miércoles, 1 de julio de 2026

Los opositores sin partido

Publicado en Diario El Salvador

En la escena política salvadoreña actual ha surgido una especie muy curiosa de opinadores que bien podría encajar en la categoría de “opositores sin partido”. Una de sus características más visibles es la vocación de criticar sistemáticamente al gobierno del presidente Bukele, magnificando cualesquiera fallas que pudiera tener y regateando el reconocimiento a los logros que, por su parte, la población tiene perfectamente claros (seguridad, educación, salud, etc.).

Por esa línea de acción, serían opositores sin más; sin embargo, existe una diferencia que los hace parecer especiales: no redirigen su discurso a favor de ninguno de los partidos políticos de oposición. Y no lo hacen porque saben perfectamente que Arena y el FMLN son marcas vencidas, repudiadas por la inmensa mayoría de los salvadoreños, mientras que el partido Vamos no tiene mucho más que ofrecer que demagogia y oportunismo. Es más, en medio de sus prolongadas alocuciones antigobierno, estas personas suelen intercalar críticas a dirigentes y partidos opositores, como para mantener una apariencia de independencia y escudarse en ese detalle cuando se les cataloga como simples opositores.

Ante esto surge una pregunta inevitable: ¿qué papel juegan realmente estos opositores sin partido? Porque en la contienda política la neutralidad no existe. Lo que puede existir, con mucho esfuerzo y método, es un afán de imparcialidad; es decir, la disposición a analizar los hechos sin partir del prejuicio y procurando que las conclusiones se desprendan de la observación atenta y, sobre todo, de los datos. Pero eso no es precisamente lo que se observa en estos personajes. Lo que suele apreciarse es una animadversión hacia la gestión gubernamental que difícilmente logran disimular, incluso cuando intentan revestir sus argumentos de una apariencia técnica o académica. Su lenguaje verbal, sus énfasis y su lenguaje corporal terminan delatando una postura previa desde la cual interpretan cualquier acontecimiento político.

Una hipótesis razonable diría que estos opinadores cumplen la función de intentar desgastar al gobierno, pero de manera solapada, sin descalificarse de entrada como opositores partidarios. La apuesta consistiría en llegar a una audiencia más amplia y receptiva, evitando el rechazo automático que encontrarían si se presentaran abiertamente con el chaleco de cualquiera de los partidos opositores tradicionales.

Sin embargo, más importante que determinar si esa actitud responde a una convicción genuina o a una táctica deliberada es analizar el papel efectivo que terminan desempeñando dentro del escenario político. Porque, independientemente de sus motivaciones personales, lo relevante son los efectos concretos de su discurso. Si su posición es abiertamente antigobierno y, al mismo tiempo, no llaman a respaldar a los partidos opositores, entonces su función política sería restarle apoyo al presidente Bukele y al partido Nuevas Ideas por la vía del abstencionismo o del desencanto, promoviendo la idea de que toda la política es igualmente corrupta, erosionando la confianza ciudadana y debilitando la participación de quienes simpatizan con el gobierno.

Hay aquí un detalle importante: aunque esos votos eventualmente perdidos no fueran a parar directamente a las alicaídas urnas de Arena, FMLN o Vamos, sí podrían traducirse en un fortalecimiento relativo de dichos partidos, que podrían crecer en términos porcentuales sin necesidad de aumentar su caudal de votos efectivos. Es ahí donde la función electoral de los opositores sin partido termina complementándose con la de los opositores partidarios.

La buena noticia es que la decisión política de la inmensa mayoría de los salvadoreños no está determinada por estas sutilezas discursivas, sino por la experiencia cotidiana. Y esa experiencia les permite comparar el país que tenían antes con el que tienen ahora, llegando a la conclusión de que El Salvador ha cambiado para bien y continúa avanzando por el rumbo correcto.