martes, 11 de noviembre de 2008

Esos molestos gatos muertos

En mi lista de películas memorables está “Pet Sematary” (1989, basada en la novela de Stephen King), porque la putrefacta demencia está muy bien contextualizada y el terror no viene necesariamente de la asquerosa y malévola presencia de zombis, sino de la perversión que tal condición supone para las relaciones familiares. Pero no fue sino hasta hace un par de semanas que completé la lectura del libro, casi medio millar de páginas que reafirman mi primera opinión y, además, amplían la dimensión del dolor y la desesperación que causan y probablemente perpetúan la horrible tragedia sobrenatural allí narrada.

Sin duda, las condiciones en que esta obra fue leída contribuyeron a crear en mí cierta hipersensibilidad: la mayoría de sesiones fueron desarrolladas en las butacas de espera de un hospital durante los atardeceres tempranos de Octubre, entre gente muy enferma y llamadas de “código uno” por los altoparlantes, a la luz agonizante de lejanas lámparas de mercurio, entre el constante ir y venir de camillas, algunas de ellas sanguinolentas y ocasionalmente cargando una bolsa negra con su difunto ocupante debidamente identificado.

Si a lo anterior añadimos la inverosímil anécdota de un gato muerto que cayó del tejado a las once de la noche, sin previo aviso, estrellándose contra el pavimento de uno de los espacios internos de mi casa, el cuadro es entre cómico y surrealista. No me refiero al gato muriendo de hace casi dos años: quiero decir un nuevo cadáver de gato. Verlo allí inerte e inoportuno y recordar la contraportada del libro de Stephen King, “Cementerio de animales”, fue un solo acto:

Church estaba allí otra vez, como Louis Creed temía y deseaba. Porque su hijita Ellie le había encomendado que cuidara del gato, y Church había muerto atropellado. Louis lo había comprobado: el gato estaba muerto, incluso lo había enterrado más allá del cementerio de animales. Sin embargo, Church había regresado, y sus ojos eran más crueles y perversos que antes.