martes, 3 de junio de 2008

Suplicio auditivo

En la novela “El otoño del Patriarca”, García Márquez relata un magno episodio donde el poeta Rubén Darío da un recital al que asiste el mismísimo dictador protagonista; quien, extasiado ante las imágenes verbales del genio modernista, sólo puede exclamar lo siguiente: “¡cómo es posible que este indio pueda escribir una cosa tan bella con la misma mano con que se limpia el culo!”.

Aplicado a situaciones mucho menos sublimes, casi lo mismo me pregunto cuando veo la multitud de altoparlantes, algunos de alta fidelidad, casi a media acera, puestos allí por los vendedores formales e informales de electrodomésticos, supermercados, ventas de ropa nueva o usada, y cuanta cosa vendible pueda imaginarse, volviendo intransitable cualquier andanza por la ciudad. Entre tal suplicio auditivo, pienso que por ese par de sólidos “speakers” de 600 watts RMS por canal puede, en efecto, salir bella, buena y verdadera música... ¡o también la sarta de idioteces con que los “animadores” acometen el tímpano de los transeúntes!

¿Pues qué creen que con semejante producción de ruido van a vender más? Siendo como es el comerciante local promedio, poco amante de las estadísticas y registros contables minuciosos, dudo mucho que el dueño del almacén tenga a la mano datos objetivos que demuestren que, con ese escándalo auditivo cotidiano, su volumen de ventas aumenta significativamente.

Si las leyes del mercado son reales, creo que la gente siempre busca el mejor equilibrio en la relación costo-beneficio. Así pues, por mucho que lo llamen a gritos a comprar por aquí o por allá, el cliente no hará caso si la oferta no es buena, y algo me dice que, mientras más estridente es el voceador... ¡es porque menos clientes tiene!