martes, 14 de noviembre de 2006

Gato muriendo

Presenciar la muerte lenta de animales, aunque sean indeseadas alimañas caseras, puede ser una experiencia sobrecogedora.

En una ocasión, hace ya una década, la agonía y posterior exterminio de una rata fue el catalizador para la creación de un cuento. Más reciente fue la observación de los últimos momentos de vida de un gato de tejado, de los muchos que rondan las casas del vecindario; episodio que, para no repetir tema literario, contaré como anécdota.

De su muy dañado estado de salud comencé a darme cuenta al solo verlo deambular errático por los contornos de la duralita, común lámina de asbesto que tenemos por tejado. Incómodo consigo mismo, víctima de la irreversible corrosión de sus entrañas, un bocado envenenado se adivinaba como la causa de su pesaroso maullar casi afónico. A lo lejos, el extremo tono rojizo de su lengua parecía confirmar el diagnóstico. Ya sin fuerzas ni lucidez para saltar a la casa vecina o para regresar por donde llegó, en medio del creciente sol de las once de la mañana, su fin se adivinaba irremediable.

Entrentanto, yo observaba estupefacto por la ventana de mi cuarto en la segunda planta, negativamente emocionado pero también con una preocupación racional añadida: que el agonizante felino alcanzase una de los espacios que hay entre las paredes de la casa y la del vecino, o esa caja térmica que existe por encima de lo que llamamos “cielo falso”; pues, de morir en cualquiera de esos lugares, la remoción del cadáver sería bastante dificultosa.

Afortunadamente para ambos, la agonía no se prolongó por muchos minutos más y quedó tendido a plena luz para dar sus últimos estertores, luego de los cuales, tal y como suele decirse, estiró la pata como señal del fin de su existencia nómada.

Encaramado yo en el techo, procurando verlo cuanto menos fuese posible y con el firme propósito de no tocarlo bajo ninguna circunstancia (razones suficientes para evitar la profesión médica en cualquier variante), una pala mediana y una cuchara de albañil fueron las herramientas utilizadas para depositar el cuerpo sin vida en una caja de cartón fuerte, su último recinto. Luego, una gran bolsa de plástico negro, en cuyos usos e instrucciones oficiales no figura este común oficio, encubrió el desagradable paquete y completó la tarea sanitaria. Y sin saber de qué se trataba, el camión de la basura, puntual a las siete treinta de la noche, quitó de nuestra vista aquellos miserables despojos.