sábado, 5 de febrero de 2011

Ante desastres

No es habitual que los mayores conversemos sensatamente sobre la muerte, especialmente cuando ésta puede venir de la naturaleza misma. Pero deberíamos. Es muy natural tener miedo a morir, pero también es necesario recordar nuestra condición finita: ésta es inevitable y no sabemos cuándo será el día y la hora. Lo anterior no significa abandonar todo esfuerzo por estar vivos sino, por el contrario, esforzarnos por hacer cosas dignas mientras tengamos vida, ya sea que por la gracia de Dios, por obra de un incomprensible azar, por ambas o por ninguna.

Los desastres por causas naturales ocurren en todas partes del mundo. En efecto, donde no hay terremotos ocurren erupciones volcánicas, ciclones y huracanes, tornados, inundaciones, sequías y demás fenómenos propios del planeta. En el caso de nuestro país, sin olvidarnos del monstruo social, los sismos han estado presentes en toda nuestra historia desde tiempos inmemoriales, y lo mejor es asumirlos como parte del entorno, con lo que debemos aprender a convivir.

Puesto que los elementos antes mencionados son comunes a todos los hombres y mujeres de todas las épocas y lugares del mundo, hay allí cierto consuelo, pues no cabe preocuparse en exceso por cosas que no se pueden evitar.

Teniendo claro lo anterior, y yendo a lo más concreto, conviene repasar y ejercitar las conductas que, en caso de temblor (que ya va tocando), sean las menos recomendables, así como aquellas más convenientes. Obviamente, el pánico es nuestro principal y primer enemigo, el más difícil de vencer, con el agravante de que es contagioso. Una manera de aprender a vencerlo es repasar rutinas de seguridad, simulacros que nos indiquen y recuerden los lugares relativamente menos peligrosos.

Aunque curioso y hasta contradictorio, quizá conservar la calma "a la hora de los cuetazos" sea más fácil si tenemos la íntima convicción de que la conservación de nuestra propia vida, en última instancia, no está en nuestras manos, porque el pánico ante lo inevitable quizá tome su mayor fuerza precisamente de la errónea creencia de que somos eternos, o del olvido de nuestra mortalidad.