domingo, 25 de noviembre de 2007

Prejuicio al carisma

Prejuicio: opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.
Diccionario de la R.A.E.L.

Dada la extendida y aún creciente diversidad de opciones, estilos y prácticas religiosas en nuestra sociedad, con la consiguiente dificultad de estar razonablemente bien informado en esa torre de Babel de practicantes, el prejuicio viene a ser la forma usual de percibir estos modos de vivir la espiritualidad, con todo y las simplificaciones y errores que éste conlleva. Qué tanto de correspondencia con la realidad hay en este o aquel prejuicio es tema de discusión aparte: lo cierto es que existen y determinan la primera imagen que de cierta persona nos hacemos, en cuanto nos enteramos de su adhesión a tal o cual iglesia, culto, secta, congregación o grupo religioso.

Si explicitara cada uno de los prejuicios culturales aplicados a las y los cristianos -llámense católicos, protestantes o evangélicos- seguramente merecería la sabia reprensión de Edward Bloom -el protagonista de esa joya cinematográfica que es “Big Fish”- quien comenta durante una cena familiar que “no es prudente charlar sobre religión, pues nunca sabes a quién puedes llegar a ofender”. Sin embargo, tomaré un riesgo parcial y ojalá que bien calculado, en aras de un bien mayor: la mejor comprensión interpersonal.

El prejuicio al cual me refiero en este caso particular es aquél aplicado a las mujeres adolescentes y adultas jóvenes que asisten a grupos católicos de oración, gustan de retiros espirituales, van a misa asiduamente, escuchan música religiosa, leen con frecuencia la Biblia o dedican varias horas de su tiempo libre a diversa literatura de contenido espiritual. La cultura local las etiqueta como “beatas”, con un dejo de burla implícito; es decir: mujeres monotemáticas, fatalistas, retrógradas y reprimidas en sus pulsiones fundamentales.

Que hay gente -y, a fuerza de ser sincero, alguna congregación fanática- cuyo comportamiento puede dar la razón al prejuicio apuntado, la hay; sin embargo, tengo la impresión de que son casos aislados y, seguramente, patológicos. En cambio, conozco a varias personas de intensa devoción y profunda vida espiritual, quienes son la prueba viviente de la falsedad de tal prejuicio absoluto.

Con ellas, se puede hablar con madurez y franqueza de los más variados temas, desde los más triviales hasta los más polémicos; su filosofía de vida asume el libre albedrío y la voluntad humana como elementos centrales, lejos del determinismo irresponsable; tienen una visión de mundo progresista, comprometida con la emancipación pero sin fanatismos ideológicos; y, por lo visto, se diría que viven sus emociones de manera satisfactoria, tomando sus decisiones con autenticidad, sin dogmatismos absurdos.

Una cosa más: el mismo prejuicio las cree endogámicas, pero la cercana realidad contundente lo refuta con al menos dos paradojas (sin nombres, pero con décadas de respaldo): el esposo de una de ellas es el típico “intelectual marxista de antaño, ligeramente anticlerical”, mientras que el cónyuge de la otra vendría siendo una rara especie de “agnóstico en revisión constante”.

¿Cómo ha podido ser? Fácil es la respuesta: ¡porque el amor es más importante que las religiones!