domingo, 17 de julio de 2016

De amnistías, falacias y cinismos.

Si no castigamos, si ni siquiera censuramos a quien cometió el mal, estamos haciendo algo más que velar la vejez de un miserable, estamos privando a las nuevas generaciones de todo fundamento de justicia. Así crecen los “indiferentes”, y no por culpa de una “débil labor educativa”. Los jóvenes asimilan que la vileza nunca se castiga en la tierra, y que, al contrario, siempre aporta bienestar.

Aleksandr Solzhenitsyn

Al solo conocerse el fallo de la Sala de lo Constitucional que declara inconstitucional la Ley de Amnistía de 1993, emergieron desde las profundidades del oscuro pasado nacional varias voces acusando la inconveniencia o incluso peligrosidad de dicha decisión.

Más que discutir o justificar en toda su amplitud los argumentos de los magistrados, me interesa resaltar dos planteamientos sostenidos por diversos comentaristas, uno por falaz y otro por cínico.

La falacia

Sin amnistía no hubiera sido posible hacer la paz; por lo tanto, quitarla es atentar contra la pacífica convivencia en que vivimos.

Es impresionante el hatajo de personajes políticos (y sus seudoanalistas a sueldo) que han desfilado ante cámaras de televisión, o han publicado artículos de opinión en diversos medios, sosteniendo esta postura.

A propósito del tema, volvió a circular este video en donde -con edición tendenciosa, fuera de contexto y sin hacer la distinción clave entre la primera y la segunda amnistía- se intenta reforzar ese argumento.


La premisa es válida: sin amnistía no hubiera sido posible hacer la paz. Ningún bando, en efecto, firmaría un acuerdo de paz si este tiene por consecuencia la prisión o pena capital que resultaría de la derrota militar y consecuente captura de sus militantes o soldados.

La falsedad está en decir que la Sala de lo Constitucional ha quitado la amnistía y, por lo tanto, está en riesgo la paz (estado de la nación que ya de por sí es discutible, pero ese es otro tema).

Los Acuerdos de Paz sí pactaron una amnistía, que se reflejó en la Ley de Reconciliación Nacional de 1992, pero esta no abarcaba crímenes de guerra. Fue la posterior Ley de Amnistía de 1993 la que se extendió sin límite, ya a conveniencia de los firmantes y sin consideración ética alguna.

De la lectura atenta del fallo, o siquiera de su síntesis, queda claro que la Sala restaura la vigencia de la Ley de Reconciliación Nacional. Dicho en términos simples: la amnistía pactada en los Acuerdos de Paz, que no incluyó crímenes de lesa humanidad, es la que está vigente.

El cinismo

Criminales de guerra: no se preocupen, que nuestro sistema judicial no será capaz de culminar con éxito ningún proceso en su contra.

Columnistas como Paolo Lüers y Joaquín Samayoa han sostenido con especial cinismo esta postura (aunque seguramente ellos mismos lo llaman “pragmatismo” o “realismo”): si ni siquiera podemos investigar los crímenes que se cometieron el día de ayer, cuánto menos vamos a poder esclarecer hechos que ocurrieron hace más de 25 años.

En el fondo, lo que hay es una renuncia a cualquier posibilidad de justicia. Ante el dilema de hacer leyes que, por ineficiencia de las instituciones, no se cumplan de modo efectivo, estas personas, en vez de insistir en la mejora de las instituciones, sugieren que mejor no se tengan dichas leyes.

¿Tiramos la toalla… a discreta conveniencia?