domingo, 9 de agosto de 2009

De medallas y orgullos

¿Por qué uno siente orgullo por las medallas que compatriotas ganan en eventos deportivos internacionales? Fácil: porque son compatriotas, gente que ha nacido y crecido en nuestra misma tierra, que ha compartido con uno patios y calles, que ha ido a nuestras escuelas y colegios, que tiene nuestras mismas caras y acentos, que se ha superado a partir de las mismas condiciones y entornos que nos rodean; en fin: porque nos reconocemos en ellos, porque nos representan y porque llevan en ellos un poco de nosotros mismos.

No es casualidad que los pronombres y determinantes más usados en el párrafo anterior hayan sido "nos", "nuestros" y "nuestras": es porque justo porque ahí está la clave.

Esta mi filosofía de las medallas pone en evidencia la futilidad de las preseas obtenidas por deportistas extranjeros que han sido prácticamente contratados para jugar bajo nuestra bandera. No hablo de las y los nacidos extra fronteras que, por circunstancias de la vida, llegaron aquí y como opción de vida abrazaron el terruño patrio como propio, siendo su actividad deportiva una faceta de sus vidas ya locales. No. Me refiero a otros que -de no mediar dineros, prebendas y oportunidades en su especialidad ya consolidada- jamás se hubieran enfundado en los colores azul y blanco.

Estos casos son un poco menos notorios en deportes colectivos como el fútbol, pues la presencia de los demás connacionales tiende a disimular el hecho; sin embargo, resultan harto evidentes en el caso de disciplinas individuales, digamos... como el ajedrez. He aquí entonces que para mí, sin ser chauvinista, sus logros les dan gloria y honor individuales, pero no al país. Yo no me siento representado en ellos y, antes bien, creo que al final del día (y más allá de cualquier consideración sobre lo buena gente que puedan ser)... ¡es nuestra minúscula nación la que les ha servido como puerta, vehículo y trampolín!