domingo, 8 de marzo de 2026

El ajedrez y yo

Desde hace medio siglo, el ajedrez ha sido parte importante de mi vida. Empezó como un vínculo familiar y luego se transformó en un pasatiempo interminable. Recuerdo muchísimas horas tranquilas frente al tablero, entretenido, concentrado, compartiendo partidas con personas cercanas, sin saber mucho de teoría y basándonos apenas en una escueta enciclopedia.

Con el tiempo, el ajedrez se convirtió también en una prueba personal. Quise demostrarme que podía hacerlo bien en un deporte que es, en esencia, profundamente mental. Tuve mi etapa de competencia formal. Participé en las distintas categorías oficiales y, aunque nunca fui una figura extraordinaria, llegué a mostrar cierta valía. No fui un rival fácil e incluso guardo una pequeña colección de triunfos que me dieron satisfacciones personales.

Aquella etapa me exigió muchas horas de preparación, estudio y análisis. Mirando hacia atrás, a veces pienso que parte de ese tiempo lo robé a mis seres queridos, pero viéndolos hoy en su plenitud creo que no fue tan grave y salimos relativamente indemnes.

Más adelante, tuve la oportunidad de descubrir talentos infanto-juveniles y darles un primer impulso para que continuaran su formación. Algunos de esos chicos y chicas llegaron, con el tiempo, a obtener títulos importantes. Naturalmente, los méritos son de ellos, pero no deja de producir cierta satisfacción pensar que uno contribuyó en algo a esos logros.

Una de las lecciones más valiosas que me dejó el ajedrez es que toda decisión tiene consecuencias. En el tablero, como en la vida, hay momentos en que es imposible calcular todas las implicaciones de una jugada, pero aun así uno debe intentar hacerlo lo mejor posible. Esa conciencia genera también una cierta responsabilidad frente a las decisiones. El juego-ciencia también contribuyó a fortalecer en mí la concentración, la constancia y la perseverancia.

Hoy tengo casi 59 años y llevo casi veinte sin jugar una partida oficial presencial en modalidad clásica. Muy ocasionalmente participo en alguna competición rápida, en línea o presencial, y de vez en cuando juego simultáneas con estudiantes o, en casos excepcionales, partidas sueltas en modo relax. También me entretengo resolviendo problemas de ajedrez y ocasionalmente comento sobre el tema.

En términos reales, considero que mi etapa ajedrecística como jugador o entrenador activo ya concluyó. Respeto mucho a quienes, a esta edad, todavía conservan el ímpetu competitivo, pero en mi caso siento que ya demostré lo que tenía y no veo sentido en asumir nuevas rivalidades, como tampoco en revivir las antiguas, cosa por demás imposible. Preparar seriamente una partida exige sacrificios y tensiones que hoy no deseo volver a asumir. “Todas las cosas tienen su tiempo”, como dice el verso. Por eso, el ajedrez siempre estará presente en mí, hoy como un recuerdo bonito, dulce y agradable.

Gracias por todo.