miércoles, 17 de febrero de 2010

Autoestima profesional

Con más de veinte años de docencia acumulada, no es inusual que uno se halle por aquí o por allá con gente ya mayor que, en tiempos de joven adolescencia, fueron sus alumnos. Cierto es que, por cuestiones de las elevadas cuentas (unos 2,500 exalumnos/as), muchas veces uno no puede acordarse del nombre de aquella persona que lo saluda sonriente, más cuando resultan difíciles de reubicar en el recuerdo de aquella aula brumosa en la memoria, por efectos de su propia maduración; pero aun asumiendo como parte de la profesión ese tipo de detalles, cae como buen tónico para la autoestima docente el saber o intuir que a uno lo tienen al menos en buen concepto (pues si no, harían como hacen algunos al amparo de aquel dicho: "me aparto, me agacho y me retacho").

Esto viene a propósito de una agradable visita que hoy recibí, de alguien que ahora ejerce la medicina especializada, y a quien recuerdo de sus tiempos de estudiante como una persona muy aplicada, que se expresaba correctamente y a quien la materia de Letras (de los antiguos programas) le parecía interesantísima, pese a que por aquellos tiempos ya hubiera querido yo tener el repertorio de métodos y técnicas de que no me dotó la universidad, sino la experiencia y formación laboral.

Como no tengo motivos para asumir el discurso victimista de quienes perciben su trabajo como una sucesión de penas e incomprensiones, no es esta anécdota la rara excepción que le da sentido a todo. Sin embargo, sí me place declarar lo siguiente: que me alegra sobremanera constatar una vez más (y por si no me había quedado claro) la existencia de ese sentimiento exento de intereses y contaminaciones, que bien podríamos llamar... ¡afecto docente!