sábado, 29 de marzo de 2008

De jurado

Sí, confieso que también tuve mi etapa como jurado de certámenes literarios nacionales. La primera o segunda vez, uno tiene la ilusión de estar descubriendo Balzaques y Cortázares; ya después, las alegrías intelectuales disminuyen ante el más de medio centenar de fólderes que esperan, exigen y demandan ser leídos en su totalidad (por aquello de la ética profesional). Cuando a la persona a cargo de convocar al jurado se le ocurre la sustanciosa idea de reunir a los ínclitos para emitir un fallo consensuado, el tormento es prenunciado. ¿Por qué no pedir el resultado a cada quien, con formato “primero, segundo y tercero”? Digo yo: discutir a este nivel de sabelotodos... ¡oh, no, nunca más! Un detalle no tan ínfimo: a menos que la ley haya cambiado en los años recientes (que debería), los miembros del jurado tienen prohibido recibir estipendios, retribución monetaria o pago de honorarios por el servicio prestado. Como los premios de este tipo andan alrededor de los ocho salarios mínimos, las malas lenguas hallan tema, por aquello de ir “mixa-mixa con las bolitas”. En fin, que para abreviar, suficiente con aquella breve incursión. Alguien tiene que hacer ese trabajo, muchas veces loable. Vaya para ellos todo el mérito: ¡generosa cesión de mi parte!