domingo, 13 de abril de 2008

Sí, somos los mismos.

Después de las más de dos horas de acción y suspenso precolombinos de “Apocalypto”, me resuenan ecos visuales de “First blood” (“Acorralado”, el primer Rambo de 1982, la única buena de tal saga) y algo de “Predator” (1987). En cuanto al contenido, pese a las críticas de los apologistas idílicos de la antigüedad americana, le creo a Mel Gibson cuando dice que hubo investigación histórica para fundamentar la reconstrucción del contexto. Visto lo visto en épocas cercanas y recientes, me parecen verosímiles los campos de cadáveres ennegrecidos, decapitados y descorazonados, pudriéndose al sol tropical, como parte del paisaje; pues las matanzas no son un corruptor aporte europeo hacia el paradisíaco mundo indígena, sino dinámicas humanas de siempre y en todo lugar: las personas ambicionan, sueñan, ríen, dañan, vejan y violan; hombres y mujeres de uno y otro lado del mundo son vengativos, supersticiosos, manipuladores, curiosos, crueles, temen a lo desconocido y ansían controlar el universo para pretender evitar catástrofes.

Comentando otros aspectos, digo que la recuperación y permanencia de los lazos familiares como elemento motivador del personaje principal es un eje válido, verosímil. La actitud serena e incluso sabia de algunos personajes ante su muerte inevitable tiene sólidas anclas antropológicas. El final (dos minutos antes del final) es contundente, casi tan bueno en narrativa cinematográfica como la escalofriante conclusión de “Planet of the apes” (1968), cuando la cámara va sobre el rostro sorprendido de Charlton Heston y poco a poco se nos revela aquel memorable cuadro apocalíptico.

Si no nos ponemos bayuncos e indigenistas, hemos de reconocer que, aquí, este hombre blanco supo hacerla. Eso sí: el haber visto la película en una copia de DVD pirata no me genera ningún tipo de culpa; por el contrario, lo considero una especie de compensación cultural, colectiva y simbólica, como derechos de autor de los posibles antepasados.