viernes, 19 de junio de 2009

De doctrinas y conminaciones

Lo que la mayoría de veces molesta no es, en sí, la doctrina, sino la actitud con que te la presentan (de lo contrario, yo estaría indignadísimo con los monjes budistas de allá por donde se atraviesa el globo). Una cosa es que te vengan con una propuesta de vida a modo de invitación e incluso de exhortación, otra muy diferente es que realmente se crean que están investidos/as con alguna especie de autoridad suprema, indubitable y sin cuestionamiento posible, y te amenacen desde con ardientes llamas inapagables (como antes y algunos ahora) hasta con otras sutilezas tan conminatorias como altaneras (“allá Ud. si no quiere entrar en la luz...”).

Del caso particular que en el recuerdo genera estas líneas, lo más divertido y triste a la vez es que, estando más o menos consciente de que la gente pasa de sus normas irreales para una felicidad imaginaria, este tipo tiene que insistir en ellas porque su institución las ha hecho un sello tan seudo-distintivo que pareciera ya no entenderse a sí misma sin tal conjunto de sinsentidos.