Publicado en Diario El Salvador
A mediados de abril tuvo lugar en Barcelona, España, la Movilización Progresista Global (GPM, por sus siglas en inglés), una cumbre que reunió a líderes y organizaciones del espectro ideológico de la izquierda y el progresismo. Una de las presencias más destacadas fue la de Alexander Soros, de Open Society Foundations, quien reafirmó el compromiso financiero de su red con las causas que promueven. Esta convergencia entre magnates, activistas y mandatarios debe entenderse como la manifestación explícita y ahora pública de un frente político orientado a enfrentar el avance de los movimientos conservadores en el mundo occidental.
De un tiempo acá —en mis artículos, entrevistas y redes sociales— he venido utilizando el término Red Soros Plus para referirme a ese mismo sujeto colectivo que financia, entre otras cosas, la agenda antigobierno en El Salvador. No se trata de un hallazgo aislado: desde hace años, muchos han planteado la necesidad de reconocer la existencia de redes transnacionales de activismo, financiamiento e influencia ideológica, bajo el concepto de “globalismo”. No es una estructura jerárquica en sentido estricto, sino un ecosistema amplio en el que distintos actores coinciden en valores, diagnósticos y prioridades, y que actúan con notable sincronía en momentos clave.
El progresismo, como base ideológica de esta red, se articula alrededor de un anticapitalismo militante y la lucha contra las relaciones de supuesta opresión sobre diversas minorías. Son causas que, a primera vista, resultan atractivas —como el discurso de los derechos humanos—, pero que a menudo sirven de vehículo para la difusión de un neomarxismo sociocultural. El caso salvadoreño ha captado la atención de ese entramado especialmente en materia de criminalidad, pues los resultados obtenidos en seguridad pública desde 2019 chocan frontalmente con la visión que promueve dicha red, donde el énfasis tiende a desplazarse desde la responsabilidad individual hacia factores estructurales como la exclusión y el determinismo social. A partir de ahí, la Red Soros Plus impulsa narrativas y políticas que favorecen interpretaciones permisivas e hipergarantistas del fenómeno delictivo, con la consiguiente tendencia a justificar o defender al delincuente.
Precisamente por la ruptura —no solo discursiva y simbólica, sino práctica— que representa la estrategia de seguridad implementada por el presidente Nayib Bukele, la reacción de la Red Soros Plus ha sido especialmente feroz, intensa y sostenida. Las críticas no son ocasionales sino sistemáticas, para convertirse en un relato consistente que enfatiza denuncias, mientras ignora, minimiza o relativiza logros concretos en un ámbito tan sensible como la seguridad ciudadana. No es solo una discrepancia técnica, sino un choque de modelos y de concepción del orden social.
La convergencia en discursos, enfoques y validación mutua entre actores de la Red Soros Plus refuerza la idea de que operan con coherencia: desde oenegés como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, hasta medios que amplifican esas posturas —como El País y Deutsche Welle, entre otros. En este engranaje, el financiamiento cumple un papel relevante. A nivel local, organizaciones como Cristosal y medios como El Faro han recibido por años este tipo de apoyo. No siempre existe una dirección explícita ni una coordinación formal, pero la coincidencia ideológica previa facilita que los recursos fluyan como un mecanismo de amplificación, consolidando agendas y posicionamientos en distintos niveles.
Que a algunos les parezcan acertadas o equivocadas sus banderas no es el punto. Lo central es reconocer que la Red Soros Plus existe y posee capacidad de influencia, financiamiento y proyección internacional. Negarlo impide comprender el escenario real de las confrontaciones políticas e ideológicas. Dinámicas similares ya se vivieron en el país en los años 70. En estas batallas socioculturales, la ingenuidad —actuar como si se hubiera nacido ayer— se convierte en una vulnerabilidad inaceptable.



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