domingo, 5 de abril de 2015

De cuando fuimos perseguidos

Y MONSEÑOR ROMERO NOS ECHÓ UNA MANO EN LA DENUNCIA


Luego de la muerte de mi hermana Delfy el 22 de mayo de 1979 (durante fue un ataque armado de los Cuerpos de Seguridad estatales contra una manifestación opositora que se dirigía a la Embajada de Venezuela), nuestra familia comenzó a recibir amenazas anónimas en forma de llamadas telefónicas, telegramas y cartas, una de las cuales yo mismo recogí del piso bajo la puerta donde había sido deslizada. En ella, el remitente lamentaba que Delfy hubiera sido "engañada y utilizada" por los grupos subversivos y, al mismo tipo, aconsejaba que mis otras dos hermanas no siguieran esa misma ruta. En otras cartas, también se le insistía a mi padre -el poeta y docente Rafael Góchez Sosa- que se callara, en alusión al poema “Amigos: mi hija no está muerta”, divulgado en esos días por varios medios.

En los primeros días del mes de junio de ese año, el portón del Liceo Tecleño (institución educativa que mis padres dirigieron por 27 años) amaneció pintado con un señalamiento y una amenaza directa de la Unión Guerrera Blanca (UGB), uno de los temidos Escuadrones de la Muerte del régimen: “Aquí trabajan unos subversivos”, certificado con una mano blanca. Temíamos que en cualquier momento mi padre o cualquier otro miembro de la familia fuese asesinado, como de hecho estaba ocurriendo con mucha gente así perseguida.

La noche del sábado 30 de junio de 1979, a eso de las 11:30 p.m., mis hermanas me despertaron con esta exclamación: “¡Nos están disparando!” Yo no había escuchado la ráfaga, pero rápidamente me pusieron al tanto de la situación: frente a nuestra casa (en ese entonces, cerca del Cafetalón tecleño), un comando armado había disparado varias veces contra nuestras paredes, puertas y ventanas.

La instrucción que dieron mis padres fue correr hasta el fondo de la propiedad y huir saltando el muro hacia el solar de una vecina. De nuestro lado había escalera, pero era necesario saltar desde lo alto del muro de dos metros en la pura oscuridad hacia la ruta de escape. Mi padre tenía 52 años; mi madre, 42; mis hermanas, 20 y 19; y yo, 12. A esas edades, el salto inevitable no se planteaba tan difícil, sobre todo en huida; peo lo sorprendente es que mi abuela, de 79 años, también pudo hacerlo sin sufrir ninguna lesión, justo en el momento en que el escuadrón criminal se estacionaba nuevamente frente a nuestra casa y procedía a rociar por segunda vez el inmueble con balas calibre 9 milímetros.

Permanecimos el resto de la noche refugiados donde esa vecina, desde donde escuchamos tres nuevas arremetidas de los tiradores, en intervalos aproximados de media hora. Los sicarios nunca intentaron entrar a la casa, quizá porque sólo tenían la orden de amedrentar, pero las balas llegaron hasta el fondo de la propiedad, como comprobamos después. El total de disparos superó al centenar. La vecina dio aviso telefónico a la Policía Nacional pero le respondieron con excusas inverosímiles aunque comprensibles (dado que el ataque era de origen estatal, no iban a capturarse a ellos mismos).

En su habitual denuncia de los hechos represivos de la semana, Monseñor Romero lo dijo así:

También hay una denuncia de una amenaza que me llega a último momento, y dice que desde hace como tres semanas en el Liceo Tecleño, donde el señor Rafael Góchez Sosa trabaja, le pusieron la mano blanca de la UGB. Y anoche le ametrallaron su casa (…), desde las 11:30 p.m. hasta las 2:30 de la mañana de este día, domingo. Él reside con toda su familia en esa casa, y por la gracia de Dios no les ha pasado nada, aunque pasaban ametrallando a cada rato con un intervalo de media hora. ¡Como que vivimos en la selva!

(Homilía del 1 de julio de 1979, Catedral Metropolitana.)

Después de ese atentado, una de mis hermanas y yo fuimos enviados por unos días a Guatemala, mientras el resto de la familia permaneció en El Salvador. Luego nos reunimos nuevamente y tratamos de continuar con nuestras actividades normales, con las precauciones que se podían tener (que tampoco garantizaban nada, en realidad).

Esos días fueron de constante zozobra y mucha fortaleza familiar, no solo ante la amenaza patente sino también ante el rechazo o alejamiento de muchas personas que eludían el solo hecho de cruzarse con nosotros por la calle.

Es muy probable que el golpe de estado del 15 de octubre de 1979, propiciado por la administración Carter como último recurso para quitar las banderas de la insurgencia, haya desarticulado algunas estructuras de represión ilegal donde estaban nuestros nombres (quizá no como prioridad).

Lo que vino después fue la vorágine. Nosotros sobrevivimos a esos años, muchísima gente no lo logró. ¡Jamás hay que olvidar lo ocurrido!