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domingo, 28 de noviembre de 2021

Some reparations… and savings

I am not an expert, but I do have some knowledge about how electric appliances work, thanks to my high-school electricity-tech lessons. Therefore, when a home electric appliance fails, my first reaction is to ponder if I could fix it, by looking over the device and trying to figure out what the problem could be.

Starting for the easiest, some days ago the iron stopped working and, after some minutes looking for the locations of the hidden screws to disassemble it, I could open it, run some tests and find the problem: the thermal fuse was broken. The cost of the piece was $ 1.70 and the replacing process was very simple in order to "resurrect" the appliance. If I had gone to any electrical workshop, I could have been charged with no less than $ 15 for the job.

When the treadmill started to smell burn and stop working, the challenge was not so simple. Taking a big risk, I managed the way to dismantle the carcass and look inside the apparatus. There was no burned components, but I detected some stuck gear that could cause overheating. To fix it, I had to disassemble de electric motor, put some oil in the gear and reassemble it. It took me four hours, with no cost for reparation. I am sure the technician would have charged me no less than $ 50, just for the visit.

But the real thing was when the tailgate of my car refused to open. Everybody knows that, in my country, car replacement parts are very expensive, almost a robbery. The dealer said that the replacement part would cost $ 110 (because they had to place a “special order” from the very factory). That sounded me absurd, because I knew that the problem was a simple broken button.

Anyway, I googled the part and the cost was about $ 35 including shipping. “Ok, I can take it -I thought, but what if I can replace de button by myself?” Guess what? I did it! The cost for the new button was $ 0.40, the part does not look exactly as new, but it works perfectly.

Certainly, tech high-school investment was worthy!

domingo, 5 de julio de 2015

Ventiladores

Forzado por los calores contemporáneos, desde hace algún tiempo nos hemos visto en la necesidad de usar ventiladores en casa, cosa impensable en la Santa Tecla de los setentas. Así, por estas habitaciones han desfilado diversos modelos y estilos, que han ido fracasando uno tras otro, por razones tan diversas como para merecer unos párrafos públicos.

La experiencia con ventiladores estándar (de piso, mesa o pared; fijos u oscilatorios) no fue del todo buena, ya que si bien hacen circular el aire son bastante ruidosos (dependiendo de la marca y el diámetro de la hélice), lo cual no desemboca precisamente en una sensación de reposo, aparte de que ese constante zumbido más otros ruidos colaterales se erigen cual inconscientes recordatorios de la cuenta de consumo de energía eléctrica.

Sin solución a la vista por este camino, pensé entonces en un ventilador de techo. Corrijo: en un buen ventilador de techo, ya que en diversos lugares he visto demasiados de ellos, de marca Pajarito, funcionando mal o expirando antes de tiempo. Y como es previsible a estas alturas de la entrada, hecha la prudente e informada inspección en la ferretería, tarjeta de crédito en mano me hice de uno.

Un detalle importante a tener en cuenta es que todos esos aparatos invariablemente están diseñados para techos sólidos, por lo que, cuando se les necesita en una habitación con cielo falso, hay que construir e instalar entre este y los polines una estructura metálica para empernarlo allí. (Entre paréntesis: esto no se lo dicen en la sala de ventas a menos que uno pregunte.)

Otro elemento clave es que jamás debe instalarse de modo tal que las aspas pasen por debajo de cualquier tipo de luminaria, a menos que uno quiera enloquecer con un molesto parpadeo, casi como luz estroboscópica en casos extremos. De ahí que haya modelos con una lámpara incorporada en su centro, para usarla en vez de la iluminación ya instalada en el lugar.

Si bien las horas y costo (del equipo y de la instalación) podrían considerarse una desventaja con respecto a los ventiladores usuales de uso instantáneo, una vez que este aparato queda fijo y funcionando en el techo se aprecia plenamente el concepto de confort: en efecto, es tan silencioso que lo único perceptible es el suave corte aéreo producido por el aspa, la circulación de aire es mucho mejor en toda la habitación y dormir en una noche calurosa con este artefacto encendido no causa ninguna perturbación.

Sí, ya sé lo que están pensando: en la decapitación o ahorcamiento accidental. Olvídense de las escenas hollywoodenses de muertes sangrientas e impactantes tipo Destino final, que la potencia del motor de estos ventiladores no alcanzaría jamás a levantar ni a su mascota miniatura. De lo único que tiene que cuidarse, obviamente, es de no atravesársele al aspa, que me sé un par de casos. Y obviamente, procure que la persona contratada para instalarlo le haga un trabajo esmerado y de calidad, no una chambonada.

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Posdata:

¡Ah, pero esto no es lo mejor que existe en la actualidad! Hace un par de años, la casa Dyson lanzó al mercado sus ventiladores “sin aspas”, un concepto ultramoderno más eficiente y silencioso que cualquier cosa que se haya visto en materia de circulación de aire. Lo único malo es… precisamente, su costo, que actualmente es de ocho veces el de sus antepasados de hélice. Lo bueno es que, como todos los productos de tecnología de punta, tienden a bajar de precio según se van popularizando. Yo lo espero.

viernes, 9 de enero de 2015

La selva en casa

Tener uno o dos dachshunds en casa es garantía de encontrar, cada cierto tiempo y esparcidos por el patio, cadáveres masticados de roedores y palomitas de esas que llaman “de Castilla”, según el ánimo de estos perros salchicha, cazadores natos. En estos casos, uno entiende perfectamente las leyes de la naturaleza y se limita a recoger y evacuar los restos mortales de los caídos en combate.

Lo que no es tan agradable es que un gato de tejado cometa la temeraria imprudencia de bajar al patio a cazar una de las mencionadas avecillas, que son sus alimentos usuales, se vea sorprendido por los mencionados canes y se produzca un sangriento pleito entre las tres especies.

El escándalo con que se anuncia el inicio del pugilato es mayúsculo. Se escucha el caer de todo tipo de trastos entre los ladridos inusuales junto con los bufidos del gato que, habiéndose dejado ir sin calcular una rápida ruta de escape, generalmente se encuentra arrinconado y defendiéndose, como bien dice el dicho, “como gato panza arriba”, tirando afilados aruñones a cuanto se le acerque.

Protagonista de uno de estos memorables agarrones fue Largo (1998-2009), nuestra anterior mascota, quien causó y también sufrió derramamiento de sangre en la refriega, antes de que lográramos separarlo de su contendiente y dirigir a éste, a base de manguerazos, hasta un lugar donde se viera obligado a huir a la desesperada por los muros y tejados adyacentes.

Pero ha sido en la época reciente, ya con Friso y Titanio, cuando estos episodios han tomado tintes más salvajes. La vez menos grave fue cuando pudimos separarlos y aislarlos de su presa, sacando al gato invasor hasta la calle sin que las partes consiguieran más que algunos rasguños. Pero lo de hace dos días fue francamente atroz.

Del volumen y tono del alboroto animal a media tarde, dedujimos inmediatamente que otro gato había caído al patio. El pleito ya estaba en términos incontrolables y se alcanzaban a ver las tarascadas emergiendo por entre la polvareda. Separar a The Destruction Dachshunds hasta el otro lado de la cerca fue, digamos, la parte más fácil, aunque con no poco esfuerzo; pero atrapar al gato para extraerlo de la casa se volvió complicado, porque nos pareció muy inseguro tomarlo directamente con las manos en ese estado fúrico en que se hallaba (¡y quién sabe qué plagas o enfermedades podría tener!), así que se echó mano de una cesta plástica dentro de la cual había que meter al pardo espécimen, a modo de kennel.

El problema fue que el indeseable huésped no entendió la maniobra y decidió escapar precisamente hacia el lado del patio donde estaban confinados ambos perros salchicha, cayendo directamente en sus fauces.

¡Ah, qué horror!

Entre el tronar de huesos, el rasgar de las carnes y el chorrear de la sangre, la nueva labor de separación se tornó francamente espeluznante y sólo macabros sonidos pueden describir lo que ocurrió. No quiero recordarlo.

Al recuperar el cuerpo maltratado del pobre gato, me pareció que ya sus días habían terminado, así que con todo y su improvisada jaula lo saqué a la calle, con el propósito de trasladarlo pronto a una caja de cartón a modo de ataúd; sin embargo, cuando regresé a la acera con el improvisado féretro, el gato hizo honor a su fama mítica, dando señales de vida y de que su fin no estaba tan próximo como creímos inicialmente, así que volví a entrar a la casa para deshacerme de la caja de cartón vacía, disponiéndome a volver para recuperar el recipiente plástico, una vez liberado su ocupante.

Pero al salir por tercera vez, ya no estaban ni el gato ni la jaula: alguien se los había llevado y, a la fecha, desconozco el final de esta cruel historia.

Por cierto, la palomita de Castilla acabó en pedazos.

__________

Posdata: aún hay otra anécdota más, de la que no puedo contar sino sólo el hallazgo final. Cierto día, al regresar a casa nos encontramos con una extraña paz, ajena al bullicioso recibimiento que nos suelen dar estas adorables mascotas caninas. Había muchos trastos tirados y, en el rincón más apartado del patio, estaban ambos dachshunds sentados a la par de un gran gato completamente muerto. No sé qué pueda haber ocurrido.

domingo, 23 de noviembre de 2008

La vida y la muerte


"La vida y la muerte
borda'as en la boca"
("Romance de Curro, el palmo", de J.M. Serrat)

He aquí una de las siete u ocho tortugas que deambulan por el jardín de la casa. La foto fue captada la mañana de ayer por mi hija Diana, quien la descubrió merendando un suculento platillo: un gran caracol que desde hace días andaba por ahí. En efecto: bordadas en su boca (y por ello quizá deberíamos llamarla "Merceditas, la del guardarropa") están la vida y la muerte, quizá un tanto más dramática esta última por la apariencia de los pedazos del ex-caracol. En mi mente, suena "The circle of life".

martes, 11 de noviembre de 2008

Esos molestos gatos muertos

En mi lista de películas memorables está “Pet Sematary” (1989, basada en la novela de Stephen King), porque la putrefacta demencia está muy bien contextualizada y el terror no viene necesariamente de la asquerosa y malévola presencia de zombis, sino de la perversión que tal condición supone para las relaciones familiares. Pero no fue sino hasta hace un par de semanas que completé la lectura del libro, casi medio millar de páginas que reafirman mi primera opinión y, además, amplían la dimensión del dolor y la desesperación que causan y probablemente perpetúan la horrible tragedia sobrenatural allí narrada.

Sin duda, las condiciones en que esta obra fue leída contribuyeron a crear en mí cierta hipersensibilidad: la mayoría de sesiones fueron desarrolladas en las butacas de espera de un hospital durante los atardeceres tempranos de Octubre, entre gente muy enferma y llamadas de “código uno” por los altoparlantes, a la luz agonizante de lejanas lámparas de mercurio, entre el constante ir y venir de camillas, algunas de ellas sanguinolentas y ocasionalmente cargando una bolsa negra con su difunto ocupante debidamente identificado.

Si a lo anterior añadimos la inverosímil anécdota de un gato muerto que cayó del tejado a las once de la noche, sin previo aviso, estrellándose contra el pavimento de uno de los espacios internos de mi casa, el cuadro es entre cómico y surrealista. No me refiero al gato muriendo de hace casi dos años: quiero decir un nuevo cadáver de gato. Verlo allí inerte e inoportuno y recordar la contraportada del libro de Stephen King, “Cementerio de animales”, fue un solo acto:

Church estaba allí otra vez, como Louis Creed temía y deseaba. Porque su hijita Ellie le había encomendado que cuidara del gato, y Church había muerto atropellado. Louis lo había comprobado: el gato estaba muerto, incluso lo había enterrado más allá del cementerio de animales. Sin embargo, Church había regresado, y sus ojos eran más crueles y perversos que antes.

martes, 17 de junio de 2008

Cleanup time

Aprovechando la estancia de mi abnegada y septuagenaria madre en el hospital, por padecimientos característicos de su edad y condición, he aprovechado para hacer lo que no podría en su presencia por falta de permiso: limpieza y orden en sus habitaciones, armarios, roperos, gavetas y depósitos. Parte de nuestra cotidiana historia familiar se encuentra ahí, en lejanos objetos de rincones añejos, algunos de ellos tan memorables como para recordar mi propia infancia o incluso su juventud en blanco y negro. También hay cosas repetitivas que explican el porqué siempre se ha quejado de que en casa de escritores nunca hay un lapicero a la mano: una treintena de ellos estaba ahí, ocultos tras las cosas que se van dejando como por descuido, emergiendo en esta circunstancial labor de rompecabezas. Yo confío en que, como casi siempre que hago esta labor de depuración hogareña y pasado cierto disgusto inicial, ella sabrá entender la necesidad de conservar lo uno y descartar lo otro, pues además de la armonía visual, hay ganancia de espacio... ¡y cierta enfermiza tranquilidad mía de conocer la ubicación exacta de todo!

viernes, 16 de mayo de 2008

Música despertadora

Tengo tres despertadores y uno más de reserva: el primero, el televisor programado en Cartoon Network; el segundo, la radio en alguna emisora local de “24/7”; el tercero y más importante, mi reloj biológico (por si acaso, a veces programo la alarma del teléfono celular). Es así como últimamente lo primero que veo al abrir los ojos es a Tom y Jerry. Nunca fueron de mi especial gusto, pero debido a su cotidiana y madrugadora aparición he podido apreciar el esmerado arte narrativo de la música de fondo, cada una compuesta y ejecutada especialmente para cada episodio, en perfecta sincronización con cada movimiento, a un abismo de distancia de los fondos repetitivos, estándar y sin ninguna expresividad de otras caricaturas olvidables, de menos éxito, presupuesto e ingenio. Sin embargo, he detectado un creciente problema colateral: como disfruto mucho siguiendo la narración a través de su música, esto me lleva a cerrar los ojos y tener exactamente el efecto contrario al objetivo esperado: ¡el grave riesgo de dormirme de nuevo!

martes, 4 de septiembre de 2007

Sísifo es lavandero

El mito de Sísifo es real, yo lo vivo a diario. Me explico: dentro de la distribución de tareas domésticas, una de las que me corresponde es la lavandería, cosa que evidentemente no podría hacer sin la lavadora eléctrica, cuya carcasa aún se resiste a desvencijarse por completo. El ciclo (la piedra) comienza al ver las cestas llenas de ropa esperando atención, sigue con las convulsiones jabonosas que provocan en el aparato, continúa con la cuidadosa labor de tenderla optimizando todo el espacio posible, casi concluye con el doblado de las prendas que no necesitan plancharse y finaliza del todo con el hierro caliente aplanando algunas camisas y pantalones. Pero justo enconces, cuando una especie de fanfarria debería ocupar todo el espacio auditivo y una ilusoria satisfacción por el deber cumplido asoma en el horizonte... ¡ahí están de nuevo las cestas repletas de ropa!

miércoles, 8 de agosto de 2007

El procesamiento de los ratones

De los varios métodos para eliminar ratas y ratones caseros, simpáticos pero dañinos roedores (aparte de los accidentes como el descrito en "electrocución contigua"), finalmente nos decantamos por la trampa de jaula, en donde la presa queda atrapada casi siempre sin sufrir daño alguno (excepto el psicológico, si cabe, y alguna que otra cola prensada por la portezuela). Preferimos este artefacto por sobre la tradicional trampa de resorte, por el feo espectáculo que ésta deja como testimonio de su funcionamiento: el animalito destripado o mutilado; tampoco nos convenció la conveniencia el veneno, que no su efectividad, pues animales de otras especies podrían morir al ingerir el cadáver; y mucho menos nos parecen bien las trampas de pegamento, pues no garantizan el éxito en armonía con la higiene.

El único problema significativo de este procedimiento es la respuesta a la pregunta esencial, una vez que el preso está en la jaula: "y ahora... ¿qué hacemos con el ratón?". He aquí algunas soluciones, las primeras dos sólo recomendadas por terceros y la última, la elegida:

a) Aplicar un procedimiento salvaje, como patearlo o atacarlo con el palo de la escoba o trapeador. Evidentemente, no estamos por estas vías tan incivilizadas.

b) Ahogar al roedor, enviándolo directamente a una cubeta con agua. Aunque muy digno del cuento "El flautista de Hamelin" y recomendado por el vendedor de la ferretería, decidimos no hacerlo por no presenciar tantas muertes y, además... ¿qué tal si el animalito sale nadando?

c) Caminar hasta el tragante de aguas lluvias de la esquina de la cuadra y, una vez allí, liberarlo. Al fin y al cabo, un "mus musculus" más o uno menos no causará ni la salvación ni la extinción de la especie (la dificultad está en las miradas de los transeúntes cuando uno va en tal peculiar recorrido, caja y ratón en mano; por eso, hay que buscar horas de poco tráfico humano. Si hay pereza, conformémonos con la acera de enfrente).

Con este último proceder he tenido generalmente resultados exitosos en la deposición final, aunque ha habido excepciones notables, a saber:

- Una vez, el animalito en cuestión atravesó la calle a toda velocidad y volvió a entrar por la puerta principal de la casa. ¡Vaya necedad!

- Hubo un huésped muy pequeño que intentó escapar a través de las rejas, pero quedó infelizmente atrapado entre los fierritos. ¡Qué trabajo y qué derramamiento de vísceras ratoniles costó sacarlo de ahí!

- Otro de ellos, ante la puerta de su prisión abierta, se negaba a salir, por más sacudidas que se le diera, aferrado con uñas y dientes al interior del receptáculo. Para su mal, entre el zarandeo la puerta se volvió a cerrar de golpe, dejándolo sin cola antes de que finalmente fuera expulsado de ahí, por vías poco ortodoxas. ¡Feo espectáculo!

- En otra ocasión, el pequeño mamífero corrió unos cuantos metros antes de ser alcanzado por un zanate que, cual feroz depredador, lo acometió a picotazos, desayunándoselo en el acto. ¡Que Hitchcock tenía razón en "The birds"!

sábado, 4 de agosto de 2007

Lenta destrucción

Tras las varias y recientes actividades de mantenimiento y reparación caseras finalmente he logrado comprender a cabalidad el concepto de "vida útil" de los objetos. De pequeño, recuerdo el fuerte carácter de mi padre ante los aparatos y utensilios que se arruinaban mientras eran usados: siempre mostraba su enfado pues quizá él consideraba que las cosas eran eternas; sin embargo, viendo hoy con detenimiento las tuberías, empalmes, puertas, rejas, ventanas, techos, conexiones, pisos y maderas, noto ahí la inconfundible huella del tiempo y su lenta destrucción a través del óxido, polillas, corrosión, descascaramiento, pudrición, etc. (que vasos, tazas y recipientes se quiebren entre esta y aquella manipulación, también debe considerarse como connatural a ellos; su renovación constante y moderada, por lo tanto, ha de ser parte del presupuesto). De todo lo anterior resulta que, como durante los años pasados he vivido en el error, creyendo que la casa es idéntica a sí misma desde que existe... ¡oh, terribles descubrimientos tras las vanas y frágiles apariencias!

jueves, 7 de diciembre de 2006

Césped capilar

Supongo que toda persona reflexionará en algún momento de su vida sobre la caída capilar o el cese de su crecimiento. Sin que me interese referirme a la millonaria industria que da tratamiento y remedio, efectivo o no, a este así llamado “problema”; tampoco analizaré los presuntos efectos estéticos, psicológicos, románticos o de cualquier otra índole (superficiales, en todo caso, puesto que “lo esencial es invisible a los ojos”, priva el espíritu sobre la carne, la verdadera belleza es interior, etc.).

Por otra parte, en estos días de menos trabajo profesional, estoy batallando con un sector del jardín trasero de la casa, donde en las últimas semanas el césped ha venido a menos, cual si imitase al cabello de la parte superior de mi cabeza. Supongo que la causa ha de ser multifactorial: poca retención de la humedad, tierra muy endurecida y sol escaso. Las replantaciones, hasta el momento, no han tenido el éxito deseado y me apresto a probar con tierra importada del vivero, previa excavación breve, sin darle tregua con el agua y, en caso de desesperación, podar los árboles circunvecinos (o redirigir la luz con espejos).

Si el comportamiento de este mi cabello en desbandada pudiera compararse con tal raquítico césped, el fracaso estaría anunciado, dado que el contacto de mi cuero cabelludo con el sol es bastante normal y por allí arriba la sequedad no es tanta. Por otra parte, aunque hay quienes lo ofrecen, el transplante de contados pelillos, emulando el trabajo de jardinería, ni me convence ni está en cualquier presupuesto sensato.

Así pues, mi actitud será doble y complementaria: me empeñaré en tener algo de éxito con la grama, al igual que procuraré mantener el coco parejo, es decir, auto-aplicándome periódicamente la rasuradora eléctrica en su máxima capacidad de corte.

lunes, 20 de noviembre de 2006

Electrocución contigua

El terrible descubrimiento lo hizo el conglomerado de tortugas domésticas, agrupadas en semicírculo al pie de la mesa que sostiene el horno tostador, con sus cuellos como flechas: totalmente estirados hacia arriba. Esta postura, además de probar que son carnívoras y tienen fino olfato, nos llamó la atención sobre un ligero mal olor que se sentía en el ambiente. Al escudriñar los rincones adyacentes, vimos con disgusto unos pelillos grises asomando por unas rendijas de ventilación del aparato y todo se comprobó: dentro de él había un cadáver, no en la zona de calor y cocción, sino en un compartimiento lateral destinado al temporizador y los reguladores de la temperatura.

Desarmar la caja metálica fue una labor casi forense y ciertamente desagradable, por cuanto el óxido y la grasa acumulada dificultaban la labor del destornillador, más cuando el operario deseaba evitar el contacto con los feos restos orgánicos y sus alrededores, como si todo estuviese infectado (además, había de pelear con la mascota canina deseosa de investigar por su cuenta). Finalmente, las entrañas del electrodoméstico dejaron al descubierto el origen de la pequeña pero creciente pestilencia: muerta allí por evidente electrocución, yacía una rata bien templada.

Tras la remoción del animal, al menos dos preguntas flotaron alrededor de esta insalubre circunstancia:

a) ¿Cuánto tiempo permaneció el cuerpo inerte del roedor coexistiendo con los cotidianos panes con mantequilla, separado de ellos únicamente por una delgada lámina?

b) ¿Por qué ese maniático afán de separar lo que la muerte había unido? O lo que es lo mismo, ¿no habría sido más fácil introducir todo el paquete, mamífero y metal, dentro de una buena bolsa de basura, en vez de lidiar con tanto despojo?

A la primera pregunta, sólo podemos responder especulando: dos días, quizá tres a juzgar por la pequeña hinchazón del cuerpo; el segundo cuestionamiento, en cambio, sólo halla respuesta en la acción de un espíritu persistente para salvar la operatividad del mencionado horno, sobre la bien analizada base, primero, de que no hubo contacto directo entre los alimentos calentados en el compartimiento contiguo y la infortunada víctima sin gusanos visibles y, segundo, que los detergentes y lejías afanosamente aplicadas debían cumplir su misión con total eficiencia.

La salud familiar no se vio afectada por esta causa, pero durante un tiempo, luego de este particular incidente, algunos miembros recelaron de todo pan tostado. Pero, puesto que ignoramos si casos parecidos han ocurrido en los demás muebles y electrodomésticos de la cocina, así como lo que pasa en las panaderías, pupuserías y fábricas de la industria alimenticia que nos provee de productos empaquetados varios, conviene atenerse entonces a la sabiduría popular: “ojos que no ven...” ¡estómago que no se resiente!

martes, 14 de noviembre de 2006

Gato muriendo

Presenciar la muerte lenta de animales, aunque sean indeseadas alimañas caseras, puede ser una experiencia sobrecogedora.

En una ocasión, hace ya una década, la agonía y posterior exterminio de una rata fue el catalizador para la creación de un cuento. Más reciente fue la observación de los últimos momentos de vida de un gato de tejado, de los muchos que rondan las casas del vecindario; episodio que, para no repetir tema literario, contaré como anécdota.

De su muy dañado estado de salud comencé a darme cuenta al solo verlo deambular errático por los contornos de la duralita, común lámina de asbesto que tenemos por tejado. Incómodo consigo mismo, víctima de la irreversible corrosión de sus entrañas, un bocado envenenado se adivinaba como la causa de su pesaroso maullar casi afónico. A lo lejos, el extremo tono rojizo de su lengua parecía confirmar el diagnóstico. Ya sin fuerzas ni lucidez para saltar a la casa vecina o para regresar por donde llegó, en medio del creciente sol de las once de la mañana, su fin se adivinaba irremediable.

Entrentanto, yo observaba estupefacto por la ventana de mi cuarto en la segunda planta, negativamente emocionado pero también con una preocupación racional añadida: que el agonizante felino alcanzase una de los espacios que hay entre las paredes de la casa y la del vecino, o esa caja térmica que existe por encima de lo que llamamos “cielo falso”; pues, de morir en cualquiera de esos lugares, la remoción del cadáver sería bastante dificultosa.

Afortunadamente para ambos, la agonía no se prolongó por muchos minutos más y quedó tendido a plena luz para dar sus últimos estertores, luego de los cuales, tal y como suele decirse, estiró la pata como señal del fin de su existencia nómada.

Encaramado yo en el techo, procurando verlo cuanto menos fuese posible y con el firme propósito de no tocarlo bajo ninguna circunstancia (razones suficientes para evitar la profesión médica en cualquier variante), una pala mediana y una cuchara de albañil fueron las herramientas utilizadas para depositar el cuerpo sin vida en una caja de cartón fuerte, su último recinto. Luego, una gran bolsa de plástico negro, en cuyos usos e instrucciones oficiales no figura este común oficio, encubrió el desagradable paquete y completó la tarea sanitaria. Y sin saber de qué se trataba, el camión de la basura, puntual a las siete treinta de la noche, quitó de nuestra vista aquellos miserables despojos.

lunes, 13 de noviembre de 2006

Relojero por necedad

“Necio” es un adjetivo (usado también como sustantivo), aplicable tanto al “ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber” como al “terco y porfiado en lo que hace o dice”. Ambas definiciones aplican a mi oficio de relojero circunstancial.

Hacia 1988 -años más, años menos- nos vimos en la necesidad de dar en alquiler un pequeño local, un cuarto de la casa que da a la calle. Los inquilinos fueron un par de conocidos, recién graduados en publicidad y relaciones públicas, cuyo plan era pintar un enorme rótulo en la fachada exterior, a fin de atraer clientes que hicieran uso de sus facultades profesionales en ese vertiginoso mundo.

No sé si por ingenuos, pasivos o por falta de contactos clave, el caso es que, a los pocos meses, fracasaron en su empresa, quedando además sin pagar los últimos meses de la renta. No obstante, quizá en abono de la deuda o simplemente por olvido, dejaron abandonado en su ex oficina un antiguo reloj de pared, de los de cuerda, péndulo y campanas tubulares.

El aparato funcionaba en sus dos terceras partes: el reloj en cuanto tal, más el mecanismo productor de variaciones melódicas cada quince minutos, a partir de cuatro notas esenciales, la más larga de ellas al mejor estilo del Big Ben. Luego de una mínima investigación empírica, descubrí que la tercera cuerda rota debía dar vida a solemnes campanadas graves, cuyo número variaba según la hora en punto. El aparato de relojería estaba montado sobre un gabinete de madera, en estado aceptable, y así nos lo quedamos.

Andando el tiempo, no sé si por parecerle bullicioso a algún habitante o por los sucesivos cambios que sufrió la distribución interna de la casa, el mencionado reloj fue a parar a un rincón adyacente a la cocina, en donde paulatinamente se fue deteriorando hasta perder la actividad de sus dos cuerdas buenas y, finalmente, la piel de madera, víctima de todas las polillas del mundo.

Recientemente, en una de mis sesiones cíclicas de limpieza hogareña, lo tuve en mis manos, listo para meter sus restos en una caja de cartón y ésta en una bolsa de grueso plástico negro, rumbo a la basura... ¡pero no! En mi interior resonó algo así como un “¿y no será posible repararlo por propia mano?” (dado que los relojeros mecánicos prácticamente ya no existen).

Por falta de instrucción y de herramientas, el gabinete de madera lo encomendé a un carpintero. El maestro de artes liberales cumplió satisfactoriamente la misión de clonar el apolillado receptáculo. Sin embargo, mientras no lograra yo reparar el mecanismo, aquella inversión corría el riesgo de convertirse en despilfarro.

Manos a la obra, comencé por hacer lo que de niño con mis juguetes: desarmarlo. En ello estuve a punto de sufrir varias lesiones, al liberar de forma inadecuada la tensión de las cuerdas y al desarmar los cilindros en donde estas se alojan. Luego de cuidadosa limpieza y lubricación, vino el proceso contrario y difícil: armarlo y dejarlo en funcionamiento. Siendo imposible conseguir nuevas cuerdas, la única solución fue reparar las existentes, rotas en uno o dos trozos, a fin de dejarlas operativas. En dos casos, logré resolver el problema con cierta dosis de fortuna, debido a que la rotura estaba en un extremo corto, no así en la tercera, a la que hube de insertar remaches de aluminio. A punto estuve de darme por vencido debido a la extrema dificultad de taladrar en acero inoxidable, cosa que finalmente logré siguiendo los consejos técnicos de mi amigo Jeff: calentar a fuego lento el material antes de aplicar la broca de cobalto (previa rotura de otras tantas).

Ahora, el reloj restaurado luce orondo y orgulloso en la sala de la casa. Cada quince minutos da señales de vida y –ciertamente, ¿para qué negarlo?‑ cada quince minutos refuerza un poco cierta vanidad personal, forjada en episodios similares en los que, por el arte de ser necio, finalmente pude lograr mi propósito.

sábado, 11 de noviembre de 2006

Esquizofrenia cítrica

“No se le puede pedir peras al olmo”, reza el dicho popular. Sin embargo, al limonero del jardín de la casa, que por años ha dado suculentas cosechas de ácidos limones, se le ha ocurrido ahora... ¡dar dulces mandarinas!

Me resultó curioso de mí mismo que, para creer lo que estaba viendo, haya tenido primero que realizar una mínima investigación en la enciclopedia global. En efecto, el hecho real tiene explicación científica; ergo, sum: en algún momento durante cierto mes de los años anteriores, hubo (ocurrió, tuvo lugar) un injerto espontáneo, tal vez una semilla perdida en un hueco de la corteza, o quizá algún travieso realizó un artificio manual del cual no tengo noticia; una vez introducido el elemento nuevo en el flujo sanguíneo del árbol cuyas raíces penetran el suelo (el cual viene a ser llamado “patrón”, o sea, el limonero), se produjo el fenómeno. Pasado un tiempo, a cierta altura sobre el suelo, le brotaron unas ramas parecidas a las demás, pero ligeramente distintas, ahora sabemos el porqué. Como limones y mandarinas son cítricos, el parentesco debe permitir ese tipo de asociación, simbiosis o híbrido, como quiera que se le llame.

Todavía no tengo pruebas de que pueda dar limones y mandarinas al mismo tiempo, pero todo indica que, en cuanto venga el período natural de floración, los dará a granel. ¿Tal vez finalmente la mandarina se imponga al limón o éste vuelva por sus fueros? Habrá que esperar. El caso es que, como queda dicho antes, la naturaleza parece haber dejado en evidencia la fragilidad de la citada sabiduría popular.

Y si a nosotros, olmos irresistibles al cambio, nos fuera injertada por azares una pequeña porción de otro ser, ¿qué peras (por frutos ahora inimaginados) llegaríamos a dar?