miércoles, 21 de abril de 2010

El silbador siniestro

Un incidente sobredimensionado en un aula de 9º grado de 1981 me reveló tres cosas: la primera, la profunda inmadurez de varios personajes que nos educaban; la segunda, los valores reales del sistema educativo de aquella época, que me impulsaron a decir en público al menos una estupidez (porque “uno, de cipote, es tonto”, como decía el mero Aniceto); y la tercera, la valiente y efectiva sabiduría de Don Balta, nuestro profesor encargado.

En aquel tiempo, la secretaria oficial del colegio marista tecleño estaba de permiso por maternidad y para cubrir su plaza había llegado una moza de unos veintitantos años, que no era la gran belleza, pero como en colegios "sólo de varones" uno se hace más bruto de lo que debería en cuanto a hormonas e inteligencia emocional, había compañeros que le hacían algo de bulla. La dama en cuestión era, además, novia de Mazinger, sobrenombre con el que se conocía a un temido profesor de matemáticas que, por fortuna, nunca nos tuvo bajo su yugo.

Ocurrió que a media mañana, mientras estábamos en no sé qué clase y el profesor escribía en la pizarra, la mencionada chica pasó frente al aula y, desde el pleno, se escuchó un silbido de “♪ qué cuero ♫”. ¡Ah, para qué más! El maestro, indignado, se dio media vuelta y comenzó a preguntar cada vez más fuerte “¿quién fue, quién fue?”. Y así, durante toda aquella mañana desfilaron todos los profesores imaginados, desde el Hermano Director hasta el mero Mazinger y otros docentes que ni sabíamos que existían, queriendo cada uno averiguar con sus métodos y amenazas el origen de tan cruda ofensa, con recursos que iban desde citar al grado completo en la cancha de fútbol para dar vueltas y vueltas hasta la extenuación, hasta bajar puntos en cuanta materia fuese posible.

(Si a estas alturas el lector o lectora pasó por alto u olvidó el origen de la oleada represiva, se la recuerdo en este instante: un silbido de “♪ qué cuero ♫”, por demás inmerecido.)

El punto más álgido llegó ya casi en la última hora de la mañana, cuando el Hermano Director repartió papelitos en blanco para que cada uno de nosotros escribiera el nombre del criminal y así salvar al grado de la cadena de penas que nos esperaban. Tras el recuento de votos, el vencedor de tan repudiable elección fue un pobre compañero cuyo crimen era tener la cualidad de caerle mal a la majada; pero del verdadero culpable, “neles pasteles”.

Llegó entonces el momento de los discursos, y allí pequé. Mi intervención de adolescente sistémico giró en torno a exaltar el valor de la verdad, la honestidad y la formación educativa, llegando a decir cosas de este calibre: “si el que cometió la falta hoy no la confiesa, ¡quién sabe qué otras cosas será capaz de hacer en su vida!”. Para que nos entendamos: quien silba un “♪ qué cuero ♫” clandestino y no lo admite, se convertirá en un ser abyecto. Tan sorprendente como todo este alboroto es que en aquel momento no me hayan linchado a mí, quizá porque todos estábamos demasiado atemorizados pensando en nuestra propia salvación.

El final llegó cerca del mediodía, cuando Don Balta dijo tres cosas contundentes y acertadísimas: primero, que “se estaba haciendo un elefante de una hormiga” (su particular versión del dicho “ahogarse en un vaso de agua”, sin mencionar explícitamente las implicaciones de bayunquismo, ridiculez y exageración de sus colegas); segundo, que los ansiosos verdugos estaban sobrepasando su autoridad como profesor titular del aula y, en consecuencia, procedía a mandarlos al carajo (no lo dijo así, pero se entendió); tercero, que “el excremento, cuanto más se revuelve, peor hedor expele” (paráfrasis del dicho que ya sabemos), así que daba por terminados los interrogatorios y ya vería él la forma de resolver el problema.

No sé cómo lo hizo, pero Don Balta logró que el abominable silbador le revelara en secreto su identidad, tanta era la confianza que todos le teníamos. La sanción se limitó a un 3 en conducta.

Treinta años después, aún me pregunto si en aquel momento Don Balta supo cuánta estatura moral había adquirido ante nosotros.