viernes, 9 de enero de 2015

La selva en casa

Tener uno o dos dachshunds en casa es garantía de encontrar, cada cierto tiempo y esparcidos por el patio, cadáveres masticados de roedores y palomitas de esas que llaman “de Castilla”, según el ánimo de estos perros salchicha, cazadores natos. En estos casos, uno entiende perfectamente las leyes de la naturaleza y se limita a recoger y evacuar los restos mortales de los caídos en combate.

Lo que no es tan agradable es que un gato de tejado cometa la temeraria imprudencia de bajar al patio a cazar una de las mencionadas avecillas, que son sus alimentos usuales, se vea sorprendido por los mencionados canes y se produzca un sangriento pleito entre las tres especies.

El escándalo con que se anuncia el inicio del pugilato es mayúsculo. Se escucha el caer de todo tipo de trastos entre los ladridos inusuales junto con los bufidos del gato que, habiéndose dejado ir sin calcular una rápida ruta de escape, generalmente se encuentra arrinconado y defendiéndose, como bien dice el dicho, “como gato panza arriba”, tirando afilados aruñones a cuanto se le acerque.

Protagonista de uno de estos memorables agarrones fue Largo (1998-2009), nuestra anterior mascota, quien causó y también sufrió derramamiento de sangre en la refriega, antes de que lográramos separarlo de su contendiente y dirigir a éste, a base de manguerazos, hasta un lugar donde se viera obligado a huir a la desesperada por los muros y tejados adyacentes.

Pero ha sido en la época reciente, ya con Friso y Titanio, cuando estos episodios han tomado tintes más salvajes. La vez menos grave fue cuando pudimos separarlos y aislarlos de su presa, sacando al gato invasor hasta la calle sin que las partes consiguieran más que algunos rasguños. Pero lo de hace dos días fue francamente atroz.

Del volumen y tono del alboroto animal a media tarde, dedujimos inmediatamente que otro gato había caído al patio. El pleito ya estaba en términos incontrolables y se alcanzaban a ver las tarascadas emergiendo por entre la polvareda. Separar a The Destruction Dachshunds hasta el otro lado de la cerca fue, digamos, la parte más fácil, aunque con no poco esfuerzo; pero atrapar al gato para extraerlo de la casa se volvió complicado, porque nos pareció muy inseguro tomarlo directamente con las manos en ese estado fúrico en que se hallaba (¡y quién sabe qué plagas o enfermedades podría tener!), así que se echó mano de una cesta plástica dentro de la cual había que meter al pardo espécimen, a modo de kennel.

El problema fue que el indeseable huésped no entendió la maniobra y decidió escapar precisamente hacia el lado del patio donde estaban confinados ambos perros salchicha, cayendo directamente en sus fauces.

¡Ah, qué horror!

Entre el tronar de huesos, el rasgar de las carnes y el chorrear de la sangre, la nueva labor de separación se tornó francamente espeluznante y sólo macabros sonidos pueden describir lo que ocurrió. No quiero recordarlo.

Al recuperar el cuerpo maltratado del pobre gato, me pareció que ya sus días habían terminado, así que con todo y su improvisada jaula lo saqué a la calle, con el propósito de trasladarlo pronto a una caja de cartón a modo de ataúd; sin embargo, cuando regresé a la acera con el improvisado féretro, el gato hizo honor a su fama mítica, dando señales de vida y de que su fin no estaba tan próximo como creímos inicialmente, así que volví a entrar a la casa para deshacerme de la caja de cartón vacía, disponiéndome a volver para recuperar el recipiente plástico, una vez liberado su ocupante.

Pero al salir por tercera vez, ya no estaban ni el gato ni la jaula: alguien se los había llevado y, a la fecha, desconozco el final de esta cruel historia.

Por cierto, la palomita de Castilla acabó en pedazos.

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Posdata: aún hay otra anécdota más, de la que no puedo contar sino sólo el hallazgo final. Cierto día, al regresar a casa nos encontramos con una extraña paz, ajena al bullicioso recibimiento que nos suelen dar estas adorables mascotas caninas. Había muchos trastos tirados y, en el rincón más apartado del patio, estaban ambos dachshunds sentados a la par de un gran gato completamente muerto. No sé qué pueda haber ocurrido.