volver a hacer lo mismo de antes. Quizá por ello la escena de su muerte, a la que se entrega casi voluntariamente, impresiona menos por parecerse demasiado al gesto póstumo del viejo Obi-Wan Kenobi frente a Darth Vader en el episodio IV.

Y esa fórmula funciona… hasta cierto punto. Es recuperar el sabor original, con algunos toques novedosos (el soldado imperial desertor y la chica con talento jedi). Es relanzar una nueva trilogía sobre los mismos pasos de la anterior, con la esperanza de no aburrir al público antes de 2020.

Casi lo logran... pero no. No esperen lograr el mismo éxtasis de 1977, que aquel fue el encanto de la primera vez, y esas experiencias son únicas.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Esos malditos "spoilers"

Spoil
verb (used with object)
1. to damage severely or harm (something), especially with reference to its excellence, value, usefulness, etc.

En cine y literatura, dar un spoiler es contar una parte importante de la obra a alguien que no la ha visto o leído, cuyo conocimiento previo puede estropear la experiencia estética de la sorpresa o desvelamiento.

Lo interesante del spoiler (que en español podría ser un “arruinador”, si no se oyera tan mal) es que sólo es devastador y telúrico en cierto tipo de tramas, aquellas que están construidas en torno a ese hecho fundamental, oculto estratégicamente para aumentar la curiosidad y provocar un éxtasis en el momento oportuno.

Y no todas las tramas son así.

Hay muchísimos libros y películas que pueden disfrutarse tanto o más, incluso (o a pesar de) algún spoiler entrometido. Por ejemplo, el terrible drama de El Dr. Jekyll y Mr. Hyde no viene a menos sabiendo desde la primera página que uno es el otro, ni tampoco nos priva de emoción alguna la certeza de que Django saldrá airoso al final de Django Unchained.

Pero hay algunos libros y películas en donde el spoiler hace honor a su nombre.

Aquí les comento cinco de mis filmes preferidos.

[ALERTA DE SPOILERS]

Si, por insólito que parezca, usted aún no ha visto alguna de las siguientes, al nada más leer el título en negrita aparte su mirada como huyendo de una nefasta plaga. Advertido/a está.

- Planet of the apes (1968)

Protagonizada por Charlton Heston, Roddy McDowall y Kim Hunter. 8.0 en IMDB.

Si usted desde el inicio sabe que el planeta donde aterrizó el astronauta es la misma Tierra dentro de miles de años, por vía de un túnel del tiempo, el suspense hacia el final del filme irá un poco a menos y la última escena frente a las ruinas de la estatua de la Libertad no será tan impactante como debería.

- The Matrix (1999)

Dirigida por los hermanos Wachowsky, estelarizada por Keanu Reeves. 8.7 en IMDB.

Más allá de las espectaculares secuencias de acción, la primera parte de la película no se disfruta igual cuando uno ya sabe que todo ese mundo es realidad virtual.

- The sixth sense (1999)

Dirigida por Night Shyamalan, con Bruce Willis y Haley Joel Osment en los papeles principales. 8.2 en IMDB.

¿Esa película en donde el protagonista ya está muerto, pero no se da cuenta sino hasta el final (junto con toda la audiencia)? Sí, esa misma. Igual asusta, pero así ya no es lo mismo.

- The prestige (2006)

Dirigida por Christopher Nolan, con Christian Bale y Hugh Jackman. 8.5 en IMDB.

Usted maldecirá a quien le llegue a decir, antes de comenzar la función, que todo el truco está en que uno de los magos tiene un gemelo idéntico pero secreto.

- Shutter island (2010)

Dirigida por Martin Scorcesse, protagonizada por Leonardo DiCaprio. 8.1 en IMDB.

Saber desde un principio que el protagonista está inmerso en un montaje donde pacientes, enfermeros y doctores son cómplices de una farsa con fines terapéuticos echa a perder toda sorpresa.


Posdata:
Luego hablamos del problema psicológico que seguramente tienen los que gustan de dar spoilers destructivos y no solicitados.

domingo, 25 de octubre de 2015

Malacrianza con buenas maneras

El gran mérito de “Malacrianza” (2014), escrita y dirigida por Arturo Menéndez, es contar cinematográficamente una historia arraigada en la cotidianidad popular de las ciudades salvadoreñas contemporáneas, a partir del personaje Don Cleo y su historia de sencillos anhelos, miedos y luchas que zarcean entre la esperanza y el abandono.

En su contexto cinematográfico, el drama es creíble y la narración sabe mantener el interés por el desenlace, aún cuando este se sugiere desde el mismo título y puede haber más de un spoiler de por medio en la reseña de cartelera.

Sin demérito de lo anterior, es en la parte técnica donde se notan las carencias del medio, falta de oficio revelada en alguna toma gran angular sin corrección de imagen lateral (un fallo incluso si hubiese sido intencional), cierto maquillaje para teatro que a corta distancia se detecta falso, el abuso de tomas con cámara sin trípode (lo cual marea al espectador frente a la pantalla de la sala de cine), ruido ambiental o eco casi bloqueando algunas conversaciones, etc. Son yerros menores, quizá hasta comprensibles, pero hacen las veces de esa vocecita que a cada instante le recuerda al público: “¡hey, es cine salvadoreño, no lo olviden!”

Dicho lo anterior, y como consecuencia de ello, es importante caer en la cuenta de la imposibilidad de verla sin considerar que es una película made in El Salvador, con toda la carga de connotaciones que ello implica, porque no existe ese espectador salvadoreño o salvadoreña que pueda sustraerse del contexto y expectativas socioculturales locales, tampoco así de sus conocimientos previos como para visionar el filme en abstracto sin el filtro de la nacionalidad que condiciona su percepción.

Así, la película se ve con un criterio distinto al estándar usual porque se sabe producida en condiciones cinematográficas adversas. El resultado es bueno, sí, aunque en términos relativos, ya que la recepción está necesariamente condicionada por la viñeta del arte nacional y sus poquísimos antecedentes de cine, mayoritariamente fallidos (que no es el caso).

La acotación anterior viene al caso también como réplica a la invitación que Paolo Lüers hiciera en su columna (sí, el vilipendiado alemán metido a crítico de cine), en donde llamaba a verla no por apoyar al arte nacional, sino porque era buena. Más bien hay que verla porque es arte nacional que, como tal, está muy bueno.

Ya fuera de consideraciones racionales, como quiera que sea, este largometraje de 70 minutos de duración gusta, toca fibras y mueve sensibilidades.

Yo le aplaudo.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Un Principito adaptado

Mi primer contacto con El Principito fue poco antes de cumplir mis diez años de edad, cuando mi hermana Delfy insistió en llevarme al cine a ver la película de mediados de los setentas. En esa época ella andaba muy entusiasmada con la obra, pero yo me aburrí mucho con aquel filme después de la primera media hora, ya que conmigo se cometió el mismo error involuntario que aún se repite: creer que la obra El Principito es literatura infantil.

Años después, tras dos o tres lecturas, el libro siempre me pareció una bonita historia y caí en la cuenta de que, en efecto, es para personas adultas que añoran una infancia idealizada.

Hoy, en esta época de redes sociales, veo que el libro y muchas de sus citas han sido elevados a una especie de oráculo místico que tiendo a rechazar, aunque admita que algunas de sus sentencias son, en su simpleza, reflexiones válidas e interesantes.

Dicho lo anterior, ¿por qué, entonces, me animé a acudir a la sala de cine a ver esta versión animada de El Principito?

Principalmente, porque con el tráiler me di cuenta de que no iba a ver la realización cinematográfica de la historia que nos cuenta el libro, sino un guion original que desarrolla una trama propicia para insertar en ella el tema del Principito, a través de algunas de sus escenas y personajes más significativos provistos por el anciano Aviador, vecino de la niña protagonista.

El ritmo y la tensión narrativa están diseñados cinematográficamente para mantener la atención del espectador, quien de esta manera logra apreciar una historia redonda (perfecta, completa, bien lograda).

De la impresionante técnica de animación no diré más que es una delicia visual. Otro punto a favor del filme es que se cuida muy bien de no trivializar los momentos emotivos, presentes e inevitables pero sin dramatizarlos excesivamente.

No es tan secundario el detalle que la película es en real 3D, eso es un plus que los ojos agradecen.

Pero... hay un "pero".

Al analizar su contenido, me surge un cuestionamiento importante, y es hasta qué punto la película nos presenta, por una parte, una apología de la infancia y, por otra, una visión madura y socialmente funcional del crecimiento (¿maduración?) en cuanto incorporación armónica al mismo sistema que aparentemente se critica (a través, principalmente, del tipo y papel que juega la escuela tradicional mecanizada y competitiva, a la cual se rechaza teóricamente pero al final se acepta de facto).

Así vista, trátase de una producción cinematográfica hábil e inteligente, aunque no del todo fiel al espíritu que Saint-Exupéry plasmó en su obra. En este sentido quizá sea, después de todo, un pequeño Caballo de Troya, cortesía del status quo, con una moraleja que dice: “recuerda con cariño tus antiguos ideales... desde tu sabia inserción en el sistema”.

domingo, 5 de abril de 2015

¡Tan bien que iba!

Me senté a ver Hector and the search for happiness (2014) princpalmente porque alguien me la recomendó. En general, aunque no tiene tan mala nota, mucha crítica en internet no le ha sido favorable, básicamente por el prejuicio de ser una especie de película de autoayuda, cosa que de por sí produce algunas alergias; sin embargo, el tráiler me pareció divertido, así que opté por dedicarle su respectivo par de horas.

El planteamiento es válido: un psiquiatra insatisfecho con su vida, pese a tenerlo “todo” (trabajo, pareja y un estátus socioeconómico bastante desahogado), que decide viajar a lejanos confines para investigar qué es eso que la gente llama “felicidad” y también para intentar reencontrarse con alguien o algo de su propio pasado, que no ha podido superar.

En este periplo, hay situaciones cómicas y otras no tanto, como para casi perder la vida. La reflexión sobre el tema plantea, como es natural, más preguntas que respuestas definitivas. Las diversas perspectivas sobre la felicidad, según la realidad que cada quien vive, son aportes valiosos.

El desarrollo de la historia va bastante bien… hasta que comienza el desenlace, los últimos quince minutos del filme. Es allí donde todo se echa a perder. Aparece la cursilería a raudales con lacrimógena superficialidad y momentos Kodak, donde emerge la receta estandarizada de superventas de superación personal: “todos tenemos la obligación de ser felices” (¡Oh, cielos, ya veo, lo he comprendido! ¿Cómo es que no me di cuenta antes?).

Francamente, les hubiera quedado mucho mejor con un final abierto, gestos sugerentes en vez de eslóganes, caminos por recorrer en lugar de casillas prefabricadas.

domingo, 15 de marzo de 2015

El retrato patético de una caída

El principal mérito de Downfall (2004) es su patetismo, la imagen de un poderoso en decadencia, que al ser considerado y creerse él mismo un mesías, arrastra consigo a quienes dependen de su palabra y voluntad. Es tremendo este relato de los últimos días de un Hitler fuera de la realidad, cuando cada sencilla evidencia derrumba los mitos, cuando el poderío perdido es, hora con hora, más angustioso y la derrota se instala en lo más vital.

domingo, 22 de febrero de 2015

Un filme fallido pese a su justa causa

All these people want to do is fuck!
(Boyle en “Salvador”)

Documentales aparte, “Salvador” (1986), dirigida por Oliver Stone, fue el primer largometraje de cine que tocó el tema de la guerra civil en El Salvador. Los otras fueron “Romero” (1989), “Voces inocentes” (2004) y la terrible película nacional “Sobreviviendo Guazapa” (2007), pero antes que ellas existió la casi desconocida película para televisión “Choices of the heart” (1983), basada en la vida de Jean Donovan, misionera laica estadounidense asesinada junto con tres monjas de esa misma nacionalidad por guardias nacionales.

Cuando vi “Salvador” hace dos décadas y media, me pareció malísima. Recuerdo que el visionado fue en una copia pirata borrosa en cinta VHS y sin subtítulos, casi clandestina. El argumento es tan sencillo como decir que Boyle, un periodista norteamericano en franca decadencia familiar y profesional, viene a El Salvador en un tiempo ficticio construido con sucesos históricos de entre mediados de 1979 hasta los primeros meses de 1981 (alterados en su secuencia para fines dramáticos), donde es testigo de varios acontecimientos violentos de aquella época al mismo tiempo que se reencuentra con María, una campesina humilde con quien ya había tenido una relación previa.

De aquel primer e inexperto visionado, me quedaron en la retina algunas escenas absurdas y otras de mal gusto, pero conforme fue pasando el tiempo comencé a dudar si este primer juicio no habría sido condicionado por las expectativas, el contexto y la cercanía emotiva, considerando especialmente que -si bien la película fue un fracaso de taquilla- estuvo nominada para el premio Oscar en la categoría de mejor actor principal (James Woods) y mejor guión original (Oliver Stone & Rick Boyle) y tiene un respetable promedio de 7.5 en IMDB luego de más de trece mil votos.

Un cuarto de siglo después la he vuelto a ver con más experiencia literaria, presunta madurez crítica y el necesario distanciamiento que favorece la objetividad... y me sigue pareciendo mala.

Desde este lado sur de la frontera, el principal error conceptual de la película es su visión caricaturesca de la realidad salvadoreña, la cual aparece retratada a base de prejuicios y estereotipos, como el de la isla paradisiaca del Caribe, con palmeras y mujeres desnudas que hacen el amor en hamacas a la vista de todos sus familiares

.

En todo lugar abundan los villanos con aspecto de luchadores rudos del Consejo Mundial de Lucha Libre o la WWF ochentera.

Y no faltan los comandantes guerrilleros con bigotón de Emiliano Zapata, dignos de un ejército insurgente entrando a lomo de caballo a Santa Ana como si fuera la mismísima Revolución Mexicana de 1910.

Sobre estos y otros problemas de tópicos tropicales, encontré una crítica interesante en Film Affinity, que puede leerse en este enlace.

No obstante, hay que reconocerle al director y guionista algunas escenas que, si no hubieran sido planteadas como “serias”, bien habrían cabido en algún episodio de Los Simpsons, con lo cual Stone se habría adelantado a su época, como este par:

- María, madre soltera de dos hijos y concubina de Boyle, rechaza su propuesta matrimonial con este argumento: “Soy católica, no puedo casarme con un hombre divorciado”.

- Boyle entra a un puesto policial apaciguando a las bestias con una botella de whisky por delante y como escudo, logrando así liberar a su comparsa Doctor Rock (James Belushi), con quien antes se han salvado de morir a manos de paramilitares obsequiándoles cerveza y un reloj de puño.

Pero como se dijo antes, estos problemas son tales desde una óptica -si se quiere- nacionalista. Lo cierto es que la película pretendió exponer ante el mundo la barbarie de un ejército y fuerzas de seguridad financiados y sostenidos por el gobierno de Ronald Reagan, en el contexto de la Guerra Fría y la lucha anticomunista. El devenir del personaje principal, el periodista Boyle, es lo que hilvana los sucesos y de este filme no puede esperarse más que una visión externa, un “así nos ven desde fuera” construido con simplificaciones no del todo falsas, pero que le quitan seriedad a cualquier película que pretenda ir más allá de la pancarta o el titular de prensa.

Quizá puedo entender la nominación al Oscar como un gesto de solidaridad de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, que suele hacerlos y se agradece, aunque no sé si un filme caricaturesco y con tantos puntos débiles pueda lograr este cometido. A lo que no le encuentro sentido es a la nominación del guion, que incluso tiene errores garrafales y mayúsculos sinsentidos típicos de las películas de bajo presupuesto (que, de hecho, esta lo es). Resumo dos secuencias para ilustrar este punto:

a) Cassady (John Savage), un periodista experto amigo de Boyle, quiere tomar la foto de su vida al captar a un avión de combate en plena batalla por Santa Ana, para lo cual se le ocurre ponerse exactamente en la línea de fuego, donde cae abatido. Y todo, ¿para probar qué? ¿Que el gobierno de los Estados Unidos financiaba con armas y entrenamiento al ejército salvadoreño? Come on, Mr. Stone, give me a break!

Aparte, el recurso de “la foto clave” y el posterior suspenso por el envío del rollo de película fotográfica a un importante periódico norteamericano es tan solo un mal remedo del final de “Under fire” (1983), que narra el asesinato del periodista de ABC News, Bill Steward, a manos del ejército somocista, con la esencial diferencia de que en este último caso la realidad superó por mucho a la ficción.

b) Boyle, María y sus hijos salvadoreños finalmente logran salir de El Salvador (que así se escribe, siendo incorrecta la contracción “del Salvador”). Atraviesan por tierra Guatemala y México y, sin ningún problema de documentación migratoria, ingresan a los Estados Unidos por una frontera oficial con toda tranquilidad, sin necesidad de subterfugios, tretas ni sobornos. Mas a los pocos kilómetros, ya en territorio estadounidense, el autobús es detenido por una patrulla y, al pedir los documentos de María y sus dos hijos... ¡sorpresa: no los tienen y nunca los han tenido! Así, los tres inmigrantes ilegales son deportados. Aquí, aplica el “¡plop!” de Condorito.

En suma, don Oliver: nice try!, gracias por la intención y no se angustie, que todos los grandes tienen sus malas páginas... o pésimas películas.

domingo, 18 de enero de 2015

De enfermizas ambiciones

Lo primero (con las disculpas de más de algún esnob que exclamará: "¡pero si es obvio!"): saber que “Birdman” (2014), del director Alejandro González Iñárritu, no es una película del superhéroe alado que entonaba su nombre con voz de barítono; esto por si algún incauto/a (que los hay) va a verla creyendo tal cosa, abandonando la película a la mitad con algo de furia (más si, en el peor de los casos, comete el atroz error de llevar a sus hijos/as pequeños).

El filme es, por el contrario, la historia de las enfermizas ambiciones del ego de un actor cinematográfico otrora famoso, que no obstante poder disfrutar de una exitosa temporada de madurez en un teatro de Broadway, persiste en su frustración existencial.

Siendo como es una película cuya historia transcurre en un contexto de películas y obras teatrales, con actores y actrices buscando desesperadamente trascender a través de la fama siempre insuficiente, cae un poco en ese círculo del arte que se ocupa del arte, por lo que no sé qué tanto pueda conectar el tema con quienes no han tenido alguna vez una ambición de aplauso y reconocimiento en el escenario.

Sin embargo, son los recursos narrativos dentro de una atmósfera entre oscura y mítica los que mueven a la simpatía, aparte de las puntadas de humor negro que no dejan indiferente a un espectador atento.

En suma: buena recomendación si quieren deprimirse saludablemente.

martes, 18 de noviembre de 2014

Distorsión ideológica en alta definición

Acudí a la sala de cine a ver el documental “El Salvador: archivos perdidos del conflicto”, del director Gerardo Muyshondt, con tres temores expresados en forma de prejuicios: primero, que el filme distorsionara las responsabilidades y culpas; segundo, que las referencias a la realidad fueran los grandes medios de difusión masiva de la época, con su conocido discurso de ocultamiento y encubrimiento; y tercero, que los voceros de la guerrilla fueran los apóstatas hoy convertidos al servicio del gran capital.

En líneas generales, dos de esos tres se vieron plenamente confirmados y uno a medias. Hubo, además, un tema adicional que me sorprendió desagradablemente.

De los elementos técnicos (encuadres, secuencias, sonido, música y ritmo) no hay más que decir, excepto que están bien logrados. Pero nadie va a ver este documental por estas características, sino por el contenido, así que de eso me ocuparé.

El balance de responsabilidades y culpas

El primer temor albergado era que, bajo la pretensión de presentar una visión equilibrada del conflicto, se repartieran responsabilidades y culpas en un 50% - 50%, cuando la realidad fue algo distinta; por ejemplo, en el tema de violaciones a los Derechos Humanos, el informe de la Comisión de la Verdad señala un 85% - 5% en contra el bando estatal, con un 10% sin atribución conocida.

Este primero de tres documentales anunciados, donde se exploran las causas de la guerra civil, ciertamente no presenta ese pretendido empate, pero tampoco hay fidelidad a los datos históricos de la década de 1970 sino todo lo contrario: es la reiteración del discurso ideológico de la derecha tradicional, para quienes fue principalmente la guerrilla quien cometió crímenes imperdonables, como el secuestro y asesinato de prominentes empresarios.

No es que no se mencione en absoluto la salvaje represión gubernamental de los regímenes militares del coronel Molina y el general Romero, pero por cada frase de cinco segundos que alude genéricamente a aquellos terribles crímenes amparados en la Doctrina de la Seguridad Nacional, hay tres o cuatro minutos de conmovedores relatos acerca de las víctimas adineradas.

Claro está que toda vida humana es valiosa, pero una cosa es señalar que la izquierda armada también cometió crímenes y otra muy distinta es invisibilizar o reducir a una simple alusión a los miles de ciudadanos y ciudadanas que fueron perseguidos, encarcelados, torturados o asesinados bajo la sola sospecha de ser comunistas o simpatizar con la oposición; y esto no fue el resultado de acciones aisladas, espontáneas o individuales, sino el resultado de una política estatal que prácticamente derivó en un terrorismo de Estado.

Esta línea narrativa de soslayo, por una parte, y señalamiento acucioso, por otra, es evidentemente ideológica y -concediendo el beneficio de la duda al director- quizá inconsciente, pero se deja ver con bastante claridad en la selección de los personajes a quienes se les deja el cierre de cada bloque temático, algunos de ellos nefastos para la historia del país por cuanto encubrieron o estuvieron involucrados en crímenes de lesa humanidad, justificándose en el anticomunismo visceral.

El discurso de los medios de difusión masiva como “realidad”

El segundo temor era que el documental, al buscar la referencia a la “realidad” para contrastar las versiones de los entrevistados, acudiera a los periódicos de mayor circulación en la época: “La Prensa Gráfica”, “El Diario de Hoy” y “El Mundo”, además de los noticiarios televisivos de los canales 2, 4 y 6 (hoy TCS), con lo cual cabría esperar la misma actitud de distorsión, ocultamiento y encubrimiento que practicaron dichos medios de difusión masiva en aquellos años.

Ciertamente, los tres medios escritos mencionados aparecen en los créditos iniciales y también hay varias portadas y recortes de noticias; también hay algunos cortos del noticiario de Canal 2; pero no es tanto por esa vía donde viene la reproducción de la ideología de derecha (no como visión de mundo sino como falseamiento), más bien es por los tiempos y protagonismos concedidos a los entrevistados que coinciden con tal discurso, como cuando se intenta justificar las masacres en las calles de San Salvador, cometidas entre 1975 y 1980 por el ejército y los “cuerpos de seguridad” con armas de guerra, con el argumento de que algunos manifestantes también llevaban revólveres.

El seudodebate estratégico sólo con aliados

El tercer temor era que los voceros del bando de la guerrilla fueran la misma colección de apóstatas que mantienen espacios de opinión y asesoría -con más o menos descaro- a favor del gran capital, algunos de los cuales aún tienen la desfachatez de presentarse como gente de izquierda, progresistas o independientes.

En efecto, quienes exponen la visión y versión de la izquierda desde su postura actual de convertidos al buen sistema son, principalmente, Marvin y Geovanni Galeas (cuyas referencias pueden buscarse en sus columnas periódicas y publicaciones). El caso de Facundo Guardado es un tanto más decepcionante. Algunos excomandantes como Eduardo Sancho, Nidia Díaz, Francisco Jovel y Ana Guadalupe Martínez aparecen, sí, pero insertados de tal modo -no sé si con expresa intención- que sus palabras sirven para validar las apreciaciones de los primeros. Fabio Castillo, excoordinador del FMLN, da algunas valoraciones interesantes, como es usual en él, pero pesan poco en el balance final, caso similar al de Henríquez Consalvi (“Santiago”, de la Venceremos), así como los hermanos Joaquín y Salvador Samayoa. El vicepresidente Oscar Ortiz apenas tiene un par de líneas donde le preguntan por sus inicios en la lucha armada. Dicen que el presidente Salvador Sánchez Cerén declinó ser entrevistado. No sé si ese será el caso de Dagoberto Gutiérrez, cuya ausencia es clamorosa.

Así, el documental presenta un pluralismo ilusorio.

La factura contra la iglesia popular

Una de las líneas argumentativas más fuertes es responsabilizar del conflicto a la iglesia católica posconciliar, específicamente aquella que tomó la Teología de la Liberación por inspiración, por cuanto le dieron sustento y validación religiosa a la rebeldía y aspiraciones de cambio social de las masas populares. Pese a las explicaciones -fragmentadas en el filme- de los sacerdotes Rogelio Poncel y el jesuita José Mª Tojeira, predomina un sentido de reclamo y recriminación por el acompañamiento de aquellos sacerdotes de los setentas a las luchas sociales, junto con la acusación de ser marxista-leninistas, el mismo espíritu que propició y justificó el magnicidio de Monseñor Romero y el asesinato de los padres jesuitas en 1989.

En el caso de Monseñor Romero, no obstante, hay algo curioso: la sola palabra del obispo mártir, expresada en el extracto más conocido de su última homilía en Catedral Metropolitana, resuena más que los anacrónicos y turbios intentos por desacreditar su labor en la denuncia y acompañamiento a los oprimidos.

¿Entonces?

El documental es una versión pretendidamente pluralista del mismo discurso de la derecha tradicional salvadoreña, según el cual las causas del conflicto fueron, principalmente, la expansión comunista prosoviética y las prédicas de curas “rojos”, proceso en el cual los mayores y más abominables crímenes y actos de destrucción fueron cometidos por la guerrilla. Si acaso se reconocen algunos vejámenes de la contraparte gubernamental, estos son vistos como hechos aislados y no institucionales.

Y el gran peligro es…

Cuando uno ve un documental producido por el FMLN, uno sabe que es totalmente la versión propagandística de la izquierda y puede tomar su distancia crítica. Pero el gran peligro de “El Salvador: los archivos perdidos del conflicto” es, precisamente, que se presenta engañosamente como pluralista, siendo poco más que la misma vieja ideología de la derecha criolla en nuevo envoltorio, esta vez en alta definición.

Posdata: adicionalmente a todo lo anterior, el mismo título es un engaño mayúsculo. No hay en él absolutamente ningún archivo "perdido": más bien, los auténticos archivos perdidos, como otros ya lo han dicho, son los de las miles de víctimas de la represión, esos mismos que aquí han sido ignorados.

Nota: Esta entrada fue publicada también en la Revista Versa.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Contra el ocaso de la luz

Es difícil saber si el hecho de haberme quedado sin palabras cuando me preguntaron por mi opinión acerca de “Interstellar” (2014) se deba a mi muy arraigada devoción por la “ciencia-ficción”, a las reminiscencias de filmes y novelas precursores que bullían en mi mente, a la favorable expectativa ante las películas de Christopher Nolan o, sencillamente, a que la película está muy bien hecha.

Hubo, seguramente, un poco de todo, así que iré por partes.

El tema del tiempo que transcurre diferente para dos sujetos según su velocidad de movimiento, así como la posibilidad del viaje interestelar a través de túneles hasta hoy puramente hipotéticos (como los “agujeros de gusano”), ha permitido imaginar universos y situaciones fascinantes. Lo anterior, combinado con la certeza científica del fin de la vida en la Tierra y la búsqueda de trascendencia del género humano, a través de su expansión a otros mundos, presenta desde el inicio un menú atractivo para quienes, desde la lejana infancia, nos sumergimos en los devaneos, paradojas y posibilidades de este género literario muchas veces tan adulterado como la science-fiction. Integrar estos elementos ya conocidos en un todo coherente sin perder la novedad es, sin duda, uno de los grandes méritos de los guionistas.

De manera consciente, el filme evoca ideas y elementos de realizaciones cinematográficas anteriores, siendo la más fuerte la posibilidad que el género humano pueda evolucionar hacia estadios más elevados. En esta concepción, son inevitable las alusiones a “2001: a space odyssey” (1968), del director Stanley Kubrick, basado en un cuento de Arthur C. Clarke; los episodios y películas de “Star Trek”, especialmente el filme de 1979 donde enfrentan a V-ger; y por supuesto “Contact” (1997), basada en la novela de Carl Sagan. En el trasfondo de todo esto también están las ficciones de Isaac Asimov.

En cuanto a los demás aspectos mencionados, cabe destacar aquí el impecable manejo del ritmo y la tensión, eso que se llama suspense, durante las casi tres horas de duración de la obra. Por la exigencia de la industria cinematográfica de conectar con el gran público, quizá se cuelen uno o dos breves momentos cursis, pero son detalles mínimos que no opacan la profundidad de la idea central desarrollada, esto es: la tenacidad de los seres humanos por sobrevivir, la no resignación y lucha titánica expresada bellamente en los versos del poeta Dylan Thomas (1914-1953):

Do not go gentle into that good night.
Old age should burn and rave at close of day.
Rage, rage against the dying of the light!

”No entres dócilmente en esa buena noche. La vejez debería arder y delirar al final del día. ¡Enfurécete, enfurécete contra el ocaso de la luz!” La voluntad de lucha, así sea la rebelión absurda de que habló Albert Camus, sale fortalecida.

Hay otros elementos temáticos muy interesantes para meditar, como la exigencia de pensar como especie más que como individuos, las motivaciones personales que impulsan al sacrificio, el engaño colectivo o incluso autoinfligido para mantenerse en tareas decisivas, el momento de la intuición cuando la ciencia ha alcanzado sus límites, la perspectiva agnóstica subyacente, etc.

Por eso es que esta, como las buenas películas, lo deja a uno pensando más allá de lo sensorial y de las emociones inmediatas... ¡que también las tiene!

lunes, 18 de agosto de 2014

Oda al fino humor

No es habitual ver una sutil comedia con una sensación permanente de agrado y sonrisa sin que esta llegue a producirse de modo estentóreo, aunque sea omnipresente en el espíritu. Tal es la reacción que experimenté ante la película “The Grand Budapest Hotel” (2014). Basada en escritos de Stefan Zweig, buena parte de su humor ingenioso brota de la elegancia literaria que a todo se sobrepone, un lenguaje diplomático en situaciones tan inverosímiles como divertidas. La notable, hilarante y cautivadora caracterización de M. Gustave por parte de Ralph Fiennes bien puede considerarse la piedra angular del filme. Yo la vería de nuevo.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Humor religioso con palmaditas

Así en el Cielo como en la Tierra” es una película de 1995, escrita y dirigida por el español José Luis Cuerda (cuya película más celebrada es “La lengua de las mariposas”, de 1999). La vi por primera vez hace muchos años en una extraña transmisión de señal abierta del Gran Canal Latino y, tras varios intentos infructuosos por comprarla legalmente, me la encontré hace poco en los torrents.

Trátase de una comedia religiosa desenfadada, hecha sin resentimiento y hasta con un par de palmaditas. Maneja un humor que oscila entre la parodia y la farsa, sin dejar por fuera varios chascarrillos intelectuales. El Cielo es una réplica de la España rural, construido sobre la base de la interpretación literal de la Biblia y las creencias católicas tradicionales, lo que explica su título; sin embargo, todo esto se contrapone con una Tierra en donde aquéllas son cosas desactualizadas a las que nadie hace caso. De allí se derivan una serie de situaciones hilarantes y absurdas, tanto por la falta de correspondencia entre los mitos tradicionales en su concepción simplista con las realidades del presente, como por el fracaso estrepitoso de los planes de Dios Padre, que ha planeado ejecutar un Apocalipsis, digamos, de bajo presupuesto.

El gusto está no tanto en lo visual como en lo conceptual. El ritmo tiende a la tranquilidad y morosidad característica del cine europeo; no obstante, dentro de todo ello hay escenas memorables, como cuando uno de los hombres que va al Juicio Final se encara con Dios y le dice:

- Me llamo Norberto y he venido obligado. Soy ateo.

Y también cuando Dios Padre se pone a leer libros de autores ateos, como Nietzsche y Sartre, y ante la prevención que le hace su hijo, no fuera a ser y él mismo se vuelva ateo, dice: “¡Si no fuera una idea tan retorcida, me lo pensaría, fíjate!”

Mire que tiene su gracia.

domingo, 16 de febrero de 2014

La determinación de sobrevivir

No es que “Gravity” (2013) marque una nueva forma cinematográfica de entender el espacio exterior, pues ese hito corresponde a Stanley Kubrick con “2001: a space odyssey” (1968), pero sí es una vuelta a lo real y lo esencial, después de cientos de filmes con naves que zumban y suenan en el espacio exterior, sin aire, como si fueran bólidos de fórmula uno.

En el aspecto técnico, quizá lo más impresionante no sea ver las escenas de ingravidez, sino pensar cómo las hicieron. En cuanto al contenido, si bien es cierto la supervivencia de Ryan, la protagonista, es posibilitada por una secuencia casi imposible de aciertos y casualidades, el aspecto clave es su determinación de sobrevivir, sin la cual no podría haber aprovechado aquel propicio juego de azar entre partículas de escombros espaciales viajando a velocidades mortales.

Al final de la película, uno acaba sintiendo –por pura toma de conciencia- la cálida hospitalidad de su propio planeta, aun cuando solo sea por esa condición básica de la gravedad.