domingo 7 de febrero de 2010

Los Bee Gees... cuando eran buenos.


El álbum de los Bee Gees "Here at last", de 1977, grabado en vivo, representa el punto de inflexión entre su música realmente buena y su faceta "disco", cuando arruinaron su estilo para convertirse en los referentes de una de las peores épocas musicales que yo sepa, superada únicamente por los tríos vernáculos.


Aparte de su espléndida capacidad de cantar perfectamente afinados a tres voces, era inconfundible su timbre brillante de antaño, casi de aluminio, así como el vibrato estilizado de sus piezas más sentimentales.


"Words" es si no la mejor, una de las más queridas canciones, aunque no esté vinculada con ninguna experiencia personal; compitiendo con "Run to me" en el más alto sitio de mi preferencia, por su sencillo lirismo y sincero afán de romántica súplica en el coro. Otras dos canciones más rítmicas ocupan bien ganado sitio en este "top five": "Edge of the universe", merced a su conjunción de piano Fender Rhodes y sintetizador Moog como base de los requintos, si bien tiene una letra entre mística y absurda; e "Islands in the stream", que les quedó mejor a sus autores que al dúo country de Kenny Rogers y Dolly Parton, quienes la hicieron popular. Finalmente, la única canción que vale la pena de cuando -quizá por aburrimiento, quizá por presunción- se dedicaron a cantar con la voz fingida de zancudo errante, es "Love so right", y eso porque en el estribillo no olvidan que son, después de todo, voces masculinas las que normalmente emiten. Si me preguntan por una sexta pieza diré sin pensarlo demasiado: "The message", pero la versión del álbum ya citado, no la de estudio, que esa suena muy nasal.

jueves 4 de febrero de 2010

La gratuidad de un sublime sacrificio

"12 angry men" (1957) y "Gran Torino" (2008) son películas justamente consideradas por la crítica como obras maestras. La primera, de hace más de medio siglo, presenta los debates del jurado en un caso criminal de pena de muerte, donde el veredicto debe ser unánime. Tal como puede esperarse, en una hora y media de un tiempo bastante real, se pasa de un 11-1 por "culpable" a un 12-0 por "no culpable", merced a la iniciativa de un jurado disidente que busca con escrupulosa honestidad cada pequeño punto débil que pudiera tener cada uno de los argumentos del fiscal; es decir: la perfección conceptual. La segunda, de hace un par de años, cuenta la vida vista desde un rudo octogenario, quien debe lidiar con su propia misantropía y, además, con una pandilla en quienes sus códigos de conducta y acción sencillamente no funcionan: tal es su tardío y trágico descubrimiento en las víctimas colaterales, si bien es cierto que se vale de ese amargo conocimiento para lograr el restablecimiento del equilibrio entre el bien y el mal, confiando en un ideal sistema de justicia.

Con la docena de hombres iracundos, pese a las argumentaciones presentadas, me quedó la sensación de que el acusado era culpable, pues la coincidencia de todos los argumentos -aun con cada "duda razonable", según el precepto jurídico- presentaría un cuadro demasiado inverosímil para que no lo fuera. Más allá de este punto, me interesa destacar que si el sentido correcto de la aplicación de la justicia fuera el del jurado disidente y con gran habilidad persuasiva, el sacrificio final del veterano Kowalski, esperado en el fondo pero sorpresivo y sublime en la forma... ¡sería totalmente inútil!

martes 2 de febrero de 2010

¡Ah, la letra de carta!

Antiguamente, cuando se escribía con plumas de ave y luego con plumas fuente, había una clara ventaja práctica de escribir con letra de carta o cursiva: levantar la pluma lo menos posible con respecto al papel y, con ello, prevenir el goteo de la tinta. Con la aparición del lápiz y el bolígrafo, esta ventaja ya no tiene sentido; sin embargo, es interesante reflexionar sobre el porqué en los colegios y escuelas se sigue enseñando primero la letra de carta antes que la de molde.

Acerca del tema, hay muchísimo material en Internet, casi todo en inglés y casi nada en español. Los defensores de la letra de carta esgrimen todo tipo de argumentos, desde los de orden estético hasta algunos francamente románticos y hasta filosóficos. Sin embargo, en el artículo titulado “How Should We Teach Our Children to Write? Cursive First, Print Later!”, de Samuel Blumenfeld (1994), hallamos algunas consideraciones interesantes desde un punto de vista técnico, tales como las siguientes:

a) Que, contrario a la creencia popular, la letra de carta es más fácil de enseñar, pues requiere de sólo tres movimientos simples: curva inferior, curva superior y el trazo de “arriba-abajo”, mientras que la letra de molde exige movimientos más complejos para producir líneas rectas en varias direcciones y, además, círculos perfectos.

b) Que en la letra de carta es poco probable confundir las letras, debido al trazo que se requiere para producirlas; en cambio, las letras de molde “b” y “d”; “f” y “t”; “g, “q” y “p”; pueden resultar confusas para los niños pequeños.

c) Que la letra de carta ayuda a la comprensión lectora, pues al escribir cada palabra de manera continua, se abona al objetivo de leer palabras enteras y no letras o sílabas individuales.

d) Que la letra de carta enseña “disciplina espacial”, evitando errores en la separación entre letras y palabras, cosa frecuente en los niños pequeños que escriben con la letra de molde.

e) Que la letra de carta ayuda a los niños zurdos, ya que les basta con inclinar la página en el sentido de las agujas del reloj para que puedan escribir bien sin cubrir lo escrito con su propio brazo, cosa que aparentemente no se logra con la letra de molde.

f) Que la letra de carta es menos fatigosa, ya que en el proceso de enseñanza también se aprende a tomar el lápiz correctamente, sujetado entre el dedo gordo y el índice, con la punta descansado en el dedo medio, en una posición muy relajada aún en períodos largos

La tesis de Blumenfeld no es que no se enseñe letra de molde, sino que primero se enseñe letra de carta. Él asegura que la transición de letra de carta a letra de molde será siempre más fácil que la transición de letra de molde a letra de carta; la cual es, según él, poco menos que imposible.

Sin embargo, pese a sus ventajas teóricas, el hecho es que actualmente la mayoría de personas jóvenes y adultas no utiliza la letra de carta e incluso les parece más difícil que la letra de molde. ¿Por qué será?

domingo 24 de enero de 2010

Creencias estúpidas

"Estúpido/ da: necio, falto de inteligencia."
Diccionario de la RAE


Un influyente predicador dice que el devastador terremoto en una isla del Caribe se debe a que sus habitantes hicieron, hace casi doscientos años, un pacto con el Diablo para lograr su independencia política. Es decir: ellos se lo buscaron.

Una señora de anciana edad y aún más primitivo pensamiento cuenta en sendos artículos de un periódico local dos supuestas advertencias de Dios contra sus heréticos enemigos: un tornado contra luteranos pervertidos y una manada de elefantes cristianos vengadores, contra hindúes. Hay, entonces, que volver a las Cruzadas.

Uno de los más importantes líderes religiosos de nuestro país predica constantemente que Dios permite los crímenes, violaciones y vejaciones de todo tipo, con el fin de que las víctimas y demás espectadores, después de semejante maltrato, acaben aceptando a dicho Ser Supremo y acercándose a su rebaño. O sea que los más desalmados delincuentes son instrumentos divinos que sirven a un buen propósito.

Un predicador (que hablaba como poseído por Satanás, a juzgar por su horrible voz) les recriminaba a gritos a los enfermos de un hospital que ellos estaban allí porque aún no habían aceptado a Jesucristo. Curiosa forma de entender el amor divino.

Un viejito que se especializa en afirmar categóricamente cosas que no le constan, comentaba cuando el auge de la gripe A1H1 en un país vecino: “Ah, es que esos de por allá sí que son corruptos”. Se me pasó por alto preguntarle si los recién nacidos que fallecieron ya venían sumergidos en la podredumbre moral.

La lista de casos podría seguir, pero el comportamiento estructural es el mismo: atribuir los desastres naturales, las enfermedades e incluso las plagas sociales a la presunta voluntad de un Ser Supremo que con ello castiga, amenaza y fulmina, ya para demostrar su poder, ya para amedrentar a quienes se le alejen o no se le acerquen lo suficiente, ya para vengarse de ofensas recientes o lejanas (aun en las carnes y espíritus de inocentes, por aquello de que pagan “justos por pecadores”), etc.

Aparte de esgrimir muchísimas citas bíblicas fuera de contexto y carentes de toda interpretación simbólica inteligente, hay quienes dicen que la “explicación” del castigo divino para tales desgracias es cierta sólo porque no se puede demostrar lo contrario. ¡Qué descarada forma de la apelación a la ignorancia, qué vil falacia argumental! Es verdad que esta manera de “entender” las cosas ha estado presente desde los albores de la humanidad, cuando la superstición y la ignorancia eran la manera habitual de reaccionar ante las amenazas del entorno; sólo que entonces no era algo estúpido, sino un pensamiento normal e incluso comprensible, pues los cavernícolas no conocían otra forma de interpretar tales fenómenos. Pero que luego de siglos de supuesto desarrollo cultural y evolución teológica todavía estemos rodeados de creencias de tal calibre, es francamente frustrante.

Concebir y creer en esta retorcida imagen de Dios es prácticamente atribuirle características demoníacas, cuyas más visibles notas serían la vanidad y la ira, un dios sectario y caprichoso que se complace en el dolor con tal de satisfacer su necesidad de ser adorado.

Así que en esa nómina, por favor no me anoten.

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Posdata:

Contra esta idea de que las desgracias y desastres provienen de un dios castigador para purificar a la humanidad, el filósofo Bertrand Rusell (1872-1970) escribió valiosos y contundentes argumentos. Cito uno de ellos.

“Con el fin de afirmar esto, un hombre tiene que destruir en él todo sentimiento de piedad y compasión. Tiene, en resumen, que hacerse tan cruel como el dios en quien cree. Ningún hombre que cree que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien, puede mantener intactos sus valores éticos, ya que siempre está tratando de hallar excusas para el dolor y la miseria.”

sábado 23 de enero de 2010

Tres homenajes a la depresión

Dispuesto a concluir mi ya extendida excursión semi-vacacional por una primera antología del cine español, y habiendo sentido ya los primeros indicios de esa fatiga que se adhiere al viajero en los postreros tramos de su recorrido, doy no pedida cuenta de tres títulos que, bien por ser así o por relación de contigüidad, difícilmente pueden disociarse de una honda sensación depresiva: "El viaje a ninguna parte" (1986), "El bosque animado" (1987) y "Los lunes al sol" (2002).

"El viaje..." es la historia de un cómico itinerante que se maneja entre el fracaso cotidiano y, en su vejez, los falsos recuerdos de una grandeza que nunca existió. Si el propósito del filme era insistir en la antigua idea del payaso que "ríe por no llorar", el actor, director y guionista Fernando Fernán Gómez lo ha conseguido con buena dosis de dramatismo, pese a que el final más poético está en una escena diez minutos antes del final cinematográfico.

En cuanto a "El bosque...", viene a ser una colección de retazos pueblerinos entre divertidos, trágicos y anodinos, bastante bien lograda si se ven aisladamente, aunque en la perspectiva global no alcanzan a cuajar en una trama totalmente unitaria, de tal modo que uno acaba preguntándose al final quién es el protagonista, o si lo hay en el estricto sentido del término. Que tiene momentos divertidos, graciosos y ridículos, los tiene, pero al final del par de horas la sensación que queda no es precisamente de optimismo.

Finalmente, la historia de "Los lunes..." no deja lugar a nada más que la desolación anímica: el drama del paro o desempleo para unos tipos de entre cuarenta y cincuenta años, todo hablado entre dientes, sin subtítulos en español y en una narración audiovisual tan plana como una llanura que se pierde en el horizonte.

Así pues, he aquí tres recomendaciones para quienes quieran sumergirse en las infinitas aguas de la tristeza ajena... o propia.

jueves 21 de enero de 2010

Que sí, mas no.

Que yo sé de los trabajos que pasan los cantantes operáticos de uno y otro género para alcanzar el temple y la excelencia, sí. Que estoy consciente de los años de estudio, práctica, formación y empeño que este arte requiere, sí. Que la tradición acumulada en cuanto a compositores, orquestas, divos y divas del bel canto es del todo respetable y constituye además un bien cultural que es patrimonio de la humanidad, sí. Pero que escuchar a Domingo o Pavarotti por más de dos minutos me da la sensación de un tipo que está pegando afinadísimos gritos en un descampado, o que las partes pseudo-habladas de una ópera son para casa de locos, sí, también.

No descarto que haya excepciones en piezas excepcionales, como la dulce voz de mezzo-soprano en el aria "Qué es el amor" de "Las bodas de Fígaro", de Mozart; y también acepto que hay timbres mucho más potables (como el de Bocelli o Carreras), o en un complejo balance entre lo clásico y lo popular a manera de no perder la identidad (como Sarah Brightman, Nana Mouskouri o Josh Groban). Pero eso sí: que no me vengan con que el estilo operático es per se la máxima forma del canto a la que todos debemos aspirar, pues todos los géneros tienen sus más y sus menos y, a fin de cuentas... ¡yo reivindico mi derecho al gusto musical!

domingo 17 de enero de 2010

Ganas de verla otra vez

Revisando la lista de nominaciones al Globo de Oro encontré esta joyita: "(500) Days of Summer" (2009), un filme agradabilísimo que puede ser bien valorado desde diferentes perspectivas y niveles: bien por quienes la vean por pasar un buen rato con una "comedia romántica" (a falta de otra etiqueta más adecuada), hasta quienes se fijen en los detalles de originalidad argumental y visual (quién es la persona que mejor aconseja, esa pantalla recortada al estilo Brian De Palma con la novedad del contraste expectativas-realidad, la gesticulación más expresiva que las palabras, los diálogos no sofocantes, pinceladas de sincero humor negro, etc.), pasando incluso el filtro de quienes evalúan una película por su "mensaje" o intención comunicativa. Si me preguntan, yo la vería otra vez. Y si no... ¡también!
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Posdata: sigo sin explicarme por qué cierta persona un poco negativa me dijo que a la mitad del filme yo iba a querer estrangular a ambos protagonistas y que la película es "algo triste". ¡Qué le pasa!

¡Ah, qué García Berlanga!

Como resultado de mi ya notoria exploración del cine español, encontré en la mediateca de la UCA este par de películas bien recomendadas: "¡Bienvenido, Mister Marshall!" (1953) y "El verdugo" (1963), ambas del director Luis García Berlanga. La primera es una comedia de costumbres, que cuenta las fantasías colectivas de un pueblito español ante la llegada de "los americanos", en el contexto del Plan Marshall de recuperación económica europea de la posguerra; mientras que la segunda es el devenir de un enterrador reticente a convertirse en aplicador de la pena de muerte dentro del sistema de justicia español de aquella época, que era mediante la pena de garrote.

En ambas es evidente el humor negro en el estricto y oficial sentido de la expresión: "humorismo que se ejerce a propósito de cosas que suscitarían, contempladas desde otra perspectiva, piedad, terror, lástima o emociones parecidas". Si hay crítica social, es hacia las formas y modos que las personas adoptan en ciertas situaciones de la vida que ameritan reflexión y opciones. El ritmo de la acción y la trama es bastante ágil, y el espectador se deja llevar por una paradójica sensación de optimismo.

No sabría decir si, como lo manifiestan varios sitios de Internet (8.4 y 8.1 en Imdb, por ejemplo), estas obras deban estar en el "top five" del cine español de todos los tiempos. Pero de que uno se divierte viendo, analizando, recordando y comparando... ¡se divierte!

sábado 16 de enero de 2010

¿Seré yo... o la época?

Uno busca y encuentra por cualquier parte las referencias a "El séptimo sello" (1957) y no puede menos que esperar una obra maestra. Seguramente lo es, con trama interesante y ritmo aceptable, pero de allí al éxtasis emocional o intelectual en el que uno legítimamente esperaría verse envuelto, no es corta la distancia. Que si las tomas y la simbología, o si las referencias a la cinematografía "bergmaniana"... todo lo que Uds., cinéfilos y especialistas, quieran. No obstante, supongo que no es lo mismo plasmar en imágenes y recitar los principios generales de la filosofía existencialista (de cierta filosofía existencialista) cuando ésta era la moda entre la intelectualidad europea, que cuando ya es una referencia en la historia del pensamiento que, más allá de la adhesión entonces o ahora manifestada, no deja de ser algo como "muy en su contexto", sin todo el encanto de una revelación recién conocida. Finalizo con un detallito (aun considerando el difuso entendimiento general del juego del ajedrez por parte de las multitudes, para darle validez a la metáfora): ¿de dónde saca Bergman que el solo hecho de dar un jaque represente per se alguna ventaja, fortaleza o motivo de optimismo ante el eterno rival?

sábado 9 de enero de 2010

Mercenarios del deporte

El diccionario de la RAE, en su estricto afán de objetividad, define a un mercenario como un soldado “que por estipendio (paga o remuneración) sirve en la guerra a un poder extranjero”, aunque curiosamente la segunda acepción es “que percibe un salario por su trabajo o una paga por sus servicios”, (según la cual, técnicamente, todos los que tenemos un empleo remunerado lo somos).

La primera vez que escuché esa palabra fue a los cinco años de edad en el programa de televisión “Titanes en el ring”, en donde luchaba “el soldado apátrida”, el Mercenario Joe. Por aquella época no tenía la menor idea de su significado, pero la caracterización escénica del personaje correspondía al bando rudo, o sea, “de los malos”. Las demás connotaciones negativas las fui asimilando no sólo a partir de películas y teleseries, sino y sobre todo en el uso cotidiano del término, el cual contiene la consabida caracterización social: que el mercenario es un tipo sin valores, sin más lealtad que la que el dinero puede comprar, que se vende al mejor postor y en el cual obviamente no se puede confiar. Así pues, me quedó claro que el término “mercenario” está impregnado de significados e implicaciones de orden ético y, en la práctica, es peyorativo.

Al ocuparme del tema de los mercenarios del deporte y nombrarlos de esa manera no es mi propósito insultar a ningún atleta; sin embargo, la realidad lingüística no presenta ninguna otra opción para definir con exactitud la situación de alguien que, por dinero y prestaciones, cambia de bandera en justas deportivas. En este punto, es importantísimo señalar que el orden de los ciertos factores sí altera el producto (como ya lo indiqué en una entrada anterior): no es lo mismo un ciudadano extranjero que por convicción y lazos vitales cambia de nacionalidad y, como parte de su vida en ese nuevo contexto, se le presenta la opción de competir por su país adoptivo; que un ciudadano extranjero a quien prácticamente se le contrata para representar al país y, para que pueda hacerlo, se le nacionaliza.

De estos últimos hemos tenido varios casos, algunos de ellos con la complicidad de la Asamblea Legislativa, que para nacionalizarlos violó la Constitución de la República, pues recordemos que nuestra Carta Magna en su artículo 92, numeral tercero, dice que pueden ser salvadoreños por naturalización “los que por servicios notables prestados a la República obtengan esa calidad del Órgano Legislativo”, siendo evidente que la ley fundamental se refiere a servicios ya prestados, no a los “que se prestarán en el futuro” (como fue el caso de al menos dos futbolistas de la selección nacional que participó en las eliminatorias mundialistas para Francia 1998 y que, pasado aquel momento, volvieron a sus países de origen y no se asomaron más por la Guanaxia tropical).

No es mi punto de discusión si este o aquel mercenario del deporte es alguien capaz, dedicado a su trabajo, campechano, buena gente, camarada o casi hermano (que pudiera ser que lo fuera, como creen quienes lo defienden). Incluso es posible que destine parte de los beneficios aquí obtenidos al noble fin de ayudar a su familia lejana en el país extranjero de donde provino, lo cual quizá hasta legitimaría moralmente su esfuerzo.

El tema central que me interesa plantear, y que parecen haber olvidado los valedores de tales personajes, es mucho más simple, descarnado y desprovisto de sentimentalismos:

¿Hasta cuándo vas a poder contar con sus servicios?

La respuesta es bien sencilla: hasta cuando puedas pagarle y mantener los beneficios que tú o alguien más le ofreció para que se viniera para acá.