domingo, 29 de junio de 2008

La manía de no creer

Tan sorprendente como la voltereta en el marcador que dio la selección nacional de fútbol ante su similar de Panamá el domingo pasado es la manía escéptica de algunas conciudadanas y conciudadanos, quienes especulan que todo se debe a que el árbitro fue "comprado" para favorecernos. Basan sus dudas en el penal que finalmente se transformó en el segundo gol, ese que puso el miedo en los rivales y algo así como la certeza de su derrota inexorable.

Señoras y señores: la falta fue doblemente clara, primero un atropello desde atrás y luego un jalón. Que si otros árbitros no suelen pitar nada en situaciones así, es problema muy de ellos, pero el penalty fue de reglamento. En cuanto al tercer gol, ¿cuál es la gana de quitarle mérito? El tiro iba fuerte y al arco, pero se desvió casualmente en la nuca de un delantero, haciéndolo inalcanzable para el portero adversario. ¿Por qué aquí es "guasa", mientras que en otros contornos cosas así son "genialidades de Deco" en el F.C. Barcelona, el mejor equipo del mundo hace dos temporadas?

En el fondo de todo esto yo veo una manía por hacernos pedazos a nosotros mismos, una especie de canibalismo étnico. Al final del día, lo cierto es que este grupo de deportistas logró una de esas hazañas nacionales "por fe", superando todo tipo de limitaciones: desde provenir de un medio futbolístico tragicómico hasta enfrentarse a jugadores con mejores condiciones físicas y que juegan en equipos de verdad.

Que el silbante se haya hecho el del ojo pacho ante las tradicionales patanadas locales, bolsas de fluidos corporales incluidas... ese es otro tema (sanción de la FIFA aparte). Lo importante, por hoy, es la alegría contagiosa que generaron con ese gane. ¡Y eso bien vale las bolitas que les dieron!