jueves, 8 de julio de 2010

De estas aguas no beberé

Me han bastado tres capítulos de "La subasta del lote 49", de Thomas Pynchon, para suspender su lectura. El cuerpo y ciertos preceptos no mienten: si uno -en cuanto lector medianamente iniciado- lucha por no dormirse a los pocos minutos de contacto con las páginas de un autor reconocido, es suficiente prueba de que no hay comunión con el universo imaginario... y punto. Culpo fundamentalmente a la construcción basada en retorcimientos sintácticos un tanto libres (aparentemente característicos del misterioso demiurgo), pero no descarto que quizá leído en su idioma original pudiera tener algo de gracia (para lo cual esa habría de ser también mi lengua nativa, supongo que algún japonés leyendo una traducción de García Márquez opinaría igual, pero no me interesa verificarlo). En otras épocas habría continuado, por aquello de "la disciplina" (no abandonar algo iniciado), pero juzgo más noble y digno -y, por lo tanto, moralmente superior- emplear mi tiempo de lectura en textos que de veras me agraden.

En cuanto a la obra de Roberto Bolaño, he leído algunos cuentos de "Llamadas telefónicas" y "Putas asesinas", mismos que juzgo menores y algunos hasta triviales, aparte de que desespera su particular uso de las comas y, sobre todo, el hecho constatable de que el autor parece un especialista en crear la exposición y desarrollar el nudo para llegar a ningún desenlace; de ahí que no esté excesivamente entusiasmado por acceder a sus dos novelas presuntamente mayores, "Los detectives salvajes" y "2666".

Admito que esta mi reticencia bolañesca se ha visto atizada por dos elementos del contexto desde el cual uno lee y existe; en primer lugar, el demérito inicial que le concedo a un escritor cuyo universo literario se centra demasiado en el mundillo literario ("sombras de sombras" como en la caverna de Platón, como un poeta que escribe mil poemas a la poesía, como una canción cuya letra repita una y otra vez "quiero hacerte una canción como esta que te estoy haciendo"); en segundo lugar, la decepción posterior a las altas expectativas alentadas desde la postura maximalista de quien me lo recomendó: "este es el más grande autor latinoamericano después del boom". Pues si es así...