viernes, 22 de junio de 2012

A mis maestros

No me resulta difícil hacer una lista de maestros gratamente recordados y creo oportuno expresarlo en este día que se celebra en su homenaje. Los ha habido muy buenos, regulares en sentido normal y también muy malos, pero como uno es quien selecciona qué recuerdos quiere tener, me quedo con los primeros.

De mis años en el colegio "Champagnat" puedo mencionar al Hermano Rufino Idiazábal (1909-2002), un señorón navarro con absoluto aspecto de abuelito regañón, y al profesor Santos Baltasar Moreno, de quien ya comenté una anécdota antes en este blog, hombre bajito de estatura pero con sabia vocación; y por supuesto a Gustavo Granadino, director técnico del grupo musical en que estuve durante varios años.

De mi bachillerato industrial (opción electromecánica) en el Colegio Salesiano "Santa Cecilia" recuerdo al Teacher Méndez, no por sus teorías conspirativas anticomunistas en las clases de sociales, sino por su devoción hacia las artes clásicas y su incansable promoción cultural; a Billy Quiteño, mi entrenador de baloncesto en la categoría Juvenil "A", a quien agradezco su paciencia y voto de confianza deportivo; y al profesor Rafael Andino, especialista en física y matemáticas, quien supo conectar con nosotros, que no éramos precisamente alumnos dóciles.

De mis tiempos universitarios en la UCA, el reconocimiento es para quienes fueron los pilares de la carrera de Letras: Ana María Nafría, don Paco Escobar y don Lito Rodríguez, quienes son referencia ineludible en cuanto a teoría y práctica.

Sin embargo, mis verdaderos maestros siempre estuvieron en casa, pues mi padre Rafael Góchez Sosa y especialmente mi madre Gloria Marina Fernández fueron el mayor ejemplo de abnegación, haciendo jornadas maratónicas que incluían fines de semana, a fin de sacar adelante el Liceo Tecleño, en donde invirtieron un cuarto de siglo de sus vidas. Es por ellos que la profesión docente nunca me fue extraña y siempre supe valorar más allá de la sola remuneración (¡que también es justa y necesaria!).

Por todos ellos es que me gusta el Himno al maestro, visión idílica de la profesión y ciertamente con lenguaje de ese que antes se llamaba "genérico", pero ¿qué seríamos sin las utopías?