miércoles, 16 de abril de 2008

De novelas y recetas

Todavía no hay una explicación definitiva para la presencia de la novela de Sergio Ramírez, “Margarita, está linda la mar” en mi casa, menos aún el porqué está autografiada por el autor, pero sin dedicatoria. Nadie se hace cargo de haberla comprado hace cosa de diez años ni tampoco de haberla leído, pese a que el recibo de la librería aún estaba dentro de sus páginas, precio aún en colones. Por otro lado, misterios aparte, en las últimas semanas he tenido suficientes momentos intermitentes de espera en consultorios médicos, por madres en tratamiento; puertas de salida de bibliotecas, por esposas rumbo a casa; y poblados pasillos colegiales, por hijas adolescentes. De este par de circunstancias coincidentes, resultó que finalmente pude concluir la obra en cuestión.

Que hay cosas interesantes y hasta divertidas, las hay; pero durante algunos momentos de la lectura no pude evitar fijarme en la receta subyacente en esta novela, etiquetada como Premio Alfaguara 1998, galardón del cual los rumores dan por hecho que es, como el Premio Planeta y otros similares, apalabrado. Pues sí: toda su armazón parece responder a la pregunta elemental y generadora: ¿qué interesa de Nicaragua, a nivel de personajes, como para asegurar el primario interés del público? Obvia respuesta: Rubén Darío y la dinastía de los Somoza. El primer verso del famoso poema conecta, de algún modo, ambas historias, y las páginas transcurren combinando épocas y entretejiendo detalles históricos y legendarios. En todo ese camino queda la impronta de un escritor de oficio, artista del lenguaje y forjador de la historia, sin el cual la mencionada receta no llegaría a convertirse en un producto literario medianamente sostenible, pese a que la multitud de personajes de la obra casi sólo existen en ese universo por el hecho de ser mencionados reiteradamente.

Viéndolo desde tal perspectiva, pienso que si como editor de un sello internacional yo encomendara una novela salvadoreña vendible en librerías más allá de las fronteras, sin depender exclusivamente del consumo de los connacionales nostálgicos, no dudaría en elegir a Roque Dalton y al General Martínez como los personajes idóneos, cuyas respectivas vidas y épocas tienen los elementos suficientes como para re-crear literariamente ambientes y contextos que garantizarían el interés de las y los lectores.

Sin embargo, por hoy es evidente que esa novela tendrá que esperar quién sabe cuánto tiempo, puesto que de nada valen todas las recetas y condiciones favorables si falta el escribiente, el novelista e investigador, el mero orfebre zurcidor de palabras, hábil y paciente, aquel buen escritor de largo aliento que nunca hemos tenido. Hasta entonces, sigamos consumiendo las novelas de receta, al tiempo que nos regodeamos en nuestras recetas sin novela.