jueves, 3 de junio de 2010

Lentes de viejito

Finalmente, los lentes de viejito están aquí, en mí. Aun con la relativa molestia de cambiar de aparatos cada vez que deba ponerme a leer, y pese a la incomodidad mínima que supone su permanente portación, enfundados en su estuche, yo los encuentro absolutamente preferibles ante los multifocales o progresivos, que se me hacen traicioneros, estrechos y esclavizantes al libre movimiento capital. Añado que la sensación del nuevo par es increíblemente agradable, como si uno estuviera en una burbuja aeroespacial de medio metro de radio, a nublada distancia del mundo que lo rodea, inmerso únicamente en las palabras que brotan del libro de ocasión con cristalina claridad. Eso sí, a partir de ahora, favor de no confundir: ¡que no por tener presbicia soy presbítero!