jueves, 20 de octubre de 2011

Salados

Siempre me ha parecido que cuando uno pregona y publica con extrema insistencia el amor que dice tenerle a su pareja, tal temeraria y continuada acción produce el mismo efecto que erigir un pararrayos sobre dicha relación, que acabará fulminada más temprano que tarde. Así, uno se sala a sí mismo.

Quizá un análisis estadístico no sustentaría dicha creencia en general, pero tal vez sí validaría mi hipótesis: que dichos fracasos sentimentales se hacen famosos y son recordables precisamente porque, al colapsar, la gente trae a cuenta la empalagosa reiteración de “te amos” y “mi vidas” -en todo tipo de variantes retóricas- a que se vio expuesta en cuanto público espectador.

Al respecto, tengo en clara memoria una pareja que era insufrible al momento de conversar, pues prácticamente los interlocutores nos quedábamos hablando solos a causa del combate de besuqueos que entablaban intempestivamente, rociándose de “amorcitos” y otros apelativos casi íntimos que, por decoro, prefiero no reproducir. Al verlos, el “miren cómo se aman” (y no necesariamente bíblico) era la conclusión natural, desmentida por la separación definitiva pocos años después. La publicidad no ayudó.

Tal par aludido no existió en tiempos de redes sociales (para fortuna de nuestras actualizaciones de estado), pero sí me sé otro actual que llenaba sus muros mutuos de poetizaciones -a veces bastante folclóricas- sobre su presente y futuro, que tortolita por aquí, que pichoncito por allá, que lo amo, la amo y lo amooo… (y ponga usted todas las oes que falten para semejar la magnitud del sentimiento) . ¿Y a los tantos meses…? “¡Ah, no, ya cortamos!”. Menos mal: era la pareja soñada, pero ¿por qué tenían que atosigarnos con sus declaraciones públicas?.

No faltan otros ejemplos de espectacularidad en las declaratorias y en los pregones, desde la famosa canción “Yolanda”, que Pablo Milanés dedicó al amor de su vida... de quien después se separó; hasta escribir con piedras blancas sobre yerba verde una enorme declaratoria para que la amada la viera desde el tercer piso de su apartamento a la luz de la luna, que tardó más en confeccionarla que en extinguirse la fogosa llama. Ni hablar de las fotos que se toman en el apogeo entusiasta de los impulsos. Bien lo escribió Matilde Elena López: "No se canta el amor feliz: se vive; y la ternura que nos niega la vida, la inventamos".

En fin, mi punto es que cuando el mutuo discurso amoroso se mantiene en lo privado, donde es su lugar natural, cualquier ruptura final que venga, dolorosa o anecdótica, no atraerá sobre sí esa aura de pena pública, por haber creado un globo reventón, teñida con cierta hilaridad trágica que le quita toda seriedad al tema y, de ribete, permite la venganza del respetable por todo lo infligido.

Por eso, a los enamorados ganosos de gritarle al mundo sus amores, cual si con ello se convencieran a sí mismos de que son ciertos, no les vendría mal considerar este consejo de viejitas: “así calladitos se ven más bonitos”.