Comencé a ser fan de Silvio Rodríguez hace cuarenta años. No solo disfruté de sus canciones: también saqué los acordes a oído para tocarlos en mi guitarra —tras la debida transposición armónica, adaptada a mi voz grave— y más de una vez las interpreté en festivales artísticos durante mis tiempos universitarios en la UCA. Por supuesto, no me perdí el concierto que dio en el Estadio Mágico González en 2008. Y hoy, de cuando en cuando, regreso a esas melodías entrañables, ligadas a experiencias vitales alegres y también dolorosas, en ese territorio híbrido entre lo vivido y lo imaginado.
Pero soy consciente de que disfrutar de Silvio es un placer culposo. Para hacerlo, me resulta necesario —mandatorio, diría— disociar su música de aquello que la engendró: el comunismo y su defensa a ultranza, sublimada y estéticamente hermosa, del régimen castrista y de sus derivados ideológicos contemporáneos.
Escuchar la Canción del elegido pensando en la figura del Che Guevara, con todas las muertes que carga, es una contradicción ética insostenible. Tararear Pioneros mientras imagino el feroz adoctrinamiento al que someten a los niños en Cuba no es precisamente placentero. Pasearse por la belleza lírica de Monólogo —un hombre mayor que intenta conectar con las nuevas generaciones, mientras vende la idea de que el castrismo cuida a sus súbditos con buen pescado y verduras enlatadas— produce inevitablemente una disonancia cognitiva. Y transitar por el festival verbal y armónico de Domingo rojo, con su explícita exaltación del trabajo forzado, casi te hace justificar la esclavitud.
Disfrutar los ecos de Bach en Eva choca con la conveniente idealización de una mujer ultrafeminista con la que cualquier macho podría copular y procrear sin responsabilidad alguna. Recordar las exaltaciones de Silvio hacia la revolución sandinista en Canción urgente para Nicaragua, a la que le auguraba un camino glorioso, luce hoy como una amarga ironía a la luz de la pareja maldita Ortega-Murillo. Y referirse a la guerrilla del FMLN con la bella metáfora de que “por la loma y por el valle viene quemando la alegría” suena, ahora, como una afrenta a la sensibilidad popular.
Y así podríamos seguir…
He aquí la paradoja: pese a sus contenidos, la dimensión estética de gran parte de la obra de Silvio es tan elevada que logra sobreponerse a la racionalidad histórica y resonar en raíces antiguas, cuando muchos creímos en el Romanticismo Revolucionario y nos dejamos seducir por sus utopías. Al final, esa es la naturaleza del arte: su capacidad para cautivarnos más allá de la lógica. Y solo quien no haya caído en sus dulces redes —en cualquiera de sus variantes— puede atreverse a tirar la primera piedra.


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