sábado, 14 de julio de 2007

Apagones en la sala de cine

En dos ocasiones en mi vida he sufrido apagones en una sala de cine. La segunda vez fue hace algunos días, a media función de "Shrek III", en compañía de mi esposa, en uno de esos multicinemas de pantalla gigantesca. Supongo que el proyector debía tener algún sistema de apagado inmediato, pues la imagen se cortó abruptamente en cuanto falló el voltaje. Las lámparas de emergencia mantuvieron lo suficiente iluminada la sala, así que no hubo penumbras ni búsqueda angustiosa de salidas por entre oscuridad absoluta alguna. Pasados veinte minutos (el público persistente siempre conservó la esperanza, mientras jugaba con sus celulares), regresó el fluido y la función continuó sin contratiempos.

Eso me recordó la primera vez: fue hacia 1980, en el antiguo y ya inexistente cine "Olimpia", de Santa Tecla (no sólo por la ausencia de míticas deidades y arquitectura helénica es que el nombre de aquel cajón de ladrillo y cemento le resultaba esencialmente impertinente: el golpe odorífero que emanaba de la sala de deposiciones humanas era la contradicción por antonomasia del término "inodoro" y, de cuando en vez, transitaban pequeñas manadas de roedores por entre las filas de butacas de madera, tanto de "arriba" -donde la admisión costaba un colón con cincuenta centavos- como de "abajo" -un colón a secas, donde se concentraban la mayoría de guasones).

La película era "Mr. Billion", un filme de segundo o tercer orden protagonizado por Terence Hill (famoso por sus películas de Trinity), de la cual alcanzamos a ver los títulos y créditos de entrada, hasta antes de que la pantalla se fuera opacando y el movimiento se volviera más lento hasta diluirse en la negrura total, plena. Como era la época de la guerra y los apagones generalmente se debían a sabotajes, no esperamos más de diez minutos antes de abandonar a ciegas el local (a puro tanteo, pues de luces de emergencia, ni hablar).

Al respecto, revisando en la base de datos de películas en internet, concluyo ahora que de aquel apagón obtuve, a la larga dos beneficios: el primero, una anécdota familiar; el segundo... ¡perderme de una película muy mala!