lunes, 14 de abril de 2008

Menú indisoluble

Llega un tipo llamado E* al restaurante “Éste o aquél”, un sitio bonito y mediano, ni de orilla de calle ni de lujo desbordante. Cómo y por qué ha llegado ahí, son detalles irrelevantes, no importan: el hecho incuestionable es que está ahí, es la hora de almuerzo, tiene un hambre feroz y no hay otro establecimiento de comida en horas de viaje a la redonda.

E* se dispone a pedir el menú, que cuesta diez dólares, justo la cantidad exacta que tiene en su billetera, ni más ni menos.

La dependienta le muestra las dos opciones. El primer menú inicia con consomé de tortilla, continúa con generosa ensalada de papas en salsa blanca, su plato principal consta de arroz con perejil y alverjas más un filete de dieciséis onzas de carne roja término medio, lleva dos panes con ajo, papas fritas a la francesa e incluye una soda con derecho a relleno. El segundo, en cambio, abre con sopa de chipilín, sigue con ensalada fresca rociada con salsa tejana, su plato principal es alguna variedad de arroz verde más filete de pescado horneado con crema y hongos, dos tortillas humeantes, un copo de guacamole y, de beber, té helado de manzanilla.

Al E* le parece bien el segundo, especialmente por el copo de guacamole, del que siempre ha sido adicto, pero siente que le gustaría muchísimo más la carne roja que el pescado. La dependienta le hace ver que en ese restaurante sólo sirven uno u otro combo, por eso se llama así, “Éste o aquél”. Él insiste en su petición, pues está convencido de que, en cuanto cliente, tiene toda la razón. La dependienta le aclara que es política de la empresa no deshacer bajo ninguna circunstancia la unidad de cada menú.

- ¡Pero eso no tiene sentido! -espeta E*. - A Uds. les cuesta exactamente lo mismo armar un menú con la misma estructura y sencillamente cambiar el pescado por la carne roja.

- Lo siento, yo sólo cumplo órdenes -responde con amabilidad la dependienta.

- Sus órdenes apestan, ¿sabe? ¡Quiero hablar con el Jefe!

- No está disponible, señor, quizá se encuentre en alguna otra sucursal; pero sería inútil, ¿sabe? Él mismo estableció esta política de ofertas, insiste mucho en este tema y en todo el tiempo que tenemos de funcionar nunca ha cambiado de opinión, es “Éste o aquél”, no hay más opciones.

- Sus normas me parecen absurdas e injustas, ¿sabe? -sentencia E* medianamente alterado.

- Comprendo y lo siento, pero es lo que podemos ofrecerle. Así somos aquí.

- ¡Es insultante! ¿Por qué no puedo sencillamente tener todo lo que quiero, como lo quiero y en la forma en que lo quiero?

- ¿Y yo qué quiere que le conteste? Yo sólo trabajo aquí. Tal vez en otro restaurante le puedan complacer sus gustos, pero aquí nos es imposible. Quizá si Ud. fundara su propio local...

- ¡Maldita sea: bien sabe Ud. que no hay otros restaurantes cercanos! Además, nunca podría poner mi propio restaurante. ¡Quieren matarme de hambre!

- ¡Oh, no, señor, no nos malinterprete! Lo único que Ud. debe hacer es decidirse entre este o aquel menú. Es todo. Ud. calcule qué le resultará más gratificante, piénselo bien y con gusto se lo serviremos.

- Con la cólera que tengo, siento que uno u otro me caerán mal, pues los comería de mala gana, ¡malditos perros!

- ¡Relájese, cálmese! Ud. solito es el que decide tener cóleras cuando pide más de lo que podemos darle. Mire a su alrededor y se dará cuenta de que unos y otros comensales están cada quien con sus platos, unos más a gusto que otros, pero con sus elecciones.

- ¡Pero yo no soy como ellos: yo no me resigno a aceptar sus estúpidas reglas arbitrarias! -se reivindica E* mientras algunos de los otros comienzan a verlo con cierta extrañeza.

- Mire, señor -le responde la dependienta-: como yo no hice las reglas, me da igual lo que Ud. diga de ellas. Pero eso sí le aclaro: tampoco crea que me va a tener toda la tarde en esto... ¡que los platos se acaban y cerramos a las tres!

Los que hacen fila detrás de E* comienzan a mirarlo con cara de “¡pardiez, pero qué ganas de joder las de este tipo!”