jueves, 4 de febrero de 2010

La gratuidad de un sublime sacrificio

"12 angry men" (1957) y "Gran Torino" (2008) son películas justamente consideradas por la crítica como obras maestras. La primera, de hace más de medio siglo, presenta los debates del jurado en un caso criminal de pena de muerte, donde el veredicto debe ser unánime. Tal como puede esperarse, en una hora y media de un tiempo bastante real, se pasa de un 11-1 por "culpable" a un 12-0 por "no culpable", merced a la iniciativa de un jurado disidente que busca con escrupulosa honestidad cada pequeño punto débil que pudiera tener cada uno de los argumentos del fiscal; es decir: la perfección conceptual. La segunda, de hace un par de años, cuenta la vida vista desde un rudo octogenario, quien debe lidiar con su propia misantropía y, además, con una pandilla en quienes sus códigos de conducta y acción sencillamente no funcionan: tal es su tardío y trágico descubrimiento en las víctimas colaterales, si bien es cierto que se vale de ese amargo conocimiento para lograr el restablecimiento del equilibrio entre el bien y el mal, confiando en un ideal sistema de justicia.

Con la docena de hombres iracundos, pese a las argumentaciones presentadas, me quedó la sensación de que el acusado era culpable, pues la coincidencia de todos los argumentos -aun con cada "duda razonable", según el precepto jurídico- presentaría un cuadro demasiado inverosímil para que no lo fuera. Más allá de este punto, me interesa destacar que si el sentido correcto de la aplicación de la justicia fuera el del jurado disidente y con gran habilidad persuasiva, el sacrificio final del veterano Kowalski, esperado en el fondo pero sorpresivo y sublime en la forma... ¡sería totalmente inútil!