sábado, 15 de octubre de 2011

Cómo funcionan las tarjetas de crédito

O EL FABULOSO MUNDO DE LA USURA

Usura: ganancia, fruto, utilidad o aumento que se saca de algo, especialmente cuando es excesivo.

Salvo en las utopías sociales donde la generosidad esencial campea por todos los costados, todo préstamo de dinero conlleva cierto interés; de ahí que el tema en discusión no sea su existencia sino su cuantía. Dicho lo anterior, la situación se vuelve irritante cuando los prestamistas legalmente autorizados no solo cobran tasas de interés del orden del 50% sino que acosan al cliente potencial y además desenvainan todo tipo de justificaciones ideológicas -entre publicidad y propaganda- para hacerle creer que le están haciendo un gran favor por el que uno debe estar eternamente agradecido (ver comunicado de ABANSA rechazando la regulación estatal de los intereses).

La masiva proliferación de tarjetas de crédito en una sociedad consumista, poco informada y débilmente protegida en sus derechos únicamente garantiza el progreso económico de los banqueros, a expensas del endeudamiento permanente de los tarjetahabientes, quienes generalmente desconocen cómo funciona el dinero plástico y todo el hábil entramado que se teje para hacerle caer en sus redes.

La estrategia de los banqueros se basa, cuando no en engaños, sí con toda seguridad en brindar información incompleta, sesgada y parcializada, hecho del cual la gente se da cuenta hasta cuando ya es tarde y toca pagar los exorbitantes intereses. Quien posee una tarjeta de crédito (o, para su desgracia, dos o más), debería tener claras algunas cosas con respecto al funcionamiento de las mismas. Vayan las siguientes acotaciones para prevenir o esclarecer engaños y, en lo posible, ayudar a que sea uno quien saque algo de provecho de las tarjetas de crédito y no al revés.

· La tarjeta no es totalmente gratuita

El gancho inicial con que se pesca al cliente es que la tarjeta es gratis. En realidad, solo la membresía del primer año suele ser gratuita. A menos que el sujeto pregunte, no se le dice que del segundo año en adelante se le cobrarán alrededor de US$ 50.00 anuales por el solo hecho de poseerla.

No es obligación conservarla, pero el proceso de deshacerse de la misma es intencionalmente engorroso y constantemente contra-argumentativo, aparte de poderse hacer únicamente en estado de saldo cero, cosa que raras veces ocurre.

· Cualquier uso de la tarjeta le genera ingresos al emisor

La sola acción de pasar la tarjeta de crédito por la terminal electrónica, aunque al final de mes se abone a la misma el saldo completo, tiene ya un beneficio para el banco o institución financiera que la ha emitido. Esto se debe a que el negocio o comercio donde uno realiza la compra paga al emisor de la tarjeta un porcentaje de lo consumido, tengo entendido que es alrededor de un 5%, con el argumento de que ese consumo es posible debido precisamente a que el cliente puede pagar con la tarjeta en ese momento, no en efectivo. Esto también explica que a usted le den “millas” o “puntos” acumulables por el uso de su tarjeta y canjeables por productos o vales de consumo al cabo de cierto tiempo.

Todo lo anterior no siempre va en perjuicio del cliente, porque hay almacenes en donde el precio de venta al público no varía si se paga en efectivo o con tarjeta; sin embargo, sí se desvirtúa la creencia de que los bancos solo obtienen beneficios cuando la tarjeta se utiliza como instrumento de crédito.

· Tomar una tarjeta no siempre es voluntario

Uno de los grandes y falsos argumentos de los emisores de tarjetas de crédito es que el cliente la toma voluntariamente. Esto no siempre es así. Tales prestamistas utilizan diversas tácticas que en la práctica equivalen a forzar a una persona a que se haga de una tarjeta. Dos ejemplos bastan para ilustrarlo: uno, al contratar un préstamo personal (digamos “normal”) de una institución bancaria, en el mismo paquete viene la tarjeta y no es opcional; dos, hay muchas empresas que solo pagan el salario mensual a través de una cuenta de banco del empleado o empleada, quien al abrirla recibe de la institución financiera la respectiva tarjeta, gústele o no. La ley debería protegernos contra este tipo de acoso crediticio.

· El emisor quiere que usted gaste más de lo que puede pagar en efectivo

El gran negocio de las tarjetas de crédito, a veces con características de inmoralidad, es precisamente lograr que la persona las use como instrumento de crédito, ya sea retirando dinero en efectivo de un cajero automático, utilizando un extra-financiamiento (al cual lo inducen con molesto acoso telefónico) o -lo más común- dejando que a fin de mes usted no pague el saldo de contado de su estado de cuenta, sino únicamente la cuota mínima y acaso algo más, con la ilusión permanente de que al mes siguiente se pondrá al día. A lo anterior hay que añadir el no siempre casual retraso en el envío de los estados de cuenta, confiando en que a usted se le olvide su fecha de pago.

Cabe acotar que en esta labor ellos gozan de la inestimable colaboración de la ignorancia y falta de capacidad analítica de las gentes, quienes no visualizan las implicaciones reales de tomar el crédito así ofrecido.

Cierto es que no se puede culpar directamente a los prestamistas institucionales de que una persona no sepa resistirse a una tasa de interés del 4% mensual porque no se da cuenta de que se trata del 48% anual más el respectivo porcentaje por desembolso, ni que la mayoría de personas no se tomen el trabajo de hacer cuentas y ver efectivamente a cuánto asciende el total de intereses pagados al final del plazo ofrecido (sinónimo de ser trasquilado); sin embargo, por una parte irrita el descaro de dichas instituciones financieras al momento de presentarse como los compasivos auxiliadores de las personas de menos recursos económicos y, por otra, deberían tener como mínima norma moral el contribuir a la alfabetización crediticia de sus propios clientes, de quienes obtienen pingües beneficios.