domingo, 18 de septiembre de 2016

Con criterio moral bayunco

Los Eclámpticos” fueron un grupo de música satírica, formado por cinco galenos y un abogado inspirados en algunas piezas humorísticas de Les Luthiers (esos maravillosos argentinos a quienes con más frecuencia de la esperada acabaron parafraseando).

Musicalmente, los hilarantes doctores locales eran bastante básicos y tampoco construían novedosos instrumentos. Sus piezas eran casi todas al unísono, con pocas armonías vocales, y acomodaban la métrica de las letras al ritmo casi a martillazos; sin embargo, con eso les bastó para tener su cuota de éxito en la Guanaxia Irredenta, especialmente con la horrorosa pieza “El corrido de la cama” (cuyo remix a cargo de “Los Cocodrilos” se dejó escuchar hace no mucho).

Con todo, hay que reconocer que tuvieron dos o tres ideas ingeniosas y hasta divertidas.

Su primera canción famosa fue la “Samba não sai”, y he aquí el motivo de esta entrada.


La historia de la canción es que Ludwing van Chichelmilsup, un ficticio compositor (versión tercermundista de Johann Sebastan Mastropiero), quiere hacer una samba, pese a no haber viajado nunca ni conocer las peculiaridades o motivaciones de este género.

Las estrofas se repiten monótonamente una a una, contando fracaso tras fracaso hasta que, al final y en un acto desesperado, el protagonista menciona la posibilidad inminente de compensar su frustración con medidas extremas.

El caso es que en la versión en vivo de esta pieza (que tuve oportunidad de escuchar en el Aula Magna IV de la UCA, en los años ochenta), la estrofa en cuestión decía así:

♫ Pienso que para más tarde
tendré lista mi bella sambinha.
Si no lo hago pronto, yo me suicido
o me masturbo hasta quedar sin sentido.

Seguramente alguien (el asesor de imagen o el productor del disco) pensó, con cierta razón, que esta letra no pasaría la censura radial, así que modificaron el último verso, el cual quedó de la siguiente manera:

♫ ... o huelo pega hasta quedar sin sentido.

Resultó entonces que no podía lanzarse al aire una broma sobre la masturbación, que es una actividad inocua, pero sí se pudo hacer con el acto de oler pegamento de zapatos, que es una actividad adictiva terriblemente perjudicial para la salud.

En este enlace al Portal Las Drogas pueden ver los devastadores efectos que provocan este tipo de inhalantes, daños progresivos y e irreversibles que destruyen vidas.

La "corrección" de la letra fue hecha usando un criterio moral entre ignorante, bayunco y ridículo... porque broma intencional no creo que haya sido.

sábado, 17 de septiembre de 2016

La genitalidad en la lengua guanaca

Temas salvadoreños es un libro del maestro y académico Rafael Rodríguez Díaz, recopilación de ensayos que fueron publicados en la revista Taller de Letras, de la UCA, en la década de los ochentas. Me permito aquí reproducir uno de esos textos (con el permiso del autor, obtenido en una plática informal hace un par de años). Merece atenta lectura y reflexión.


LA GENITALIDAD EN LA METAFÍSICA DEL SALVADOREÑO ACTUAL

© Rafael Rodríguez Díaz
Publicado en Temas Salvadoreños
(UCA Editores, San Salvador, 1992).

Con este trabajo se pretende continuar en la línea de reflexión acerca de la idiosincrasia del salvadoreño actual, en el entendido de que, a través de la exploración de los distintos ámbitos en que esa peculiaridad nacional se está manifestando, es como mejor podemos aproximarnos a la complejidad del fenómeno.

En esta ocasión se examinará el campo de ciertas expresiones idiomáticas catalogadas como soeces o vulgares. Antecedentes tenemos, entre otros, el capítulo dedicado por Octavio Paz en El laberinto de la soledad a la “filosofía” de la “chingada” con sus múltiples variantes, y las referencias al mismo tema que aparecen en La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes.

Tanto Paz como Fuentes insisten en que, detrás de expresiones como “chingar a alguien” o “dejarse chingar por alguno”, está en juego una concepción acerca de la imposición y del poder sociales, íntimamente vinculada a lo sexual. “Chingar a alguien” se refiere tanto a someter a una persona, dañarla, como a penetrarla sexualmente por la fuerza.

Pues bien, la serie de expresiones que examinaremos giran en tomo a “verga” y a sus múltiples derivados. Y, aunque parezca un tanto crudo y chocante (porque suena a la picaresca de un Quevedo haciendo una apología a los distintos tipos de “culos”, o de un Roque Dalton recopilando todos los apodos que se les daban en su tiempo a las “putas”), el título que mejor cuadraría a este artículo sería “La metafísica de la verga para el salvadoreño actual”.

Las palabras que tomaremos como punto de partida son definidas así por el diccionario Larousse:

Verga: palo colocado horizontalmente en un mástil y que sirve para sostener la vela.

Vergajo: ligamento cervical del toro que, seco y retorcido, se usa algunas veces como látigo.

Es clara la similitud que existe entre esos dos objetos anteriormente descritos y el falo o miembro sexual masculino, y la utilización del sentido figurado “verga” o “vergajo” por miembro sexual masculino debió haber entrado ya con los españoles que vinieron a América.

Sin embargo, ha sido en el medio americano y muy en concreto en El Salvador donde expresiones que tienen que ver con “verga” han pasado a ser no sólo palabras “comodines” (como “volado” o “cosa”, que sirven para designar lo que sea cuando uno no se acuerda en el momento del nombre verdadero) sino que, incluso, se han convertido en expresiones claves para definir con bastante exactitud cierto tipo de situaciones en que se debate la existencia del salvadoreño actual. De ahí el afán por hablar de verdadera “metafísica” expresada a través de giros o palabras que tengan que ver con “la verga”.

Antes de continuar, hay que hacer la siguiente advertencia: en principio, “verga” y sus derivados son expresiones sumamente bajas y soeces; sin embargo, su uso cada vez más generalizado entre sectores medios y “cultos” ha derivado en una trivialización de ese uso; incluso podríamos hablar de que por momentos puede resultar familiar y hasta simpático. Es lo mismo que ocurre con “hijo de puta” o “cabrón”: dependiendo del tono, del énfasis que se les dé, o del ambiente en que se emitan, estas expresiones pueden connotar cariño y admiración (“¡Mirá qué cabrón es este...!”, “¡qui’jueputa sos...!”) o espetarse como francamente ofensivas y retadoras (“¡Párese ahí, cabrón...!”, “¡Usted es un hijo de la gran puta!”). Una misma expresión (“vale verga”, por ejemplo) puede adquirir matices diferentes según como se diga, ser soez y grosera, o familiar y simpática, según el tono y el ambiente.

En siete capítulos agruparemos las expresiones que tienen que ver con “verga”. Partimos de que "la verga” es el órgano masculino. Para los salvadoreños no cuenta ya el sentido originario del término (“palo horizontal en el mástil para sostener la vela”). El sentido “originario” salvadoreño es el sexual y de él van derivando los otros sentidos.

1. Echar verga

“Echar verga” equivale a trabajar con tesón, sacrificarse, esforzarse (en los estudios o en la profesión u oficio que se tenga) para lograr lo que uno se ha propuesto. “El salvadoreño es un echador de verga” es una expresión pariente de aquellas otras consabidas: “el salvadoreño es el mejor artesano del mundo” o “es el judío de Centroamérica”. Todas ellas hacen referencia a una supuesta cualidad del salvadoreño, según la cual este es alguien que le hace frente a todo, con tal de salir adelante.

En realidad esta atribución es, en gran medida, un mito; porque esa movilidad y ajetreo, esa habilidad para hacer cosas, o ese rebuscarse para los negocios se quedan como respuesta inmediata a una crasa necesidad de sobrevivencia. Son actividades que parecen conllevar iniciativa y creatividad; pero que, en última instancia, hacen referencia más bien a un sobreactivismo y a un esfuerzo del momento, algo no sistemático ni continuado, de manera que si proliferan los salvadoreños que hacen muchas cosas y se mueven de un lado para otro (“los hacelotodo” de Dalton) eso no es indicador de qua estamos ante trabajadores cualificados o especialistas en algo, sino todo lo contrario.

Así, pues, “echar verga” o “echador de verga” pueden aludir a un trabajo responsable y aun creativo, pero, dado el contexto económico y social de El Salvador actual, apuntan a un tipo de actividad que se culmina en sí misma: una suerte de trabajo por el trabajo mismo, perdiendo de vista el objetivo o el producto de ese trabajo. Un sobreactivismo de hormiga que se convierte en otra de tantas formas de escapismo: moviéndose constantemente no queda tiempo para detenerse a pensar y a reflexionar sobre la propia situación o sobre la problemática del país.

En su faceta “positiva”, “echar verga” sería algo así como ir con el miembro viril por delante, abriéndose camino agresivamente, utilizando el falo como un machete con el que se va desbrozando el camino. Pero en su faceta negativa, resultante de la contextualización (el trabajo es, en general, enajenante para el salvadoreño), “echar verga” y “echador de verga” devienen expresiones sarcásticas y dolorosamente contestatarias (aunque sea a un nivel inconsciente). “El salvadoreño es un echador de verga” apunta a una persona que trabaja hasta reventar, pero cuya actividad laboral no lo dignifica sino que, eventualmente, lo humilla. Es como si anduviera en público exponiéndose al ridículo al mostrar su miembro viril como si fuera un acial al que nadie le tiene respeto ni miedo.

2. Ponerse a verga

“Ponerse a verga” hace referencia a beber licor, pero no de cualquier manera. No es solo “echarse unos tragos” o “unos tapis”: es beber hasta emborracharse, hasta perder la conciencia y la cordura, de manera que en una situación así pueden darse los mayores excesos: alguien pacífico se convierte de pronto en una fiera, en una persona extremadamente violenta; o aquel otro, ordinariamente tan frío y tan seguro de sí, se torna sentimental hasta las lágrimas (algo que un hombre o un macho no se lo permitiría por nada del mundo en su sano juicio).

“Se puso una gran verga” expresa la situación límite a que llegó una persona en un momento dado, debido a que no fue capaz de controlar la cantidad de licor que consumió. Los abrazos, las lágrimas, las palabras ofensivas y aun la trifulca serían sólo hechos concomitantes, resultantes lógicos de esta pérdida del autocontrol. Comienza uno por “echarse un par de vergazos” (tragos de licor) y termina en ese estado lamentable.

Pero también se puede uno “poner a verga" de tanto estudiar, ver televisión o incluso trabajar. En este sentido, la expresión connota mareo, hastío o, en todo caso, estar poseído por una especie de vaporosidad parecida a la semiinconsciencia o inconsciencia completa que produce el licor.

“Ponerse a verga” hace referencia, pues, fundamentalmente a otra de las formas de evasión que tiene el salvadoreño, en cuanto que este se entrega a cualquier forma de sueño báquico. Porque se bebe para olvidar... penas de amor, penurias económicas, frustraciones laborales, fracasos deportivos... Se bebe para olvidar que se vive en esta perra vida.

Y aquí es donde podemos hacer la aplicación gruesa a la realidad del salvadoreño actual. A este “lo han puesto a verga” la televisión, la propaganda oficial y sus mentiras de sociedades ideales, las religiones y sus falacias de paraísos místicos. En general, al salvadoreño “lo tienen a verga” los medios de comunicación masiva. El salvadoreño medio es un permanente alcoholizado, bolo, porque es incapaz de ver con claridad los contornos de la mentira social y económica que tiene delante. Lo más triste de todo es que se encuentra en medio de un círculo vicioso: una especie de posesión diabólica o encantamiento lo mantienen dando vueltas en redondo hasta caer exhausto. Porque incluso su descontento real ante la crisis económica, social y moral de la que él es una víctima más o menos directa, lo relanza a la búsqueda de otros medios de “ponerse a verga”, todo con tal de no afrontar la “cruda” realidad de injusticia y opresión de la que él es responsable y víctima a la vez.

Romper el conjuro, librarse de esa “curación”, de “estar a verga", supondría para el salvadoreño algo parecido a un proceso de desintoxicación, una desalcoholización que le permitiría acceder a un estado de verdadera sobriedad y lucidez de conciencia, estado necesario para adoptar actitudes responsables y socialmente comprometidas con los cambios. Por ahora, esto es una ilusión: el salvadoreño prefiere seguir flotando entre nubosidades tóxicas, prefiere los fantasmas y los ídolos de su enajenación. Ya se le hicieron más que imprescindibles y necesarias las sombras engañosas que desfilan ante él, gracias a ese su permanente estado de ebriedad existencial.

3. Sentirse de a verga

“Sentirse de a verga” hace referencia a un bienestar físico y aun espiritual, resultante con frecuencia del éxito logrado en los negocios, en el trabajo o en el amor. Si “ponerse a verga” remitía a una condición más bien objetiva, a un estado por todos visible, el “sentirse de a verga” remite a un ámbito más que todo subjetivo, interior. Los dos estados pueden estar interrelacionados, aunque no necesariamente. El que “se pone a verga” puede “sentirse de a verga”, pero no a la inversa: el que se “siente de a verga” puede estar así por razones que ya señalábamos antes, y no necesariamente porque haya ingerido alcohol (o consumido alguna droga).

En el caso de esta expresión (como en el caso de la expresión anterior, “ponerse a verga”), la connotación sexual no es evidente, más bien “verga” tiene aquí un carácter enfático e hiperbólico. Es tan extremoso o tan excesivo lo que se ha hecho o se ha experimentado que el término “verga” se utiliza en lugar de otros equivalentes, igualmente enfáticos, como “lo máximo”, “excelente”, “chivísimo”, etc.; es decir, significando “en grado sumo”. Así, pues, “ponerse a verga” vendría a significar “se puso borracho hasta el máximo grado posible”, “se traspasaron los límites y se cayó en el exceso”. “Sentirse de a verga” equivaldría a sentirse tan bien como si se estuviera bogando entre nubes, acariciado por angelitas sonrosadas tocando la lira y bailando.

En esta línea de expresiones meramente enfáticas estarían también otros ejemplos: “vergo”, “vergazo”, “vergacito”, “vergón”. “Vergo de gente” o “vergo de dinero” equivalen a muchísima gente y a una gran cantidad de dinero. “Vergazo”, palabra comodín que en una línea puramente enfática significa lo mismo que la anterior: muchísimo (así se puede decir: “había un vergazo de papeles”). “Vergacito” equivale a poquito, pero en sentido más bien irónico: “Me cayó un vergacito de agua (de lluvia)”. “Vergón” es otra de las palabras comodines, esta tiene al menos tres significados diferentes. En el aspecto enfático equivale a “muy bueno” o “buenísimo”: “Este dibujo está vergón”. También se podría decir: “Me siento bien vergón”, significando lo mismo que “me siento bien de a verga”.

4. Dar verga

“Dar verga” equivale a pegarle a alguien una paliza, hasta el punto de dejarlo irreconocible o medio muerto. Afines a esta expresión corren otras: “darse verga” o “montarle verga” a alguien. También está el verbo “verguear” y los sustantivos y adjetivos que se le derivan: “vergueador” y “quedar bien vergueado”, según se haya tenido un papel activo o pasivo en la contienda (que pudo ser incluso deportiva y aun académica). “Vergueado” también puede hacer referencia a “rápido”, “apresurado” (“Fulano iba bien vergueado porque lo iban siguiendo”). “Vergueada equivale a “paliza”, también nombrada como “talegueada”, etc.

La connotación más importante de “darse verga” o “dar verga” apunta hacia una actividad o hecho violento en el que se pretendió no sólo vencer al contrario sino también humillarlo, aniquilarlo físicamente si hubiera sido posible. Al rival se le ha hecho morder el polvo y, en este sentido, esta serie de expresiones retoman el cariz sexual de la expresión primera (“echar verga”). El que “da verga” o el que “se da verga” con otro pretende adoptar una posición dominante, parecida a la del varón respecto a la hembra en el acto sexual. El que logró dominar a su contrario -el “vergueador”- actuó como si hubiera utilizado el falo como una fusta o un vergajo; se connota, pues, tanto el dominio sexual como el castigo físico humillante porque es parecido al que se les da a las bestias y a las mujeres.

5. A pura verga.

“A pura verga” sería una variante de la anterior, aunque también presenta algún matiz que la convierte hasta cierto punto en una expresión independiente. “A pura verga” o “a la pura verga” equivalen a “a la fuerza”. La connotación sexual es predominante aquí: se le obligará a alguien a aceptar o a hacer algo de forma parecida a como se introduce a veces el pene en la mujer: sin que ella lo consienta del todo o incluso aunque abiertamente se oponga.

“Vergazo” en una de sus acepciones tiene que ver con estos hechos violentos. “Darle un buen vergazo” a alguien equivale a propinarle un buen golpe. O “se dio un gran vergazo” significa que tuvo, por ejemplo, una fuerte caída o que sufrió una impresión muy fuerte o una tremenda decepción. “Vergaceo”, por su parte, significaría “riña callejera” o “enfrentamiento” entre guerrilleros y soldados. “No voy ni a verga” puede significar: “no voy ni aunque esté tan borracho que no sepa lo que hago”, “no voy ni aunque me den una paliza”.

Parientes de esas expresiones hay otras que no mencionan directamente a la verga pero que tienen las mismas connotaciones: “meterle a uno la yuca” equivale a que se metió en un grave problema; “eso está bien yuca”, por “está muy difícil”. O “¡qué yuca!” por “¡qué barbaridad!”.

6. Valer verga

“Valer verga” es una expresión que remite a una actitud de displicencia o de desentendimiento con respecto a un hecho o persona indeseados. “Me vale verga...” es la variante más usada: equivale a “me importa muy poco”. “Me cae en la mera verga” significaría: “me cae extremadamente mal”; “tenerlo en la punta de la verga” es darle a algo o a alguien la mínima importancia. También existen otras variantes de tinte irónico: “¡qué de a verga!” o “¡qué vergón!” equivalen a “¡qué bien: vos bien cómodo y yo bien jodidol”, por ejemplo. También la expresión “¡verga!” puede adquirir un tinte irónico o burlesco, al mismo tiempo que indicar una negación terminante: “¡verga!” o “en esos términos, ¡no!”. “Ese chamaco... vale verga” significa: “ese tipo no es de fiar” o “con ese chero no se puede contar”.

“Valió verga...” va a constituirse para el salvadoreño en una auténtica máxima filosófica, porque ahí están retratadas tanto la grandeza como la pequeñez del salvadoreño actual. En el “valió verga”, la masa mezquina y mediocre proclama a los cuatro vientos su desinterés cínico ante la tragedia que se está viviendo en el país. Y el “valeverguista” sería el prototipo de ese salvadoreño que ha puesto su beneficio y bienestar por sobre todo lo demás. “¡Me pela la verga!” es la expresión que más claramente pone de manifiesto esta cínica actitud. “Por mí, este país se puede hundir con tal de que no me afecte directamente”, sería la traducción en buen cristiano de la filosofía de estos salvadoreños “valeverguistas”.

Los “valeverguistas” son los que se las arreglan para salir siempre bien parados, esté quien esté en el gobierno; o son los que tratan de sacar máximo provecho, poniendo ellos el mínimo esfuerzo: “Vale verga si lo que estoy haciendo puede catalogarse como corrupción, como genocidio o como lucrar con el dolor y la sangre ajenos…” Y de estos tales, como zancudos, está plagado El Salvador.

Sin embargo, hay también un “valió verga” emitido en un ambiente humano y con un alcance totalmente distinto al anterior. Es aquel “valió verga” que se ha tragado todo un cargamento de dolor, derivado tal vez de un hecho trágico (la muerte de familiares o la pérdida de las posesiones) pero que, en vez de explotar como venganza o hundirse en la resignación y la pasividad, se lanza adelante con más fuerza que antes. “Valió verga…” es, entonces, un escudo protector, un arma defensiva para recibir los embates de un dolor o terror paralizantes.

Este “valió verga...” no niega lo oscuro o lo desgarrador que puede haber en lo que acaba de pasar, no disimula los errores y las metidas de pata que pudieron haber causado aquel doloroso fracaso, pero no absolutiza la desgarradura ni el fracaso hasta hacerlos derivar en una autocompasión lacrimosa y paralizante. Este “valió verga...” es un melancólico pero también sabio puente para seguir asaltando el campo enemigo, ese enemigo que se empeña en mantener estructuras injustas y entristecedoras para las mayorías depauperadas de El Salvador.

“Vale verga” (o el menos conocido “¡vergueta!”) encierran ese doliente humor picaresco que han ido acumulando los sectores más conscientes y aguerridos de este país, reserva de valentía y de coraje que no se arredra ya ante nada. “Más de lo que hemos sufrido... es ya difícil que podamos sufrir. Más profundo de lo que hemos descendido en este hoyo de miseria y de terror, ya no es posible descender. Porque hemos probado hasta lo más hondo y bajo los chingastes de la amargura y de la miseria... Vale verga... ahora nos toca seguir adelante, de ahora en adelante ya no queda sino subir”.

7. Ser la mera verga

“Ser la mera verga” es la expresión culminante de esta metafísica genitalizada del salvadoreño actual. Las variantes abundan: “sos la mera verga parada” o “fulano es la verga pelada”. Aquí confluyen lo enfático y lo sexual como connotaciones evidentes. Para concentrar el máximo de admiración que se tiene hacia otra persona (incluso del sexo femenino) se la identifica con el miembro masculino y, con frecuencia, en estado eréctil. De alguna manera, el personaje al que admira el salvadoreño es el que se caracteriza por una especie de potencia sexual.

Es lo mismo que connota la expresión “Fulanito es vergón”. “Vergón”, en otra de sus variantes, hace referencia a la persona (hombre, se sobreentiende casi en todos los casos) dotada de cualidades que la hacen tener éxito en la vida: decisión, firmeza, sangre fría, “inteligencia”, agresividad, etc. Subliminalmente se impone la imagen del que tiene bien proporcionado el pene y funcionando a todo dar.

Según lo anterior, el salvadoreño es “vergón” porque (en la mitología popular, connivente casi punto por punto con la mixtificación oficial) es, entre los centroamericanos, el que ha demostrado que no se amilana ante nada y domina los problemas o a los enemigos (en un tiempo, los hondureños; ahora, los comunistas) “como si domeñara a una hembra… con su pene por delante”.

Sin embargo, todos esos desplantes de hombría se quedan en meras palabras o en meras bravuconadas sin consecuencias reales. Porque la realidad sigue tan fiera y cruel, cobrando su tributo de sangre y de muerte entre hombres, mujeres y niños por igual. “El salvadoreño es un vergonazo” es, pues, una expresión muy ambigua: puede recoger todo ese tesón e imbatibilidad que, ciertamente, existe en sectores de la población. Pero también, con harta frecuencia, está expresando ese gigantesco autoengaño en que yacen sumidas amplias masas en El Salvador.

Y si todas las expresiones que giran en torno a “verga” reflejan, ante todo, los vicios y deformaciones de la sociedad salvadoreña del presente, estas últimas (“ser la mera verga” o “ser vergón”) parecen reflejarlos en grado superlativo. Una sociedad injusta, represora, se define a sí misma a través de esas expresiones como machista y marcadamente genitalizada. Parodiando un poco podríamos decir que la máxima aspiración existencial, metafísica, del salvadoreño es convertirse y ser un inmenso pene.

Porque esta sociedad de frustrados ha levantado como mítica compensación un culto fálico. Ha hecho del pene un fetiche, un inmenso poste totémico. No es por casualidad que al falo se le den tantísimos nombres: verga, mona, pija, chorcha, pinga, pico, yuca, animala, masacuata, cosa, paloma, etc. El lenguaje del salvadoreño consagra al pene como si fuera un eje cósmico, un axis mundi a partir del cual todo adquiriera sentido y se ubicara en el espacio, en el tiempo y en la historia.

El salvadoreño actual saca a luz su enanismo existencial precisamente a través de ese recurrente culto fálico. Y si hay un objeto que ponga más en evidencia la falacia de todo ese tinglado, es precisamente la famosa y nunca bien ponderada Torre Democracia, obra genial por lo simbólica del insigne arquitecto Jiménez Castillo. La Torre Democracia se levanta en el horizonte como un inmenso pene, lustroso y brillante, para ser admirado desde todos los rincones de la capital. Sin embargo, la práctica ha demostrado “que no sirvió para nada” (“se fue en blanco”, acotaría una expresión grosera y soez). Por eso se está desmoronando, como carcomida por esa tremenda sífilis social y económica en que yace sumido el país.

Con todo, a través de esas mismas expresiones que giran en torno a “verga” se cuelan tonos contestatarios, ironías que anuncian el hastío y el deseo de que vengan tiempos mejores. También -para quienes tienen otra actitud ante la vida, porque están descontentos y han renunciado a identificarse con aquel estado de deformidad existencial- las expresiones que giran en torno a “verga” pueden llegar a convertirse en puras palabras, en meros referentes culturales o instrumentos comunicativos a los cuales, sin embargo, se les logra rescatar toda esa carga emotiva y expresiva, misma que es patrimonio cultural de todo un pueblo y que, en definitiva, es prueba y garantía de su potencialidad creativa.

En otras palabras: toda esa constelación de expresiones que giran en torno a “verga” pueden interpretarse antropológicamente como manifestación directa del estado de retraso psicosocial de un colectivo, o también -paradójicamente- como manifestación de su explosiva aunque reprimida creatividad.

Expliquemos tamaña paradoja.

Ese culto al falo (que hemos visto es algo omnipresente entre los salvadoreños y que tiene incluso su emblema arquitectónico en la Torre Democracia) es un claro indicador de su enanismo existencial, como ya explicábamos. Abundando un poco más sobre este tópico, podríamos añadir que el salvadoreño se comporta en muchos aspectos como si fuera un niño, pero un niño deforme porque tiene un falo enorme. El falo es su bastón, su arma, pero sobre todo su juguete: juega con las palabras que giran en tomo a “verga” como si jugara su pene con las manos. La vida en El Salvador es “excitante” porque “es pura verga” o porque “es de a verga”.

Sin embargo, todo se queda casi siempre en una bravuconada. El manoseo derivó en una excitación, pero una excitación que no condujo a nada productivo; se culminó en ella misma, se quedó en una soberana masturbación. Y este machismo adobado con el culto al falo es de la misma especie del que se retrata en Cien años de Soledad. Ahí, todo aquel semen derramado por los priápicos Buendía no fue capaz de procrear una descendencia sana: todo acabó con el niño con cola de cerdo que terminó siendo devorado por las hormigas.

Es el mismo simbolismo escatológico que puede aplicarse, punto por punto, al “niño monstruo” que es el salvadoreño actual, en cuanto engendrado y amamantado por una sociedad o matriz deformadora, paridora de monstruos, para ser más exactos.

Sin embargo, en medio de esos signos de orfandad y muerte existenciales, se cuelan arrestos de vida y de resurrección. Ya sólo el hecho de la constelación o multivariedad de expresiones en torno a “verga” es síntoma de creatividad. La mente, las palabras y los gestos se han agilizado con tal de apresar los distintos matices en que se debate la existencia humana. Ocurriría más o menos lo mismo respecto del lenguaje esquimal: en este idioma, a lo que nosotros llamamos “nieve” se le conoce y se le nombra de noventa maneras diferentes, según esté dura o blanda, según la tonalidad que le dé el sol, etc.

En suma: una sociedad catalogada como primitiva y atrasada resulta ser sumamente compleja y refinada en un aspecto tan importante como es el lenguaje.

El salvadoreño es deforme -podríamos decir, ya desde otra perspectiva- porque se ha visto obligado a madurar sin haber gozado verdaderamente de su etapa de niño. En El Salvador, los niños que viven sobre todo en zonas de guerra tienen incluso responsabilidades más graves que los adultos. Hay muchachos en las filas del ejército y de la guerrilla que prácticamente se han terminado de criar en medio del combate. Los jóvenes estudiantes que deciden concientizarse adquieren una madurez y una profundidad reflexivas que antes sólo las adquirían los verdaderos adultos, en contadas ocasiones.

No nos extrañemos, entonces, que nuestra sociedad añore tanto los juegos de niños (los programas televisivos) y se comporte tantas veces como un niño. Ya sea porque los adultos no evolucionaron suficientemente y no accedieron a la madurez, quedándose como niños grandotes y deformes, o porque los niños fueron exigidos por las circunstancias a manejarse como adultos, lo cierto es que la sociedad salvadoreña expresa en su lenguaje genitalizado todo el dramatismo de su situación. Los “valeverguistas” reflejan en las expresiones que tienen que ver con “verga” su deformación condenada a la muerte y al acabamiento infecundo; en definitiva, el lenguaje de los “valeverguistas” pone a las claras la situación de castrados de sus usuarios. Ellos están así y son así gracias a esta sociedad machista que los está pariendo: sociedad sin salida, sin verdaderos hijos, condenada a la extinción.

Por el contrario, en expresiones que giran en tomo a “verga”, el salvadoreño verdaderamente “vergonazo” o “vergonísimo” muestra su disposición a transformar la sociedad y los valores tergiversados que se transparentan en un lenguaje machista. Transformar, por ejemplo y entre otras cosas, esa visión de la mujer como objeto o como bestia a la que se puede forzar o a la que, en el mejor de los casos, se debe amansar.

El lenguaje es un vehículo expresivo que también puede transformar y que debe ser transformado desde su raíz. Por ahora, las expresiones que giran en torno a torno a “verga” (el pene) son canales que ponen al descubierto tanto actitudes conformistas y conniventes con status quo, como actitudes contestatarias y revolucionarias. Puede que llegue algún día en que se descarten aquellas expresiones: cuando la sociedad se oriente por otros rumbos. Esperamos que ese día no esté muy lejano.

San Salvador, 3 de agosto de 1991.


sábado, 10 de septiembre de 2016

Peleando con el apellido

En el ejercicio cotidiano de la docencia, muchas veces uno recibe la protesta (desde moderada hasta bastante airada) de estudiantes, molestos porque se les llame por sus apellidos así como están registrados en la lista de clase.

Algunos chicos y chicas creen que uno lo hace por fastidiar, pero no hay nada de eso: simplemente se basa en los documentos oficiales que acreditan su identidad.

Dejando aparte gustos y preferencias, prestigio social o eufonía, la gran mayoría de casos revelan un conflicto emotivo no resuelto con la figura paterna y su apellido, por situaciones familiares que pueden ir desde la separación de sus progenitores (aunque sea en términos relativamente amistosos) hasta el abandono de quienes nunca mostraron interés por ocuparse de su hijo/a o simplemente no quieren saber nada de ellos.

El punto de fondo es que una persona puede divorciarse de su pareja, pero no puede “divorciarse” de sus hijos/as, y esto debería estar claro. La realidad, lamentablemente, es otra, y al final muchas parejas separadas acaban heredando a sus hijos/as sus batallas personales, con resultados emocionalmente desastrosos.

Ahora bien: aunque uno pueda entender todo lo anterior, no puede remediarlo al momento de pasar lista y nombrarlos.

El artículo 14 de la Ley del Nombre de la Persona Natural, vigente desde 1990, establece lo siguiente:

Los hijos nacidos de matrimonio así como los reconocidos por el padre, llevarán el primer apellido de éste, seguido del primer apellido de la madre.

Con esta ley, los apellidos de estos chicos y chicas en conflicto no se pueden cambiar, salvo que sean adoptados legalmente.

Y si al llegar a la mayoría de edad, esta persona decidiera invertir el orden de sus apellidos o anular alguno, esto le valdría nada más para ser “conocida como”, pero conservaría el original en todo documento y trámite oficial.

Alegando razones de discriminación sexista, una ciudadana salvadoreña presentó un recurso de inconstitucionalidad contra este artículo, solicitando que el orden de los apellidos de la persona fuera de libre elección, pero la Sala de lo Constitucional rechazó la petición en 2015.

No tengo conocimiento de que esté en la agenda legislativa alguna reforma de ley, orientada a permitir que alguien erradique de sí uno de sus apellidos, en casos tales como abandono, grave conflicto familiar o desinterés manifiesto del padre.

Hay otros países que han flexibilizado o modernizado su legislación al respecto, pero el nuestro no.

Así pues, los chicos y chicas que se encuentran en esta situación no tienen la culpa de todo lo anteriormente expuesto, pero sufren las consecuencias.

Ante tan difícil panorama, la mejor recomendación es que la actual familia converse con sus hijos e hijas, con madurez emocional y evitando en lo posible trasladarles resentimientos que no les pertenecen… o incluso si fuera el caso, hacerles ver que ese apellido indeseado es, a lo sumo, una palabra ante la cual pueden elegir no amargarse la existencia.

sábado, 3 de septiembre de 2016

El fútbol bien aprendido

Basándose en la experiencia de ineptitud generalizada de la dirigencia deportiva de la Guanaxia Irredenta (particularmente en el fútbol), la presente es una de esas entradas que seguramente nadie tomará en cuenta para llevarla a la práctica; sin embargo, es un aporte aunque sea imaginario.

La desgracia del fútbol nacional es patente y patética, siendo muchos los factores que han configurado un panorama de nula expectativa de éxitos deportivos a corto y mediano plazo.

Luego de la usual eliminación de todo torneo importante (especialmente el Mundial), llueven las mismas cantaletas. Una de ellas es la de “trabajar en las bases”, que no por estribillo deja de ser una exigencia justificada.

Aunque existen varias escuelas de fútbol (FESA la más importante), muy poco se habla de quiénes enseñan a jugar a los chicos. Y en ello está una parte fundamental del problema.

Nunca jugué fútbol, pero tuve por varios años experiencia competitiva y didáctica en otra disciplina: el ajedrez. A finales de los ochentas, leí varios libros y aprendí con dificultad algunos conceptos elementales, pero no fue sino hasta la transición del mileno que tuve conocimiento del método con que entrenadores cubanos venidos al país enseñaban el juego-ciencia.

Y allí estuvo la diferencia: el método.

Tengo la impresión que en las escuelas de fútbol existentes no hay personas capacitadas para enseñar correctamente los fundamentos del fútbol, tanto en su parte técnica como en lo didáctico. La motivación casi siempre es a base de puteadas para que jueguen “con huevos”, pero sin formar hábitos que permitan a los pequeños jugadores dominar el balón y levantar la vista al mismo tiempo, como tampoco dar un pase oportuno al pie del receptor, ni mucho menos colocar un centro medido o patear un córner; es decir, todos esos defectos visibles en la Liga Mayor, pero cuyo dominio básico tienen jugadores de tercera o cuarta división argentina o brasileña, que vienen aquí a ocupar puestos clave en los equipos de la LMF.

El punto no es solo tener escuelas y canteras, sino que se les enseñe con método y disciplina. Mas, por el momento, eso es pura utopía.

domingo, 21 de agosto de 2016

Esa pérdida

Además del fallecimiento de un ser querido, existen otro tipo de pérdidas que generan un proceso de duelo, ciertas muertes simbólicas que arrancan de nuestras vidas a personas con quienes compartimos afecto, confianza, amistad y experiencias.

Hoy quiero hablar de una de esas pérdidas, que necesito desahogar y superar.

Diré que fue un amigo, aunque este término me lo discuten personas cercanas. El concepto de amistad al que estamos acostumbrados en la cultura latinoamericana quizá explique este debate, porque entre varones es muy común la agresión constante como muestra de afecto. De ahí se pasa a la ridiculización e incluso el sabotaje, sin que lo percibas necesariamente como deslealtad, aunque como dicen Les Luthiers en su Iniciación a las artes marciales: “Si aquel que dice ser tu mejor amigo te clava un puñal en la espalda… ¡debes desconfiar de su amistad!”

Y pese a todo, fue mi amigo.

La etapa en que más cercanos estuvimos fue alrededor de 2007, cuando acepté de buen grado ayudar en un proceso de renovación anímica que tenía objetivos muy claros. Fue difícil y a punto estuvimos de irnos a los golpes a causa de ciertos temas demasiado enquistados, pero pese a todo vi avances significativos. O eso creí, pues lo que en un momento pareció bien encaminado, fue tan efímero como unos cuantos meses.

De aquel tiempo no me quedó la sensación de total fracaso, sino la actitud de consolidar los avances logrados, pero (ahora lo sé) él no lo vio así.

Casi un lustro después, él se buscó un percance que nos sacudió fuertemente. Creo que allí es donde comenzó mi proceso de duelo: la negación. Nunca supe ni quise conocer los detalles específicos, pero la reacción general fue “no puede ser, debió tratarse de un malentendido”… y así lo asumimos.

A partir de entonces, nos vimos muy poco y nuestras conversaciones virtuales fueron disminuyendo.

Uno de los últimos episodios optimistas que recuerdo fue una segunda oportunidad que la vida le dio para borrar el perjuicio sufrido y redimirse… Y nos alegramos… Y se veía tan bien… Y parecía que lo estaba logrando. Pero las apariencias, las apariencias…

En ese tiempo, algo debió pasar en su ánimo que lo llevó a sumergirse en zonas demasiado oscuras… o quizá estaba allí desde antes, sin que me hubiera dado cuenta.

Hasta que hace muy, muy poco… supimos que se metió en un lío muy, muy serio. No conozco todos los detalles, porque la ley impone reserva; sin embargo, uno escucha rumores e historias que configurar un panorama desolador.

Así pues, no más negación: la pérdida es real.

Entonces, es cuando el enojo te invade. Te sientes engañado y en cierto modo traicionado. Descubres que conociste sólo una parte de esa persona, un ángulo mostrado a conveniencia. Luego recuerdas episodios aislados, atas cabos y te sientes como el lector de novela policiaca que se da cuenta del valor de las pistas solo hasta el final, cuando el narrador revela el enigma. Y como no puedes expresar frente al sujeto tu indignación (porque ya lo has perdido), buscas formas indirectas de descargarla, aunque sea comentando con personas cercanas que también saben del caso.

Luego, con la cólera aún instalada, caes en la cuenta de que en este proceso la fase de negociación es inexistente, como buscar o imaginar que se pueda revertir el daño mediante subterfugios, pactos imaginarios o esperanzas infundadas. En la situación actual, incluso si no se agravara más, el tipo está hundido.

Al momento de escribir estas líneas, todavía estoy en depresión.

Si es cierta la teoría de la estupidez, elaborada por Carlo María Cipolla, entonces aquel amigo fue un malvado, que dañó a otras personas para beneficiarse; pero ahora está en condición de estúpido, pues a fin de cuentas en tal destructivo afán también se perjudicó gravemente a sí mismo.

Todos llevamos a un Hyde dentro, pero es nuestra decisión tomar o no la pócima que lo libera.

Releo un texto de aquella época, 2007, y me remueve fuertes sentimientos. En ese entonces, se iniciaba un proceso prometedor y sentí que sí se iba a poder. Hoy veo que no y esa certeza me cae como hachazo en ayunas. Pareciera que ganó el mal y eso me entristece muchísimo.

Sé que no debo dejar sepultar mi ánimo. Un fracaso, una derrota, un dolor, aunque irremediable, no puede acabar con la esperanza que impulsa nuestros mejores esfuerzos cada día.

Así pues, espero que pronto venga la fase de aceptación… pues la vida continúa.