domingo, 21 de agosto de 2016

Esa pérdida

Además del fallecimiento de un ser querido, existen otro tipo de pérdidas que generan un proceso de duelo, ciertas muertes simbólicas que arrancan de nuestras vidas a personas con quienes compartimos afecto, confianza, amistad y experiencias.

Hoy quiero hablar de una de esas pérdidas, que necesito desahogar y superar.

Diré que fue un amigo, aunque este término me lo discuten personas cercanas. El concepto de amistad al que estamos acostumbrados en la cultura latinoamericana quizá explique este debate, porque entre varones es muy común la agresión constante como muestra de afecto. De ahí se pasa a la ridiculización e incluso el sabotaje, sin que lo percibas necesariamente como deslealtad, aunque como dicen Les Luthiers en su Iniciación a las artes marciales: “Si aquel que dice ser tu mejor amigo te clava un puñal en la espalda… ¡debes desconfiar de su amistad!”

Y pese a todo, fue mi amigo.

La etapa en que más cercanos estuvimos fue alrededor de 2007, cuando acepté de buen grado ayudar en un proceso de renovación anímica que tenía objetivos muy claros. Fue difícil y a punto estuvimos de irnos a los golpes a causa de ciertos temas demasiado enquistados, pero pese a todo vi avances significativos. O eso creí, pues lo que en un momento pareció bien encaminado, fue tan efímero como unos cuantos meses.

De aquel tiempo no me quedó la sensación de total fracaso, sino la actitud de consolidar los avances logrados, pero (ahora lo sé) él no lo vio así.

Casi un lustro después, él se buscó un percance que nos sacudió fuertemente. Creo que allí es donde comenzó mi proceso de duelo: la negación. Nunca supe ni quise conocer los detalles específicos, pero la reacción general fue “no puede ser, debió tratarse de un malentendido”… y así lo asumimos.

A partir de entonces, nos vimos muy poco y nuestras conversaciones virtuales fueron disminuyendo.

Uno de los últimos episodios optimistas que recuerdo fue una segunda oportunidad que la vida le dio para borrar el perjuicio sufrido y redimirse… Y nos alegramos… Y se veía tan bien… Y parecía que lo estaba logrando. Pero las apariencias, las apariencias…

En ese tiempo, algo debió pasar en su ánimo que lo llevó a sumergirse en zonas demasiado oscuras… o quizá estaba allí desde antes, sin que me hubiera dado cuenta.

Hasta que hace muy, muy poco… supimos que se metió en un lío muy, muy serio. No conozco todos los detalles, porque la ley impone reserva; sin embargo, uno escucha rumores e historias que configurar un panorama desolador.

Así pues, no más negación: la pérdida es real.

Entonces, es cuando el enojo te invade. Te sientes engañado y en cierto modo traicionado. Descubres que conociste sólo una parte de esa persona, un ángulo mostrado a conveniencia. Luego recuerdas episodios aislados, atas cabos y te sientes como el lector de novela policiaca que se da cuenta del valor de las pistas solo hasta el final, cuando el narrador revela el enigma. Y como no puedes expresar frente al sujeto tu indignación (porque ya lo has perdido), buscas formas indirectas de descargarla, aunque sea comentando con personas cercanas que también saben del caso.

Luego, con la cólera aún instalada, caes en la cuenta de que en este proceso la fase de negociación es inexistente, como buscar o imaginar que se pueda revertir el daño mediante subterfugios, pactos imaginarios o esperanzas infundadas. En la situación actual, incluso si no se agravara más, el tipo está hundido.

Al momento de escribir estas líneas, todavía estoy en depresión.

Si es cierta la teoría de la estupidez, elaborada por Carlo María Cipolla, entonces aquel amigo fue un malvado, que dañó a otras personas para beneficiarse; pero ahora está en condición de estúpido, pues a fin de cuentas en tal destructivo afán también se perjudicó gravemente a sí mismo.

Todos llevamos a un Hyde dentro, pero es nuestra decisión tomar o no la pócima que lo libera.

Releo un texto de aquella época, 2007, y me remueve fuertes sentimientos. En ese entonces, se iniciaba un proceso prometedor y sentí que sí se iba a poder. Hoy veo que no y esa certeza me cae como hachazo en ayunas. Pareciera que ganó el mal y eso me entristece muchísimo.

Sé que no debo dejar sepultar mi ánimo. Un fracaso, una derrota, un dolor, aunque irremediable, no puede acabar con la esperanza que impulsa nuestros mejores esfuerzos cada día.

Así pues, espero que pronto venga la fase de aceptación… pues la vida continúa.

jueves, 11 de agosto de 2016

Control zeta

A propósito de un acontecimiento que me ha producido mucha tristeza, decepción y enojo, viene a mi mente una anécdota de principios del milenio, cuando circunstancialmente tuve ocasión de escuchar una explicación muy ocurrente, dada por cierto personaje que instruía a principiantes en computadoras, acerca del efecto producido por el atajo de teclado “Ctrl + Z”.

Como todos sabemos, pulsar la tecla “Ctrl” y luego (sin soltarla) añadir la tecla “z” produce el efecto de “deshacer” la acción inmediatamente anterior. Este atajo de teclado es prácticamente universal en los programas que corren sobre la plataforma Windows.

Pues bien, el tipo decía algo así a aquellos jovenzuelos/as:

“Control zeta” es “deshacer”, recuérdenlo bien. No es “borrar” solamente, es más que eso: es “deshacer”. Fíjese: con “control zeta”, lo que usted acaba de hacer en este instante, nunca ocurrió. Es retroceder completamente en el tiempo, al estado anterior en que estaba cuando decidió aplicar el “control zeta”.

Imagínense que en la vida misma existiera el “control zeta”, imagínense que ustedes hacen algo, lo que sea que no les guste o les pudiera traer problemas, pero justo un instante después aplican el “control zeta”… Qué alivio, ¿no?

Ahora bien: ¡imagínense cuántos de ustedes hoy no existirían, si sus padres hubieran tenido un “control zeta” a la mano!

(Risas estentóreas y algunas exclamaciones de “¡ay, no, qué grosero!”)

Pese a cierta crueldad, acaso reprochable desde un punto de vista ortodoxo, la analogía me pareció original (considerando la época) y muy divertida, aunque yo personalmente nunca la haya empleado.

Si hemos de ser honestos, no creo que haya alguien que pueda responder con un rotundo “no” a la pregunta de si le gustaría aplicar el “control zeta” a por lo menos un acontecimiento de su vida pasada, en caso de que fuera posible.

Pero la realidad es otra: en la vida no existe el “control zeta” y, de una u otra forma, de nuestros actos se derivan consecuencias. Podemos tratar de ocultar aquellos o de evadir estas; en el mejor de los casos quizá lleguemos a aceptar nuestros errores, arrepentirnos y hasta redimirnos… pero no podemos aplicar el “control zeta” para hacer que no ocurran actos ya consumados.

El hecho aludido al principio, que me produjo la reacción emocional ya descrita, es una de esas situaciones en que uno quisiera, por el bien de todas las personas afectadas, que los protagonistas pudieran aplicar el tan ansiado “control zeta”.

Pero como no se puede, solo queda lamentarse ante ese cuadro de destrucción vital que se contempla con impotencia… y acaso reflexionar con sabiduría (y agarrar pan para tu matata).

sábado, 6 de agosto de 2016

Una tercera vía... ¿imposible?

Tras 32 años de elecciones técnicamente libres, 7 presidentes constitucionales, un acuerdo de paz (desaprovechado para refundar la nación), 20 años de Arena y 7 del FMLN, es cada vez más extendida la sensación que la así llamada “clase política” salvadoreña no ha respondido a las expectativas de la población y, por el contrario, su principal propósito ha sido aprovecharse del poder para beneficios propios.

La victoria electoral de Mauricio Funes en 2009, bajo la bandera del FMLN, representó la esperanza del cambio luego de cuatro gobiernos de derecha (tres neoliberales y un populista), pero muy poco tardó el soberbio bachiller en desencantar expectativas, dejando al país más endeudado, sin levantar indicadores económicos y casi oficialmente sometido al dictado de grupos criminales organizados (vía nefasta “tregua”).

Pese a ello y por escaso margen, la población todavía le endosó un periodo más al partido “de izquierda”, con el excomandante guerrillero Sánchez Cerén al frente, en parte porque aún se resistía a renunciar a la esperanza y en parte porque el candidato adversario, Norman Quijano, representaba el retorno a un pasado todavía anterior a los Acuerdos de Paz.

No obstante los esfuerzos del actual gobierno por revertir el desastre en materia de seguridad pública que Funes dejó como legado, cada vez es más notoria la ineficiencia estatal para lidiar con temas económicos, políticos y fiscales; y sus funcionarios (tanto en el ejecutivo como en el legislativo) se han acomodado a las viejas prácticas de succión de recursos públicos para favorecerse, amparándose en la tradición, en la complicidad de las instituciones y en la aparente legalidad de las mismas.

Así pues, cada día crece la convicción de que Arena y FMLN son tan solo dos variantes del mismo fiasco (como los liberales y conservadores del universo garcíamarqueano, quienes solo se diferenciaban por la hora en la que iban a misa). Y los demás partidos (GANA, PCN y PDC) si acaso compiten en ineptitud y cinismo, aunque inexplicablemente siguen allí consumiendo recursos.

Así, a la par de esa progresiva decepción, aparecen preguntas cuya respuesta quizá sea demasiado dura:

¿Es posible una tercera vía política?

¿Puede haber en El Salvador un liderazgo con el suficiente recurso humano (y económico, que es esencial) como para posicionarse como alternativa real a los desgastados partidos tradicionales?

¿Tendría este hipotético movimiento ciudadano la fuerza suficiente para soportar los embates del status quo, que lo atacaría a dos bandas al sentirse amenazado?

¿Podría esta tercera fuerza articular un ideario progresista coherente, viable y convincente para solucionar los grandes problemas del país?

¿Lograría esta tercera fuerza conectar con amplios sectores de una población poco educada y, en cambio, malacostumbrada al maniqueísmo, la descalificación, el insulto y el fanatismo como formas de hacer política?

viernes, 5 de agosto de 2016

De notoria honradez e instrucción

Desde hace algún tiempo en la Guanaxia Irredenta, se viene escuchando el clamor de muchas personas contra el bajo nivel académico de funcionarios de elección popular (alcaldes, diputados/as, presidentes), cuya ignorancia supina en ocasiones raya en lo grotesco.

Nuestra Constitución Política pide título universitario solamente a jueces y magistrados (que deben ser agobados), mientras que para diputados/as basta con tener cierta edad, estar en ejercicio de sus derechos ciudadanos y ser de “notoria honradez e instrucción” (art. 126 Cn.). Y para Presidente de la República y sus ministros, el requisito es similar: “moralidad e instrucción notorias” (arts. 151 y 160 Cn.).

El problema es que dichos preceptos constitucionales no están desarrollados en ninguna ley secundaria, por lo que en la práctica son inexistentes.

Este tuit representativo expresa dicha preocupación con bastante claridad.


Lo que parece estar de fondo es el paradigma del filósofo gobernante, formulado explícitamente por Platón en La República, pero también compartido por muchas otras culturas tan antiguas como la humanidad misma.

Cabe recordar que la filosofía en la antigüedad griega comprendía todos los saberes humanos, incluida la ciencia y no solo las humanidades. El planteamiento platónico es que el gobernante, merced a un cuidadoso proceso educativo, llegue a conocer la verdad y el bien, para así guiar a su pueblo a un estado de felicidad.

En similares términos se expresa el rey Salomón, arquetipo del buen gobernante, cuando clama al Altísimo: “Dame ahora sabiduría y conocimiento, para que pueda salir y entrar delante de este pueblo” (2 Crónicas 1, 10).

Sin embargo, un análisis más atento nos revela cierta falacia en el planteamiento del citado tuit, pues el conocimiento académico no necesariamente deriva en sabiduría, y ejemplos sobran, no solo en el ámbito político sino también en el familiar.

La teoría de las inteligencias múltiples explica este fenómeno con bastante claridad. Una persona puede tener gran inteligencia lógico-matemática, con títulos y doctorados, pero carecer de las inteligencias lingüística e interpersonal, esenciales para un liderazgo efectivo. Y a la inversa también es posible.

¡Cuántos hombres y mujeres con estudios muy superiores han fracasado en sus vidas familiares! Inteligentes en el aula, no lo han sido en sus casas.

Desde 1984 en El Salvador tuvimos cuatro presidentes con títulos universitarios (Ing. Duarte, Lic. Cristiani, Dr. Calderón Sol y Lic. Flores) y no hay evidencia de que por ello hayan sido mejores que los bachilleres Saca y Funes. (Personalmente creo que Duarte ha sido el peor de todos los mencionados, por razones que ya comenté en otra entrada.)

En la honorable Asamblea Legislativa tenemos tanto diputados/as semi-analfabetas como otros multi-titulados y hasta con maestrías, pero los niveles de estupidez política mostrados por unos y otros definitivamente no están en proporción directa con sus estudios o la falta de ellos. (Piense en esto: la propuesta barbárica del notable abogado Velásquez Parker no es mejor que cualquier alocución hepática del Diablito Ruiz).

Lo dicho hasta aquí no debe entenderse como un menosprecio a la educación formal y superior, sino como un llamado de atención a no identificar mecánicamente el conocimiento académico con la sabiduría, la cual va más con el concepto de educación integral.

En efecto: es deseable que un funcionario/a de elección popular tenga estudios superiores, pues la educación formal ayuda a desarrollar ciertas áreas del cerebro y sistematiza el conocimiento; pero aún todo ello no garantiza ni su honestidad ni su capacidad de discernimiento, así como tampoco dichas cualidades derivan automáticamente de una filiación política o religiosa.

Si, como dice la voz popular, "para bruto no se estudia", también es cierto que "un título no te quita lo pendejo".

Lo ideal es tener funcionarios/as que sean tan educados como prudentes, discretos y sabios; pero el problema está (y seguirá estando) en que todavía no hay receta comprobada para adquirir dicha sabiduría.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Un marciano sobrevalorado

Debo decir, sin más rodeos, que The martian (2015) no me ha gustado. Es, a mi criterio, una de las películas más flojas de Ridley Scott y seguramente la más sobrevalorada por la crítica, pese a los recursos en ella invertidos.

El motivo principal de la historia es un rescate con muchísimos problemas técnicos, unos con solución científica y otros francamente imponderables. Pero mientras en la primera parte del filme casi todo lo que puede salir mal, sale mal, en la segunda se desvanece toda condición adversa: no más lanzamientos fallidos, los acoples funcionan a la perfección, cesa cualquier tormenta marciana que ponga en riesgo al protagonista (y este puede sobrevivir protegiendo las partes rotas de su hábitat con una lona semitransparente que resulta más efectiva que todo el metal especialmente diseñado para ello), etc.

Claro que al final debe haber un poco de emoción con el agarre, pero igual: es demasiado predecible que habrá una cuerda a la que aferrarse.

Un detalle demasiado incoherente es que, pese a los muchísimos meses que la tripulación lleva en el espacio, la lucidez de los astronautas es tan espléndida como su aspecto, como si el prolongado tiempo de aislamiento e ingravidez no tuviese la menor importancia. Esto quizá sería normal en un entorno típico de la ciencia-ficción de aventuras interestelares, como la saga de Star Trek, pero no encaja en una historia desarrollada conforme a la actual tecnología espacial, donde hay que resolver dificultades mucho más reales.

Y ni hablemos del viaje de más de 3,200 kilómetros por tierra sobre la superficie marciana, con menos posiblidades de éxito que la misma misión de salvamento.

En fin: que si de rescates y supervivientes espaciales hablamos, The Martian queda muy, pero muy por debajo de Gravity (2013) en cuanto a verosimilitud, que es de donde surge la emoción.

lunes, 1 de agosto de 2016

Más viento del necesario

Sin duda, Gone with the wind (1939) es la película más mencionada que nunca vi, hasta el día de hoy. Durante mi infancia se la escuché mencionar a mi madre y mis hermanas, lo que el viento se llevó por aquí, lo que el viento se llevó por allá, y de allí surgió mi impresión de que el filme era una gran cosa.

Y sí, lo es… pese a sí mismo.

Me explico.

La primera parte (de aproximadamente 105 minutos de duración) es realmente épica: una historia de amor obsesivo en el contexto de la guerra de secesión, con escenas impresionantes y personajes si bien bastante estereotipados pero cargados de una fuerza interior clásica. Justo antes del intermedio, la escena de Scarlett con la tierra en sus manos haciendo un valiente juramento debió bastar para un final abierto digno de lo hasta entonces presentado. Hasta allí, una obra maestra

Pero… luego del entreacto, la película continúa por aproximadamente 120 minutos más, que no están a la altura y comprometen su excelencia.

Es allí donde aparece el excesivo melodrama, el novelón diseñado para llorar a moco tendido. Los frecuentes saltos en el tiempo (“una semana después…”, un año después…”) hacen caer la película en lo puramente anecdótico, que por ir en esa prisa no queda bien narrado.

Y luego está el fallido matrimonio de Rhett y Scarlett.

Sobre este punto en particular, me llama mucho la atención que el afiche y toda la publicidad de la película se haya centrado precisamente en esta pareja (protagonizada por Clark Gable y Vivien Leigh), como si representaran la quintaesencia del amor, cuando lo cierto es que el blanco de la gran obsesión amorosa no correspondida de Scarlett siempre fue el pelirrojo Ashley Wilkes. Si bien Rhett dice amar a Scarlett y por momentos esta parece corresponderle, no hay diálogo entre ellos que no esté cargado de ironía y sarcasmo, así como violencias verbales y hasta físicas, incluso en momentos en donde el dolor ante la tragedia aconseja moderación.

El final “final” nos presenta una vez más a Scarlett sola y de cara al futuro, reencontrándose con la tierra, su amada plantación llamada Tara, y formulando una tibia expectativa de recuperar a Rhett (luego de descubrir inexplicablemente que lo ama). Es, pues, un final abierto pero sin la décima parte de convicción ni fuerza del primer “final”, dos horas antes.

No obstante, la primera parte es lo suficientemente buena como para sacar el filme con balance positivo… toda vez no le moleste demasiado una historia contada desde una sociedad patriarcal, conservadora y esclavista a la que nunca se cuestiona.

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Posdata: la traducción del título como "se fue con el viento" me parece mucho más apropiada y sugerente que "lo que el viento se llevó". Cuestión de gustos.